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Lecciones para Ucrania

Artículo Original: Andrey Manchuk

Los liberales ucranianos están de luto por la caída del régimen afgano, que ha fracasado en su intento de contener el avance de la organización islamista Talibán. La planeada retirada del “limitado contingente estadounidense” se ha convertido en un remake de la apresurada retirada de Saigón. El Gobierno estadounidenses ha abandonado a sus títeres a su suerte y la “democracia afgana” construida en los últimos veinte años ha colapsado como un castillo de naipes.

La prensa mundial muestra a diario los alrededores del aeropuerto de Kabul, donde se encuentran miles de refugiados que están intentando abandonar Afganistán por cualquier medio posible. Sin embargo, Estados Unidos les ha abandonado a su suerte y eso ha llevado a toda una serie de tragedias en las que ha habido personas intentando aferrarse al fuselaje de aviones despegando. Mientras, las autoridades estadounidenses se limitan a ambiguos comentarios, mostrando la confusión ante el desarrollo de los acontecimientos.

“Las horribles imágenes de los afganos desesperados intentando sin éxito salir de Kabul tras la caída del Gobierno proamericano han parecido para muchos un punto de inflexión en la historia mundial, cuando América ha dado la espalda al mundo. De hecho, el final de la era americana llegó mucho antes. Y los motivos de la debilidad y el declive de América son más internos que externos”, escribió el analista Francis Fukuyama, que hace treinta años nos prometió el final de la historia y la prosperidad eterna con el florecimiento del capitalismo neoliberal.

Los políticos ucranianos también han visto estos hechos con considerable preocupación, calificándolos de reto al orden democrático global. Sin embargo, prudentemente han evitado la crítica a sus socios al otro lado del océano. Por ejemplo, Mustafá Nayyem [exdiputado y considerado uno de los padres de Maidan-Ed] escribió que la ocupación soviética tiene la culpa de todos los problemas en Afganistán, ya que, en su opinión, ha llevado a la victoria talibán y a la actual pesadilla en el aeropuerto de Kabul.

Realmente, la ocupación soviética hizo mucho daño a la familia Nayyem. Los agresores comunistas dieron a su padre un trabajo, vivienda y un título. Después le permitieron llevarse al pequeño Mustafá y a su hermano Masi [hoy abogado del exlíder del Praviy Sektor en Odessa Serhiy Sternenko-Ed] de Kabul a Moscú para que no cayeran en mayos de los islamistas del futuro Talibán, cuando eran generosamente financiados desde Washington.

Los Estados Unidos de América alimentaron al movimiento fundamentalista que ha llegado al poder ahora. Es importante no olvidar que esos movimientos fueron financiados por las democracias occidentales para luchar contra el Gobierno secular y progresista de la República Democrática de Afganistán, que proponía para la población local igualdad social, educación laica, acceso a la medicina y emancipación de las mujeres en su intento de superar las relaciones tribales y los prejuicios feudales.

Fue Estados Unidos quien ayudó a lo que sería el movimiento Talibán a llegar al poder por primera vez, destruyendo físicamente al presidente Najibullah y a miles de socialistas afganos. Incluso Jalaluddin Haqqani -uno de los más notorios radicales en la élite talibán, recibió ayuda de la CIA en esos años, el presidente Ronald Reagan le calificó de freedom fighter y el congresista Charlie Wilson calificó a los infames terroristas como el epítomo de la bondad. Y eso que los miembros de la notoria “Red Haqqani” nunca han escondido sus intenciones de construir un Afganistán en la Edad Media en el que no hay lugar para los derechos.

Estados Unidos solo renegó de ello cuando el presidente Bush necesitó una excusa para invadir Asia Central. Hace veinte años, Estados Unidos derrocó el régimen de sus antiguos aliados por medio de la agresión militar y la ocupación del Estado. Todo ello se produjo bajo el eslogan de lucha por el restablecimiento de la democracia. Sin embargo, todos sabían que los oficiales que habían sustituido a los talibán mantenían el poder únicamente por las bayonetas de la OTAN.

Entregaron al país a una monstruosa corrupción, convirtiéndolo en la principal plantación de droga de Asia y, al mismo tiempo, mantuvieron los encantos de la construcción clerical. Porque el fundamentalismo religioso aún dictaba las normas a la sociedad afgana, con la excepción de un pequeño número de residentes de la capital.

“Estados Unidos inunda de dinero a los muyahidines, esos a los que la prensa estadounidense llama freedom fighters y al final eso lleva al Talibán al poder. Se establece inmediatamente el apartheid de género en el país. Se priva a las mujeres de todos sus derechos. Quienes no quieren rendirse a ellos serán ejecutadas. Se prohíbe la educación para las mujeres. La amenaza roja ha sido eliminada…

Antes de la retirada de los malditos sovok y el ascenso al poder de los luchadores por la libertad, que asesinaron a los socialistas, Afganistán era un jugador sin importancia en la producción mundial de opio. Pero entonces llegó el mercado libre y decidió: hoy, Afganistán es la capital mundial del opio. El 90% de la heroína del planeta viene del Afganistán liberado. El centro de producción es la provincia de Helmand, donde, antes de la actual huida del imperio, había un contingente de 9500 soldados británicos desplegados en 137 bases militares”, escribió Anatoly Ulyanov, un refugiado político ucraniano que ahora vive en Los Ángeles.

Afganistán se convirtió en un país en el que casi todo podía venderse por dinero bajo la charlatanería de la transparencia del Gobierno, liderado por los bien preparados equivalentes a los hermanos Nayyem. Y los invasores occidentales asesinaron a residentes locales como al ganado: bombardearon sus bodas, dispararon contra niños y mujeres con sus drones de combate. Los soldados de los países democráticos se pasearon por Afganistán con símbolos nazis y se grabaron para vídeos que colgaron en YouTube.

La prensa occidental se llenó de titulares burlescos: “El príncipe Harry mató a 30 afganos desde el aire”. No es una hipérbole irónica sino un titular que fácilmente puede encontrarse en la red.

Las uvas de la ira florecieron junto a las plantaciones de opio y el Gobierno proamericano resultó ser tan impopular, tan podrido y tan hostil a la población local que incluso prefirieron al Talibán. Aunque la gran mayoría de los afganos no se hace ilusiones. La primera etapa talibán está grabada en la memoria de mucha gente y no todos pueden aferrarse a los aviones para huir.

La tragedia afgana está lejos de acabar. Sin embargo, sirve de lección y de advertencia a Ucrania, que está observando. Al fin y al cabo, hace tiempo que Occidente apoya a los grupos militantes de ultraderecha más reaccionarios, esos a los que se ha dado el mote del “Talibán del este de Europa”. Este apoyo ya se está convirtiendo en un bumerang para Estados Unidos, ya que los defensores americanos de la “supremacía blanca”, que han obtenido experiencia de combate en la zona ATO, están empezando a usarla contra sus conciudadanos. Así lo evidencia la historia de Craig Lang, un “veterano” nazi de los batallones voluntarios ucranianos, que junto a un cómplice asesinó a un matrimonio en Florida.

Sin embargo, los golems que hacen el saludo nazi, que han ganado fuerza constantemente desde Euromaidan, amenazan fundamentalmente a los propios ucranianos. Los miembros del Corpus Nacional no esconden sus intenciones de, algún día, tomar el poder en el contexto de descomposición de las instituciones estatales existentes. Abiertamente admiran el éxito talibán, con la esperanza de repetir un día su exitosa experiencia política. Y eso puede llevar a que se repitan en Ucrania las pesadillas afganas.

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