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Debaltsevo, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Minsk, Rusia, Ucrania

Bajo las ruinas de Debaltsevo

Artículo Original: Denis Grigoriuk

Cinco años no son nada en la historia. Es solo un momento. Sin embargo, para una persona es un periodo significativo en la vida. En este tiempo podrían haber pasado muchas cosas que hicieran cambiarla actitud del mundo. Se puede llegar a olvidar algo importante y significativo. A veces, el cerebro, como si lo hiciera a propósito, borra de la memoria un terrible accidente. Pero para mí no ha pasado nada de eso.

Desde la liberación de Debaltsevo han pasado cinco años, pero aún recuerdo mi primer viaje a la destruida ciudad, en la que los exhaustos residentes salían cuidadosamente del sótano, miraban a la gente, lloraban al ver sus apartamentos destruidos y esperaban en la cola para recibir alimentos y ayuda humanitaria de las organizaciones de voluntarios.

Pasado este tiempo, debería ser posible mirar atrás y ver lo que pasó sin emoción. Me gustaría hacerlo, pero no puedo. En algunas situaciones, la objetividad es un error. Debaltsevo es una de esas situaciones.

Debaltsevo. 3 de marzo. Dos semanas después de la liberación

El autobús de la RPD pasa por la ciudad fantasma de Uglegorsk por carreteras de tierra. Además de personal de rescate, un grupo de voluntarios y yo dormimos en los asientos. Ha habido que levantarse cuando aún era de noche. La víspera nos ofrecieron visitar la recién liberada Debaltsevo. Es imposible negarse y se puede hacer el sacrificio de no dormir. Intentamos compensar de camino a la ciudad. Me despierto con cada bache y miro por la ventana para ver los restos de la guerra.

No somos los primeros periodistas que llegan a Debaltsevo. Ni siquiera los segundos. Las redes ya se han cansado de imágnenes en las que la población local recoge agua de los charcos, de los agujeros en los edificios a causa de los impactos de la artillería, de los cuerpos abandonados en su propia sangre. Para cuando llegamos a Debaltsevo, los cuerpos ya han sido trasladados y la población civil ha recibido asistencia de Cruz Roja, UNICEF, la RPD y organizaciones humanitarias. Salvo eso, la imagen no difiere en absoluto de lo que ya había visto en las redes. La carretera está llena de hierro y los edificios están o parcial o completamente destruidos. A través de los esqueletos de una casa quemada se puede ver su baño prácticamente intacto. Es impresionante cómo alguien ha podido sobrevivir a esto. La ciudad no tiene electricidad, ni agua, ni calefacción, ni comunicaciones. Es el colapso completo de la civilización.

Un poco más adelante hay un vehículo civil agujereado por las balas. Es probable que fuera de algún residente. Los soldados ucranianos no pudieron utilizarlo para evacuar a los niños fuera de la zona de conflicto. Cerca del edificio administrativo de la estación del tren hay un camión abandonado con las distintivas dos rayas blancas en la puerta [señal de que es del Ejército Ucraniano-Ed]. Los soldados ucranianos usaban esa técnica. Pero eso no es lo que lo hace reseñable. A la derecha hay una pintada con el nombre del coche, Ludmila, y delante la abreviatura “ПТН ХЛО” [un insulto obsceno a Putin-Ed], famosa entre los nacionalistas ucranianos. El camión fue abandonado en la retirada de las tropas ucranianas. Pero además de eso, los soldados ucranianos dejaron atrás trampas explosivas en la estación y otros edificios.

Según los residentes locales, también tiraron muchos cuerpos, fosas comunes de las que posiblemente Ucrania nunca habla, ya que el Gobierno ucraniano negó gran parte de las pérdidas.

A la entrada del edificio administrativo de la estación de tren aún son visibles los restos del tridente, el escudo ucraniano. El quemado símbolo yace sobre las rocas en la parte trasera. Pasamos por un puente hasta la estación. Aquí incluso la barandilla está llena de metralla. Frente a un parque infantil hay ladrillos rotos, metralla y restos de proyectiles.

Junto al muro cerca de la entrada hay una señal en la que se puede leer: “La noche del 28 de diciembre de 1917, en la plataforma de la estación de Debaltsevo, los verdugos de Kaledin ejecutaron al comandante del destacamento de la Guardia Roja, el bolchevique Nikolay Nikolaevich Konaev”. La placa está completamente agujereada. El tejado del edificio está destrozado por la batalla. Varas de hierro y fragmentos del tejado yacen sobre los trenes. Curiosamente, el crujir del metal contra los trenes suena al impacto de metralla de un proyectil de artillería.

Pasar por aquí sigue siendo peligroso. Nos han avisado de ello de antemano, hay que tener cuidado con dónde pisamos. Los ingenieros ya han empezado a trabajar en la ciudad, pero solo es completamente segura la plaza central. En los patios cercanos a la estación y en esa zona de la ciudad aún hay minas, el mortal legado del Ejército Ucraniano.

En la plaza, el personal del Ministerio de Situaciones de Emergencia de la RPD tiene su campamento de ayuda humanitaria para la población civil. Esa mañana, preparan alimentos y medicinas. No muy lejos, en el antiguo supermercado ATB, reparten la ayuda. Hay una larga cola de exhaustos ciudadanos de Debaltsevo que, por primera vez desde hace mucho tiempo, se aventuran a salir de los sótanos y refugios improvisados para venir a la plaza. La población recibe pan, cereales y carne en lata.

“Como decían: nos marchamos y borraremos Debaltsevo del mapa”, cuenta un residente a los periodistas de News Front sobre la estancia del Ejército Ucraniano en la ciudad. “Cuando el Ejército Ucraniano estaba aquí, todos nos encerrábamos en casa. Conseguíamos agua en un pozo. Todos. Y estábamos en casa. Ahora, es el tercer día que la gente ha empezado a salir del sótanos”, cuenta otro.

Junto al puesto del Ministerio de Emergencias se cocina para la población local. En el tiempo en el que hemos estamos estado fotografiando la destruida estación de tren de Debaltsevo, el fuego de la cocina se ha convertido en la atracción de los niños, que corren su alrededor. Sus juguetes son una caja con etiqueta de UNICEF, palos y ladrillos rotos.

Los niños me llaman la atención inmediatamente. Son especiales. No son como los niños que acostumbramos a ver. Incluso los niños de los hostales para refugiados son diferentes. Estos niños ya no son niños. Entre ellos hay una niña. Su nombre es Nastia. No es el tamaño de su gran abrigo con capucha azul, sus pantalones negros con agujeros ni su envejecido gorro rojo, del que salen algunos rizos rubios. En las manos y en la cara de la niña había barro. Mi lente está mirándola en el momento en que mi dedo pulsa el botón para captar su penetrante mirada. Es una mirada dura y exhausta. Parece que ya no le importa nada en el mundo.

No importa si el sol sigue saliendo después de esta experiencia del infierno en el sótano de unas viviendas medio destruidas. Camino a casa, sigo pensando en la imagen, intento entender las emociones de esa niña, lo que ha tenido que vivir para sobrevivir al infierno de la bolsa de Debaltsevo.

Más adelante, tras publicar el artículo sobre la ciudad de Debaltsevo tras la batalla, vi unas imágenes en las que la niña Nastia pregunta con entusiasmo a un periodista sobre la ayuda humanitaria:

“¿Nos has traído algo?” A lo que el periodista responde: “¿Qué quieres que te traigamos?” Nastia responde: “dulces, manzanas, mandarinas, carne, salchichas, queso. Ese amarillo con agujeros”.

Las casas ruinosas quedan atrás. Cuando volvemos a Donetsk ya está oscuro. Circulamos detrás de un camión blindado que se lleva equipamiento. Abandonamos la ciudad rota, pero volveré un par de meses después. La ciudad parecerá entonces un hormiguero. La población local se apresura a reconstruir, aunque sospecharé que tardarán mucho tiempo.

De esas visitas queda la falta de esperanza. De unos acuerdos de paz de los que no se sabía nada. Se acababan de firmar los acuerdos de Minsk, pero nadie creyó en ellos ni siquiera cuando callaron las armas pesadas y Kiev se dolía de las heridas de las recientes derrotas en el aeropuerto de Donetsk, Debaltsevo y Uglegorsk. Han pasado cinco años y la situación, en términos generales, no ha cambiado. La guerra sigue cerca, se escondió pero está dispuesta a estallar de nuevo en cualquier momento. La reconstrucción completa es imposible por la difícil situación económica de la República. Sin embargo, se ha conseguido restablecer algo la imagen, restablecer algunos signos de civilización: electricidad, agua, gas, comunicaciones. Pero todavía no se puede hablar de paz.

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