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Negociación y «paz»

Con la batalla por Artyomovsk aún en marcha y a la espera de la reactivación de las hostilidades a gran escala cuando el terreno permita el uso masivo de equipamiento pesado, el discurso mediático continúa situado alrededor del plano militar, siempre con la presencia de algunas voces que dejan caer la posibilidad de negociaciones. Pese a que cada mención a la paz o a la negociación causa un halo de optimismo sobre la posibilidad de terminar una guerra devastadora para las poblaciones a ambos lados de la línea del frente, la realidad y los precedentes de los últimos años llaman a la prudencia.

Cada paso o declaración aparentemente en favor de una solución dialogada ha sido entendido como un potencial paso definitivo, pero ninguno de los acuerdos negociados o firmados a lo largo de los últimos nueve años ha tenido opción de resolver el conflicto. El acuerdo de reparto de poder con el que se pretendió resolver la crisis política de Ucrania en febrero de 2014 y que solo uno de los firmantes estaba dispuesto a cumplir dio como resultado la consumación del golpe de estado apenas 24 horas después de la firma. Las conversaciones de Ginebra, con la participación de Rusia, Ucrania, la Unión Europea y Estados Unidos, dieron lugar a un acuerdo de resolución política a la crisis que no solo implicaba la puesta en libertad de detenidos -personas como Pavel Gubarev fueron intercambiadas y entregadas a Donbass-, sino la devolución de edificios capturados por las fuerzas de Maidan que no solo no fueron devueltos sino que se consolidaron como bases de esas organizaciones. El diálogo prometido por las autoridades ucranianas se limitó a varias reuniones en diversos puntos del país, pero en las que participaron únicamente partidos, personalidades y organizaciones pro-Maidan. Ucrania no obtuvo la rendición voluntaria de la rebelión de Donbass y comenzó la guerra.

En septiembre de ese año, tras la derrota de Ucrania en la sangrienta batalla de Ilovaisk, con la que Kiev fracasó en su intento de aislar las dos Repúblicas Populares y sitiar Donetsk para derrotar a Donbass, los primeros acuerdos de Minsk no supusieron más que un tiempo de recuperación de las partes, ambas exhaustas y con escasez de recursos y personal, para la reanudación de las hostilidades a gran escala tres meses después.

Durante siete años, todas las partes involucradas en su negociación y en su supuesta aplicación los defendieron activamente como única vía de resolución pacífica a un conflicto que había dejado ya 14.000 muertes, importantes niveles de destrucción física y una grave situación económica en Donbass que Ucrania empeoró voluntariamente con el bloqueo iniciado en 2014 y reforzado en 2017. El sufrimiento de la guerra no se limita a la cuestión militar. El bloqueo bancario o el impago de prestaciones sociales, que obligaba a la población más vulnerable de la zona a cruzar la línea del frente para obtener su pensión fueron parte activa de la agresión ucraniana. Las muertes de ancianos en las colas de los puestos de control para atravesar el frente son también consecuencia de la guerra aunque no fueran contabilizadas como bajas derivadas de las acciones militares. Minsk-2 consolidó una línea del frente y redujo notablemente la actividad militar, que aunque nunca se detuvo, se limitó a las zonas del frente. Gran parte de Donbass pudo regresar a la vida civil, aunque con un contexto marcado por la crisis económica, la paralización industrial y la falta de recursos para la reconstrucción que se precisa tras la actividad militar.

A pesar de que su implementación habría significado el retorno bajo control ucraniano, las Repúblicas Populares, posiblemente a instancias de Rusia, trabajaron durante años en busca de un compromiso con el que avanzar en la puesta en marcha de unos acuerdos de cuya negociación fueron explícitamente excluidos. Como admitiría años después el expresidente francés François Hollande, que junto a la entonces canciller alemana Angela Merkel participó en la negociación que dio lugar al acuerdo, los acuerdos de Minsk fueron una herramienta para evitar la derrota ucraniana.

El papel de Minsk, principal acuerdo de esta guerra y sin el que no puede comprenderse el desarrollo de los acontecimientos que derivaron en el reconocimiento ruso de las Repúblicas Populares el 22 de febrero de 2022, fue el de limitar el derramamiento de sangre, pero nunca logró trasladar el conflicto al plano político. Así lo han confirmado en el último año todas las partes involucradas en su negociación. Rusia ha afirmado sentirse engañada por un acuerdo que ni Ucrania ni sus socios tuvieron nunca intención de cumplir, una actitud que, en realidad, era perceptible desde los inicios tanto en las declaraciones como en los actos de los oficiales ucranianos. Angela Merkel, principal motor del intento de continuar con el proceso, se lamentó de su fracaso, pero se congratuló de que, al menos, Minsk hubiera dado tiempo a Ucrania para reforzarse y rearmarse.

Pero han sido Hollande y Poroshenko quienes han mostrado la actitud más abiertamente hostil a los acuerdos que negociaron. Si Poroshenko se ha jactado abiertamente de haber firmado los acuerdos simplemente para ganar tiempo y rearmar al ejército en previsión de la siguiente fase de la guerra, Hollande ha ido un paso más allá y ha dado a la trampa de Minsk crédito por haber evitado que Rusia capturara Mariupol en aquellos años. “El objetivo de Putin en 2015 era alejar el frente lo más posible. Mariupol ya estaba en su punto de mira”, afirmó hace unos meses en una entrevista publicada por The Kiyv Post. La batalla en 2015 se libró íntegramente en el frente norte y Rusia fue la principal impulsora del alto el fuego, para el que paralizó, como había hecho en septiembre, la ofensiva de las Repúblicas Populares. No hubo intento alguno de avanzar sobre Mariupol en la campaña de 2015. Es más, si el objetivo ruso hubiera sido Mariupol, prácticamente asediado por las Repúblicas Populares en septiembre de 2014 y con el ejército ucraniano en una desorganizada retirada, Rusia difícilmente habría dado la orden de paralizar la ofensiva para pactar un alto el fuego.

Ahora, víctima de Lexus y Vovan, la pareja de activistas rusos que han logrado hacerse pasar por todo tipo de personalidades políticas en los últimos años, Hollande ha profundizado en su visión del conflicto en Ucrania y los acuerdos de Minsk. Durante una larga conversación en la que el expresidente francés creía hablar con Petro Poroshenko y sin darse cuenta de que el diálogo era evidentemente una entrevista, Hollande ha insistido una vez más en la misma idea que mencionaba hace unos días el radical exembajador de Ucrania en Alemania Andrij Melnyk. A la queja del supuesto Poroshenko de la exigencias de negociar con los separatistas y pactar la celebración de elecciones antes de la recuperación del control de la frontera, en la práctica la recuperación del control del territorio, Hollande asiente. El expresidente francés añade que “incluso aunque en los acuerdos de Minsk estaba la afirmación de la integridad territorial de Ucrania y el control de la frontera que había que restaurar. Pero tiene razón, nos empantanamos después de Minsk, lamentablemente es culpa de la falta de presión suficiente del campo europeo sobre Putin para que pudiera haber un retorno a la integridad territorial y el fin del separatismo”. Sin crítica alguna a Ucrania por su incumplimiento activo de todos y cada uno de los puntos de los acuerdos firmados, Hollande, como Melnyk, culpa a los poderes europeos por su falta de presión a Rusia. Esa presión, que existió y se tradujo en el constante intento de reescribir los acuerdos para eliminar las mínimas concesiones políticas que Minsk daba a Donbass, buscaba imponer la voluntad ucraniana para resolver un conflicto en el que Ucrania no había logrado derrotar a su adversario, sin dar a esa población voz ni voto.

Ese intento de imponer su dictado al margen de lo firmado en los acuerdos y al margen de la realidad sobre el terreno se repite ahora. En abril de 2022, Ucrania rompió unilateralmente las negociaciones políticas. Desde entonces, la comunicación entre los dos países no ha desaparecido. Dos son los aspectos que Rusia y Ucrania aún aceptan tratar directamente o a través de terceros: los intercambios de prisioneros y la cuestión económica. En el primero de los casos, Ucrania logró, como esperaba, la devolución de gran parte de los prisioneros de Azov capturados en Mariupol, así como la evacuación a un tercer país, Turquía, de los altos cargos del regimiento y otras unidades ucranianas allí capturadas. Los intercambios continúan y ayer mismo, un centenar de soldados regresaron a casa por cada uno de los bandos. Más problemática ha sido la cuestión económica, con el acuerdo de exportación de grano ucraniano como gran éxito alcanzado. Sin embargo, también en este caso, la práctica del acuerdo ha resultado ser unilateral y beneficiosa únicamente para Ucrania. El acuerdo ha permitido el desbloqueo de las exportaciones de grano ucraniano, pero no las de fertilizantes y otros productos rusos como esperaba Moscú.

Después de más de un año sin conversaciones políticas, la opción de la resolución dialogada es inexistente pese a las palabras de algunos líderes. Entre ellos está Emmanuel Macron, criticado por Hollande en esta entrevista precisamente por tratar de encontrar una solución diplomática a un problema que, para el ahora expresidente, solo tiene “una solución militar”.

Esa es también la postura de Volodymyr Zelensky, pese a sus declaraciones de la semana pasada en las que uno de sus asesores afirmaba que, si Ucrania lograba llegar a las fronteras de Crimea, comenzaría un proceso de negociación con Rusia. Esas palabras no han pasado desapercibidas. Después de presentar su plan de desocupación y derrusificación de Crimea, una serie de puntos entre los que se encuentra retirar el derecho a voto a una parte importante, quizá mayoritaria, de la población, Oleksiy Danilov calificó la posibilidad de una negociación por Crimea de “suicidio político”. Sin embargo, desde posturas moderadas, las palabras del asesor de Zelensky han sido entendidas como una apertura a la paz, una confirmación implícita de que Ucrania acepta no contar con las fuerzas necesarias para conquistar Crimea. Esta ingenua postura se basa en ignorar las palabras y los actos del Gobierno de Ucrania, que siempre ha planteado la negociación con Rusia desde un mismo punto de partida: la retirada de tropas rusas y el restablecimiento de la integridad territorial de Ucrania según sus fronteras de 1991, una exigencia que Rusia no puede permitirse cumplir si no ha sido militarmente derrotada.

Las palabras del asesor de Zelensky apuntan a la versión planteada por Emmanuel Macron, que busca apoyar la ofensiva ucraniana en el frente sur para amenazar así el control ruso de Crimea y negociar así en clara posición de fuerza. Pero si la intención de Macron posiblemente sea obligar a Rusia a retirarse de todos los territorios ucranianos a excepción de Crimea, Zelensky busca, como ha afirmado abiertamente en días posteriores, la retirada rusa también de la península del mar Negro. Apenas unas horas después de esas disonantes declaraciones en las que aparentemente daba pie a la posibilidad de una futura negociación, Zelensky insistía en que “no hay alternativa para Ucrania o para el mundo más que la desocupación de Crimea. Recuperaremos Crimea”.

Hábil con las palabras, el presidente ucraniano ha logrado con sus recientes declaraciones dejar claro a su público nacional que su intención sigue siendo luchar, como afirma Hollande “hasta el último” ucraniano, pero dejando la puerta abierta a una negociación para presentarse como un líder realista y moderado ante los socios que han de financiar su ofensiva.

Sin embargo, no debe olvidarse la concepción de paz que Ucrania ha venido aplicando desde 2015: la imposición de sus condiciones para la recuperación de su territorio. A ello se han sumado después las intenciones de castigar o expulsar a la población colaboracionista o considerada no leal y la voluntad de borrar su cultura del país, pero la base siempre ha sido la recuperación del territorio.

Para ello, el presidente ucraniano presentó el pasado año su “plan de paz”, que no es más que el reflejo de lo que Kiev considera que debe ser su victoria, se obtenga por la vía militar o por la presión internacional para la renuncia voluntaria rusa a unos territorios y unas poblaciones que se verían inmediatamente amenazadas por la venganza ucraniana.

En su tan publicitado plan de paz, a cuya cumbre de Naciones Unidas ni siquiera iba a ser invitada la Federación Rusa, que primero tendría que cumplir las condiciones de Ucrania para que posteriormente se le permitiera firmar, Zelensky exigía los siguientes puntos:

    1. Restablecimiento de la integridad territorial de Ucrania y ratificación rusa según la Carta de Naciones Unidas.
    2. Retirada de las tropas rusas y cese de hostilidades, restablecimiento de las fronteras estales de Ucrania con Rusia.
    3. Justicia, incluyendo el establecimiento de un tribunal especial para perseguir los crímenes de guerra rusos.

Esas son las exigencias de Zelensky a Moscú ahora que Rusia controla Crimea, gran parte de Donbass y amplias regiones de los oblasts de Jersón y Zaporozhie. Es ingenuo pensar que vayan a ser inferiores en caso de ofensiva exitosa de Ucrania.  Tampoco es de esperar que quienes no presionaron a Kiev en busca del cumplimiento de los acuerdos de Minsk vayan a presionar ahora para rebajar los objetivos. Ucrania, que siempre se negó a conceder los derechos lingüísticos y culturales, amnistía y una policía regional que Minsk otorgaba a Donbass, pretende imponer a Rusia la capitulación completa como único plan de paz, es decir, de victoria. No hay en los planes de Ucrania intención alguna de garantizar los derechos mínimos de la población a la que pretende liberar y a la que espera que Rusia abandone sin mirar atrás. Los objetivos con respecto a la población de Crimea -negación del derecho al voto, castigos penales, desaparición de la cultura rusa, expulsión de poblaciones desleales- han quedado claros con las declaraciones de las últimas semanas. Por el momento, no hay mención expresa a las intenciones de Ucrania con respecto a la población de Donbass, esa que se levantó en armas contra Kiev y que el Gobierno considera aún más desleal.

Con ambos bandos preparándose para el ataque o para la defensa en una ofensiva que, a juzgar por los datos que están siendo filtrados y las seguras palabras de los oficiales ucranianos, podría ser la más importante de la guerra, las posibilidades de que se produjera ahora mismo en un alto el fuego, incluso temporal para conmemorar la Pascua, o un proceso de negociación política tienden a cero. En ese contexto, toda mención a la paz o a la negociación ha de entenderse como eufemismo para victoria la primera e imposición de la voluntad, la segunda.

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