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Donbass, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Rusia, Ucrania

Los referendos y el futuro de la guerra

Hoy martes finaliza el proceso de votación en los referendos convocados por la RPD, RPL y las autoridades nombradas por Rusia en las zonas de los oblasts ucranianos de Jerson y Zaporozhie bajo control ruso. Ayer, basándose en los datos de participación ofrecidos, las autoridades rusas y locales dieron ya por válidos los referendos, por lo que, a lo largo de los próximos días, una vez que se dé por finalizado el recuento, Moscú reconocerá los resultados presentados y comience un proceso de anexión de todos o una parte de los territorios donde se han celebrado las votaciones.

Sin el entusiasmo mostrado por la población en la primavera de 2014, cuando el espectro de una guerra se sentía únicamente en puntos muy concretos de Donbass y no existía la sensación de que la violencia pudiera extenderse en el espacio y en el tiempo, la población de la RPD y la RPL vota por segunda vez en un referéndum en el que cuenta con la certeza de una respuesta afirmativa de Moscú. La situación es diferente en Jerson y Zaporozhie, donde tras seis meses de presencia militar rusa, podría oficializarse un cambio político por la vía militar que Moscú quiere legitimar mediante un plebiscito.

Sin haber sido derrotada militarmente, mucho mejor armada que hace unos meses y con la iniciativa en un frente tan importante como el del sur de Járkov-norte de Donbass, Ucrania ha tratado en las últimas semanas de evitar ese paso. Es más, previsto (aunque nunca oficialmente anunciado) para mediados de septiembre, el anuncio del retraso de los referendos en Jerson y Zaporozhie a causa de las condiciones de seguridad fue entendido en Kiev como una victoria. Sin embargo, la necesidad de aumentar la agrupación militar en la zona de guerra tras el rápido avance ucraniano y la certeza de que ninguno de los objetivos de Moscú podría cumplirse sin reforzar el número de tropas ha hecho necesario justificar políticamente la movilización parcial anunciada la semana pasada.

Donbass, que de facto había abandonado hace mucho tiempo el ámbito ucraniano y se había integrado, al menos de forma parcial, en el espacio político y económico ruso, no requería de un nuevo referéndum. De ahí la sensación de trámite necesario para dar inicio a una serie de pasos que posiblemente pudieran haberse dado sin la necesidad de un segundo referéndum. En esta ocasión, ha sido el Gobierno ruso, el mismo que en 2014 se manifestó públicamente a favor de retrasar el referéndum del 11 de mayo, que no reconocería hasta 2022, el que ha precisado de las votaciones para dar un marco legal a los hechos consumados y justificar así la necesidad de reclutar a los miles de soldados con los que espera estabilizar el frente, convertido ya en frontera rusa.

Evidentemente, Ucrania, que no aceptó el resultado del referéndum del 16 de marzo de 2014 en Crimea -que contó con una mayor preparación y muchas más garantías que el actual, celebrado entre bombardeos y sabotajes- no cuenta con aliciente alguno, no solo para reconocer los resultados, sino incluso para aceptar su celebración como una muestra de rechazo al Gobierno de Kiev de, al menos, una parte de la población. Kiev, que rechazó en marzo -ya fuera por iniciativa propia o animado por sus socios occidentales con Boris Johnson a la cabeza- un acuerdo para finalizar la guerra aceptando la pérdida de Donbass pero recuperando por la vía política Jerson y Zaporozhie, siempre ha previsto una solución al conflicto en sus propios términos. La pérdida de Donbass era inaceptable en marzo de la misma forma que lo fueron durante ocho años las concesiones políticas que Minsk preveía para la población de la RPD y la RPL (un estatus especial garantizado por la Constitución, derecho a mantener lazos económicos con Rusia o una policía regional).

Kiev, que continúa tratando de capturar Krasny Liman y atacando otras zonas del frente, aspira a recuperar, por la vía militar, los territorios perdidos. Y pese a la insistencia del discurso oficial en la idea de que Rusia no logrará reclutar y armar a los efectivos previstos, trata de avanzar al máximo en el momento actual, cuando sabe disponer de una significativa superioridad numérica. Aun así, pese a que la situación en varias zonas del frente es grave, Ucrania no ha logrado un avance decisivo en Jerson ni en Donbass. Y pese a que las actividades de sabotaje han continuado -en estos días de votaciones se han producido explosiones en Berdiansk o Melitopol y ataques indiscriminados en Alchevsk, Donetsk o Jerson, donde los proyectiles ucranianos destrozaron un hotel en el que se alojaba la prensa y en el que murió un conocido exdiputado ucraniano-, Kiev no ha logrado evitar los referendos.

La actuación de las partes a lo largo de los próximos días marcará el desarrollo de esta nueva fase de la guerra. Ucrania, sin la sensación de debilidad que aún arrastraba en marzo, continuará tratando de romper el frente en Jerson, Energodar, Ugledar, Krasny Liman, Volnovaja o Lisichansk. Hace tiempo que hacer la situación insostenible para las tropas rusas es la estrategia empleada. Sin embargo, pese al optimismo de los expertos desde el pasado julio, el gesto de buena voluntad en forma de retirada de Jerson no se ha producido.

Han comenzado ya los rumores sobre la posibilidad de introducción de la ley marcial o incluso una declaración formal de guerra a Ucrania como siguientes pasos de Moscú en su intento de mantener el control sobre una operación militar especial en la que no esperaba tener que mantener un frente tan amplio durante un periodo de hostilidades tan prolongado. Es probable que lo largo de esta semana, Rusia anuncie las que considera son sus nuevas fronteras, adjudicándose la obligación de defender esos territorios y proteger a su población. Si Moscú trata de hacerlo por medio de un intento de congelar el conflicto -complicado teniendo en cuenta las condiciones sobre el terreno-, de una nueva escalada con el ataque a las infraestructuras críticas ucranianas o de una mezcla de ambas dependerá de la nueva táctica que Rusia tendrá que plantear para mantener sus posiciones militares y políticas en la nueva situación.

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