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Merkel frente a Intermarium

gasEn un artículo publicado el pasado 15 de julio por la revista británica The Economist, se comentan los temores existentes en Alemania ante la política europea del nuevo presidente estadounidense, Donald Trump. Una política que podría contribuir a dividir Europa.

El problema se situaría en la “familiaridad” con que Trump aborda la relación con países como Rusia o Polonia, una posición conciliadora que no haría sino aumentar la preocupación de muchos sectores de la política alemana. En la lógica del artículo, recogido por una revista que vincula sin descanso los problemas europeos a la política del Kremlin, el reciente encuentro en el G-20 entre Putin y Trump sería el reflejo de una especie de “Yalta 2.0”. Una idea que pretende apelar a la famosa cumbre de 1945 en la que, en términos de The Economist, “[A]mericanos y Rusos se repartieron Europa”.

En línea con su obsesión rusa, el artículo menciona un memorándum interno del ministerio de asuntos exteriores alemán para señalar que la actitud contemporizadora de Trump, “rompiendo la fila”, habría permitido a Rusia mantenerse durante en el G-20 en una línea mainstream, un éxito para la diplomacia de la Federación Rusa. Citando al Frankfurter Allgemeine Zeitung, sostiene que la posición estadounidense contribuiría además a socavar los esfuerzos de Angela Merkel para que Estados Unidos confronte a Rusia respecto a Ucrania.

Pero esta búsqueda de nuevos problemas en las relaciones ruso-alemanas introduce más bien confusión. Por una parte, el propio artículo de The Economist señala que Berlín sigue apostando, “en gran medida por un acercamiento entre los señores Trump y Putin”. Se trata de la línea de acercamiento que define desde el principio una estrategia rusa de Merkel en la que también tiene peso la parte dura que representa la política de sanciones, perfilada como un mecanismo facilitador de una mayor flexibilidad por parte de Moscú. Una línea dura a la que Estados Unidos tampoco parece renunciar. Al contrario, el nombramiento del halcón Kurt Volker, dispuesto a luchar por la recuperación de Crimea y Donbass y opuesto incluso a Minsk, es síntoma de endurecimiento respecto a la posición más conciliadora mantenida hasta ahora por Obama, en coincidencia de intenciones con Merkel y Hollande. Es difícil ver, por tanto, en la línea Trump una renuncia completa a la confrontación. A lo sumo, en la misma línea que Macron y probablemente Merkel, la Administración Trump estaría por ahora dando tiempo al Kremlin para conseguir un giro en su política hacia Ucrania.

Por otra parte, el nuevo reto al que se enfrenta Alemania en el este europeo poco tiene que ver con Moscú, por mucho que en su artículo The Economist trate de mezclar los nacionalismos ruso y polaco. En realidad, la cuestión central que aborda el artículo es la aproximación de Trump a los actuales dirigentes de Polonia. Es en el acercamiento de Trump a la ideología nacionalista dominante en el este de Europa en el que el memorándum alemán detecta un “giro tectónico asombroso” en la concepción de la política exterior estadounidense.

Esta reorientación conceptual se ha puesto de manifiesto en la cumbre de la Iniciativa Tres Mares. Se trata de un proyecto para Europa central, impulsado por Polonia y Croacia, que se concretó en la declaración conjunta de Dubrovnik de agosto de 2016. La firmaron entonces Austria, Chequia, Eslovaquia, Eslovenia, Croacia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Polonia, Letonia, Lituania y Estonia.

El proyecto retoma la filosofía de “Intermarium”. Propuesto en la primera parte del pasado siglo por Jozef Pilsudski, pretende conformar un bloque político que garantice a los estados ribereños del Báltico, el Adriático y el Mar Negro mantener su independencia tanto respecto a Rusia como a Alemania. La idea constituye hoy un punto de referencia esencial para las facciones ultraderechistas de los países del este de Europa, entre ellos el bloque conformado en Ucrania en torno a las redes políticas del Batallón Azov.

Polonia justifica su iniciativa en términos de mejora de los enlaces energéticos en la región y de los sistemas de transporte norte-sur en Europa, un instrumento para complementar el eje más desarrollado entre este y oeste. Pero, como señala el artículo de The Economist, Alemania ve en este proyecto, apoyado de forma entusiasta por Trump, “algo más hostil”. Aunque la propuesta no llegara a determinar una completa división de la actual Europa, sí podría suponer un debilitamiento del poder político-económico de Alemania en el continente.

La estrategia polaco-croata pretende ofrecer una alternativa al proyecto de gasoducto “Nord Stream 2” que haría llegar directamente el gas ruso a Alemania, sin pasar por otros países del este de Europa. El establishment político-económico de Estados Unidos es el principal impulsor de esta operación alternativa que pretende facilitar el transporte de gas natural licuado (GNL) desde Estados Unidos hasta Europa. En la cumbre polaco-croata, Trump apostó por el corredor destinado a unir los gasoductos GNL de Polonia y Croacia. Polonia inauguró su primera terminal en el mar báltico en 2015 y el primer cargamento estadounidense llegó a sus costas el pasado junio. La finalización de los trabajos de la terminal GNL de Krk, en el Adriático croata, es otro de los pasos necesarios para hacer viable el nuevo corredor de Polonia a Croacia.

Resulta ridículo buscar en el discurso de Trump en la cumbre de los Tres Mares acercamiento alguno a la concepción rusa del mundo. En ese discurso, el mandatario estadounidense reafirma los temas clásicos de la ideología estadounidense: la victoria contra la opresión comunista, la confianza en la prosperidad ligada al libre comercio y a los mercados abiertos, la defensa de la libertad y del imperio de la ley que liga a los países del este con Europa y Occidente en general, etc. Lo que asusta a Alemania no tiene nada que ver con el planteamiento filosófico de Trump ni con su supuesta relación de familiaridad con Moscú. Es la apuesta por el dominio energético estadounidense, que se impulsa de forma unilateral, al margen de la Europa institucional, pero con la participación de miembros de la Unión Europea, y en gran medida en contra de los intereses de Alemania. Es la parte del discurso de Trump, en la que asume el papel de comercial mayor de América (“hacemos la mejor tecnología”, dice Trump) y en la que afirma la preeminencia de esa América que “será su aliado más fuerte y más firme colaborador en esta iniciativa verdaderamente histórica”, lo que marca el giro radical percibido por Alemania.

Como señala el propio artículo de The Economist, en el pasado, “los alemanes desarrollaron una visión de una UE dirigida desde Bruselas, liderada principalmente por Alemania y rubricada por el poder americano”. Ahora parecen sentirse inseguros, pero no sólo porque Moscú o Pekín tengan intereses en redefinir el tablero europeo, como pretende la revista británica. Los cambios que afectan a Europa también se impulsan desde Estados Unidos, con el apoyo en general entusiasta de los países del este de la Unión Europea. La inseguridad alemana no es ajena las pretensiones de estos países: ¿quedan situadas en la mera búsqueda de un mayor peso económico en Europa o reflejan un proyecto más amplio de reequilibrio geopolítico en el continente?

En el diagnóstico de The Economist hay además una significativa omisión. En el relato del reparto de Europa que supuso Yalta falta un protagonista de la historia: la Gran Bretaña que entonces representaba Winston Churchill. Y ahí radica una de las grandes interrogantes de cara al futuro: ¿qué posición mantendrá el Reino Unido en este posible nuevo proyecto de reconfiguración de Europa? En este sentido, una de las principales incógnitas es la posición que, ante el proyecto Intermarium de los países del este, asumirán los líderes de un estado que sí está contribuyendo de forma efectiva, tras la victoria del Brexit en referéndum, a la división de la Europa hasta hoy existente. Por ahora, parece haber quedado aislado, desbordado por Trump en su apoyo a la iniciativa de los Tres Mares.

Según The Economist, la Alemania de Merkel se enfrenta a amenazas reales de ruptura de “ese orden multilateral que tan bien ha servido a su país”. Pero todo indica que, mucho más que en Rusia, es en la potencial alianza de Estados Unidos y el Reino Unido, en acción conjunta o paralela, con los estados orientales de la actual Unión Europea donde Alemania puede vislumbrar un verdadero peligro para sus intereses en Europa.

 

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