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Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Rusia, Ucrania

Lugar de contrastes

Artículo Original: Denis Grigoriuk

Humo en el Donbass Arena, el moderno campo de fútbol construido para la Eurocopa de 2008 y que hasta ahora no habría sufrido bombardeos en sus alrededores.

En la guerra siempre hay lugar para los contrastes. Ahí donde las personas se matan unas a otras, siempre habrá vida. En medio de la destrucción y el caos absoluto, es inevitable encontrarse con un niño jugando entre las ruinas de lo que un día fuera su casa. A lo largo de los años de conflicto armado en Donbass, Donetsk ha sido calificada de “ciudad de contrastes”. Los periodistas han admirado el coraje de la población civil, que ha plantado rosas en los jardines, ha limpiado las calles y que ha cocinado al raso bajo los bombardeos. No voy a ocultar que es un fenómeno que a mí también me ha hecho pensar.

En los primeros años de la guerra en Donbass, la respuesta parecía simple: el carácter especial del pueblo de Donbass. La población en Donetsk, Gorlovka, Lugansk, Debaltsevo, Zaitsevo y otras ciudades no tiene miedo, se decía. Pero en este tiempo he cambiado de opinión. Intentaré explicar por qué. Durante años, visité las localidades de la línea del frente. Allí encontré inevitablemente a personas mayores, jóvenes e incluso niños en la zona de impacto de la artillería enemiga. Los pequeños eran los más sorprendentes: podían jugar con los restos de proyectiles explotados, adivinar el calibre de una mina por el sonido y no reaccionar al sonido de un impacto que se producía a una distancia no tan lejana. Pese a este horror, la población continuaba viviendo en los lugares en los que una persona corriente consideraría inseguros. Pero aquí había niños que seguían jugando a pesar del sonido de las balas.

Es más, por ejemplo, Vika, de Spartak, la niña que fue protagonista de muchas historias, incluidas las mías, regresó con su abuela desde San Petersburgo a la bombardeada localidad de Spartak. No podían estar lejos de casa y prefirieron vivir en condiciones de guerra en el sótano de un edificio de dos pisos de apartamentos, cocinando en una cocina de verano preparada por el abuelo, durmiendo en el sótano y estudiando en la calle hasta que comenzaran los bombardeos. Puro surrealismo. Confieso que admiro a estas personas, como escribí repetidamente en mis notas.

Esta tendencia continuó a lo largo de la guerra. La clave aquí es el tiempo. Hay personas que llevan viviendo en estas circunstancias menos de un año: aquí ya es el noveno. Algunos se marcharon y se dieron cuenta de que no hay mejor lugar para vivir que el hogar, otros se decepcionaron tanto de la hospitalidad de ciertos ciudadanos que decidieron que era mejor vivir bajo las bombas que ser considerados aprovechados, otros no pudieron dejar a sus mayores y compartieron con ellos el destino de la vida en condiciones de guerra. Hay razones de sobra. Pero no lo llamaría valentía. Cada persona tiene miedo, cada persona quiere vivir y espera que el próximo proyectil no sea el suyo.

¿Por qué se comportan entonces así los residentes de Donbass? ¿Qué tienen? ¿Es fatalismo o es otra cosa? En ocasiones, hay personas que ni siquiera se encogen cuando escuchan un zumbido, ¿es así como se escenifica la valentía? No lo es. En algunos casos, es cuestión de un simple no saber cómo reaccionar en una situación extrema. Es un error pensar que, como la población de Donbass lleva viviendo en guerra durante ocho años, sabe perfectamente bien cuándo un proyectil les va a caer encima o desde dónde ha sido disparado. En parte, podemos decir que el pueblo de Donbass ha aprendido a sobrevivir en tales condiciones. Pero, al mismo tiempo, hay un gran número de personas que trivializan cuando escuchan un zumbido que se acerca.

De ahí que sea relativamente común ver imágenes de un chófer que continúa conduciendo cuando las bombas caen en sus alrededores, aunque sería buena idea detener el vehículo, dejarlo ahí y buscar refugio lejos de las explosiones. Es extremadamente peligro encontrarse en un vehículo durante un bombardeo. En ocasiones se asocia al pánico, cuando en lugar de tirarse al suelo y buscar cobertura, las personas echan a correr sin rumbo con la esperanza de encontrar un lugar seguro, sin pararse a pensar en la metralla y proyectiles que vuelan. En una situación así, una fracción de segundo puede determinar la supervivencia.

Es difícil hablar de valentía o “personalidad de hierro”, como los periodistas, yo incluido, hemos hablado. No lo he mencionado en más de un año por un motivo. En ocasiones, mi falta de reacción a un bombardeo se debe simplemente a la fatiga. Es imposible vivir con miedo durante tantos años. El subconsciente se ajusta a las circunstancias de una manera o de otra. El miedo te aplasta y no solo se lleva la fortaleza física necesaria para seguir con tu vida, sino también la mental.

Esa es la causa por la que se puede encontrar a los llamados zombis, personas con la mirada vacía a las que parece que no les queda esperanza de nada. Por ejemplo, vi a muchas personas así en Mariupol en el apogeo de las hostilidades, cuando toda la ciudad era un campo de batalla y la población local era testigo obligado de la matanza. Todo cambió al final de la batalla por la ciudad. La población comenzó a recuperar sus sentidos y ya no tenían esa mirada, que se había convertido en característica de toda la población, también en los menores.

Sin respuesta para la pregunta clave de “cuándo acabará”, surge otro sentimiento: la falta de esperanza. A la larga, la población se resigna a su destino, es según el cual, si no es hoy, puede ser mañana, pero en algún momento un proyectil explotará a su alrededor. Sí, hay una guerra a tu alrededor, pero ¿significa eso que tienes que esperar tumbado en un ataúd y esperar a tu proyectil? No, pero tampoco hay forma de cambiar la situación.

La situación es la siguiente: por una parte, no hay forma de hacer nada para cambiar lo que está ocurriendo y, por otra, puede haber motivos por los que es imposible marcharse. En estas circunstancias, lo único que queda es aceptar las cosas como son, sin romantizarlas y sin un extra de entusiasmo. Donbass ha vivido en este estado durante los ochos años de conflicto. Nadie ha podido dar respuesta la pregunta de qué pasaría a partir de entonces. ¿Implementación de los acuerdos de Minsk y la incorporación a Ucrania con estatus especial? ¿Abandono del plan de paz y guerra hasta el final? ¿Reconocimiento de la RPD/RPL como estados independientes? No ha habido respuestas. Había demasiada información contradictoria en el espacio mediático y gran parte de la población simplemente dejó de seguirlo, como dejó de seguir los datos sobre los bombardeos de las localidades del frente. Y en la zona roja, la población simplemente trató de sobrevivir sin pensar en qué pasaría al día siguiente.

Ahora nos encontramos en un momento en el que el centro de Donetsk es bombardeado por la artillería ucraniana con armas pesadas de la OTAN a diario. La población no va a marcharse, al contrario, hay más residentes en la ciudad que durante la primera fase caliente del conflicto. 2022 está siendo el año más violento de todos. ¿Qué vemos? Las tiendas están abiertas, la población sigue plantando rosas, los trabajadores públicos reparan los daños, los rescatistas apagan fuegos bajo los bombardeos y el transporte público sigue circulando bajo el zumbido de los proyectiles. Es más, incluso después de que un proyectil impactara contra el Colegio Número 22 en el distrito Voroshilovsky, los profesores continuaron acudiendo a sus puestos de trabajo a pesar de que el líder de la RPD, Denis Pushilin, recomendara en una declaración pasar a la educación a distancia.

Puede que eso sorprenda. Muchos siguen sin creer en lo que describo, pero es la realidad de Donbass. Incluso en Donetsk, desde hace mucho tiempo considerado un lugar seguro a pesar de que la posibilidad de bombardeos haya persistido durante ocho años. Pero después de un mes de bombardeos del centro de la ciudad, incluso lo que se conocía como el Arbat de Donetsk, el bulevar Pushkin, ha quedado desierto.

¿Qué quiero decir con eso? Que no deberíamos tener falsas esperanzas. Sí, la población de Donbass ha aceptado al realidad tal y como es, pero no ha sido por ninguna fortaleza especial en su carácter. En cada guerra hay civiles que viven en la zona de conflicto. En su caso, se debe a la falta de esperanza. Quienes tienen la oportunidad, se marchan. El resto tiene que vivir en las circunstancias marcadas por las circunstancias. No hay nada romántico en ello. También han quedado atrás las emociones exacerbadas. Todo lo que queda es humildad y desesperación en una situación en la que nadie da respuesta a las preguntas clave. Las preguntas han cambiado, pero nadie ha recibido respuestas concretas. En estas condiciones, todo lo que queda es vivir y ver qué pasa a la espera de que todo llegue a su conclusión lógica.

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