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Intereses bélicos en la misión de paz

Demostración de los instructores canadienses ante el Ejército Ucraniano.

Importante por su tamaño y por su potente organización, que cuenta con el Ukrainian Canadian Congress (Congreso Ucraniano-canadiense) para hacer avanzar sus planteamientos políticos, la diáspora nacionalista ucraniana en Canadá ha sido uno de los grupos más activos en el intento de influir políticamente sobre la situación en Ucrania. Y en todo momento ha tratado de forzar la intervención occidental en busca de esos cambios políticos. Desde el sabotaje de conciertos de la pianista ucraniana Valentina Lisitsa en Toronto por sus opiniones políticas a la recaudación de fondos para suministrar a los batallones voluntarios y al ejército en el frente en Donbass, ha sido incansable la labor de propaganda en defensa del nuevo Gobierno ucraniano y contra Rusia que ha llegado desde Canadá.

La derrota electoral en 2015 de Stephen Harper, uno de los principales aliados extranjeros de la Ucrania post-Maidan, dio paso al Gobierno del liberal Justin Trudeau, cuya política en relación con Rusia y Ucrania solo puede calificarse de continuista. Tras su decidido apoyo a las protestas de Maidan, Canadá colaboró, al igual que Estados Unidos y otros países occidentales, en la instrucción del Ejército Ucraniano. En lo político, su apoyo a Kiev ha sido, hasta el momento, incondicional. El Gobierno Liberal ha mantenido también la política de hostilidad hacia Rusia. Y, tras la decepción inicial de que Chystia Freeland solo fuera nombrada ministra de Comercio Exterior, la experiodista de origen ucraniano pasó finalmente a ocupar el deseado puesto de ministra de Asuntos Exteriores.

El compromiso con el nacionalismo ucraniano de Freeland va más allá de sus orígenes familiares y de la polémica que se produjo a principios de 2017. En aquel momento, Freeland calificó de propaganda rusa la información sobre su abuelo, Mijailo Chomiak, a quien califica como héroe pese a las revelaciones de que colaboró activamente en la maquinaria de propaganda de la ocupación alemana en lo que hoy es el este de Ucrania. En su etapa de periodista, la ahora ministra publicaba en el Financial Times un artículo sobre los héroes ucranianos a raíz de una encuesta en busca de la principal figura de la historia de Ucrania. En él se refería a Stepan Bandera, líder de un grupo, OUN, cuya colaboración con la Alemania nazi y la participación en masacres contra la población no ucraniana de la zona está más que acreditada, en los mismos términos que lo hace el nacionalismo radical ucraniano. “Yaroslav el sabio, el príncipe de la Rus de Kiev del siglo XI, fue nombrado el ganador en un acelerón en el último minuto, superando al líder partisano de Ucrania occidental Stepan Bandera, que lideró una guerrilla contra los nazis y los soviéticos y fue envenenado por orden de Moscú en 1959… La imagen soviética de Bandera como traidor aún colea. Eso sería un error”, decía entonces Freeland.

Adoro la cultura y la lengua rusa”, escribió en su cuenta de Twitter Chrystia Freeland cuando fue introducida en la lista de sanciones rusas (respuesta, a su vez, a las sanciones canadienses contra Rusia) en 2014. “Pero es un honor estar en la lista de sanciones de Putin, especialmente en compañía de amigos como Cotler y Grod”, decía en referencia a Paul Grod, presidente del Ukrainian Canadian Congress.

Dos años después, en su discurso del Remembrance Day [Día de Recuerdo de los soldados caídos en la guerra], Paul Grod iba un paso más allá y daba un ejemplo de su visión de la historia de Ucrania. Tras dedicar unas palabras a las fuerzas canadienses que lucharon “en la defensa de los valores canadienses en las dos guerras mundiales, la Guerra de Corea y ahora en Afganistán”, afirmó:

“Como ucraniano-canadienses, también recordamos y rendimos homenaje a los millones de hombres y mujeres que murieron en la lucha por la libertad de su ancestral patria ucraniana: los hombres y las mujeres de los fusileros del Sich Ucraniano, los miembros de la 1ª división del Ejército Nacional Ucraniano [UNA, nombre que adquirió en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial la Galizien Division de las SS] , el Ejército Insurgente Ucraniano [UPA] y la Organización de Nacionalistas Ucranianos [OUN]”.

Grod, que en el Congreso Ucraniano Mundial (del que es vicepresidente) celebrado en Madrid finalizó su discurso con el saludo utilizado históricamente por el nacionalismo ucraniano más radical (Gloria a Ucrania, gloria a los héroes), ha querido ahora centrar su atención en el tema político y militar más importante del momento. Aprovechando que estos días se celebra en Vancouver -con participación tanto del primer ministro como de la ministra de Asuntos Exteriores- una conferencia sobre el papel de las misiones de paz en el mundo (UN Peacekeeping Defense Ministerial), Grod exige la participación de su país en una futura misión de paz de Naciones Unidas en Donbass.

En septiembre, el presidente Putin de Rusia realizó lo que a muchos les pareció una concesión. Indicó el posible apoyo ruso para una misión de paz de Naciones Unidas en el este de Ucrania, donde Rusia lleva a cabo una guerra de agresión contra Ucrania desde hace tres años”, comienza el artículo publicado por The Hill Times en el que Grod exige a Canadá que presione para la introducción de una misión de paz en Donbass según los términos ucranianos.

La teoría de Grod, habitual portavoz de la diáspora nacionalista ucraniana en Canadá, en nada difiere de la versión más dura de Kurt Volker, representante del Departamento de Estado de Estados Unidos para Ucrania. Según la versión de Grod, la introducción de una misión de paz -que, por supuesto, debe desplegarse por todo el territorio, incluida la frontera, pese a que hace tres años que no hay batalla- permitiría el regreso de los refugiados. En realidad, muchos ya lo han hecho y ciudades como Donetsk se acercan desde hace meses a la población anterior a la guerra.

La semana pasada al hablar de estos temas en el Comité de Defensa del Parlamento, me quedó claro que hay cada vez más conciencia y un interés significativo entre los legisladores de Canadá por la posibilidad de introducir una misión de paz de Naciones Unidas en Ucrania”, explica, optimista. Ante la posibilidad de un veto ruso en el Consejo de Seguridad, ya que Rusia ha dejado claro que no tiene intención de ceder ante las presiones de Ucrania y Estados Unidos, la receta de Grod es exactamente la misma que la de Volker: sanciones y presión militar. “Canadá y sus aliados occidentales deben reforzar la mano de Ucrania aumentando la asistencia militar y ejerciendo una presión significativa sobre Rusia, intensificando las sanciones hasta que acepten la propuesta ucraniana de la misión de paz”, afirma Grod, que parece haber olvidado ya los más de tres años de sanciones occidentales y de apoyo de países como Canadá al Ejército Ucraniano, que aun así no ha logrado vencer a las milicias de Donbass.

Y sin importar el hecho de que hace dos años que ni la RPD ni la RPL tratan de avanzar sobre territorio ucraniano, Grod vuelve sobre el tan repetido argumento de la necesidad de entregar armamento letal defensivo a Ucrania. Esas armas “permitirían a Ucrania defenderse mejor de los ataques de artillería diarios y aumentaría el coste de cualquier ofensiva rusa para capturar territorio”, afirma Grod en un argumento difícilmente basado en la realidad sobre el terreno. “Si el precio de la guerra es más alto para Rusia que el precio de la paz, Ucrania tendrá paz”. Poco importa que ese “precio de la paz” al que se refiere Grod, y al que se refiere también Volker, sea la rendición, la exigencia de abandonar a su suerte a la población de Donbass sin compromiso alguno de que vayan a garantizarse siquiera los derechos básicos que exige Minsk (el ejemplo de la ley de amnistía que introduce dicho acuerdo y que Ucrania se niega a conceder es un buen recordatorio de ello).

Aquí, Canadá tiene una oportunidad para ser un líder geopolítico. Fue un primer ministro de Canadá, Lester B. Pearson, el que ganó el Premio Nobel de la Paz hace sesenta años por su papel estableciendo la primera misión de paz de la ONU, enviada a Suez. Desde entonces, Canadá ha participado en numerosas misiones y se ha ganado a pulso la reputación de líder en los esfuerzos internacionales para acabar conflictos en todo el mundo”, escribe Grod para llamar la atención sobre lo que Canadá debe hacer por Ucrania.

Debemos equilibrar esa credibilidad y experiencia proponiendo a la comunidad internacional que Canadá está preparada, en el menor tiempo posible, para liderar esa misión. Canadá debe moverse rápidamente para identificar las necesidades, el alcance y la cantidad y recursos necesarios para una completa y efectiva misión de paz en el este de Ucrania. Con la segunda, y posiblemente más capaz, presencia militar en Ucrania, Canadá está bien posicionada para ponerse a ello inmediatamente”, explica Grod en una misión que, en realidad, no es de paz sino de captura del territorio. “Tenemos la oportunidad de convertir el sueño ucraniano de paz en realidad”, dice del país que trató de dar una solución militar a un problema político e hizo estallar la guerra. “Aprovechemos esta oportunidad”, concluye el artículo de The Hill Times, que deja claro que la solución a la guerra en Donbass no vendrá del nacionalismo ucraniano, ya sea de Kiev o del otro lado del Atlántico.

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