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La arrogancia del comandante

La semana pasada, el portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov confirmaba algo que era ya, a todas luces, evidente: no se repetirá este invierno la tradicional “tregua” navideña, que se ha repetido desde 2015 y que en estos años ha sido posiblemente la más respetada de las muchas treguas que se han pactado en Minsk. El comentario de Peskov no era, como entendieron los medios occidentales, un anuncio ruso de la falta de voluntad de Moscú de buscar un alto el fuego. Rusia, que se refuerza desde el pasado septiembre, cuando finalmente comprendió el riesgo que la situación en el frente suponía para todos los territorios capturados desde el 24 de febrero e incluso algunos bajo control de las Repúblicas Populares desde hace varios años, se vería beneficiada por un parón en la batalla. De ahí que toda afirmación en este sentido por parte de las autoridades rusas -no así de una parte de sus medios, mucho más radicales que el Kremlin- no sea más que la constatación de las realidades sobre el terreno.

Horas después, y sin que se dudara de su palabra ni se cuestionara por qué Ucrania no ha buscado negociaciones de paz desde febrero, Volodymyr Zelensky se manifestaba en términos similares. Ucrania es consciente de que, mucho mejor armada que hace unos meses y con Rusia sin haber incorporado aún a una parte importante de los soldados movilizados, no puede permitirse el lujo de un parón en la guerra en un momento en el que mantiene la iniciativa.

El ímpetu de las ofensivas ucranianas se detuvo tras la reconquista de Jersón tras la retirada rusa, con lo que Rusia perdió la única capital ucraniana bajo su control, pero mantuvo intacta a su agrupación allí destinada, que incluía a algunas de las unidades más preparadas para el combate de las que dispone Rusia, que ha sufrido de la escasez de efectivos y de la ventaja comparativa que supone para Ucrania la experiencia de ocho años de combate (a los que hay que sumar también los ocho años de trabajo ideológico para instalar el discurso de odio a todo lo ruso, que en este caso incluye también a la población de Donbass). Ese aspecto es precisamente uno de los destacados por el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Ucrania, Valery Zaluzhny, calificado de héroe tanto en la prensa ucraniana como en la occidental, en una extensa entrevista concedida a The Economist, que esta semana ha entrevistado también al presidente ucraniano.

En su discurso, Zaluzhny repite algo que es evidente para quienes hayan seguido desde sus inicios la guerra en Ucrania, que no empezó el 24 de febrero de 2022, sino hace más de ocho años. Así lo entiende también Zaluzhny, que abiertamente afirma que para ellos “para los militares, la guerra comenzó en 2014”. Ya entonces, como se puede comprobar al revisar en la hemeroteca las declaraciones de autoridades ucranianas o de sus socios norteamericanos, la guerra era presentada, no solo como una operación antiterrorista, sino como una agresión exterior. Incluso antes del estallido del conflicto bélico altos cargos del Gobierno estadounidense hablaban de “movimientos orquestados desde Moscú”. Desde ese momento, el sector militar ucraniano ha trabajado militar e ideológicamente sobre la base de una guerra contra Rusia que no empezó hace diez meses sino que se remonta a años atrás.

Las autoridades políticas ucranianas, que supieron manejar los tiempos y las formas de la guerra para lograr, en cada momento, aquello que buscaban, construyeron la realidad sobre esa misma base. La intensificación de los bombardeos contra las Repúblicas Populares actuaba como forma de presión, mientras que su relajación buscaba conseguir concesiones unilaterales por parte de Rusia.

Los acuerdos de Minsk no supusieron para Ucrania más que un tiempo añadido para lograr, ya fuera la rendición de Rusia por la vía de la presión política y económica, que evidentemente no fue suficiente, o ganar tiempo para reforzar sus tropas en vistas a un conflicto más amplio que solo sería posible en caso de fracaso del proceso de paz. El cumplimiento de los acuerdos negociados por Petro Poroshenko habría desactivado el argumentario ruso de protección del pueblo de Donbass, agredido por Ucrania desde 2014, pero habría obligado a Ucrania a renunciar a recuperar, al menos a medio plazo, el territorio que verdaderamente desea: Crimea. Militarmente destruido, con una población que considera desleal y con una base económica, la industria, que no es del interés de Ucrania debido a que su mercado está en Rusia, no en la Unión Europea, Donbass no es la prioridad para Kiev.

Es lo que se desprende de las palabras de Zaluzhny, que a pesar de referirse al objetivo de volver a las fronteras del 23 de febrero -que a tenor de sus palabras se antoja difícil-, señala un objetivo claro: Melitopol. Es ahí donde el comandante en jefe de las fuerzas ucranianas desea llegar. El motivo también está claro: “Para llegar a las fronteras de Crimea, a día de hoy necesitamos cubrir la distancia de 84 kilómetros a Melitopol. Por cierto, eso es suficiente para nosotros, porque Melitopol nos daría completo control a fuego del corredor terrestre, porque desde Melitopol ya podemos disparar al istmo de Crimea con los mismos HIMARS y demás”. El objetivo y la táctica elegida para ello están perfectamente claras: avanzar hacia Melitopol para poder, desde ahí, impedir toda la logística del ejército ruso en el frente sur y en Crimea.

Los movimientos de los últimos días mostraban ya que el objetivo ucraniano es la ciudad de Melitopol, en la región de Zaporozhie, a partir de la cual Ucrania podría incluso cortar en dos a la agrupación rusa en el sur. Sin embargo, esa dirección de ofensiva es también la más evidente, por lo que es de esperar que las autoridades militares rusas, que en los últimos tres meses han trabajado por reforzar sus posiciones de defensa, sean conscientes de  las intenciones ucranianas.

Pero a pesar de la marcada arrogancia de Zaluzhny, que a lo largo de la entrevista no pierde ocasión de referirse al bajo nivel de las armas y de los comandantes rusos y soviéticos -incluido Zhukov, cuyas tropas liberaron Berlín en la Segunda Guerra Mundial-, no todo en el discurso del comandante en jefe es triunfalismo. Como cada entrevista y cada comunicación ucraniana, el objetivo principal no es hablar de “la victoria” o de esa supuesta superioridad ucraniana, sino exigir más apoyo. Diez meses después del inicio de un suministro constante de armas y financiación, que han hecho de Ucrania el país más financiado del mundo, Zaluzhny, como Zelensky, que esta semana ha tratado incluso de intervenir con un mensaje antes de la celebración de la final del mundial de fútbol, sigue exigiendo más.

De la lista de deseos de Zaluzhny se puede estimar la dificultad del objetivo que se ha marcado Ucrania. Kiev no pide ya los misiles antitanque Javelin que exigió durante años para luchar contra las milicias de la RPD y la RPL, ni los Bayraktar turcos con los que infringir los acuerdos de Minsk produciendo imágenes espectaculares. Zaluzhny no pide siquiera misiles antiaéreos con los que proteger a la población civil de los ataques con misiles rusos, que en estos meses han llevado a una situación crítica a las infraestructuras energéticas del país. Zaluzhny pide a sus socios occidentales armamento pesado con el que avanzar sobre territorio controlado por Rusia y lo hace en unas cantidades que difícilmente se corresponden con la realidad.

“Necesito 300 tanques, 600-700 vehículos de infantería, 500 obuses. Entonces, creo que es completamente realista llegar a las fronteras del 23 de febrero”, exigió el comandante en jefe, que pide también más efectivos: “No puedo hacerlo con dos brigadas”. Pese a la ingente ayuda recibida de los países de la OTAN, Ucrania siempre pide más. Más armamento con el que destruir aquellas zonas que en el avance ruso no sufrieron daños y para impedir la recuperación de esas zonas que quedaron destruidas con la guerra. Todo ello para poner contra las cuerdas al territorio que Ucrania realmente desea: Crimea.

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