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Bandera, Batallón Azov, Censura, Extrema Derecha, Fascismo, Historia, Holocausto, Nacionalismo, OUN, UPA

Un viaje por la Ucrania nacionalista

Artículo original: Frank Brendle sobre su viaje a Ucrania a finales del verano de 2014 publicado en Defending History

Foto: Pimima/Soldados del batallón Azov.

Es una noche de finales de verano en Lviv y vivimos el primer encuentro con la sociedad civil ucraniana: una manifestación de ciclistas. En sus carteles llevan escritas las palabras “masa crítica” y luchan por más espacio en las carreteras. Igual que en Alemania. Pero algo difiere de Alemania: el líder de la manifestación grita “Slava Ukraini!” y la masa responde: “Heroiam Slava!” (Gloria a Ucrania Gloria a los héroes). Entonces llega el siguiente cántico organizado: “Gloria a la nación – Muerte a los enemigos”. El factor de participación se multiplica cuando son los viandantes los que inician el cántico, provocando la respuesta de los manifestantes.

El problema es que estos eslóganes pertenecen a la fascista Organización de Ucranianos Nacionalistas (OUN) y a su brazo militar fundado en 1942, el Ejército Insurgente Ucraniano (UPA, por sus nombre en ucraniano). Esta organización que “casi” luchó contra los Soviets y  raramente luchó contra los alemanes se distinguió en la historia por matar a (al menos) decenas de miles de polacos y judíos. Hoy en día, al menos el primer eslogan de la OUN es un saludo común de los mismísimos patriotas ucranianos que dicen considerarse “pro-europeos”.

Desde que Ucrania se convirtió en un Estado independiente en 1991, la política de la historia ha sido parte del ámbito político. Muchos líderes anti-rusos y que se profesan pro-occidentales desean rehabilitar a las fuerzas fascistas del periodo de entreguerras, facilitadores de facto y cómplices de hecho de la solución final de Hitler durante el Holocausto. Desde que el estandarte de la OUN y su líder Stepan Bandera aparecieran, con escasas muestras de inquietud del extranjero, en primera línea en las protestas de la plaza de Maidan a principios de 2014, su uso es ampliamente aceptado en la sociedad.

¿Cuánto se ha generalizado esto y qué efectos tiene en el recuerdo del Holocausto?

Foto: Frank Brendle. Museo

Lviv (Lvov en polaco, Lemberg en tiempos de los Habsburgo) es el bastión del nacionalismo ucraniano desde finales del siglo XIX. Aquí, el partido de extrema derecha Svoboda (“Libertad”) logró un tercio de los votos en las últimas elecciones. Las calles están nombradas en recuerdo de “Héroes de UPA” o líderes nacionalistas. En el mercado se pueden comprar tazas, camisetas y bufandas con la imagen de Bandera y sus camaradas. Los retratos de Vladimir Putin también hacen acto de presencia aquí: en felpudos y rollos de papel higiénico. El bulevar de Stepan Bandera conecta el impresionante monumento al líder de la OUN (irónicamente similar a los monumentos a Lenin en tiempos soviéticos) con el “Monumento a las víctimas de crímenes comunistas”. En una antigua prisión cercana se encuentra el “Museo de las Víctimas de los Regímenes Ocupantes.” el NKVD [antecesor de la KGB-Ed] asesinó en junio de 1941 a miles de prisioneros, sin duda hay motivos para recordarlos. Pero se olvida de que los nazis y sus colaboradores locales, incluyendo algunos de los mismos héroes de OUN/UPA forzaron a los judíos a la prisión, acusándoles de ser responsables de esos asesinatos y mataron a alrededor de 4.000 de ellos en un pogromo. Esos hechos no encuentran mención aquí. El museo muestra la gloria y el sacrificio solo de los ucranianos.

Lo mismo ocurre en el llamado “Museo de la lucha por la Liberación Nacional”, abierto hace ahora dos años en una ceremonia que incluyó a veteranos de UPA. Se representa aquí, en orden cronológico, a los luchadores por la independencia de los años posteriores a 1917, dando el mismo estatus a las milicias de OUN, UPA e incluso a la División Galicia de las Waffen SS, todos ellos supuestos representantes de la continua lucha por la libertad. Vemos la misma lógica en el cementerio Litshakivski, donde los soldados caídos en las actuales batallas en el este de Ucrania están enterrados junto a luchadores de UPA y un obelisco que honra a las Waffen-SS. También hay aquí un monumento a Roman Shukhevich, el hombre que comandaba el batallón “Ruiseñor” de la Wehrmacht y que más adelante se convirtió en líder de UPA.

No hay nada en recuerdo del Holocausto en Lviv, una ciudad en la que prácticamente la tercera parte de la población era judía cuando los alemanes la ocuparon. La comunidad judía erigió un monumento en la entrada de lo que fuera el gueto, pero no hay nada oficial.

Hace seis años, la organización judía para el bienestar social y la educación “Hesed Arieh” introdujo un programa para ampliar el uso educativo de la cultura judía y el Holocausto. Se incluía una película que mostraba, con imágenes de tan solo unos segundos, cómo los ucranianos celebraron la invasión alemana de 1941. Políticos de Svoboda protestaron, el fiscal general investigó las supuestas “actividades antiucranianas” y Hesed-Ariech se vio obligada a presentarse ante una comisión local. “En esas circunstancias, no se nos permitió continuar con nuestro trabajo en los colegios”, afirma Irina Belous, de Hesed-Arieh.

Una de las personas que desea apoyar el recuerdo del Holocausto en Lviv es el productor de cine Taras Tsholyi. Tiene una visión muy concreta. Su idea es erigir un “territorio del terror” en el lugar del antiguo gueto, donde tras 1945 los soviéticos construyeron una prisión del NKVD. Es aquí donde hay que saludar a la teoría de la “equivalencia de todos los totalitarismos”, la política del rojo=marrón. Debería ser “tan interactivo como sea posible”, dice Tsholyi, incluyendo recuperar vallas alambradas, barracones o torres de control. “Algunos lo llaman Disneylandia”, admite Tsholyi, convencido de que este tipo de instalación sería mucho más interesante para la gente joven que un museo tradicional.

Foto: Pimima. Taras Tsholyi

Foto: Pimima. Taras Tsholyi

Al llegar a la oficina de Tsholyi, nos quedamos sin aire durante unos segundos: este treintañero está colocando un viejo rifle en el maletero de su coche. Tras la entrevista se adentrará en el bosque con algunos amigos para un entrenamiento militar privado. Se preparan para el reclutamiento y nadie quiere depender del entrenamiento oficial del ejército. Tsholyi consiguó el rifle de uno de sus tíos: una carabina original de la Wehrmacht producida en los años 40. Para ir a juego, Tsholyi viste una camiseta con la inscripción “Carpathian Sich”, un brazo de la OUN que luchó en 1938 por la independencia de los Cárpatos ucranianos.

Tsholyi quiere, sin duda, honrar a OUN y UPA y su perfil de Facebook está encabezado por un gran cartel de UPA. Sin embargo, tenemos la clara impresión de que está genuinamente interesado en conmemorar, entre otras cosas, el Holocausto. “Había gente que sabía dónde escondían su oro los judíos y se lo entregaron a los alemanes”, dice. Y admite también que UPA cometió “errores”, ya que algunos de los comandantes asaltaron aldeas polacas en la región, aunque añade la constante señal de igualdad: “igual que los comandantes polacos asaltaron aldeas ucranianas”.

Aparte de eso, sus puntos de vista son abominables. Tsholyi dice: “Por supuesto, la parte más importante del complejo estará dedicada a las víctimas del régimen soviético, porque esto duró más tiempo y seguramente fue más terrible”.

Cita a su abuela, que siempre declaraba: “Los alemanes eran terribles, pero no hubo nadie más terrible que los rusos”. Culpar a UPA de haber asesinado judíos es, según Tsholyi, “ilógico”, ya que UPA buscó ayuda de Estados Unidos y “Estados Unidos está dominado por el capital judío, así que explícame con qué propósito iban a cometer crímenes contra los judíos”.

El consejo municipal de Lviv hizo a Tsholyi “director”, pero en la práctica este es un título prácticamente honorífico, ya que dice no recibir más que calderilla. El coste del edificio tendrá que ser financiado por donaciones privadas y el proyecto está congelado en estos momentos.

El vacío de la memoria del Holocausto también es evidente en Babi Yar, a escasos kilómetros del centro de Kiev, donde nazis y policías ucranianos dispararon entre el 19 y el 30 de septiembre a 33.751 habitantes, que las SS contaron uno a uno. En los 60 se erigió un monumento a los “pacíficos ciudadanos soviéticos” asesinados, ignorando su origen judío. La comunidad judía añadió su propio monumento solo tras la independencia. Varios gobiernos ucranianos de diferente orientación política anunciaron sus planes de establecer un museo del Holocausto, pero todos los proyectos han acabado sin pasar de primeras piedras.

Los anuncios de un memorial del Holodomor sí se cumplieron en 2008  en las colinas del Dnepr. Está dedicado a las víctimas de las hambrunas de la Ucrania soviética, especialmente a los tres-cuatro millones de víctimas de las hambrunas de 1932 y 1933. Los historiadores tienden a aceptar la responsabilidad parcial de los líderes soviéticos, que artificialmente empeoraron la hambruna. Pero en una exposición con altas dosis de especulación y manipulación, el memorial interpreta los hechos como un genocidio deliberado del pueblo ucraniano por parte de los rusos y bolcheviques. El hecho de que personas de otros orígenes –rusos, judíos, alemanes, gitanos– también murieran de hambre ni siquiera recibe una mención.

Un historiador del memorial describe el objetivo: “Aquí las diferentes culturas del oeste, el centro y el este de Ucrania están unificadas por el conocimiento de la tragedia sufrida por los ucranianos”.

Es, por lo tanto, un intento de crear una “identidad nacional” sobre la base puramente étnica del sufrimiento ucraniano.

Boris Zabarko es un historiador de 79 años que sobrevivió al Holocausto en el gueto de una pequeña aldea en la zona ocupada por Rumanía. Hoy es presidente de la asociación de antiguos prisioneros de los guetos y campos de concentración nazis. Dice:

“Desde la Revolución Naranja, Holodomor se ha convertido en el centro de la investigación científica. El Holocausto se entiende como un asunto marginal. El ‘Instituto Ucraniano de Memoria Nacional’, establecido durante la presidencia de Viktor Yushchenko, alababa a los miembros de UPA, los líderes de OUN y los colaboracionistas, con lo que también a quienes participaron en los actos contra los judíos en el oeste de Ucrania. Conozco demasiado bien el papel que jugaron Bandera y sus hombres, que fueron participantes activos en la solución final a la cuestión judía”. Hablar del Holocausto supondría hablar de la colaboración.  “Pero aquí entre nosotros esa idea está bastante tapada”.

Stepan Bandera

Stepan Bandera

Uno de los campeones de las protestas de Maidan es Volodymyr Viatrovych. Puede que también sea el principal encubridor de los crímenes de OUN en toda Ucrania. Tras la Revolución Naranja, dirigió el “Instituto de Memoria Nacional” mencionado por Zabarko, el único proyecto histórico financiado por el Estado (y con el monumento a Holodomor como su principal resultado). Bajo Yanukovich fue degradado a simple empleado, pero desde abril Viatrovych vuelve a dirigir el instituto, por lo que tiene bajo su control gran parte de los documentos históricos de UPA y OUN.

En la entrevista repitió varias veces que todos los aspectos negativos e informaciones sobre OUN son el resultado de la propaganda soviética. Le pregunté por qué entonces varios historiadores occidentales han publicado extensamente en los últimos años sobre el carácter fascista de los crímenes de OUN, el exterminio de polacos y otros. Viatrovych contestó: “Esos historiadores están influenciados por las presentaciones soviéticas”.

Los seguidores de Bandera fueron “los primeros en luchar ilegalmente contra la Alemania Nazi”, asegura Viatrovych, insistiendo en que cualquier tipo de cooperación con los nazis no fue más que práctica, nunca de naturaleza ideológica. Hoy en día, los nacionalistas de Bandera son “un ejemplo para muchos ucranianos, un ejemplo de lucha comprometida y sacrificada por un estado indepediente”. Viatrovych apunta a una supuesta consecuencia de la propaganda rusa que tacha a todo el movimiento de Maidan de ser un fenómeno Banderovtsy fascista. “Sí, somos Banderovtsy, también luchamos por la independencia de Ucrania”.

Viatrovych es de Lviv. Ahí, el historiador Yaroslav Hrytsak, professor de la Universidad Católica, no le tiene en alta estima: cree que su colega sigue la tradición de la diáspora ucraniana “que ha contaminado la investigación histórica y la memoria”. Hrytsak continúa: “Viatrovych juega con los documentos” para agrandar el mito de Bandera “y yo entiendo eso como una traición a su educación profesional”.

Bandera, dice Hrytsak, es popular porque la gente no se pregunta por el vacío entre la imagen idealizada del luchador por la libertad anti-ruso y los hechos históricos: “Por supuesto que Bandera era anti-ruso, pero, también por supuesto, no se oponía a un estado autoritario”. Hrytsak llama al grupo de Bandera de OUN xenófobo y antieuropeo. Si Bandera supiera que la gente le conecta con valores pro-europeos y liberales “se retorcería en su tumba”. Hace diez años, Hrytsak publicó un artículo crítico con OUN como “una invitación a la discusión”. Hablaba de los asesinatos masivos de polacos y el antisemitismo de UPA. Pero esta invitación no fue aceptada, sino que alarmó a Svoboda: “Varios de sus líderes me amenazaron públicamente y prometieron encontrarme una bonita celda si llegaban al poder”.

Derribo de la estatua de Lenin en el centro de Kharkov

¿Qué pasará a partir de ahora? Aunque la mayor parte de los Banderovtsy declarados no tengan conciencia alguna de los crímenes de Bandera y de sus seguidores (y supuestamente tampoco quieren saber nada de esto), sigue siendo un hecho histórico que fue comandante de una organización criminal fascista. Incluso si la propaganda rusa exagera cosas, definitivamente no inventó los crímenes inspirados por los nazis de la OUN.

Pero a excepción de un puñado de activistas judíos parece que nadie está dispuesto a hablar de ello. Algunos progresistas y activistas de izquierdas siguen otros temas, pero no se preocupan por Bandera.

Ni siquiera los historiadores críticos desean debatir públicamente a OUN o a Bandera. Georgyi Kasianov, de la Academia de Ciencias de Kiev y que en el pasado ha sido un duro crítico de la forma en que se ha manejado la política de la historia, defiende ahora que es preferible evitar las discusiones sobre temas históricos: “si los ucranianos occidentales  quieren establecer un culto a Bandera y quieren hablar sobre los héroes del Ejército Insurgente Ucraniano, deberían hacerlo libremente allí. No deberían ir a Donetsk e imponer sus valores y memoria histórica allí; lo mismo vale para el este de Ucrania”.

Kazianov concluye con un irónico subtexto, recomendando algún tipo de coexistencia pacífica de Bandera y Lenin.

De forma similar, Hrytsak defiende un pacto de amnesia, posiblemente similar al de España tras la muerte del dictador Franco en 1975. “En mi opinión, Ucrania no está lista para un debate histórico”, dice, y sería incluso “suicida” para el país “si nos pusiéramos a discutir a Bandera. Vosotros los alemanes no lo entenderéis”, añade.

En la realidad no existe tal tregua en la política de la memoria. Aunque el presidente Poroshenko haya llamado en repetidas ocasiones “defensores de Ucrania” tanto a los veteranos del Ejército Rojo soviético como a los de UPA, desde entonces ha establecido el 14 de octubre como fiesta nacional. Es el día en el que los nacionalistas celebran el aniversario de la fundación de UPA.

Mientras que los (potenciales) críticos de Bandera han dejado de criticarle, sus seguidores ni siquiera se plantean mantenerse en silencio. Allá donde van, tras destruir a Lenin celebran marchas de Bandera, y su interpretación está apoyada, con asistencia del “Instituto de Memoria Nacional” de Viatrovych, por lo más alto del Estado. Ciudadanos polacos o judíos del país deberán seguir viendo cómo asesinos deliberados de ciudadanos de su etnia, únicamente por motivos étnicos, son convertidos en héroes nacionales.

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