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Armas, Crimea, Donbass, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Rusia, Ucrania, Zaporozhie

Después de Ramstein

La reunión de ministros de Defensa de países de la OTAN celebrada ayer en Ramnstein, y en la que el presiente ucraniano intervino telemáticamente para agradecer los esfuerzos, pero, sobre todo, para exigir más armamento, más material pesado y más rapidez en las entregas, discurrió sin que se produjera sorpresa alguna. De cara al público, la cumbre no fue más que la culminación de una semana de escalada verbal y diplomática en la que se habían anunciado ya los pasos concretos y en la que simplemente se ratificó algo que se ha repetido en los últimos meses: los aliados de Ucrania están dispuestos a utilizar al país para luchar contra Rusia hasta el final. Como dejó claro hace unas semanas el torpe senador estadounidense Lindsay Graham, que simplemente repitió explícitamente lo que el discurso de los países de la OTAN dice de forma implícita, lucharán “hasta el último ucraniano”. En esa idea, tanto las autoridades de Kiev -sin importar cuál es la opinión de la población y difundiendo dudosas encuestas que supuestamente refrendan el camino elegido por el Gobierno-, como sus socios de la OTAN están de acuerdo: Ucrania luchará por una victoria en el frente.

En ese contexto, no hay espacio para negociaciones de paz, aunque, incluso en guerra, Rusia y Ucrania hayan conseguido llegar a acuerdos en diferentes aspectos. Desde la ruptura de negociaciones que supuso la retirada ucraniana del proceso de Estambul, en el que Rusia esperaba lograr un compromiso para sellar el conflicto con el abandono de todos los territorios a excepción de Donbass y Crimea a cambio de la aceptación ucraniana de la neutralidad, Kiev y Moscú han logrado acuerdos importantes tanto en la cuestión del desbloqueo del grano ucraniano como para el intercambio de prisioneros. Ambos casos comparten un aspecto clave: Ucrania consiguió sus objetivos, mientras que Rusia realizó concesiones no siempre con contrapartidas equivalentes. Poco se conoce del proceso real de negociación del gran intercambio con el que Ucrania recuperó a sus héroes del regimiento Azov, incluido su alto mando, entregado a un tercer país, Turquía, tal y como exigían meses antes en sus últimas horas en Azovstal.

Rusia no consideró oportuno explicar qué había obtenido a cambio de la entrega de los prisioneros de guerra de más alto perfil, aunque se conoce que las cifras de soldados intercambiados, algunos de ellos de gran importancia, como es el caso de los pilotos, fue elevado. Menos equilibrado fue el acuerdo para el desbloqueo del grano, que ha logrado los objetivos de Ucrania, pero no solucionar la cuestión de las exportaciones rusas de grano y, sobre todo, fertilizantes, productos de gran importancia para la seguridad alimentaria mundial.

Esos dos temas, la cuestión de las exportaciones y los intercambios de prisioneros, tienen también en común que son consideradas secundarias e irrelevantes a la hora de resolver las cuestiones principales de la guerra: la cuestión territorial y el aspecto geopolítico, especialmente en lo que respecta a las alianzas militares. Es ahí donde las conversaciones se interrumpieron en abril para dirigir el conflicto a una guerra eterna que está a punto de cumplir un año desde la intervención militar rusa y en la que ahora se prepara lo que promete ser un punto de inflexión. En ello, Ucrania ha disfrutado del pleno apoyo de sus socios y acreedores, especialmente de Estados Unidos y el Reino Unido, los más implicados en el suministro de armas e inteligencia y también los más interesados en la continuación de la guerra contra uno de sus enemigos preferidos. En esa empresa, Washington y Londres han contado con la asistencia de la Unión Europea.

En el reparto del trabajo, la UE se encarga de contribuir con enormes cantidades de ayuda financiera para mantener a flote al Estado ucraniano, en el que se ha producido una enorme explosión de pobreza y de paro, pero que debido a subvenciones y créditos extranjeros puede permitirse aún, por ejemplo, el pago de las pensiones. Para dar un aspecto de normalidad a una situación que no lo es, Ucrania ha publicado esta semana una fantástica encuesta. Pese a una caída del 30% del PIB -una caída reducida gracias al flujo constante de asistencia financiera, es decir, deuda para el futuro, la encuesta de KMIS publicada esta semana sostiene que el porcentaje de población ucraniana que considera la situación económica como mala ha caído del 58 al 28%, unos datos a todas luces irreales que únicamente muestran la voluntad de Kiev de continuar por el camino elegido.

Los últimos días, el discurso ucraniano ha cambiado para centrarse en la necesidad de acelerar los acontecimientos en busca de su victoria. El relato sigue la línea del artículo publicado la semana anterior por Condoleeza Rice y Robert Gates, en el que advertían que una guerra larga podría favorecer a Rusia y, por lo tanto, es preciso acelerar el envío de armamento pesado para lograr los objetivos de Ucrania a corto plazo. De ahí la reciente insistencia en armas para una gran ofensiva en dirección a Crimea, una idea que pudiera tener el objetivo militar declarado, capturar Crimea, o crear unas condiciones extremas para Rusia, que ante el riesgo de perder ese territorio y poner en cuestión la propia existencia del Estado, se viera obligada a negociar unas condiciones de capitulación. Ambos escenarios, que se están repitiendo en numerosos artículos en las últimas semanas y están implícitos en el discurso oficial de los socios de Ucrania, da por hecha la incapacidad de Rusia de defender los territorios bajo su control. Sin embargo, una tercera idea que subyace en estos momentos y que también está siendo utilizada por quienes defienden la entrega de tanques a Kiev para su ofensiva hacia Crimea es la del peligro, una vuelta a la Ucrania vulnerable que se enfrenta a su momento más duro. En el Foro de Davos, el presidente de Polonia afirmaba: “Temo que ahora, puede que en unos meses o puede que en semanas, se produzca el momento decisivo de esta guerra. Y es el momento de responder a la pregunta de si Ucrania sobrevivirá o no”.

Pero pese a ese argumento manipulador, en línea con la repetida idea de que Rusia continuará expandiéndose si consigue hacerse con Ucrania, los socios de Kiev comprenden que se encuentran ante una guerra que será larga. Y no solo lo será por la dificultad de derrotar a cualquiera de los dos ejércitos, bien armados y dispuestos a luchar, sino por la voluntad occidental de no ceder y de no realizar concesiones, algo que precede al inicio de la intervención rusa del 24 de febrero de 2022. De la misma forma que Washington y Londres desincentivaron las conversaciones de Estambul, ambos, y especialmente los países de la Unión Europea, rechazaron en todo momento presionar a Kiev en busca del cumplimiento de los acuerdos de Minsk, que habrían devuelto a Ucrania los territorios perdidos de Donbass, a cambio de ciertas concesiones políticas.

La idea del momento decisivo se repitió también en la cumbre de Ramnstein. Lloyd Austin, secretario de Defensa de Estados Unidos, afirmó en su intervención que el apoyo a Ucrania continuará “todo el tiempo que sea necesario”. Estados Unidos repite así lo que ya ocurriera en el caso de Afganistán, con diez años de suministro de armas y munición en la lucha contra la Unión Soviética, aunque con un proxy mucho más preparado, con más experiencia de combate y mucho mejor armado. La OTAN, con Estados Unidos a la cabeza, espera repetir un escenario que no es comparable. Si no lo es ya, la posibilidad de riesgo para Crimea hace la guerra existencial para Rusia y con ocho años de lucha contra Ucrania, la población de la RPD y la RPL es ahora mismo la población más movilizada y dispuesta a luchar del país.

La cumbre de Ramstein terminó sin acuerdo para la entrega de tanques occidentales a Ucrania, aunque se han dado ciertos pasos en esa dirección. Por una parte, Alemania ha ordenado revisar sus tanques Leopard antes de tomar una decisión y ha afirmado que la impresión de que Berlín bloquea la creación de una coalición para el envío de tanques es incorrecta. Berlín ha precisado también que nunca ha utilizado la precondición de que Estados Unidos enviara tanques Abrams, como ha publicado la prensa esta semana. Tras la reunión, el ministro Reznikov afirmó que países que disponen de tanques Leopard comenzarán cursos de capacitación para instruir a los soldados ucranianos en su uso, algo que no ha sido confirmado por Alemania u otros países. Todo ello apunta a la llegada de tanques alemanes a Ucrania a corto o medio plazo, posiblemente entregada por países como Chequia o Eslovaquia, que recibieron la promesa de recibir tanques Leopard para sustituir a sus tanques soviéticos entregados a Ucrania en 2022. Esos países se han ofrecido ya a renunciar a ese material para que sea enviado a Ucrania. Agotado el stock de armamento soviético, si Occidente pretende que Ucrania sea capaz de iniciar una ofensiva de gran escala contra los territorios rusos, una batalla que se presentaría cruenta y de extrema dureza ante el previsible contraataque ruso, deberá entregar material propio.

Esta nueva campaña de los países de la OTAN para rearmar con el equipamiento ofensivo más pesado a su ejército subsidiario se produce en un momento en el que los frentes comienzan a ver un aumento de la actividad. La prensa alemana ha publicado la preocupación de la inteligencia del país por el deterioro de la situación de las tropas ucranianas en el sector de Artyomovsk, donde Ucrania pierde a diario una cifra de soldados de tres dígitos y se arriesga a perder el control de la zona, lo que permitiría a Rusia avanzar en el frente de Donetsk. Tras la captura de Soledar, que Ucrania ni siquiera se ha molestado en admitir oficialmente y ya ha dejado de mencionar la ciudad en sus partes de guerra, las tropas rusas avanzan al sur de Arytomovsk y tratan de impedir el suministro ucraniano a la ciudad. Aunque el asalto no se prevé inminente, Rusia intenta derribar el primer muro de la defensa ucraniana en el frente de Donetsk, sin duda el más fortificado del conflicto.

A la lucha en Donetsk se ha sumado en las últimas horas la información sobre unos primeros movimientos en el frente de Lugansk, donde Ucrania intenta presionar a las tropas rusas en los alrededores de Svatovo, y el de Zaporozhie, tanto en la zona más oriental, Orejov, como en la más central, Gualipole. Rusia anunciaba ayer la captura de varias pequeñas localidades en la región. Aún es pronto para saber si se trata del inicio de una ofensiva local, avance sobre la zona gris, un reconocimiento por combate o simples escarceos en un frente que no puede permanecer estático durante mucho más tiempo. Sin embargo, frente al discurso triunfalista que presenta Occidente, dando por hecha una victoria ucraniana, la realidad muestra que las dificultades no se encuentran solo a un lado del frente.

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