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Spartak: vivir bajo tierra

Artículo Original: Yulia Andrienko / Komsomolskaya Pravda

Spartak está situado entre Donetsk y Avdeevka. Se encuentra en el territorio de la RPD, pero las posiciones ucranianas están a menos de un kilómetro y aquí nunca hay silencio. El pueblo es una especie de zona de amortiguación en esta guerra.

Hubo un tiempo en el que, al ver las acogedoras casas de dos pisos de Spartak, ya sabía que estaría en casa en Avdeevka en unos minutos. Es imposible calcular cuántas veces viajé desde Donetsk, donde estudiaba y trabajaba, hasta Avdeevka, donde viví hasta 2014. Hubo un tiempo, en la etapa soviética, en el que un tranvía conectaba la ciudad con Avdeevka, pero hace mucho que las vías fueron desmanteladas.

Una cruz a la entrada

La última vez que pasó por Spartak fue en el otoño de 2014. Ya entonces era una triste imagen. Algunas viviendas estaban destruidas hasta los cimientos, otras no tenían ventanas y la carretera estaba llena de cráteres de las bombas. Parecía como si un gigante estúpido hubiera estado jugando a los bolos con una enorme bola de hierro. Y la memoria vuelve a los momentos que pasamos en Spartak haciendo barbacoas con los amigos, la gente ponía pepinos en las huertas y los niños jugaban en el jardín. ¿Qué hay en sus casas ahora? Hierbas que crecen sin control.

Sin embargo, en Spartak aún hay quienes sobreviven. Con ese nombre, no puede ser de otra manera. Siempre me ha llamado la atención la épica de los partes de guerra combinada con los bonitos nombres de los pueblos y ciudades de Donbass: Schastye (felicidad), Veseloe (diversión), Prelestnoe (encantador) o Spartak. Lo primero que veo tras la señal de hierro de Spartak es una cruz de madera rodeada de plantas que han florecido con una sencilla inscripción: “Esta cruz fue erigida el 10 de agosto de 2017, durante la guerra. Señor, recuerda a los muertos, protege a los vivos”. La zona de la cruz y la señal está cuidada por la población local. Junto al voluntario Andrey Lysenko y sus ayudantes -Elena y Eduard-, venimos a verles.

Por algún motivo, al ver el conocido coche del voluntario, siempre lleno de alimentos, pañales y otros productos de primera necesidad y su dueño, vestido con viejos vaqueros, da sensación de confianza. Aunque otros compañeros se permitan coches caros, acciones espectaculares de relaciones públicas, el dinero escasea en nuestra larga guerra.

Donetsk olvidado

En Spartak nos reciben primero los animales: gatos y perros que examinan con curiosidad a los invitados. Aquí los forasteros son escasos.

Toda la población adulta de Spartak se alinea con carros y recipientes junto al camión del agua. Trae agua desde Yasinovataya dos veces a la semana. Los residentes afirman que antes había agua en los pozos, pero ya no queda nada. En Spartak no hay agua, luz o gas: las condiciones son verdaderamente espartanas. Cómo sobreviven los residentes que permanecen allí y por qué no se han marchado son las dos preguntas retóricas que los periodistas repiten a los residentes. Yo ya sé la respuesta: nadie les ha ofrecido una casa que haría posible que estas personas se marcharan. O esa casa ofrecida no era mejor que el sótano.

“Pronto llegan las elecciones en la RPD. ¿Por quién van a votar?”, pregunto a los residentes.

“¿Yo? Aquí no creemos en nadie, si el quinto año no han conseguido parar esta farsa es que no les interesa la gente”, dice uno de los hombres en la cola del agua.

“¿Quién nos quiere? La gente de la línea del frente está olvidada”, dice una mujer cubierta con un vestido y descalza. “En Donetsk hay conciertos y fuentes pero nadie se acuerda de nosotros. Si nuestro voluntario Andrey se presentara a presidente de la RPD, le votaría. Le votaría toda la gente de la línea del frente”.

Un lugar destruido, pero donde hay mucha dignidad

Andrey reparte paquetes de comida entre la población, pero de repente se encuentra con el rechazo de una mujer mayor, tapada con un pañuelo.

“¿Voluntario? ¿De dónde?”, pregunta con sospechas. Al oír que Andrey es de Donetsk, su mirada se relaja. “¿De quién eres? ¿De Rusia o de Ucrania y la gente que está detrás de ellos?

“Si somos de Donetsk, ¿cómo vamos a estar a favor de Ucrania?”, reímos todos

“Entonces cogeré tu ayuda. De los voluntarios ucranianos no cogería nada”, dice con orgullo. No hay realeza que tenga más dignidad. Esta conversación se produce junto a las viviendas destruidas con puertas rotas por la metralla de una bomba que, después de varios años, aún sigue sobresaliendo del asfalto.

Gatos y perros, los mejores amigos

En Spartak no hay solo personas mayores, también hay una niña. Solo una. La familia Pleshov vive su quinto año en el sótano: el abuelo Sasha, la abuela Valya y su nieta de 12 años, Viktoria. Vika, con sus mejillas pecosas, es la viva imagen de la protagonista de Charodei (un musical soviético de los años 80). Solo que, en vez de caballos, Vika tiene como mejores amigos a gatos y perros. En Spartak no hay ningún otro niño. Así que todos los gatos tienen nombre: Tom, Jerry, Vasya, Masia, Fiona, Lev, Amadeus…

“Voy en autobús a la escuela. Estoy en séptimo y solo tengo dos compañeros”, dice tímidamente Vika. “Cuando acabe la escuela, quiero que mi vida esté conectada a los animales”. Su historia es dramática desde el principio: su madre, Tatiana, nació con un defecto en el corazón y los médicos le prohibieron terminantemente que tuviera hijos. Se casó y tuvo a su hija. Fue su victoria, de ahí el nombre de la niña. Tatiana murió pocos años después. La pequeña Vika se quedó con su padre en el kilómetro 71, una localidad cercana a Spartak. Cuando comenzó la guerra, su padre fue a trabajar a Rusia, donde sus amigos le llevaron al hospital en estado grave. A los pocos días, murió de meningitis en el hospital. Así que Vika se quedó sola con sus abuelos, huérfana y con una casa destruida.

“El apartamento de nuestra nieta en el kilómetro 71 quedó destruido por un impacto directo del proyectil de un tanque. En nuestra casa también puede volar en cualquier momento un proyectil de Avdeevka, disparan regularmente, puedes ver todos los fragmentos de metralla”, explica Alexander, el abuelo de Vika.

Subimos por las escaleras de un edificio completamente vacío, todos los demás residentes se han marchado. En algunas puertas veo crucifijos de papel, pero nada de eso ha ayudado a sus dueños. En Spartak, la población no llega a 100 residentes, solo quedan 35 personas, con otras 50 que vienen y van. Antes de la guerra llegaron a vivir aquí 5.000 personas. Había un colegio, una guardería, tiendas y una granja colectiva que suministraba verduras a todo el distrito.

En el piso de los abuelos de Vika sopla el viento: no hay una sola ventana. Hay restos de buenas reparaciones en los techos, armarios, arcos entre las habitaciones. En Donbass, la población sabe arreglárselas por su cuenta. “Yo mismo hice las reparaciones, antes hice un garaje para el coche, solíamos ir al mar varias veces en los veranos antes de la guerra. En el jardín hice unos columpios. No sé estar sin hacer nada”, explica Sasha.

Es poco común en la zona del frente, pero Alexander no bebe y ni siquiera fuma. Es habitual ver en este tipo en las que se ha tocado fondo, a familias enteras, incluyendo los niños, bebiendo. Beber a causa de la desesperación, de la falta de esperanza, puede llevar al olvido, pero no trae ningún alivio. Aun así, quién soy yo para condenar a esas personas.

Una habitación en el sótano

En cajas de proyectiles, la familia Pleskovich guarda latas de comida, cereales, grano. Y esas cajas monstruosas consiguen hacer una cómoda cocina. “Los ratones vienen de los campos, viven en los apartamentos vacíos. Pero no se pueden meter en estas cajas guardamos aquí las reservas. Los frigoríficos son inútiles desde hace tiempo. No hay luz desde 2014. Este era el armario de mi mujer antes de la guerra”, dice Sasha abriendo una puerta. Hay un agujero. “La metralla voló el otro día, tiró un árbol y destruyó el espejo. Otra explosión rompió otros cristales. Ocurrió la otra noche. ¿Cómo se puede dormir aquí? Yo no tengo miedo por mí, sino por mi nieta…por eso es el quinto año que dormimos en el sótano. Ahí lo tengo todo equipado”.

Bajamos al sótano. Es una habitación estrecha, como una trinchera, con tres camas y unos colgadores en la pared en los que cuelgan de abrigos, chaquetas y bolsas: son las pertenencias de la niña. En la esquina hay una estufa de leña que les salva del frío. Llama la atención la foto de unos chicos sonrientes en la pared. “Son unos italianos que vinieron a vernos”, explica Sasha. “¡Periodistas! Grabaron la historia de Vika y nuestra vida en Spartak. Aquí no podemos ver si hicieron la película: no hay internet ni electricidad. Nos dieron una televisión con una batería, pero se acabó. También tenemos linternas de emergencia de Cruz Roja.

La familia solo baja al sótano por la noche, pasan la tarde en el kaibash, como llaman al cobertizo. El abuelo Sasha lo construyó frente a la casa en 2014 y es ahí donde pueden cocinar. Pensó que sería temporal. Con el tiempo lo fue completando con un tejado, paredes y finalmente un sofá y una mesa. Aquí Valentina prepara comida mientras Vika hace los deberes. Entre ellos se amontonan varias mascotas. Cuando llegamos, Valentina está friendo una sartén de patatas. Ríe diciendo que, si la guerra se prolonga, el cobertizo seguirá aumentando.

“¿Sabe?”, dice su marido cogiéndole la mano. “No lo tiraremos después de la guerra. ¡Que quede en pie! Invitaremos a todos a que vuelvan, a todos los que nos han ayudado a sobrevivir, pondremos la mesa y nos daremos un festín”.

Valya nos sirve las patatas. Es entonces cuando veo un icono en una esquina. Al acercarme, veo que es un puzle. Falta una pieza, me pregunto dónde habrá acabado esa pieza que falta. “Se perdió en alguna parte, no podemos encontrarlo, pero creo que en algún momento lo encontraremos y entonces acabará la guerra”, dice Vika dando a su perro una patata.

En la distancia explotan un par de proyectiles de cierta potencia, como si fuera una forma de confirmar las palabras de la niña. Donbass lleva cuatro años buscando esa pieza. Hará falta algo más de paciencia y entonces puede que llegue la paz, un acuerdo entre los políticos, la reconstrucción del Donbass destruido para que miles de personas puedan trabajar en ello y Vika pueda dejar el sótano para volver a su casa. Su abuelo la arreglará él mismo. Y entonces todos podrán reunirse para darse un festín.

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Comentarios

Un comentario en “Spartak: vivir bajo tierra

  1. Precioso relato que surge del dolor y el olvido.

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    Publicado por ituriaso | 10/11/2018, 10:45

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