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El camino a Soledar

Artículo Original: Alexander Kots / Komsomolskaya Pravda

Parece que la ciudad está ahí mismo, en la palma de tus manos, en las tierras bajas. Tomar las colinas dominantes y expulsar al enemigo. A día de hoy, Soledar es uno de los puntos más calientes de Donbass, donde se decide el destino de la ofensiva sobre Slavyansk y Kramatorsk. Sin esta ciudad, es imposible hacer la pinza a Artyomovsk, la línea de defensa en la que el oponente mantiene ahora mismo sus principales fuerzas. Desde una de las alturas, observo Soledar, sobre la que asciende el humo de las explosiones de artillería. En algún momento, noto que el fuego se acerca casi hasta las posiciones avanzadas del Segundo Cuerpo del Ejército de la RPL, que se ha acercado a Soledar para comenzar a luchar por la planta Knauf de la zona industrial.

“El enemigo contraataca con fuerzas de hasta una compañía”, explica el comandante del batallón con voz segura en el puesto avanzado. Suena bonito, pero en realidad es el sótano de una casa de pueblo. En una “oficina”, en una pequeña pantalla hay una imagen de dron. Otra es el lugar de trabajo del comandante del Sexto Regimiento de la RPL. Sobre la mesa hay un mapa extendido sobre el que caen fragmentos de cemento desde el techo. Los proyectiles de artillería del enemigo explotan a escasa distancia, añadiendo elementos de cinematografía soviética a todo lo que está pasando. En momentos así, te planteas lo cerca que los directores del pasado estuvieron de la realidad. Fragmentos del techo cayendo, un mapa escrito en rojo y azul y un concienzudo comandante de bigote poblado. Y la tierra, que cae poco a poco con otro pequeño terremoto.

“Nos vestimos, cascos, chalecos, todo”, ordena el comandante del batallón, aunque es innecesario. Si, de repente, alguien se quitó la armadura antes del momento del contraataque, todos se cambiaron de ropa con las primeras explosiones.

“Está funcionando la artillería de largo alcance, por favor, suprimidla”, informa con calma el oficial a la radio. En ese momento, un proyectil impacta en el porche. Un soldado rueda por las escaleras al sótano aguantando las lágrimas. “¿Qué, Vadik, sorprendido?”, se interesa el paternal comandante, pero a juzgar por sus mandíbulas, ha sorprendido a todos.

Un soldado recién movilizado se jacta, intentando ocultar un temor normal con curiosidad: “¿Es mejor abrir la boca o taparse los oídos durante una explosión?”

“Abre la boca si tienes tiempo”, le aconsejan sus camaradas. Misha, el perro, está sentado a sus pies. Dice que les guía sobre si hay que salir o no. Cuando trabaja nuestra artillería, Misha juguetea por la calle y ladra como con aprobación. Pero en cuanto escucha en fuego del otro lado, se esconde en el rincón más lejano del sótano. Mientras no sale, es mejor no sacar la cabeza.

“El contraataque ha sido repelido”, informa el comandante del batallón.

“La situación es establemente tensa”, nos explica Viktor. “El enemigo, hay que reconocerlo, resiste con fuerza. Lo intenta, como habéis visto, contraataca con infantería. Usa tanques, artillería. No está aburrido. Pero las perspectivas de que entremos en la ciudad son reales. Todo se complica por el hecho de que nos movemos por campos minados”.

“¿Y cómo está Soledar?”

“Hay una particularidad allí: el enemigo se puede esconder en minas profundas de sal. Su desarrollo comenzó hace dos siglos. Seguro que todo el que vivió en la Unión Soviética recuerda un paquete de sal blanco y azul que costaba diez kopeks. La mitad de esos paquetes que consumía ese país tan grande se producían aquí, en Soledar, de ahí el nombre de la ciudad.

Ahora, bajo la ciudad hay 300 kilómetros de túneles por los que, si es necesario, se puede conducir un Kamaz a toda velocidad. En una de las minas se creó una atracción turística en la que, a una profundidad de 280 metros bajo el nivel del mar, se puede jugar al fútbol (nos referimos al tamaño, ahí no hay hierba, el suelo y las paredes son de sal), escuchar un concierto en un auditorio o incluso cuidar la salud en un sanatorio, Salt Symphony”. Se dice que el aire seco y saturado de sal tiene un buen efecto. Aquí se trataban enfermedades respiratorias y cutáneas.

Ahora, este reino subterráneo está siendo usado solo por los militares ucranianos como refugio contra los bombardeos de artillería. Pero las minas cercanas a Soledar, las de la localidad de Prakoveevka, son las más interesantes. Hay leyendas sobre estos lugares. Es como si hubiera cientos de montañas de armas escondidas allí, millones de rondas de munición. Tras la Gran Guerra Patria, se decía que se habían llevado allí pistolas Mosin, ametralladoras PPSH-41, PPS-43, ametralladoras alemanas MO-38/40, Thomsons americanas de 1928, Mausers, Colts, Degtyarevs y Maxims para ser preservadas. Ya se han encontrado Maxims en posiciones ucranianas abandonadas, lo que indirectamente confirma la leyenda.

Se rumorea que, en los años noventa, personas con ingenio de los servicios secretos de Ucrania organizaron un negocio: vendían las armas a familiares de los fascistas como recuerdo. Se dice que algún alemán encontró el arma de un antepasado buscando en los archivos y luego la encontró en el arsenal cerca de Soledar. Las armas guardadas ahí podrían ser utilizadas, solo necesitarían engrasarse. La temperatura constante y los niveles de humedad de las minas de sal tienen condiciones ideales para la conservación.

“Realmente hay depósitos con armas ligeras en Praskoveevka”, dice Vladimir Shanaev, exjefe del almacén de la mina Volodarsky. “Esto significa que están a 152 metros bajo el nivel del mar”. El nombre de la mina me resulta familiar. En 2014, inmediatamente después de Maidan y la vuelta de Crimea a casa, pasé por ese puesto de control. En aquel momento, los residentes protestaban conta la retirada de armas para entregárselas al Praviy Sektor y a la Guardia Nacional de Ucrania.

“Con las autoridades de Kiev no habrá vida para nosotros”, comentaba la población. “Especialmente en Donbass. Los de Crimea lo han hecho bien. Lo han hecho a tiempo. Tienen una situación más fácil, será más duro para nosotros. Pero todo Donbass es prorruso. No puede haber conflicto interno aquí. Solo si vienen los banderistas, nos enfrentaremos a ellos. Nos llaman bandidos, pero yo he trabajado en la mina durante 28 años. Ahora estoy retirado y sigo trabajando. ¿Han trabajado mucho en el oeste? Nosotros, como Crimea, esperamos volver a nuestra patria histórica, Donbass ha sido Rusia desde tiempos inmemoriales”.

Repasando las fotos de archivo, pensé que uno de esos hombres podría estar liberando su ciudad con armas en la mano ahora. Y otro podría haber sido reclutado por los batallones de defensa territorial de Ucrania bajo amenaza de prisión. Y se mirarían uno a otro a través del frente. Es la amarga realidad de esta guerra.

“¿Cómo está equipada?”, pregunto a Vladimir Shanaev.

“Solo hay una entrada al mando técnico. La jaula lleva a 152 metros. Cuando trabajaba allí se minaba sal bajo nuestros pies, en el metro 208 y en el 243. Solo hay una bajada. Como el lugar era secreto, había que llevar chaqueta y casco normal. En nuestro nivel, se llevaba uniforme. Pero la población sabía perfectamente qué había ahí”.

“¿Qué tipo de cámaras hay?”

“Imagina trabajar en un lugar de 17 metros de ancho y 50 de alto rodeado por puertas de metal. Hay diferentes depósitos uno tras otro. La largura será de 150-200 metros. Hay algunos que son simplemente enormes. En algunos entrarían 500 vagones”.

“¿Es así como se conservaban, en vagones?”

“No, iban viniendo. Por ejemplo, trajeron armas después de la primera guerra de Karabaj. Había entregas de diferentes bases decomisadas, hay un vagón entero con basura alemana con esvásticas: cinturones, armas… Se guarda en cajas de tres metros de alto y diez de largo”.

Vladimir Shanaev se graduó en la escuela de ingeniería de Penza en la Unión Soviética y se le asignó este lugar después de su graduación. Trabajó aquí hasta la disolución de la Unión.

“¿Cuáles eran tus funciones”?

“Era responsable de recibir las armas y enviarlas. Era el jefe del depósito, tenía doce, cada uno con un manager, un equipo de cargadores, dos cargadores eléctricos, cuatro coches eléctricos y un equipo de trabajadores auxiliares”.

“¿Sacaron muchas armas cuando estabas aquí?”

“Constantemente. La limitación era lo que podía subir el elevador. La grúa levanta dos trolleys, que contienen ochos cajas de AKM. Así que no se puede sacar tanto. Se enviaban al extranjero desde Nikolaev”.

“¿Es teoréticamente posible destruir esos depósitos?”

“No imagino dónde conseguir tantos explosivos. Creo que se puede bloquear la entrada junto al puesto de control, que está en el metro 152. Si todo el camino se colapsa, llevará mucho tiempo recuperarlo”.

Con la disolución de la Unión Soviética, Vladimir volvió a Rusia con su esposa y dos hijos y sirvió en el arsenal número 53 de la región de Nizhny Novgorod. Dice que su esposa, profesora de primaria y de música en Artyomovsk, aún recibe cartas de antiguos estudiantes que se han marchado por todo el mundo.

“¿Puedo hacerte una pregunta personal? ¿Por qué no te quedaste en Ucrania?”

“Porque me pedían hacer otro juramento. Soy un hombre ruso de Nizhny Novgorod, no había otra opción para mí. No lo entendí así entonces, solo tenía una sensación de que no podía aceptarlo. Ahora todo es evidente. El nacionalismo es destructivo para cualquier cultura, es una pena que Europa no lo entienda. O que hace como que no entiende”.

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