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Alto el fuego, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, Minsk, Ucrania

Lejos de los focos

Artículo Original: Denis Grigoriuk

Al llegar a Donetsk, de la que no dejan de salir informes de ataques, muchos experimentan una especie de disonancia. Por un lado, es una ciudad militar, pero, por otro, las chicas se pasean en minifalda. ¿Dónde están todos esos soldados armados hasta los dientes? ¿Dónde están las viviendas destruidas que enseñan los informativos? En lugar de eso, hay calles limpias, avenidas y plazas concurridas, fuentes y atracciones. Por la noche no se escuchan bombardeos ni disparos. Los alrededores del aeropuerto impresionan, pero incluso allí son esporádicos los momentos en que se escucha el mortero y las ametralladoras. Pero, ¿sigue existiendo la guerra de la que se discute en los talk shows de la televisión rusa? Para conocer la imagen de verdad de la guerra en Donbass no es suficiente ver en el horizonte la bombardeada terminal del aeropuerto de Donetsk.

Fue hace algún tiempo. Buscamos la carretera al pueblo en el mapa en el móvil. Utilizar navegadores en la guerra no es la opción más inteligente, pero cuando la zona está deshabitada y no la conoces, la vía electrónica es la única salida. Incluso así, no sabíamos por dónde ir. Entre los nombres de los pueblos que había en el mapa no se encontraba Kominternovo. La localidad había sido bendecida con la proverbial descomunización. Las autoridades de Ucrania le cambiaron el nombre por Pikuzy. En la RPD ignoran las odiosas leyes de las autoridades de Kiev, así que la población local usa el nombre habitual de la ciudad. Pero en los mapas electrónicos, los nombres han cambiado según la legislación ucraniana. Era lo que sospechábamos, pero en la zona no había conexión y no habíamos mirado antes de salir cuál era el nombre con el que los ucranianos conocen ahora Kominternovo.

Encontramos a unos chicos jóvenes de camuflaje. Ellos nos explicaron cómo llegar al pueblo. Al mismo tiempo, nos dieron también instrucciones de dónde acelerar para no encontrarnos con una bala ucraniana. Siguiendo por la destruida carretera, nos acercamos a la famosa torre destruida, una imagen habitual de los corresponsales de guerra que se ha convertido en una especie de seña que denota que el informe se ha hecho desde una de las localidades frente al sur de la RPD.

Hacía calor, el sol de agosto quemaba. Con este tiempo, apetecería estar sentado en alguna playa. En realidad, tampoco está tan lejos de aquí. Llegamos a Kominternovo, una localidad llena de vallas corroídas y llenas de agujeros de bala. Los agujeros en las viviendas están cubiertos de madera. En algunas de ellas no queda más que una pared caída. En cualquier momento puede explotar un proyectil que destruya cualquier parte que haya sido reconstruida. Las señales también están agujereadas. Todo está lleno de metralla y restos de proyectiles en el asfalto. Un cráter de una explosión reciente. Ocasionalmente parece que algún anciano observa a través de los agujeros de la valla a los hombres con cámaras. En los alrededores no se ve un alma. Está vacío, como un pueblo abandonado. Todos los días, a alrededor de las tres de la tarde, todos los vecinos se encierran en casa.

El comandante que nos guía va acompañado de un soldado raso con un Kalashnikov al hombro. Nos cuenta cómo ha sido la noche. Los escarceos en Kominternovo son un fenómeno habitual, se puede decir que permanente. Así que los soldados están en guardia porque en cualquier momento puede estallar una batalla. En una zona, los soldados aceleran. Aquí estamos a la vista de los francotiradores ucranianos. El Kominternovo no hay “zona gris”. Las partes en conflicto están muy cerca, así que las ametralladoras se escuchan habitualmente. Para hacer fotografías aquí es preciso el permiso del comandante, que lleva mucho tiempo defendiendo este sector del frente. Las largas negociaciones no dan resultado. Para los comandantes, los periodistas son una carga. Su trabajo es pensar cómo luchar contra el enemigo, pero en lugar de eso se presentan personas que, con sus cámaras, pueden hacer como que han “tomado la posición”, que el enemigo atacará con artillería y puede incluso que alguno de los soldados saque una sonrisa para la foto, olvidando que nada de esto se puede hacer.

Poco después, consigo concertar una entrevista con la enfermera Mura, cubierta por una balaclava. Hasta que comenzó la guerra, trabajaba en un hospital infantil, pero ahora vive en el frente. En sus manos gime un cachorro gris. El nombre del perro es Lobo. A sus pies hay otro perro. Los animales se acercan a los soldados como estrategia de supervivencia. Ambos cachorros han nacido en guerra. Uno de ellos se pasea entre sus piernas mientras Mura nos cuenta la vida de una trabajadora sanitaria en el frente.

“Hay heridos habitualmente. A menudo hay que evacuar a residentes locales que han resultado heridos. Los llevamos a Novoazovsk. Aquí hay de todo, desde catarros, quemaduras, enfermedades digestivas, intoxicaciones. De todo”, cuenta soltando a Lobo, que corre a jugar con el otro perro.

En el pueblo hay muchos animales abandonados. Sus dueños se marcharon, pero sus pequeños guardianes se mantuvieron leales a sus hogares. Los militares cuidan de los gatos y perros, les dan de comer. “Suele pasar que los gatos y perros sufran heridas de metralla. Si hay un ataque con mortero, una vaca puede sufrir lesiones. No solo los humanos”, sonríe la chica a través de la balaclava con la que esconde su cara.

Empieza el ataque. Rugen las ametralladoras. El comandante se impacienta. “Salid de aquí antes de que me enfade”, ordena enfadado el comandante.

Con la cabeza baja, los soldados nos acompañan al coche, como diciendo: “chicos, comprendednos, son tiempos de nervios”. Nos vamos comprendiendo la situación. Dejamos atrás la tiroteada señal de tráfico con el nombre de Kominternovo. Al otro lado de la ventana, se pueden ver los molinos, campos y el cielo azul. Atrás queda el sonido de la batalla.

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