“La guerra de Rusia contra Ucrania ha entrado en una nueva fase, definida no por el impulso o la negociación, sino por el estancamiento estratégico y la persistencia ideológica. A pesar del fracaso de sus primeras campañas, Rusia no muestra ninguna intención de poner fin a la guerra. Por el contrario, el Kremlin se está preparando para una confrontación prolongada y ofensivas adicionales, apoyándose en la represión interna; las crecientes alianzas externas, en particular con China; y la fatiga occidental, junto con la aparente falta de voluntad o capacidad de Occidente para coaccionarlo hacia la paz”, escribe en su último artículo publicado por Carnegie Endowment for International Peace el ministro de Defensa de Zelensky entre 2019 y 2020 y ahora think-tanker a tiempo completo Andriy Zagorodnyuk. El objetivo del artículo es ofrecer una nueva teorías de la victoria de Ucrania: “la neutralización estratégica”. Pese a lo ominoso de los términos, la base sobre la que se sustenta el argumento es la guerra de desgaste rusa, basada según el artículo, en los tres parámetros mencionados en el párrafo de apertura.
Zagoridnyuk parte de una premisa cómoda, pero falaz. La idea de coaccionar a Rusia a la paz ha sido la principal, quizá incluso única, estrategia occidental hasta la llegada al poder de Donald Trump e incluso ahora sigue siendo la preferida por los países de la Unión Europea. Han pasado más de 20 meses desde que Israel comenzara a atacar impunemente Gaza, tiempo en el que los bombardeos israelíes han destruido la franja, diezmado el sur de Líbano, dañado las infraestructuras de Yemen, atacado sin provocación previa Irán e impedido durante meses el paso de ayuda humanitaria a la población gazatí sin que se hayan producido sanciones occidentales. Por el contrario, la Unión Europea negocia ahora el 18º paquete de sanciones contra la Federación Rusa, expulsada del sistema internacional de pago necesario para participar en el comercio mundial, de las competiciones deportivas y de toda institución liderada por los países occidentales que no dependa de Naciones Unidas, donde le protege el estatus de potencia aliada vencedora de la Segunda Guerra Mundial y miembro permanente del Consejo de Seguridad. Ver en el fracaso de la estrategia de sanciones una falta de voluntad de Occidente para presionar al Kremlin a una paz que no se corresponde con la realidad de la guerra es un dogma de fe que busca una solución simple al complejo problema de que no todo el mundo se haya unido a las sanciones y que Rusia haya sabido redirigir sus lazos comerciales y cadenas de suministro.
A la hora de explicar la capacidad rusa de seguir librando la actual guerra de desgaste, el exministro de Defensa de Ucrania acierta únicamente en la segunda premisa, las alianzas externas, aunque prefiere no asumir que es el origen de que la tercera, la coerción occidental, haya fracasado rotundamente. Esta misma semana, varios medios se hacían eco de la conversación mantenida por Kaja Kallas, jefa de la diplomacia de la UE, y Wang Yi, en la que el ministro de Asuntos Exteriores de China confirmó a Bruselas lo que ya debería haber comprendido, que China, que no es parte de esta guerra, no quiere ver a Rusia derrotada. En un momento en el que tanto la Unión Europea como Estados Unidos presionan económica y políticamente a China, es lógico que Beijing no vaya a cooperar con Bruselas y Washington en su labor de destruir a su vecino y aliado. Aun así, ni Kiev ni sus aliados europeos han perdido la falsa esperanza de convencer a China para unirse a las sanciones antirrusas u obligar a Moscú a aceptar la negociación que la UE quiere imponer, una en la que el papel de Rusia sea únicamente la de firmar los términos propuestos.
Aún más curiosa es la idea de que una de las bases de la guerra de desgaste rusa sea la represión interna, innecesaria desde la invasión rusa, ya que no se han producido las grandes movilizaciones que Ucrania y Occidente esperaban. La apuesta con cierta forma de keynesianismo militar, aumento de salarios e incentivos para quienes se alisten en el ejército a pesar del riesgo que supone han mantenido el nivel económico. Sin caos económico ni carencias importantes y cada vez con más argumentos para defender que Rusia no se enfrenta solo a Ucrania sino a Occidente como colectivo, la represión interna que menciona Zagorodnyuk será aún más innecesaria. La situación contrasta con las imágenes diarias de capturas de personas que enviar al frente que se producen en Ucrania.
El objetivo de Zagorodnyuk no es, sin embargo, analizar las capacidades rusas sino presentar un marco en el que parezca creíble una victoria militar de Ucrania en la guerra, tarea en la que ha trabajado duramente estos años. “Ucrania puede ganar a lo grande. El país ha demostrado una y otra vez que es capaz de derrotar a Rusia. Primero lo hizo impidiendo que Rusia se apoderara de Kiev, Járkov, Chernigov, Sumy y la costa del Mar Negro. Volvió a lograrlo al detener la ofensiva concentrada de Rusia en Donbass, la región oriental ucraniana que comprende las provincias de Donetsk y Lugansk, parte de la cual Rusia ocupa desde 2014. Más recientemente, Ucrania retomó la provincia de Kharkiv en menos de una semana, rompió las líneas defensivas rusas en el sur y comenzó a liberar partes del este. Occidente debe unirse a Kiev para lograr una victoria ucraniana inequívoca”, escribía en Foreign Policy en otoño de 2022, el momento en el que Ucrania y sus aliados no fueron capaces de prever que Rusia se repondría de sus derrotas. Ese fue también el momento en el que Kiev tuvo en su mano la negociación en posición de fuerza que lleva buscando desde entonces. “Para cuando las fuerzas ucranianas estén preparadas para avanzar sobre la península, la mayoría de las capacidades rusas habrán quedado gravemente dañadas”, escribía en enero de 2023 en el mismo medio defendiendo “la causa de tomar Crimea”. Rusia llevaba ya dos meses cavando las trincheras que ese año impedirían que Ucrania se acercara siquiera a la península.
Pese al evidente fracaso de la ofensiva terrestre, en 2024, Zagorodnyuk escribió su “teoría de la victoria de Ucrania”, texto en el que argumentaba que “Ucrania ha sido clara en cuanto a sus objetivos. Entre ellos, liberación de todo el territorio dentro de sus fronteras internacionalmente reconocidas; retorno de los prisioneros de guerra, ciudadanos deportados y niños secuestrados; justicia mediante el enjuiciamiento de los crímenes de guerra e indemnizaciones; establecimiento de acuerdos de seguridad a largo plazo. Pero Kiev y sus socios aún no se ponen de acuerdo sobre cómo conseguirlo. Nadie, al parecer, ha elaborado una teoría sobre cómo Kiev puede ganar” y añadía que “eso tiene que cambiar”. “Occidente”, exigía, “tiene que afirmar explícitamente que su objetivo es una victoria decisiva de Ucrania y derrota de Rusia”, algo que ya entonces era evidentemente imposible, “y tiene que comprometerse a suministrar a Kiev la asistencia militar directa y apoyar la floreciente industria militar del país”.
En otras palabras, la teoría de la victoria de Ucrania era el compromiso de dar a Kiev lo que fuera necesario -no solo material y financiación, sino también tiempo- para conseguir todos sus objetivos. Esa sigue siendo la teoría también en 2025, cuando Ucrania sufre cada vez más dificultades para reponer sus filas, ha perdido su carta negociadora de Kursk y los avances rusos hacen que los partes de guerra hablen de la región de Dnipropetrovsk y no de una aproximación ucraniana a Crimea. Sin embargo, incluso para quienes analizan la guerra retorciendo la realidad para hacerla coincidir con sus necesidades nada de esto es realista a día de hoy.
“Muchos responsables políticos occidentales han construido una estrategia a largo plazo para Ucrania basada en la suposición de que, una vez finalizadas las hostilidades, puede fortalecerse mediante una combinación de producción autóctona y apoyo exterior específico para disuadir de una nueva agresión”, presenta como hipótesis en caso de alto el fuego, para posteriormente centrarse en la posibilidad de que no haya posibilidad de acuerdo de tregua. “En ese caso, una estrategia basada exclusivamente en la disuasión no es suficiente. En vez de suponer que la guerra puede terminar mediante una amplia victoria en el campo de batalla o un compromiso negociado, Ucrania y sus aliados deben planificar la construcción de un Estado viable, soberano y seguro bajo una constante presión militar. Esta realidad exige una redefinición de lo que significa un resultado exitoso. En este contexto, el objetivo no debe ser derrotar directamente a Rusia o esperar que su régimen ponga fin a la guerra gracias a la presión económica o diplomática, sino negarle sistemáticamente la capacidad de alcanzar sus objetivos militares”, argumenta Zagorodnyuk para centrarse en su nueva teoría: la neutralización estratégica.
Eje central de esa estrategia es “convertir a Ucrania en un «puercoespín de acero» ha ocupado un lugar central en esta planificación: un país tan fortificado defensivamente que cualquier futura ofensiva rusa fracasaría por diseño”. Mencionando la “coalición de voluntarios”, una alianza más flexible que la OTAN, el exministro de Defensa plantea realmente la militarización de Ucrania bajo el argumento de la disuasión, un sustituto peligroso y con posibilidades de estallar nuevamente en una guerra con el que sustituir a un acuerdo definitivo entre las partes para resolver el conflicto y eliminar toda posibilidad de soluciones militares. Es la militarización y no la diplomacia la que merecen el esfuerzo.
“Rusia no se está preparando para poner fin a la guerra; al contrario, se está posicionando para una confrontación prolongada. A pesar de las esperanzas occidentales de un alto el fuego negociado, la postura y la retórica de Moscú, incluidas las recientes declaraciones de «luchar para siempre», reflejan un régimen que ve el tiempo como una ventaja, no como una limitación”, afirma tras describir el escenario que ve más favorable para Ucrania en estos momentos: la militarización de una conflicto sin resolver, es decir, la confrontación prolongada. El mal análisis actual “se debe en gran medida a un persistente sesgo de racionalidad occidental: la creencia de que Rusia también debe actuar según una lógica de coste-beneficio que sigue el propio análisis de Occidente. Pero el líder ruso Vladimir Putin opera con una lógica muy diferente, determinada por su creencia de que la guerra es existencial tanto para Rusia como para su régimen y por su convicción ideológica de que Ucrania debe ser subyugada de una vez por todas”, añade, nuevamente sin percibir que esos mismos argumentos describen también la percepción de Zelensky y su Gobierno de la guerra.
“Si la teoría de la victoria de Ucrania no se basa en el fin de la guerra, sino en derrotar funcionalmente los objetivos de Rusia al tiempo que se construye un Estado resistente, seguro y soberano, entonces se requiere un nuevo marco estratégico: al que me referiré como «neutralización estratégica»”, argumenta precisando que “a diferencia la estrategia tradicional de desgaste, cuyo objetivo es desgastar a las fuerzas enemigas mediante pérdidas sostenidas, la neutralización estratégica se centra en la negación de la función más que en el agotamiento del volumen. Esta distinción es esencial para la sostenibilidad a largo plazo del esfuerzo bélico de Ucrania”.
La estrategia de Zagorodnyuk está envuelta en palabras técnicas, explicaciones sobre la “derrota funcional como objetivo operacional”, “parálisis operacional multidominio”, “presión asimétrica y paciencia estratégica” o “erosión de la legitimidad estratégica y efectividad percibida”, pero puede resumirse en un pequeño fragmento. “La neutralización estratégica requiere esfuerzos sostenidos para paralizar las capacidades de Rusia en todos los dominios -terrestre, marítimo, aéreo, cibernético y de información- simultáneamente. No se trata de desgaste en el sentido clásico, sino de negación de funciones: Rusia debe quedar incapacitada para llevar a cabo ofensivas a gran escala, denegar el espacio aéreo ucraniano, disputar los mares o lograr el dominio cibernético o de la información. La estrategia se basa en la interrupción y la negación, no en la destrucción completa. Cada dominio debe ser impugnado de forma suficientemente persistente como para que los activos rusos pierdan su relevancia estratégica, aunque permanezcan intactos”, escribe Zagorodnyuk describiendo una estrategia de presión continua, conflicto prolongado y uso de Ucrania como trampolín para un enfrentamiento con Rusia convertido en una eterna guerra multidominio.
Por si quedaba alguna duda de que esta estrategia busca mantener activo el conflicto, Zagorodnyuk menciona los ámbitos de tierra, mar, aire, ciberespacio y añade la necesidad de más operaciones como Spiderweb, el ataque a la aviación estratégica y a los bombarderos nucleares, es decir, a la triada nuclear rusa, aspecto que podría incluso activar la doctrina nuclear de la Federación Rusa.
“En medio de toda esta charla sobre el nuevo enfoque de neutralización estratégica de Ucrania (seguir luchando hasta que Rusia se aburra y abandone)”, escribía la activista feminista Almut Rochowansku capturando a la perfección la lógica de la propuesta, “sigo pensando que Ucrania ya ha perdido gran parte del futuro que potencialmente podría haber tenido, y con cada mes adicional de guerra, pierde más”. Mientras Ucrania sigue perdiendo población en la guerra y en la emigración y las encuestas de opinión apuntan a una mayoría que prefiere un acuerdo a la continuación del statu quo, lobistas y autoridades ofrecen solo la continuación de un conflicto ya cronificado y argumentan que no se limite solo al frente terrestre o aéreo, sino que se extienda a todos los aspectos de la vida.
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