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Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, Járkov, Jerson, LPR, Lugansk, OTAN, Putin, Rusia, Ucrania, Zaporozhie, Zelensky

Ruptura definitiva

En una ceremonia que quiso evocar la celebrada en marzo de 2014 para anunciar la anexión de Crimea, Vladimir Putin y los líderes de las cuatro regiones que han votado esta semana su adhesión a Rusia oficializaron ayer el resultado de esos referendos que solo Rusia va a reconocer. Con ello, Rusia adquiere oficialmente la obligación de defender esos territorios y a esa población. Dirigiéndose a ella, Vladimir Putin quiso garantizarle que será rusa “para siempre”. Sin embargo, ni toda esa población de las regiones que Rusia considera ya como propias se encuentra en territorio bajo control ruso, ni existe garantía real de que las tropas rusas vayan a ser capaces de defender sus posiciones.

Ayer por la mañana, periodistas cercanos al Kremlin y poco dados a publicar noticias pesimistas sobre la situación en el frente confirmaban las informaciones publicadas por el bando ucraniano y calificaban de crítica la situación de Krasny Liman. Aunque a lo largo del día se conoció el envío de reservas, la situación en Krasny Liman era ya crítica, con la guarnición rusa y republicana sitiada y con enormes dificultades para mantener sus posiciones mucho tiempo más. Los discursos en la lejana Moscú no cambian automáticamente la situación en el frente, que en esa sección es grave.

El ataque supone la continuación de la ofensiva de Járkov, en la que las reservas rusas únicamente pudieron cubrir la retirada. La caída de Krasny Liman supondría para Ucrania un trampolín para poner en práctica lo que ha sido su sueño desde 2014: una operación rápida similar a la Operación Tormenta con la que intentar repetir los resultados del ejército croata en la Krajina serbia. Evitar un escenario similar a causa de la falta de efectivos para defender los territorios bajo control ruso parece haber sido uno de los objetivos de la movilización parcial de reservistas decretada por el presidente ruso a instancias del Ministerio de Defensa la semana pasada.

Además de los argumentos patrióticos, en su discurso, el presidente ruso llamó al mundo a luchar contra el occidente colonizador en un aparente intento de recuperar una parte del discurso anticolonial que tan importante fuera en tiempos de la Unión Soviética. Al margen de la incoherencia que pueda suponer esa idea en el contexto del cada vez más nacionalista discurso ruso, la idea de la lucha contra occidente es una de las bases para explicar el desarrollo de los acontecimientos en Ucrania. Rusia, (y por diferentes motivos también Ucrania), ha insistido en estos siete meses de operación militar especial en resaltar cada uso de armamento occidental contra sus tropas y contra la población e infraestructuras civiles. Y en cada derrota militar o batalla estancada, los informes del Ministerio de Defensa se han escudado en el gran número de mercenarios occidentales, generalmente de países de la OTAN. Con ello, Rusia ha construido un discurso de lucha contra la OTAN, no solo contra las Fuerzas Armadas de Ucrania, poder explicar por qué en siete meses de guerra, no ha logrado liberar toda la RPD y sus ganancias en la RPL se encuentran ahora en riesgo de volver a caer en manos ucranianas.

Con su firma ayer, Vladimir Putin se comprometió de forma oficial a luchar “con todos los medios” por unos territorios con los que recordó que existe un vínculo histórico. Sin embargo, para la gran mayoría de la población rusa, la guerra en Donbass ha sido, hasta febrero de 2022, un conflicto lejano y ajeno al que únicamente se prestó atención en sus inicios. Y frente a la reabsorción de Crimea, una península que sí era considerada por una parte importante de la sociedad rusa como un territorio no solo estratégico sino culturalmente ruso y cercano, el fervor patriótico o nacionalista que pudiera haber causado la ampliación de territorios queda eclipsado ahora por la necesidad de destinar enormes recursos para tratar de mantenerlos.

Como ya hiciera en su discurso de reconocimiento de la independencia de la RPD y la RPL, el presidente ruso pidió a las tropas ucranianas deponer las armas. Ausente ahora el factor sorpresa y comprobado sobre el terreno que el potencial de las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa no se corresponde a la idea que Moscú ha tratado de proyectar de ellas, la ingenuidad es doble. El Ejército Ucraniano ya mostró hace siete meses su voluntad de lucha, que ha mantenido incluso en los momentos de las más duras derrotas. Ucrania recuperó en Járkov la iniciativa de la guerra y pretende explotar todas y cada una de las debilidades rusas en la línea del frente. Las dificultades en el frente son anteriores a la debacle de Járkov y no van a disminuir con la escalada política que suponen los últimos acontecimientos.

Al contrario, Ucrania busca utilizar el reconocimiento ruso para tratar de dar una estocada militar al enemigo. Pero aparentemente no quiere hacerlo sola. Minutos después de la finalización del discurso en el Kremlin, Volodymyr Zelensky anunciaba que Ucrania no volverá a negociar con Rusia mientras el país siga presidido por Vladimir Putin. Y a la escalada política y posiblemente militar que supone el intento de anexión ruso, Zelensky respondió con el anuncio de que Ucrania ha solicitado el acceso rápido a la OTAN, rechazado ya por el secretario general de la Alianza. Pese al deseo ucraniano de invocar el Artículo V, “la alianza no es parte del conflicto”. La OTAN quiere derrotar a Rusia, pero no quiere luchar contra ella.

Sin posibilidad de congelar el conflicto ni de encontrar una solución diplomática a la vista, solo queda la escalada, con el peligro que esa guerra abierta supone para la población civil y las infraestructuras de los dos países. Con la destrucción aumenta también el riesgo para la seguridad y estabilidad del continente debido a la posibilidad de expansión del conflicto. Confiada en sus fuerzas y en sus aliados, Ucrania no pretende esconderse. Para Kiev, la guerra siempre fue el precio a pagar para crear un muro, simbólico o real, entre Rusia y Ucrania. Una ruptura total y definitiva a la que se oponía una parte significativa de la población incluso durante los ocho años de guerra en Donbass, que Kiev siempre presentó como un conflicto con Moscú.

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