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Alto el fuego, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Minsk, Ucrania

Petrovskoe

Artículo Original: Denis Grigoriuk

“En Petrovskoe está la estepa. En Petrovskoe, donde se está produciendo la retirada, no hay una sola persona. No hay gente”

-Volodymyr Zelensky

La roja estepa de noviembre queda cortada por el asfalto. Desde la ventana se observan los desnudos árboles. Sobre nuestras cabezas cae un cielo gris pesado. Una ráfaga de frío viento se pasea por las colinas removiendo la hierba muerta. Abruptamente, justo antes del puesto de control, la Carretera comienza a descender. Atrás queda el joven soldado que, sin querer, se convirtió en protagonista de varias publicaciones de la prensa cuando los corresponsales filmaron su humilde sonrisa en el puesto de control. Nadie sabrá nunca nada de él. ¿Qué tipo de persona es? ¿Qué le hizo tomar las armas? ¿Por qué está ahora en la línea del frente en vez de estar de permiso, tomando café caliente y hablando de memes de internet con sus compañeros? En un momento, se convirtió simplemente en otra foto más del archivo de imágenes de la guerra en Donbass.

La localidad de Petrovskoe, como el chico del puesto de control, se ha hecho famoso por un momento. Se olvidará tan pronto como deje de ser parte de las negociaciones. Ahora, de repente, se ha empezado a hablar del pueblo porque los líderes de los países europeos, de Estados Unidos y de Rusia han comenzado a hablar de la retirada de tropas en la zona.

Antes de la guerra, Petrovskoe era un pequeño pueblo en el que se vivía de forma modesta y sin molestar a nadie. La población tenía ganado, aves y recogía madera de haya. Siguen haciéndolo incluso ahora. Solo hay unos metros habitables ahora mismo. Pero esa información contradice lo afirmado por el presidente ucraniano, que aseguró que en Petrovskoe no vive nadie.

Una señal oxidada. Las tres primeras letras están coloreadas con la tricolor: negro, azul y rojo. Petrovskoe. Los ojos se fijan en los restos de viviendas destruidas. En algunas de ellas queda la valla. Los esqueletos de los edificios han quedado enterrados en una vegetación que crece incontrolada. Los arbustos y los árboles rodean los ladrillos destrozados. Frente a una valla hay pintada una amenazante inscripción escrita con tiza, “la casa Palich. Si no entras, morirás”, rodeada de restos de metralla. No nos acercamos a la casa por no arriesgar en exceso. En todas partes hay señales rojas con la inscripción “minas”. En el horizonte se avista la torre de la operadora de telefonía móvil ucraniana MTS. Junto a las casas hay coches soviéticos desmantelados. Los árboles están desnudos. Todas las hojas de color amarillo anaranjado descansan bajo nuestros pies.

Una intersección divide el pueblo en dos partes. En la parte más cercana a la línea del frente vive una mujer mayor. En su jardín corretean unos pollos. Apoyado en una vieja valla de madera descansa un pequeño perro con dos grandes manchas rojas en el lomo. Hay muchos animales. Nadie esteriliza a los perros y gatos, así que a menudo aparecen con sus cachorros en lugares en los que alguien puede darles de comer. La población local ha aceptado a los nuevos vecinos y viven juntos en esta guerra.

Llegamos a la parte del pueblo situada más lejos del frente. Pasamos junto a los restos de un edificio. Entre las cenizas se puede ver alguna teja intacta. No muy lejos está el monumento a los soldados soviéticos. Una bandera roja abraza a la estatua del soldado. En la base se pueden ver los restos de algunas minas antitanque que han recogido los vecinos.

Junto a una valla hay un hombre vestido de camuflaje y gorra de chófer. En su mano, un paquete de tabaco. En una conversación de diez minutos, Nikolay lleva ya tres cigarros. Está nervioso, porque las cámaras no suelen llegar a esta parte de la localidad. Aquí viven, en pequeña comunidad, Nikolay, su esposa Natalia, Antonina, Zinaida y Lyuba con su marido.

“Si pasa algo, vendrá a vivir en esta parte, más cerca de nosotros”, dice Nikolay sobre una mujer que vive en la otra parte del pueblo. Ese si pasa algo quiere decir si las bombas destruyen su casa. Frente a la casa de Antonina hay un edificio vacío. Los dueños se marcharon hace mucho tiempo. Ahí estaría más segura y sobrevivir sería más fácil todos juntos.

En Petrovskoe no hay tiendas. No queda nada, salvo unas pocas casas en condiciones, equipadas para los observadores del puesto de la OSCE. Así que la población local usa sus propios medios de transporte para ir a Stila, donde hay una pequeña tienda, para comprar comida y repartirla a los vecinos.

“En invierno nadie limpia la carretera. Llegar hasta allí es imposible”, explica Natalia refiriéndose a la pista por la que hemos llegado hasta el pueblo. De hecho, en invierno, el pueblo está completamente aislado de la civilización. La civilización se presenta cuando se produce un intento de retirada de tropas. El resto del tiempo, el teléfono es un juguete de plástico sin alma. Sobreviven porque casi todos los residentes que quedan se dedican a la ganadería de subsistencia: tienen pollos, patos y otros animales. Venden la leche de las vacas en el mercado. Eso da algún ingreso. Guardan el pan en el congelador para que no se pierda.

“Nadie va a venir a por nosotros aquí. Natalia murió en casa de Vanya. Ellos dos solos. No pudimos llamar a nadie. Es cierto que por la noche llegó la policía, pero no la ambulancia. Ellos (los familiares de la fallecida) estaban solos, tuvieron que usar un coche para llevar el cuerpo a la morgue. Estamos olvidados”, sonríe Natalia, mostrando algo parecido a la desesperación. La mujer habla con nostalgia de los tiempos anteriores a la guerra, cuando el pueblo estaba lleno de vida.

A menudo son los soldados los que ayudan a la población. Distribuyen la comida en blindados. Los residentes con los que hemos hablado afirman que 2019 ha sido más tranquilo que el año pasado. Antes literalmente tenían que vivir en los sótanos. Durante nuestra estancia, Petrovskoe estuvo en silencio. Sin embargo, sigue siendo una localidad del frente, así que vivir aquí es peligroso, al igual que lo es en otros pueblos cercanos a la línea de contacto.

“No iremos a ninguna parte”.

“Hay minas en todas partes”.

“La gente tiene miedo hasta de ir a Stila. Vas y piensas: ahora puede haber francotiradores”.

“Vas a la colina y los ves, ellos también te ven. Y allá donde vayas, te siguen como si fueras una diana y disparan. Mi marido fue a por los nietos. Estaban en el coche y oyeron disparos. Miró alrededor y volaban las bombas. Al lado del coche”, comenta Lyuba.

Todos tienen opiniones diferentes sobre la retirada de tropas de Petrovskoe. La mayoría no saben qué hace falta para que termine la guerra. Al mismo tiempo, tampoco saben cómo puede haber una reconciliación después de lo que ha pasado los últimos cinco años. Pero también están los que temen que la división de la RPD se marche del pueblo y que los nacionalistas ucranianos cumplan su promesa de tomar el pueblo.

Puede que sea porque hacía tiempo que no visitaba a la población del frente, pero me impactó la historia de este pequeño pueblo en el que vive este pequeño grupo de personas. Para gran parte del mundo, ni siquiera existen. Los oficiales han pronunciado su sentencia: no hay nadie. ¿Pero quiénes son? Son gente normal, con dos piernas, brazos y una cabeza sobre los hombros. Como el resto de la gente, quieren comer, dormir, trabajar y, lo que es más importante, vivir. ¿Alguien pensaría en ellos si no se estuvieran produciendo intrigas en los despechos de los que mandan? Probablemente no. De la misma forma, tampoco los periodistas vendrían aquí si no se estuviera produciendo el intento de retirar las tropas. Tampoco a la ONU le importa el destino de estas personas. Solo se preocupan por grupos más grandes y ellos son una docena de personas a las que no da ninguna valía y que están allí, en un país lejano. Podemos olvidar que existen.

Por la noche, en Donetsk, sentado en la cocina, recordaba lo que había visto. Se han quedado grabadas en mi mente las palabras de una de las mujeres: “Lo que fue Petrovskoe y en lo que se ha convertido: el cielo y la tierra”. Se puede aplicar a todo Donbass. Cada residente puede decir lo mismo de su ciudad, de su pueblo, de su barrio. En ese momento, comenzó a sonar una canción en la que una voz femenina dice “los glaciares se derretirán, llenarán el Jordán. ¡Que llegue la paz!”

Que así sea.

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