“Ucrania busca un cumbre de paz que incluya a Rusia antes de final de año”, titulaba el miércoles Reuters recogiendo las declaraciones del embajador de Ucrania en Turquía Vasyl Bodnar. Horas antes, la Oficina del Presidente había descartado la posibilidad de que el ansiado encuentro fuera a realizarse en noviembre, por lo que Kiev parece aspirar a diciembre para intentar conseguir lo que no consiguió en el primero: escenificar el consenso mundial a favor de Ucrania y, sobre todo, su fórmula para resolver el conflicto. Desde el fracaso de aquella cumbre organizada por Andriy Ermak, en la que trascendió especialmente en los países del Sur Global la percepción de que Ucrania no buscaba la paz sino que apostaba únicamente por la guerra, el Gobierno de Kiev ha tratado de controlar los daños a base de apelar a la diplomacia y mostrarse teóricamente abierto a una paz negociada.
El matiz de esa diplomacia y de esa paz pasa por los términos a los que Ucrania aspira, que dejan claro que la táctica puede haber cambiado, pero no lo ha hecho la estrategia. Kiev ha dejado claro que espera recuperar su integridad territorial según las fronteras de 1991, algo que solo puede conseguir derrotando militar, económica y políticamente a Rusia, además de obtener una vía privilegiada de acceso tanto a la Unión Europea como a la OTAN, aspecto este último que hace inviable que pueda producirse un acuerdo político en las actuales condiciones. El hecho de que Zelensky haya dejado de hablar de fórmula de paz para presentar su propuesta como plan de victoria incide más aún en cuáles son sus objetivos. Refiriéndose a la paz justa, el presidente ucraniano busca legitimar su plan y conseguir un apoyo mayoritario especialmente entre los países que en la primera cumbre percibieron que Ucrania era, por su postura intransigente y contraria a la negociación, un obstáculo para la resolución del conflicto. Sin embargo, las condiciones que se plantean para calificar la paz de justa son exactamente las mismas que hacen inviable una negociación. El plan de Kiev sigue siendo el mismo y sus objetivos no han cambiado desde 2023, cuando ingenuamente esperaba romper el frente de Zaporozhie y poner a Rusia entre la espada y la pared, obligada a acatar los términos que Ucrania y Occidente dictaran.
El apoyo exterior, la posibilidad de intensificar la guerra en el momento en el que reciba permiso de Occidente para utilizar misiles de largo alcance occidentales contra objetivos en territorio ruso, la percepción de que aún es posible que las sanciones y la extensión temporal de la guerra consigan minar significativamente la economía rusa y grandes dosis de propaganda hacen que Kiev sea capaz de mantener sus exigencias aunque se encuentre notablemente debilitada en el frente. A pesar de la aventura de Kursk, o quizá en parte a causa de ella, Ucrania pierde terreno en Donbass y ve amenazado el control sobre sus últimos puntos fuertes, tras los cuales no hay fortificaciones importantes y su defensa quedaría seriamente minada. Sin embargo, Zelensky y su entorno restan importancia a esos contratiempos resaltando las inmensas bajas rusas que dice estar causando e insistiendo en que no pretende recuperar todos los territorios por la vía militar sino por la política y diplomática. De esa forma, toda retirada es una victoria que se produce tras infligir enormes daños al enemigo y con la que Kiev, al contrario que Moscú, busca preservar las vidas de sus soldados. Esa imagen de la realidad oculta el importante desgaste que se produce en este tipo de batallas en las que Ucrania lucha mientras considera que es posible causar bajas rusas para finalmente dar la orden de retirada cuando la batalla ya está perdida. Esa actuación contrasta, por ejemplo, con los repliegues rusos en las derrotas de Járkov y Jersón en el otoño de 2022, que se produjeron sin presentar batalla y que permitieron que Rusia, que en aquel momento padecía de una crónica escasez de efectivos, pudiera defenderse en los puntos más críticos.
La generalización de la certeza de que Rusia está saliendo reforzada mientras que Ucrania se ha debilitado en el último año, unida a propuestas como la del acceso a la OTAN a cambio de la renuncia temporal a los territorios ahora bajo control ruso han hecho reaparecer las llamadas a la negociación. Occidente lograría congelar el frente y proceder a la reconstrucción de las infraestructuras y la economía de Ucrania a base de ofrecer el premio gordo de la adhesión rápida a la alianza atlántica, algo que sigue siendo percibido en Kiev como un premio de consolación inaceptable si no viene de la mano de la recuperación de las regiones perdidas. El reciente enfado con el ministro de Asuntos Exteriores de Polonia, Radek Sikorski, que tuvo que desdecirse de su propuesta de dejar Crimea en manos de una administración internacional para realizar en el futuro a largo plazo un referéndum reconocido en el que la población pudiera optar por Rusia o Ucrania muestra que Kiev no ha renunciado siquiera a la península, perdida hace una década y cuya recuperación solo puede conseguirse por la vía militar.
Las declaraciones de ayer del embajador de Ucrania en Turquía muestran una vez más que la postura de Kiev no solo no ha cambiado, sino que se reafirma. Frente a la negociación abierta que proponen países como China y Brasil, el gobierno ucraniano sigue proponiendo un simulacro que poco o nada tiene que ver con la diplomacia. “Uno de los objetivos más importantes de esta cumbre es alcanzar una paz justa en Ucrania”, afirmó el embajador ucraniano, que añadió que “no estamos hablando de un formato aquí en el que Ucrania y Rusia se sientan frente a frente y Ucrania escucha las demandas de Rusia”. Bodnar verbaliza lo que siempre ha quedado claro: la aspiración ucraniana es que Rusia se siente frente a Ucrania y escuche sus demandas. “Lo que vemos es esto: la comunidad internacional, junto a Ucrania, se sentará y creará una lista de pasos que se pueden tomar para lograr una paz justa en Ucrania y discutirán qué tipo de exigencias pedir a Rusia basándose en esa lista”, añadió para insistir en que “no se trata de una reunión bilateral, lo más probable es que sea en un formato en el que terceros países también estén involucrados y las conversaciones se realicen vía terceros países”. En otras palabras, Ucrania aspira a consensuar con sus aliados, transformados mágicamente en la Comunidad Internacional, de la que, por supuesto, quedarán excluidos aquellos países que vean la farsa de la treta, una lista de exigencias que Rusia, que ni siquiera tendrá derecho a sentarse frente a Ucrania, tendrá que aceptar.
El hecho de que el planteamiento sea a todas luces inviable, que no haya ninguna posibilidad de que Rusia pueda aceptar participar en una cumbre en esas condiciones y que Ucrania no vaya a conseguir así más apoyos internacionales entre los países a los que aspira a atraer a su postura no impide, sin embargo, que los medios de comunicación sigan propagando la voluntad diplomática de Kiev y su buena fe negociadora. A pesar de que la simulación de la diplomacia haya sido una parte fundamental del modus operandi de Ucrania desde que estallara en conflicto hace diez años.
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