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“Nueva” imagen para una vieja idea

Artículo Original: Denis Seleznev / Vzglyad

La realidad ucraniana ha creado un nuevo espectáculo: varios cientos de hombres jóvenes en edad militar marcharon por las calles del centro de Kiev. Prácticamente todos vestían chaquetas de uniforme, decoradas con un estiloso camuflaje y muchos de ellos, con las caras cubiertas, llevaban a la espalda la inscripción “Milicia Nacional”. Finalizado el acto se lanzaron unos modestos fuegos artificiales con un pretendido juramento a lo que denominaron “orden ucraniano”. Esta imitación literal, aunque un tanto pobre, de las marchas de la Alemania de los años 30 no fracasó en su intento de recuperar el interés por los asuntos ucranianos.

“Son nazis, banderistas, ya os lo dijimos” fue la respuesta típica de los comentaristas del imaginario “anti-Maidan”, contentos por el regalo. Sugiero pensar un poco más en lo que fue en realidad. Empecemos por los organizadores. Los principales patrones de este acto fueron el ministro del Interior Arsen Avakov y su partido político, el Frente Nacional. Avakov y sus amigos tienen serios problemas para conseguir el apoyo de la población. Y para mantenerse en el poder, necesitan realizar movimientos políticos que van más allá de lo habitual.

El problema es que la base electoral que percibe de forma positiva el nacionalismo y el militarismo actual no supera, en estos momentos, el 30% de la población políticamente activa. Ese es el estrato del que dependen prácticamente todas las fuerzas post-Maidan. En el campo de batalla se mueven activamente las fuerzas partidarias del presidente y las organizaciones que compiten con él. Algo hay que hacer para intentar mantenerse en el poder. Y surgió la “Milicia Nacional”.

El objetivo está claro: grupos de, como se les llamaba en 2013, titushki suministrarán, a base de puños y gritos, la presión militar necesaria en cada debido lugar. Hasta ahora, estos jóvenes habían asaltado las oficinas de la filial ucraniana de Sberbank y habían luchado por las migajas en diferentes regiones del país. En el futuro, estos grupos serán utilizados como fuerzas de choque contra el “enemigo” en periodos electorales, contra periodistas y activistas demasiado activos en la lucha contra el Frente Nacional o lo que sea necesario para conseguir los objetivos electorales. Además, también se puede presionar a los diputados y oficiales de todos los niveles de otra manera: enfrentando a la Fiscalía y la Corte Anticorrupción.

El funcionamiento de todo esto quedó demostrado poco después del juramento. El mismo 29 de enero, se presentaron en el ayuntamiento de Cherkassy para forzar a los diputados a aprobar el presupuesto local “correcto”. El día 30, los “combatientes” se enfrentaron con la policía, que intentaba evitar una protesta contra Poroshenko.

El objetivo oficial -la protección del orden público en las calles- no es más que una frase para intentar dar a los titushki cierto aspecto de legalidad. El objetivo real es otro: asaltos, protección de los intereses económicos y uso de la fuerza contra rivales políticos.

Ese es el objetivo de los líderes, pero ¿cuáles son los objetivos de los participantes ordinarios de esta marcha?

Aquí nos encontramos con el esquema clásico Nazi: en el país se ha creado una clase marginal joven que, por una parte, ha adoptado el culto del consumo y, por otra, no ve ningún camino laboral factible. Ven a sus padres, aplastados por la pobreza y la subida de precios, y se dan cuenta de que lo máximo a que aspiran es a comida, las envejecidas viviendas soviéticas y el decrépito transporte público.

El bajo nivel de educación, de perspectivas laborales y baja socialización crean ansiedad sobre el futuro. Pero las largas filas de hombres uniformados, con defensores de alto nivel e impunidad para atemorizar a otros da la ilusión de una vida más estructurada y prometedora. Algunos de estos motivos psicológicos son suficientes para que algunos se unan a este tipo de organización. Pero también es necesaria una recompensa material acorde a la importancia de cada acción. Además, existe también la oportunidad de hacer carrera de forma mucho más rápida y sencilla que con un tedioso trabajo de mísero salario en un mercado o en una oficina. La impunidad, por supuesto, atrae.

Se trata de la clase marginal típica de la que se nutre el fascismo adaptada a los momentos actuales. Sin embargo, en este caso no se trata del viejo banderismo. Hay un alejamiento claro del anterior nacionalismo de la parte occidental del país. Incluso en nombre “Milicia Nacional”, en ucraniano suena un tanto ridículo, ya que la palabra principal, дружина, se traduce al ruso como “esposa”.

Y los organizadores, así como gran parte de los miembros, proceden del sudeste o, como mucho, de las regiones centrales de Ucrania. De hecho, se trata de un paso para alejarse del excesivamente regional y etnocentrista banderismo hacia la asimilación de los movimientos de extrema derecha europeos. Este cambio se ha notado en las clases liberales, acostumbradas a pensar en los nacionalistas como sus hermanos pequeños rurales con quienes comparten el objetivo de acabar con los sentimientos pro-rusos, acabar con los sovok [término con el que los nacionalistas ucranianos se refieren despectivamente a la población que no reniega del pasado soviético] y los separatistas.

En esta ocasión recibirán además dinero occidental y liderarán a los plebeyos hacia Europa mientras ellos siguen manteniéndose por encima en la jerarquía. Es una estrategia bonita y sencilla que da a algunos pocos la posibilidad de tener una existencia cuasi-europea, mientras los demás se arrastran en su miserable existencia.

Pero este esquema se rompe con los “militantes”. En primer lugar, ellos se consideran europeos, pero su concepción de Europa no es la “democracia europea”, sino los neonazis europeos. Eso es Europa y no tienen ningún interés por las opciones democráticas. La idea de los creadores del movimiento es extremadamente pragmática y si cualquier opción liberal, de repente, se pone en su camino (y lo hará, porque defenderá a Poroshenko y los valores “democráticos” europeos), deberán ser aplastados. Además, los miembros que realizarán las patrullas están dispuestos a agredir y aplastar a cualquiera. El hasta ahora infalible grito de “Gloria a Ucrania” ya no es suficiente. Ahora es “gloria a Avakov” o estar expuesto a un golpe. Este es un cambio peligroso del que puede que algunos no se den cuenta hasta el final, pero que otros ya están sufriendo.

Se llenan páginas enteras y se derraman lágrimas de cocodrilo porque no hay suficiente “europeísmo” en los titushki de Avakov. Quienes aplaudieron asesinar separatistas, ahora expresan su preocupación por el destino de la democracia. Democracia para ellos mismos, como es natural. Y del color que les gusta. Por ello recibirán buenos ingresos por sus tareas de blogueros. Porque “los militantes” odian el persistente discurso democrático. Los soldados ordinarios de estos grupos tienen algo parecido a una necesidad psicológica de agredir y relegar a esa odiosa criatura. Esa es la fuerza de la nación. Su voluntad será la de aplastar a esa débil criatura. Este es un rasgo importante del instinto del fascismo. Todos, absolutamente todos, tienen que obedecerles. Y solo deben someterse a su líder, que a su vez se debe al señor Avakov (que, por cierto, ni siquiera habla bien ucraniano). Los liberales siguen intentando apelar a lo que creen que aún tienen en común con los nazis: el odio a los sovok y los separatistas.

Así que están juntos, como en la Unión Soviética en los años 30 (es una imagen trascendental, por lo que es irrelevante recordarles que los pioneros y el Komsomol no se dedicaban a asaltar cooperativas agrarias, bancos ni ayuntamientos). “Sois el demonio, separatistas y partidarios de Gubarev, que tomasteis el ayuntamiento de Donetsk”. Se escucha todo tipo de habladurías sin sentido de aquellos que aún no se han dado cuenta de que los titushki son el enemigo, como demuestra quiénes son los líderes de la organización. Serán ellos quienes determinen quién es ahora un sovok o un separatista. Y puede ser cualquiera, incluso conocidos periodistas o “euro-optimistas” que danzaron en Maidan.

Es evidente que esto puede hacer colapsar la alianza entre liberales y nacionalistas. Tras perder las fuerzas de choque, la famosa “sociedad civil” de Ucrania quedará tan anulada como ha quedado en otros países postsoviéticos. No hay nada de especial en Ucrania en este caso. Esto no es nada más que la aparición en la escena política de un estrato de la juventud marginal que, con un futuro incierto, se organiza en bandas para dar algún tipo de sentido a su existencia. Avakov y Biletskiy simplemente se organizaron antes que el resto (aunque militarmente Biletskiy y compañía sean un cero a la izquierda). Pero otros se han puesto las pilas y se han modernizado. Ahora Avakov marca el ritmo y, como antes, cada partido ucraniano tendrá su grupo de matones jóvenes que se organizarán gradualmente de la misma forma que se organizaban los clubes deportivos [origen y principal cantera de los primeros grupos fascistas].

Es posible que esta modernizada y más urbana vía se haga más popular en comparación con el envejecido banderismo, que con el tiempo morderá el polvo en todas partes a excepción de su base en el oeste de Ucrania. Sin embargo, al margen de lo que se piense de lo que quedó del Partido de las Regiones [cuyo principal patrocinador era el oligarca Rinat Ajmetov], estuvieron allí primero, organizando a sus propios titushki, reclutados como fuerza de choque de “anti-Maidan”. Fue la respuesta urbana al afloramiento de los rurales grupos banderistas. Ahora ha tomado el relevo esa “Milicia Nacional”, que seguirá el trabajo del banderismo. Y quién sabe cuál de los dos es peor y más peligroso para los habitantes del país y sus vecinos.

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