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El punto de no retorno

El inicio de la intervención militar rusa en Ucrania, que supuso una escalada militar a la que los países occidentales respondieron con una masiva asistencia militar a Kiev y también con masivas sanciones contra Rusia, ha supuesto una rápida recomposición de las posturas políticas y geopolíticas tanto en el continente europeo como en su relación con Estados Unidos. Necesitada de un enemigo lo suficientemente fuerte como para justificar un rearme, la OTAN ha sido una de las principales beneficiadas de esta guerra. El reciente episodio en Polonia, cuando un misil antiaéreo ucraniano impactó en territorio polaco y costó la vida a dos civiles, ha sido ilustrativo, sin embargo, de los límites de la actual postura de la Alianza.

El ataque ruso y la escalada militar en Ucrania no solo han justificado medidas que hace unos años eran consideradas controvertidas, como la instalación de escudos antimisiles estadounidenses, evidentemente contra Moscú, en el este de Europa, sino que la Alianza ha adquirido nuevos miembros. Aunque aún por ratificar, la adhesión de Suecia y Finlandia a la OTAN no supone un cambio cualitativo en términos militares, pero sí es un golpe de efecto propagandístico con el que los países occidentales han querido dejar claro a Moscú que no conseguirá los objetivos de su intervención. Tanto la OTAN como Estados Unidos rechazaron el pasado diciembre la negociación política que planteaba Rusia para detener la expansión de la Alianza hacia sus fronteras. La intervención militar rusa no solo no ha logrado detener esa expansión, sino que ha dado nueva vida a una alianza militar obsoleta, que ahora vuelve a militarizar Europa.

El rearme, el aumento de los presupuestos militares en gran parte de los países europeos y la creciente dependencia de Estados Unidos en términos de defensa es solo el aspecto militar de unas consecuencias que, para Europa, van mucho más allá. Hace unos meses, Josep Borrell, advertía que la Unión Europea había basado su prosperidad en el mercado chino, la energía barata rusa y en dejar en manos de Estados Unidos la seguridad del continente. Sin embargo, ni el líder de la diplomacia europea ni el presidente francés, que se ha manifestado en términos similares, han sabido, de momento, presentar alternativa viable alguna a la población a la que representan. Con países tan importantes como Alemania bordeando ya la recesión, la Unión Europea se ha distinguido en estos meses por una postura tan coordinada con Estados Unidos que las políticas de uno y otro lado del Atlántico se han hecho imposibles de distinguir a pesar de las evidentes diferencias entre los intereses de unos y otros países.

En el pasado, aunque partiendo de una misma postura, lograr que Ucrania recuperara su integridad territorial sin las concesiones que exigía Minsk, las posturas de Estados Unidos y la Unión Europea habían estado marcadas por los diferentes matices que exigían los intereses concretos de los dos continentes. La Unión Europea, y fundamentalmente Alemania como principal cliente del sector energético ruso, se había mostrado interesada en lograr un acuerdo de mínimos, siempre según las exigencias de Ucrania, que garantizara la continuación de las relaciones comerciales entre la UE y Moscú. Mantener, aunque fuera de forma artificial y conscientes de que Ucrania no tenía intención alguna de implementar sus puntos, los acuerdos de Minsk eran una parte de esa estrategia de mantener la presión sobre Rusia, pero también la posibilidad de mantener las relaciones económicas.

Ya entonces, tanto durante la presidencia de Trump como la de Biden, la postura de Estados Unidos buscaba una ruptura que garantizara a Washington una posición más favorable en una región, Europa occidental, que considera políticamente prioritaria. Es así como hay que leer la lucha de Washington contra el proyecto de ampliación del Nord Stream. Estados Unidos no solo buscaba destruir un proyecto, el Nord Stream, en busca de una pieza del lucrativo pastel de la venta de energía a la Unión Europea, sino que utilizaba la cuestión ucraniana como herramienta para lograr impedir la existencia de una relación económica estable y mutuamente satisfactoria entre Rusia y la Unión Europea, fundamentalmente entre Moscú y Berlín.

Reticente en el pasado a una ruptura que evidentemente iba a suponer un perjuicio económico para la industria de la Unión Europea y para su ciudadanía, el inicio de la intervención militar rusa ha servido para convencer a Bruselas de que la ruptura que exigía Estados Unidos no era un problema sino una necesidad. En estos nueve meses de guerra rusoucraniana, la Unión Europea ha tratado de prepararse para renunciar voluntariamente a la energía barata rusa en favor de energía “ideológicamente correcta” procedente de Irán, Arabia Saudí, o Azerbaiyán entre otros países, a pesar de su precio mucho más elevado. Hace unas semanas, Emmanuel Macron parecía no haber comprendido nada al quejarse de que los aliados noruegos y estadounidenses estaban aprovechándose de la coyuntura para vender a la Unión Europea su energía a precios de mercado. Estados Unidos no ha escondido su júbilo ante la nueva situación. Nada más iniciarse la intervención militar rusa, Washington ofreció aumentar los flujos de gas natural licuado a la Unión Europea, un objetivo que había tratado, sin éxito, de cumplir durante años y que es uno de los principales motivos de la lucha norteamericana contra el Nord Stream. Horas después del sabotaje de los gasoductos Nord Stream y Nord Stream-2, de los que se acusó sin prueba ni lógica alguna a Rusia, un emocionado Anthony Blinken afirmaba abiertamente que la situación es una gran oportunidad para Estados Unidos.

Durante meses, los representantes de la Unión Europea han transitado el camino a la adaptación al nuevo mundo, uno en el que la competitividad estará minada por la pérdida del privilegio que había sido durante décadas el acceso a la energía rusa barata. Si la guerra fue el principio del fin, las explosiones de los gasoductos que unen Rusia y Alemania por el mar Báltico fueron la representación simbólica de una ruptura que posiblemente no pueda revertirse cuando termine la guerra. Quizá sea aún más representativa la falta de interés por parte de la Unión Europea por investigar el episodio, determinar a los culpables e incluso denunciar la catástrofe ecológica que supusieron las fugas. Dos son las explicaciones más plausibles: los países de la Unión Europea son conscientes de quién está detrás del sabotaje o habían dado ya por perdidos los gasoductos, es decir, habían aceptado final y definitivamente la ruptura de relaciones económicas con Rusia.

Durante meses, buques con cargamentos de fertilizantes rusos, importantes para garantizar las cosechas a nivel mundial, han permanecido o permanecen bloqueados en los puertos europeos. Y las sanciones secundarias, es decir, la amenaza de caer bajo las sanciones estadounidenses en caso de ofrecer servicios a empresas rusas sancionadas, han paralizado incluso los envíos rusos a países que rechazan las sanciones occidentales. Sin embargo, en gran parte gracias a los altos precios de la energía, que han permitido a Moscú vender sus materias primas a través de países como China, India o Turquía, que en ocasiones actúan únicamente como intermediarios, Rusia ha mantenido, o incluso aumentado, su nivel de ingresos.

Frente a otros países, que como China, India o el tercer mundo prácticamente en bloque, rechazan implementar las sanciones unilaterales -y, por lo tanto, ilegales- que impone Estados Unidos, la Unión Europea ha sido en estos meses una de las bases más firmes para su implementación. Las sanciones occidentales no han logrado destruir la economía rusa ni el colapso del rublo, pero sí han conseguido uno de sus principales objetivos: reducir al mínimo las relaciones Rusia-Unión Europea y hacer a los países de Europa occidental menos competitivos y más dependientes de Estados Unidos.

Aunque con meses de retraso, los países de la Unión Europea parecen estar comprendiendo ahora que sus intereses no siempre coinciden con los de Estados Unidos. “Los americanos, nuestros amigos, toman decisiones que tienen un impacto sobre nosotros”, se lamentaba Josep Borrell en un comentario a Político, que esta semana ha afirmado que “nueve meses después de invadir Ucrania, Vladimir Putin está empezando a fragmentar Occidente”. Las quejas europeas se deben a los altos precios de la energía estadounidense, que al contrario que Rusia no ofrece descuentos a sus aliados o países afines, o los beneficios de la industria armamentística. Estados Unidos, mucho más lejos del frente que los países europeos, siempre estuvo cómodo con el uso de Ucrania como herramienta militar contra Rusia y sigue estándolo ahora, al menos en lo que respecta a sus autoridades políticas.

Pero a los beneficios de la industria de la muerte y la realidad de la ley de la oferta y la demanda, que Estados Unidos aplica a rajatabla, se ha sumado ahora la queja europea por un escenario que tampoco es nuevo: el proteccionismo estadounidense. En un momento en el que la renuncia a la energía a precios asequibles mina la competitividad de la industria europea, Estados Unidos ha anunciado un plan de subsidios a su industria que la UE considera “un riesgo existencial”, 369.000 millones de dólares a los que la Unión Europea difícilmente va a poder responder. Más unida y sometida políticamente que nunca, la Unión Europea no deja de sorprenderse de que su gran aliado, Estados Unidos, actúe centrándose únicamente en sus intereses económicos. Pasado hace tiempo el punto de no retorno, la Unión Europea se ha condenado a sí misma a continuar por el camino marcado por las normas de Estados Unidos y las sanciones que ella misma ha decidido imponerse.

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