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Donbass, Euromaidan, Extrema Derecha, Rusia, Sanidad, Ucrania

En el aniversario de Euromaidan

Artículo Original: Andrey Manchuk

Todo empezó cuando los patriotas de Ternopil rechazaron aceptar el avión que transportaba a los ciudadanos ucranianos [y una veintena de ciudadanos de otros países-Ed] que llevaban durante semanas esperando ser evacuados de Wuhan. Se opuso a la llegada del avión el Consejo Regional, controlado desde hace treinta años por los partidos de extrema derecha. Los diputados oficialmente exigieron “parar el genocidio del pueblo ucraniano” y los preocupados ciudadanos de Ternopil bloquearon las carreteras por las que habrían pasado los evacuados.

Los resentidos activistas colocaron un puesto de control cerca del sanatorio Modobory, donde se planteaba que pasaran la cuarentena los 98 ucranianos “chinos”, una verdadera “centuria celestial”. Durante toda la noche, entre la lluvia, cantaron salmos a la virgen para que se llevara el “contaminado” avión. Los periodistas se acercaron a la escena y registraron las imágenes del histérico rezo. De no haber esas pruebas, cualquiera pensaría que se trataba de algo ocurrido al final de la Edad Media. Lo único que faltaba era una bruja para ser sacrificada o linchada ante la población.

Mientras tanto, en la vecina región de Lviv, neumáticos bloqueaban la vía al hospital en el que, según algunos rumores, se iba a traer a los compatriotas. Al acto acudieron médicos locales que parecen haber olvidado su juramento hipocrático. Las redes sociales de los patriotas ucranianos se llenaron de encolerizadas exigencias de que se enviara a los evacuados de China a algún lugar del este, mientras que los políticos patrióticos locales acusaban directamente a las autoridades de utilizar el virus como una forma de sabotaje contra la región de Galizia, que en las últimas elecciones votó a Petro Poroshenko.

De forma simultánea, se celebró una sesión urgente en el Consejo Local del distrito Oujovsky para tratar el tema del coronavirus. Los diputados de este suburbio de Kiev se opusieron a la propuesta de alojar a los evacuados en el sanatorio local Prolisok y expresaron su determinación de no aceptar a esta “centuria celestial”.

Ucrania ha seguido la extraña ruta del avión de los evacuados haciendo círculos sobre la región de Dnipropetrovsk, un signo de cómo las autoridades del país están perdidas, sin saber qué hacer en esta situación.

Tras una vergonzosamente larga pausa, el avión aterrizó para repostar en Kiev y voló en dirección a Járkov. Pronto se supo que los evacuados de China serían alojados en la región de Poltava, en la pequeña localidad de Novi Sanjari, donde inmediatamente se iniciaron las protestas. Una masa alocada prendió fuego a autobuses y bloqueó el acceso al sanatorio, del que inmediatamente salió gran parte del personal. Después iniciaron enfrentamientos con la policía, que se reforzó con la llegada de blindados a la escena, algo que recordó a muchos a las escenas de “ATO”.

Realmente recordaba a lo que se pudo ver hace seis años: una masa enfurecida que bloqueaba carreteras, una situación de psicosis e histeria, pánico, rumores, desconfianza y odio a los sospechosos “extraños”. Eso es lo que se puso en práctica en el pogromo de la “dignidad” en Euromaidan y ahora, en el aniversario de su victoria, todo ello ha vuelto como un boomerang en diferentes regiones del país demostrando lo efímera que es la tan repetida unidad.

“Esta historia es sobre nuestro patriotismo verdadero, no es una fachada. Sobre la unidad. Sobre la unidad del país. Sobre la unión de la población y un Estado inexistente. En pocas palabras, todo lo que se ha escondido cuidadosamente todos estos años bajo una capa de provincialismo, competiciones de canciones y bailes patrióticos y vallas pintadas de azul y amarillo. El Gobierno, como siempre, ha pretendido durante mucho tiempo que no pasaba nada. Siguen a lo suyo hasta que les explota en proporciones gigantes, lo que prueba que no garantiza nada, que no controla nada y que no sabe nada de los protocolos contra las epidemias. Siempre está en silencio ante las crisis. No reacciona a las manifestaciones de mortal oscurantismo. Deberíamos dejar de pretender que somos un Estado funcional. Y dejar de cantar esas falsas canciones de unidad. No lo estamos, ni como Estado, ni como comunidad ni como país. No somos más que un área geográfica que no sabe lo que quiere y está dispuesto a arrancarse su propia piel sin piedad. Pero no, vamos a hacer más días de la unidad y días de las camisas bordadas”, escribió el periodista Mijalo Podolyak.

Algunos hechos justifican el miedo que rodea a la epidemia, pánico que desde enero se ha lanzado por la prensa postsoviética. Pero el miedo no justifica la maldad y el comportamiento de presión e histeria colectiva son siempre una muestra de la compasión humana.

Conozco esto por experiencia personal. En 1986, tras el accidente de Chernóbil, mi abuela conoció accidentalmente  en la estación de Kiev a una extraña y alojó en su casa a toda su familia, entre ellos su padre, que había trabajado como liquidador de las consecuencias del desastre. La actitud hacia quienes llegaban a Kiev en aquel momento fue amistosa. Personas normales, no gente rica, compartieron con ellos todo lo que tenían y no prestaron atención a los rumores, inevitables en este tipo de situaciones, sobre la radiación de Chernóbil.

Pero ese colectivismo ha sido destruido en los treinta años de restauración capitalista y la palabra solidaridad suena tramposa a los ucranianos que han prohibido por ley a los sovok. Cada hombre por sí mismo en un mundo en el que los compatriotas rápidamente pueden convertirse en enemigos para los patriotas, enemigos contra los que se puede luchar de la forma que sea, hasta poner barricadas contra ellos. Primero fue contra los residentes de Donbass, sovoks, ahora contra los evacuados de China y mañana el objetivo puede ser cualquiera si la masa enfurecida por el miedo o por cualquier otro motivo decide que alguien es el enemigo.

“Creo que se debería hacer un monumento en honor a este hecho tan importante como la descomunización. Un gran monumento de hierro. A un lado, miles de personas en la celebración del 1 de mayo en Kiev justo después del desastre de Chernóbil. Y a los miles de bomberos, médicos y soldados de todo el país que viajaron a Chernóbil para eliminar las consecuencias del accidente. Al otro lado, un monumento de hierro a los médicos de Lviv con los neumáticos ardiendo para bloquear la entrada al hospital a los ucranianos evacuados de China. Y a los residentes de Novi Sanjar agrediendo a la policía por el mismo motivo. Un momento precioso, bonito y honesto, se lo aseguro. Incluso le daría el nombre: nosotros solos”; escribió el diputado Maxim Bujanski.

Es una prueba de educación, una prueba de humanidad que Ucrania ha suspendido de forma prematura, cuando el país no tiene un solo contagiado. Así que es importante recordar que uno de los motivos por el que las personas han abrazado el pánico es por la incapacidad del Gobierno, que durante semanas ha dejado abandonados a sus ciudadanos de Wuhan y no ha hecho nada para evitar que el público comprendiera sus planes para la cuarentena. La incompetencia y la falta de transparencia de las autoridades ha provocado en buena parte esta fea historia que atestigua la atomización, desunión profunda de la arcaica sociedad ucraniana. Y también la falta de credibilidad de la élite gobernante, que no tiene más habilidad que su capacidad de vender los activos del país dejándolos en manos de fondos extranjeros y oligarcas.

La palabra pánico procede del nombre de Pan, dios heleno de los pastores. Ellos atribuían a los sonidos de flautas invisibles el comportamiento de las manadas de cabras que, al sentir el peligro, corrían hacia el fuego o hacia el abismo. Tras la batalla de Maratón, cuando los soldados persas caóticamente huyeron de la brutal batalla, la palabra se arraigó en el lengua y literatura del viejo mundo, que ya conocía la naturaleza del fenómeno del pánico y sabía también cómo utilizarla en su beneficio. Irónicamente, después sería un predicador quien se convertiría en víctima de ello. Según Plutarco, una voz ordenó al capitán de un barco predicar en la isla de Pallodes la frase: “Murió el gran Pan”, que causó consternación en Roma y el caos se convirtió en presagio del final del mundo pagano.

El conocido psicólogo Akop Nazaretyan apunta a factores sociopsicológicos en la formación del pánico generalizado y destaca entre los muchos factores la “tensión en la sociedad causada por un incidente natural, económico o desastre político inesperado” y la “falta de claridad en los objetivos generales, efectividad, confianza en las autoridades”.

“La alarma no salta solo por las perspectivas de importar una “plaga” en una zona “limpia”. Uno de los motivos es la completa desconfianza en las autoridades y, en un sentido más amplio, en el Estado. La histeria emana del hecho de que nadie cree en la capacidad del Gobierno, y en general del Estado, de “garantizar la seguridad”. Hay que recordar los datos de Gallup de la primavera pasada: solo el 9% respondía que confiaba en las instituciones en Ucrania”, añadió el famoso historiador Georgy Kasianov.

Todos comprenden lo que pasaría en Ucrania si el virus comienza a extenderse en la zona teniendo en cuenta que la sanidad, destruida por las reformas de Suprun, no es capaz de responder siquiera al común sarampión y las medio caídas estructuras del Estado difícilmente pueden organizar una lucha mínimamente efectiva contra la enfermedad. Ahora mismo, en Ucrania se prepara una manifestación contra la destrucción de la sanidad, la eliminación de instituciones médicas y los despidos masivos de médicos que, además, ganan unos sueldos con los que no se puede vivir.

Durante las reformas de Maidan se ha enterrado solemnemente el servicio sanitario-epidemiológico “soviético” y ahora el Gobierno es incapaz de solucionar las tareas más básicas como reparar los sistemas de calefacción o los puentes. No quiero ni imaginar qué pasaría en el país en caso de un desastre de la magnitud de Chernóbil. Mientras tanto, la gradual degradación del Estado -el colapso de la economía, de la producción, de la ciencia, de la cultura, de las infraestructuras y de las relaciones humanas básicas, que han sido sustituidas por el pogromo de la movilización de los nacionalistas- constantemente aumenta esos riesgos.

En esta vergonzosa situación están los pobres evacuados, que han tenido que sufrir la humillación y el miedo. Ya están en tierra, pero seguro que más de un patriota habría aconsejado tirar el avión con un misil o enviarlo a Moscú. Sus compatriotas les han lanzado piedras al autobús, han quemado neumáticos y han prometido quemar el sanatorio. Si estuviera en el lugar de esos evacuaos, exigiría ser llevado a cualquier otro país en el que se respete la más básica dignidad, responsabilidad social, humanidad y seguridad.

No puede sorprender que la ucraniana Anastasia Zinchenko se negara a volar desde Wuhan porque se le prohibió llevarse a su perro. La chica no quiso abandonar a su mascota, algo que contrasta con la brutalidad de los ucranianos, que juntos han abandonado a esta “centuria celestial” que llegó a casa en el aniversario de Euromaidan pero parecía haber llegado directamente a la Edad Media.

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