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Ejército Ucraniano, Pobreza, Poroshenko, Rusia, Ucrania

Mientras el pueblo sigue empobreciéndose

Artículo Original: Andrey Manchuk

El “Bloque Petro Poroshenko” se ha dado otro homenaje en plena guerra. La noche del 21 de diciembre, en el centro de Kiev, pudo verse un espectáculo poco común. Por las calles de Pechersk desfiló una procesión de coches caros y muy, muy caros. En cada cruce había una fuerte presencia policial con agentes vestidos de paisano y las limusinas iban acompañadas de grandes medidas de seguridad. Todo este movimiento se produjo alrededor de la calle Lavra, donde se encuentran las oficinas centrales del Bloque Petro Poroshenko, el principal partido político de la Ucrania post-Maidan. Llegaron a la fiesta, entre otros, el primer ministro Volodymyr Groisman, varios de los ministros, y también el mismísimo presidente.

¿Por qué pasó la tarde en Lavra el jefe de Estado de nuestro país? ¿Qué les hizo reunirse, a tan altas horas de la noche, en estos años tan difíciles de estado de excepción y alarma generalizada, cuando, según Petro Poroshenko, el enemigo podría amenazar la existencia de la Ucrania independiente en cualquier momento?

Puede que esta reunión imprevista en el búnker del partido fuera un consejo militar secreto para tratar la amenaza del ataque del “agresor”, que ya calienta motores cerca de la frontera ucraniana y piensa presentarse al alba camino directamente de Bankova [calle en la que se encuentra el Gobierno ucraniano]? ¿O puede ser un intento de evitar un sabotaje desde las paredes del monasterio Pechersk-Lavra [uno de los más importantes de la iglesia ortodoxa], donde, camuflados en las túnicas de los monjes, se esconden los agentes de Moscú?

¿Puede que los líderes del Bloque Petro Poroshenko se reunieran en petit comité para discutir la propuesta de Oleksandr Turchinov, presidente del Consejo de Defensa y Seguridad Nacional, que prometió enviar al mar de Azov a las fuerzas de choque de la Marina de Ucrania? Justo antes, el famoso almirante de Odessa Alexey Goncharenko había prometido liderar la campaña naval y seguro que los miembros de su partido querrán participar en la campaña, posiblemente cantando canciones piratas con la botella de ron en la mano y eligiendo a aquellos que irán a bordo de la armada invencible, esa que, por desgracia, no tiene sitio para todo el grupo parlamentario.

O puede que fuera una vigilia de las principales figuras de la nueva iglesia oficial del Estado, con algún rezo colectivo y después una comida modesta, siempre pensando en los niños huérfanos y en los fieles más necesitados. Al fin y al cabo, como los buenos feligreses que dicen ser, las autoridades están obligadas a moderarse, rechazar comida de lujo y, especialmente, a mantenerse alejados del satánico alcohol.

Sin embargo, la realidad siempre es más prosaica. Los representantes del Bloque Petro Poroshenko se reunieron en la calle Lavra para celebrar la tradicional fiesta navideña en las oficinas del partido. Oficiales, diputados, millonarios y billonarios, que han impuesto al pueblo el estado de excepción, con todas sus limitaciones y molestias, no han querido privarse de otra fiesta, un festín más que se celebra en un país en guerra. Y aunque estas personas alertan a diario a la población de las crecientes amenazas militares, por algún motivo ellos están seguros de que “el agresor” no atacará Ucrania esa noche.

Los dirigentes del partido en el poder están dispuestos a encontrarse con “el enemigo” entre botellas de whisky y los vinos más caros. Y no están especialmente preocupados por la reacción de los ucranianos. Aunque probablemente hayan oído hablar de que en Kiev se han abierto recientemente lugares para alimentar a los pobres y a los pensionistas, que tienen que sobrevivir al frío invierno con 10-15 dólares al mes tras gastar gran parte de su pensión en las facturas mensuales, por cuyo aumento han votado los diputados del Bloque Poroshenko.

Por fin tienen algo que celebrar. En este duro año, la mayoría de los representantes ucranianos se han enriquecido aún más. Y ahora lo único que desean de Santa Claus, que sustituirá al descomunizado Ded Moroz [la versión soviética de Santa Claus, al que estaban acostumbrados los niños ucranianos hasta ahora], es una garantía de que seguirán en el poder y podrán volver a celebrar, dentro de un año, que aún siguen manteniendo su estatus. La única pregunta es si los ucranianos se lo permitirán.

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