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Crimea, Estados Unidos

Noticias para el presidente

Con la participación de Elon Musk, el excéntrico multimillonario dueño de Twitter y actualmente uno de los hombres más cercanos a Donald Trump, Volodymyr Zelensky mantuvo apenas unas horas después de las elecciones estadounidenses, una relativamente larga conversación con el presidente electo. La presencia del magnate de Silicon Valley en la llamada pretendía resaltar su importancia, y por extensión la de Trump, en la capacidad de Ucrania de continuar luchando desde 2022. Los sistemas Starlink, propiedad de Musk, han sido la base de las comunicaciones de las Fuerzas Armadas de Ucrania, una tecnología vía satélite que no puede cegar. Sin embargo, incluso a pesar de ello, Musk no ha sido ajeno a las críticas de Kiev tanto por su visión de la guerra, excesivamente apegada a la versión rusa, como por considerar su ayuda como limitada. El ejemplo más claro fue la negativa de Musk de permitir el uso de la tecnología Starlink en Crimea, lo que dificultaba la posibilidad de ataques con misiles ucranianos contra el territorio que más desea conquistar. La importancia de Starlink y la necesidad de no alienar a su propietario hizo que las quejas desaparecieran rápidamente de los titulares, aunque el agravio perdurara.

La lógica de Elon Musk para negarse a permitir el uso de los satélites de Starlink para atacar Crimea partía, según explicó en su momento el millonario, de la necesidad de evitar una escalada que condujera a una guerra aún más intensa. Con su habitual uso de la hipérbole, Musk afirmó estar intentando evitar la tercera guerra mundial. Pese a la profunda ignorancia que ha mostrado sobre el conflicto y su naturaleza, el dueño de Starlink había comprendido claramente que Crimea era la prioridad fundamental de Ucrania y dar facilidades para su ataque implicaba colaborar activamente en una deriva peligrosa.

Desde entonces, Ucrania ha tratado de avanzar sobre la península por medio de su fracasada contraofensiva de 2023 y posteriormente se ha centrado en tratar de minar las capacidades rusas en Crimea por medio de ataques con drones, redadas puramente propagandísticas y, más recientemente, ataques con misiles. Y aunque Kiev solicita ahora misiles de largo alcance para atacar el territorio de la Rusia continental, Ucrania siempre ha dejado claro que Crimea es su principal prioridad. Es más, el hecho de que Crimea no fuera mencionada en los acuerdos ha sido presentado por oficiales ucranianos como uno de los factores por los que lo firmado en Minsk en febrero de 2015 era considerado inviable, es decir, inaceptable para Ucrania.

Cada alusión a Crimea es, en realidad, la reafirmación de que Kiev aspira a su integridad territorial según sus fronteras de 1991. Sin embargo, nadie en el entorno del Gobierno ucraniano esconde que la importancia de la península es muy superior a la de, por ejemplo, la destruida región de Donbass, cuya dilapidada industria no es de especial interés para una Ucrania consciente de que la entrada en la Unión Europea implica deslocalización y desindustrialización y que se ha planteado su contribución al bloque político como “potencia agrícola”. Toda aspiración a recuperar Crimea conlleva necesariamente una guerra hasta la derrota final de Rusia, única vía por la que Moscú podría firmar un tratado que devuelva esa región a Kiev. No hace falta escuchar a Dmitry Medvedev, que en su esperpéntica radicalización amenazó con “el juicio final”, para comprender que Crimea es la principal línea roja para la Federación Rusa y que el riesgo de pérdida de control de la península supondría la activación de su doctrina nuclear. En 2014, los países occidentales y sus líderes, Obama y Biden entre ellos, entendieron que era inviable actuar contra Rusia en Crimea, conscientes del favor popular a la anexión y sin que se planteara un enfrentamiento directo con una potencia nuclear por un lugar tan sensible para su seguridad.

En 2021, la “declaración Crimea” de Zelensky, que afirmaba que Ucrania utilizaría todos los medios a su alcance para recuperar el territorio perdido en 2014, fue considerada en Rusia lo más cercano a una declaración de guerra. En aquel momento, los medios a disposición de Ucrania eran políticos, diplomáticos y económicos, fundamentalmente unas sanciones que no tenían capacidad de obligar a Moscú a someterse al dictado ucraniano. La invasión rusa, el apoyo occidental y el suministro de armamento pesado pusieron en manos del Gobierno de Zelensky los medios militares con los que tratar de reconquistar el territorio.

En su habitual labor de guerra psicológica, Kirilo Budanov llegó a pronosticar que sus tropas entrarían en Crimea antes del verano de 2023, dejando claro cuál era el objetivo de la ofensiva terrestre de ese verano. Ucrania apenas pudo derribar unos ladrillos del muro erigido por las tropas rusas en forma de lo que se conoció como la línea Surovikin, una serie de fortificaciones y campos minados que impidieron el avance hacia Melitopol, considerada la “llave de Crimea”. Esa gran operación terrestre y su fracaso pusieron de manifiesto que Ucrania tiene la capacidad de hacer daño a las tropas rusas en la península -a base de ataques con misiles occidentales o drones propios, que han puesto prácticamente fuera de combate a la flota, desequilibrando del lado de Kiev la lucha por el control del mar Negro-, pero que, por sí misma, no tiene capacidad de amenazar el control de la península, necesario para cumplir el objetivo de recuperar la integridad territorial según las fronteras internacionalmente reconocidas.

“Si se les presionara, la mayoría probablemente definiría la victoria de forma similar a como la define Kiev, incluso en su «plan de victoria» más reciente: expulsar a las tropas rusas de todo el territorio de Ucrania, incluida Crimea, y restablecer el control sobre sus fronteras de 1991”, escribe en la influyente revista Foreign Policy un hombre de gran peso en el establishment de política exterior de Estados Unidos, Richard Haas. “Sin embargo, aunque esta definición es deseable, en última instancia es inviable. En principio, Ucrania podría liberar su territorio perdido si Estados Unidos y sus socios europeos intervinieran con fuerzas propias. Pero esto exigiría abandonar la estrategia indirecta que eligieron en 2022. Tendría un gran coste humano, militar y económico. E introduciría un riesgo mucho mayor, ya que significaría una guerra entre la OTAN y una Rusia con armas nucleares. Por esta razón, no se adoptará tal política”, añade resumiendo en pocas líneas por qué la táctica ucraniana de exigir que sus aliados sigan luchando contra Rusia hasta el último ucraniano no es viable. Esa opinión, hasta hace unos meses prácticamente marginal, no solo se consolida, sino que actualmente tiene exponentes en el círculo del presidente electo de Estados Unidos, el país decisivo a la hora de suministrar a Ucrania las enormes cantidades de material y financiación que precisaría para una operación que pusiera en peligro Crimea.

El domingo, Donald Trump afirmó que Nikki Haley y Mike Pompeo, embajadora en Naciones Unidas y Secretario de Estado durante su primera administración, no serían invitados a unirse de nuevo al Gobierno, lo que puede indicar que el ala neoconservadora del círculo Republicano no será la más determinante en política exterior. Muy favorable a la asistencia estadounidense a Ucrania, Pompeo había propuesto por medio de un artículo publicado por The Wall Street Jornal un programa de lend-lease, préstamo y alquiler, por valor de 500.000 millones de dólares para Kiev, una aportación muy superior a la suma total de lo que los países occidentales han empleado en asistencia militar desde la invasión rusa. Aparentemente eliminado el hombre que lideraba esa propuesta, que no obtuvo adhesión de otras facciones del entorno de Trump, las declaraciones de quienes parecen aspirar a los puestos importantes de la política exterior Republicana siguen apuntando hacia posturas negociadoras que no difieren en exceso de lo planteado por Haas.

“Bryan Lanza, estratega del Partido Republicano, explicó a la BBC que la administración Trump pediría al presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, su versión de una «visión realista para la paz»”, explicaba el sábado el medio público británico. La postura indica que Trump matiza ligeramente su afirmación de que obligaría a Rusia y Ucrania a negociar y llegar a un acuerdo rápido y muestra que, a pesar de sus dubitativas palabras sobre su apoyo a Kiev, el objetivo no es abandonar la causa ucraniana. Sin embargo, BBC añade, citando a Lanza que “si el presidente Zelensky viene a la mesa y dice, bueno, sólo podemos tener paz si tenemos Crimea, nos demuestra que no es serio”. El artículo insiste en que no hay mención a los territorios del este de Ucrania, es decir, Donbass, en el discurso de Lanza que, al igual que el discurso ucraniano, se centra en Crimea. “Cuando Zelensky dice que sólo pararemos esta lucha, que sólo habrá paz, cuando se devuelva Crimea, tenemos noticias para el presidente Zelensky: Crimea se ha ido”. Aunque pronunciadas a título personal, estas palabras muestran el marco en el que parece moverse el círculo de Donald Trump: apoyo a Ucrania, pero con limitaciones claras.

Pese a la alarma que causa para los defensores de Ucrania escuchar este tipo de declaraciones por parte de personas que están moldeando la postura del futuro presidente de Estados Unidos en un tema que consideran existencial, el planteamiento simplemente regresa a 2014, cuando también Obama consideró que Ucrania debía centrarse en el resto de su territorio y aceptar, aunque no de forma oficial, que Crimea se había perdido. Curiosamente, la propuesta de otro de los hombres fuertes de Trump en política exterior, el exembajador en Alemania Richard Grenell, tampoco difiere en exceso de otra postura de aquellos años, en este caso de los países europeos. Grenell, que defiende la idea de detener la guerra y negociar, siempre utilizando el suministro de armas como incentivo a Ucrania y amenaza a Rusia, propuso el pasado julio una idea según la cual Ucrania mantendría el territorio, pero que permitiría la existencia de “zonas autónomas”. Este planteamiento, que recuerda notablemente al firmado en febrero de 2015 en la capital bielorrusa -y que como aquel acuerdo es, en las condiciones actuales, absolutamente inviable-, tampoco difiere en exceso de la idea que sugirió recientemente Olaf Scholz, que afirmó estar trabajando sobre un proyecto de paz análogo a los acuerdos de Minsk. Quizá, pese a los grandes titulares de los medios, algunas posturas a uno y otro lado del Atlántico no sean tan diferentes y compartan la ingenuidad de creer que esos planteamientos van a ser aceptados por Rusia o por Ucrania.

Comentarios

2 comentarios en “Noticias para el presidente

  1. Avatar de ecstatic4b5f7c2642

    No creo que sea apropiado lo de la “esperpéntica radicalización” de Medvedev.

    Él más bien es un director de marketing, y se le consienten esos excesos en nombre de la propaganda bélica.

    Me gusta

    Publicado por ecstatic4b5f7c2642 | 11/11/2024, 11:58
  2. Avatar de ecstatic4b5f7c2642

    No creo que sea apropiado lo de la “esperpéntica radicalización” de Medvedev.

    Él más bien es un director de marketing, y se le consienten esos excesos en nombre de la propaganda bélica.

    Me gusta

    Publicado por ecstatic4b5f7c2642 | 11/11/2024, 11:59

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