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Crimea, Donbass, DPR, Ejército Ucraniano, Kiev, LPR, Rusia, Ucrania

Represalias

Como recogió toda la prensa mundial, Rusia infligió a lo largo del día de ayer uno de los más duros ataques con misiles de toda la guerra. Al contrario que en las primeras semanas de la intervención militar rusa, momento de mayor peso de este tipo de ataques de precisión, los objetivos no fueron solo bases, infraestructuras o industrias militares, sino que por primera vez desde febrero, Rusia atacó masivamente las infraestructuras civiles críticas ucranianas. Durante meses, Moscú había repetido advertencias más o menos altisonantes para tratar de marcar una serie de líneas rojas que poco a poco fueron cruzándose sin que mediaran represalias rusas. Es especialmente recordado el comentario, lleno de ira, del expresidente Dmitry Medvedev sobre los ataques a bases militares en Crimea, cuya seguridad siempre ha sido el principal punto de no retorno para Moscú. Sin embargo, Ucrania ha demostrado ser capaz de atacar Crimea y la retaguardia rusa tanto en territorio ucraniano como en el territorio ruso internacionalmente reconocido sin que Rusia haya cumplido sus amenazas de escalar el conflicto.

El ataque de ayer, ampliamente condenado por los socios occidentales de Ucrania, que lo calificaron como inaceptable, “algo que no tiene lugar en el siglo XXI” o por la prensa, que lo definió como “mortal”, fue dirigido fundamentalmente contra las infraestructuras eléctricas y de comunicación ucranianas. Con explosiones en ciudades a lo largo y ancho de todo el país -Kiev, Lviv, Ivano-Frankivsk, Jmelnitsky, Vinnitsa, Krivoy Rog, Járkov, Sumy, etc-, el ataque causó apagones, parciales o totales en numerosas regiones del país. A consecuencia de los daños, Ucrania se ha visto obligada a suspender su venta de electricidad a los países de la Unión Europea a los que hasta ahora suministraba. Kiev ya ha anunciado trabajos de reparación y buscará recuperar sus infraestructuras a la mayor brevedad posible. Ucrania heredó de la Unión Soviética una amplia red de centrales hidroeléctricas y nucleares que no han sido atacadas y con las que puede compensar la pérdida temporal o definitiva de sus centrales eléctricas, especialmente en un momento en el que, paralizada, su industria no requiere de grandes cantidades de energía.

El ataque ruso a las infraestructuras ucranianas, que también causó víctimas mortales (Ucrania hablaba ayer de al menos once civiles muertos, un número condenable, aunque relativamente limitado teniendo en cuenta la cantidad de ataques, su localización en el interior de las ciudades y la potencia de los proyectiles utilizados), se produce después de varios ataques contra infraestructuras que Moscú considera estratégicas.

El sábado, aparentemente utilizando un camión cargado de explosivos, fue atacado el puente de Kerch que une la Rusia continental con la península de Crimea. Ayer, en su discurso al Consejo de Seguridad de Rusia, Vladimir Putin culpaba al Servicio de Seguridad de Ucrania de lo que calificaba de acto terrorista. Antes incluso de que se pronunciaran las autoridades rusas, medios ucranianos y estadounidenses, citando a sus propias fuentes, apuntaban ya a la autoría del SBU. Pese a que la especulación continúa sobre el medio utilizado, las últimas versiones apuntan a que no se trató de un conductor suicida sino de una activación a distancia en el momento en el que el camión se encontrara a la par que el tren que transportaba combustible. El ataque hizo derrumbarse un tramo de uno de los carriles para vehículos, pero no destruyó las vías ferroviarias, más importantes para el suministro de las tropas rusas en el sur de Ucrania, ni causó daños estructurales en el puente, que reanudó el tránsito apenas unas horas después. Según Sergey Aksionov, el tránsito de vehículos de carga se reanudará el 16 de octubre.

El ataque ruso, posiblemente el más masivo desde febrero, pero que no hizo arder Kiev como hiciera la OTAN con Belgrado, Estados Unidos con Bagdad o Israel con Gaza, se produce también tras las explosiones que han inutilizado, puede que temporal o definitivamente, los gasoductos Nord Stream y Nord Stream-2, evidentemente considerados como infraestructuras críticas para Rusia. La semana pasada, Associated Press calificaba de teoría de la conspiración las acusaciones rusas de participación occidental en el sabotaje. Aunque en casi ocho meses de intervención militar Moscú no ha atacado un solo gasoducto en Ucrania, país por el que continúa enviando gas a la Unión Europea, Rusia es considerada por los medios occidentales sospechosa de haber hecho explotar unas tuberías de las que es copropietaria.

El sábado, tras un primer tuit en el que se jactaba del ataque, Mijailo Podoliak, asesor de la Oficina del Presidente de Ucrania, acusaba al FSB de haber hecho explotar el puente de Crimea. Y el mismo día, The New York Times afirmaba de nuevo que Rusia continuaba bombardeando la central nuclear de Zaporozhie, bajo su control desde marzo. En un contexto en el que toda información ucraniana es dada por válida sin necesidad de verificación y todo argumento ruso es rechazado como propaganda, teoría de la conspiración o simple falsedad, Rusia continúa siendo acusada de atacar sus infraestructuras críticas.

Con la actuación de ayer, Rusia finalmente escenificaba la escalada que Occidente venía advirtiendo desde el anuncio de los referendos en Donbass y el sur de Ucrania. Como ocurriera tras la debacle de las tropas rusas en Járkov, cuando Rusia atacó también, aunque de forma más localizada, infraestructuras energéticas de Ucrania, la respuesta de ayer a lo ocurrido en Crimea -y posiblemente también en el Nord Stream- puede ser el inicio de una nueva fase en la guerra si Moscú lo ha planteado como algo más que una advertencia a Kiev. Las tropas rusas han demostrado no disponer de los efectivos ni la capacidad para avanzar sobre territorio ucraniano, pero Rusia no ha perdido la capacidad de hacer daño a Ucrania a distancia. Aunque representantes como Oleksiy Arestovich continúan repitiendo el discurso iniciado el pasado marzo, según el cual Rusia había gastado ya sus reservas, Moscú sigue disponiendo de misiles de largo alcance con los que dañar seriamente la capacidad de Ucrania de mantener cierta normalidad incluso en las zonas más alejadas del frente.

El ataque de ayer puede verse como una advertencia, simples represalias por el ataque a Crimea. Puede verse también como una muestra de debilidad. Así se mostraba ayer Dmitro Kuleba, que alegaba que la derrota en el frente ha obligado a Rusia a lanzar este ataque a la desesperada. Ante todo, lo ocurrido ayer recuerda que Rusia mantiene la capacidad de llevar la guerra a todo el territorio de Ucrania, un escenario peligroso que supone elevar el riesgo de una confrontación más amplia. Ucrania, por su parte, continúa intentando equilibrar un triple discurso. Ucrania alega haber derribado la práctica totalidad de los misiles rusos, aunque no admite que parte de los daños se debe a los misiles de las defensas antiaéreas, al tiempo que continúa exigiendo a sus socios el envío de defensas antiaéreas, que difícilmente podrían superar esa efectividad que Kiev dice haber logrado.

Los socios de Ucrania han reaccionado de la forma esperada: prometiendo más apoyo y más armas para Kiev, una reacción ya habitual a cada acontecimiento de esta guerra. En tiempos de escalada o en momentos de intento de diálogo, la respuesta de la Unión Europea y la OTAN siempre ha sido el envío de más armas, asegurándose así de que la guerra continúe. Sin ningún interés por promocionar un proceso de negociación con el que buscar una solución diplomática al conflicto o, cuando menos, un alto el fuego, Occidente sigue dispuesto a contribuir a la escalada de la guerra.

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