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Alchevsk, Alto el fuego, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Lugansk, Minsk, Rusia, Ucrania, Yatseniuk

Ocho años de espera

Hace ahora ocho años, las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk comenzaban a hablar de celebrar unas elecciones en las que legitimar a las autoridades de facto que se habían creado, de forma improvisada primero y a través de luchas internas con las que habían desaparecido algunas de las figuras principales con las que se había iniciado la rebelión de Donbass contra el nuevo Gobierno ucraniano. La primera paz de Minsk había dejado un frente más estable tras la victoria republicana en Ilovaisk y la retirada ucraniana hacia Mariupol, pero la cercanía de las tropas ucranianas a las principales ciudades -Donetsk, Gorlovka y Lugansk- y el control sobre Debaltsevo, que prácticamente cortaba en dos el territorio de las Repúblicas Populares, hacía improbable el mantenimiento del alto el fuego.

La ausencia de un marco político de diálogo real y el desinterés por el compromiso hacían inviable que el acuerdo se mantuviera en el tiempo. Ucrania aspiraba a reagruparse y terminar con las Repúblicas Populares por la fuerza y estas buscaban continuar defendiendo su territorio y avanzar sobre el territorio bajo control de Ucrania, que había mostrado signos de debilidad. Sin un alto el fuego real en ningún momento, las hostilidades se reactivaron completamente en diciembre con el recrudecimiento de la batalla por el destruido aeropuerto internacional de Donetsk y posteriormente con la dura batalla por Debaltsevo, cuando se firmó el segundo acuerdo de Minsk, que marcaría política y militarmente los siete años posteriores de la guerra en Donbass.

El breve intervalo entre la firma del primer acuerdo de Minsk y el estallido de la segunda gran campaña de la militar fue suficiente para hacer comprender a las autoridades de las Repúblicas Populares y los asesores de Moscú la necesidad de consolidar el poder político en el territorio bajo su control. El trámite de las elecciones de noviembre marcó la continuidad en las Repúblicas Populares y apartó también a prácticamente todo elemento con aspiraciones de cambios más allá de lo permitido, fundamentalmente en términos económicos. Frente a la importancia que había tenido inicialmente en la formación de la RPD, por ejemplo, solo se otorgó tres puestos de salida a diputados vinculados al recién creado Partido Comunista de la RPD. La línea estaba marcada y tras haber sido apartadas figuras como Strelkov, vinculadas al oligarca ortodoxo Malofeev y al nacionalismo ruso, quedaba claro que las Repúblicas Populares debían seguir un camino de continuidad económica en lo económico y de mantenimiento del statu quo en lo político y militar.

La situación, y especialmente la respuesta rusa tanto al referéndum del 11 de mayo, que el presidente Vladimir Putin había pedido retrasar en busca de un acuerdo con Ucrania, como a las elecciones de noviembre, en las que Rusia solo admitió haber visto una muestra de rechazo al Gobierno ucraniano, evidenciaba que el tan ansiado escenario de Crimea no iba a repetirse en Donbass. La posición estratégica de Crimea para Rusia, la amplia mayoría de población favorable a la adhesión a Rusia, el caos que reinaba en el recién formado Gobierno de Kiev y las situación geográfica facilitaron a Moscú la rápida reabsorción de la península en apenas unas semanas.

Meses después, organizados ya batallones voluntarios -fundamentalmente a partir de los grupos de extrema derecha, una de las partes más movilizadas de la sociedad civil, con apoyo estatal y capacidad de reclutamiento- y con la intención de impedir la repetición del escenario de marzo, Ucrania inició su operación antiterrorista apenas unas horas después de la llegada del primer grupo armado, el vinculado a Igor Girkin, Strelkov, a Slavyansk el 12 de abril de 2014. El 14 de abril, el entonces primer ministro Arseniy Yatseniuk afirmaba que “Ucrania ya está en guerra”. La actitud ucraniana y el inicio de los combates no solo contribuyeron a la polarización y el aumento del rechazo de la población de Donbass al nuevo Gobierno, sino que obligaron a esa población a posicionarse. Así lo hicieron en el referéndum del 11 de mayo, que Ucrania pudo haber visto como una manifestación de descontento, pero que prefirió ver como una muestra de la intención rusa de anexionar la zona. En aquel momento, con los primeros combates iniciados hacía apenas nueve días, la guerra pudo haberse detenido por medio de un acuerdo político que nunca se buscó. Sin intención de aceptar que las exigencias de la población de Donbass procedían de una serie de agravios percibidos por una parte importante de la población, Ucrania prefirió ver las protestas iniciales y la posterior rebelión armada como una revuelta instigada desde el exterior y quiso dar a un problema político una resolución militar.

Sin esa amplia mayoría de población que abogaba por la adhesión a Rusia, un oponente militarmente más organizado, sin las facilidades geográficas que daba Crimea y, sobre todo, sin ningún aliciente económico, no había para Moscú beneficio alguno a cambio de la batería de sanciones que habría supuesto la anexión de Donbass, que habría implicado además la necesidad de una operación militar. Con la industria y la extracción de carbón en decadencia especialmente desde los años de la independencia -en los que Donbass ha perdido peso específico en el PIB de Ucrania-, Donbass no tenía para Moscú la importancia que tuvo en el pasado. «Donbass no es una región cualquiera. Sin esta región, la construcción socialista seguirá siendo una quimera», se puede leer en la columna junto al monumento a Lenin en la plaza central de Donetsk. Sin embargo, incluso antes de la ruina militar que comenzó en 2014, Donbass no era para Rusia ni la región rica en recursos minerales clave y con un cuarto de millón de obreros rusos que la hizo prioritaria para los bolcheviques en 1917 y en la guerra civil, ni la región que suministraba más de la mitad del carbón y del mineral de hierro que era para el Imperio Ruso en la primera década del siglo XX.

Durante ocho años, la postura rusa se ha basado en apoyar a la RPD y la RPL, evitando su derrota militar ante Ucrania y buscando un acomodo de las regiones en Ucrania, no solo con garantías de seguridad y derechos políticos, económicos y lingüísticos asegurados por la Constitución del país. En este tiempo, la negativa de Ucrania a toda negociación política con Donetsk y Lugansk ha permitido a Moscú y las Repúblicas Populares dar una serie de pasos que, poco a poco, han introducido a la región en el ámbito primero económico y después político ruso. Rusia comenzó introduciendo la “zona rublo” ante el impago ucraniano de pensiones y salarios públicos, que Moscú hubo de compensar. Con ello, Rusia no solo evitaba el bloqueo económico iniciado en 2014 y confirmado en 2017 con el bloqueo comercial impuesto por Kiev, sino que iniciaba un camino que ha resultado ser irreversible.

Ante el limbo administrativo en el que, con el paso de los años, fue quedando una parte de la población de Donbass, Moscú comenzó a aceptar los documentos expedidos por la RPD y la RPL: partidas de nacimiento, defunción, pasaportes y también títulos académicos, que han dado a los estudiantes de Donbass la posibilidad de acceder a la educación superior rusa o emigrar en busca de una mejor situación económica. Finalmente, tras años de rumores, Rusia comenzó a ofrecer el acceso rápido a la ciudadanía rusa a los ciudadanos de la RPD y la RPL y con ello el derecho a voto, por ejemplo, en las últimas elecciones legislativas, con las que Donbass comenzó a ser visto como un tema de política nacional tras años en los que gran parte de la prensa rusa no había prestado especial atención.

El lento proceso de adhesión económica y administrativa a Rusia, que siempre pudo ser interrumpido por medio del cumplimiento de los acuerdos de Minsk, algo que para Ucrania nunca fue una opción, se rompió de manera súbita el 22 de febrero de 2022. El reconocimiento ruso y el inicio de la intervención militar rusa dos días después no solo pusieron fin al siempre estancado proceso de Minsk, sino que fue otro paso más en la eliminación de la frontera entre Donetsk, Lugansk y la Federación Rusa. Ahora, más de seis meses después y en unas condiciones inesperadas para Rusia, que no solo no ha logrado recuperar todo el territorio de la RPD sino que se encuentra contra las cuerdas tras la derrota en Járkov y con la necesidad de defender un frente que se extiende a lo largo de mil kilómetros, los acontecimientos vuelven a acelerarse.

Aunque fue el elemento geopolítico el que determinó la introducción de tropas rusas en Ucrania, la operación militar especial se planteó en términos de defensa de la población de Donbass. Ahora, las dificultades para mantener los territorios capturados han hecho necesaria la justificación de una movilización parcial de reservistas iniciada esta pasada semana. De ahí la rápida reactivación de la opción del referéndum de adhesión a Rusia que las autoridades de la RPD y la RPL han prometido repetidamente a su ciudadanía. Frente al primer referéndum, en el que la población votó por la independencia siguiendo el ejemplo de Crimea, es decir, esperando una respuesta no de Donetsk y Lugansk sino de Moscú, es Rusia quien necesita ahora este trámite para formalizar la situación y justificar la necesidad de defender esos territorios. De producirse y consolidarse esa adhesión a Rusia -la guerra puede alargarse y Ucrania va a continuar luchando por recuperar esos territorios-, Donbass habrá pagado su elección de 2014 con miles de vidas, ocho años de bloqueo y la destrucción de gran parte de las infraestructuras que hicieran de Donbass una de las regiones industriales más importantes de la Unión Soviética.

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