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Zaitsevo: cuatro niños en la línea del frente

Artículo Original: Antifashist

0_118e89_b0cdddfe_origZaitsevo, el “punto caliente” en el mapa de hostilidades. Hoy Antifashist ha llegado hasta allí. En Zaitsevo, a doscientos metros de las posiciones del Ejército Ucraniano, en medio del campo de batalla, hay una familia grande y agradable con cuatro jovencísimos niños. Hace tiempo que Andrey Lysenko, un voluntario de Donetsk, se encarga de ellos. Hoy les lleva un generador. Tengo la suerte de conocer a esta gran familia.

Nos encontramos por la mañana en el bulevar de Pushkin de Donetsk. “¿Has oído el ruido desde hace una hora?”, pregunta Andrey. Contesto que no he oído nada, pero he visto que parpadeaban las luces de la cocina. Andrey sugiere que se trata de otro “punto caliente” o que ha explotado alguna munición. Salimos por la vía Donetsk-Yasinovataya. Cerca de la estación del distrito de Kalmius nos para la policía. La carretera está bloqueada. La explosión de esta mañana ha sucedido aquí, frente a una gasolinera. Hay bajas. Hay muchos militares en el lugar. Por la tarde, al regresar a Donetsk, nos enteramos de que una mina colocada por un grupo de sabotaje ucraniano ha hecho explotar un tanque. Una persona ha muerto y otra ha resultado herida grave. Volvemos por Makeevka-Chervonoguardeysky. No hay un solo edificio entero. Esta frase se ha convertido en habitual en las zonas del frente de Donbass, donde en estos dos años y medio de guerra casi nada ha quedado intacto.

Pasamos Gorlovka. Quedan tres kilómetros para Zaitsevo. La imaginación da una imagen terrible: ruinas, silencio absoluto roto solo por los sonidos de artillería pesada, soledad, viento que mueve ventanas y puertas de viviendas abandonadas. Parecería que el pueblo, que a diario aparece en los partes de guerra, debería ser así. Pero Zaitsevo es completamente diferente. O quizá no lo es tanto. Sí, está en ruinas. Sí, no hay mucha gente. Sí, el Ejército Ucraniano hace retumbar la artillería periódicamente. Sin embargo, el ambiente en el pueblo es sorprendentemente cálido y animado. Probablemente sea gracias a la gente que, a pesar de todo, sigue viviendo aquí.

La calle del general Brusilov, la más alejada del pueblo. Hay viviendas y jardines; detrás de ellas, las posiciones del Ejército Ucraniano. Aquí, en el campo de batalla, viven personas sorprendentemente buenas y alegres. Nos esperan en la puerta. Irina y su marido, Viktor Ivanovich, -los más mayores de la familia-, su hija Tanya y Evgeny con sus cuatro hijos: Rita, Katya, Lera y Kiril.

Mientas Andrey muestra el generador a Viktor Ivanovich, Tanya y Zhenya Evgeny] preparan la mesa y nos sentamos a charlar.

Una familia

Irina y Viktor han vivido toda su vida en Gorlovka. Irina trabajaba como encargada en una fábrica de ropa. Sin embargo, en los años 90, tras la desintegración de la Unión Soviética, la vida se hizo más dura. La familia tenía tres hijos: Tanya (la madre de Rita) era la más mayor; Alexey, el mediano y una hija pequeña. Los niños necesitan crecer, aprender, hay que darles de comer y hay que vestirles. No tenían suficiente dinero. Irina y Viktor decidieron abandonar la ciudad y vivir en el pueblo, más cerca del campo. La tierra y es buena y, si se trabaja, da de comer e incluso puede dar para vender lo que sobra. Se mudaron en cuanto lo decidieron así que, en el año 2000, la familia ya se encontraba en Zaitsevo.

Tanya, la hija mayor, se casó y dio a luz a su primera hija, Viktoria. La chica tiene ahora dieciséis años y estudia en Makeevka. Rita, la hija predilecta de la familia, nació en vísperas de la guerra.

Alexey, el hijo mediano, también se casó y tuvo una hija. Su hermana pequeña, Eugenia, y su marido tienen tres hijos: Kiril, de 9 años y las gemelas Lera y Katya, de tres años.

Todos los hijos de Irina, que trabajan la tierra de la mañana a la noche, vivían felices en la misma calle. Y entonces empezó la guerra.

zaitsevo-4Cuando comenzó la fase activa de la guerra, Irina tomó la decisión de enviar a sus hijos y nietos con familiares a Rusia. Mientras tuvieron dinero, todo fue bien. Pero en cuanto se acabó el dinero, la hospitalidad de los familiares instantemente les puso en la puerta. Desde entonces, esos “familiares” no han vuelto a llamar a Irina para preguntar si sigue viva o si lo están sus hijos y nietos.

Al volver a casa, Tanya y la pequeña Rita intentaron irse a vivir a Gorlovka. Pero las condiciones de la residencia eran insoportables. Es suficiente decir que había un horario para utilizar el baño. Al no encontrar cobijo allí, la familia tomó la decisión de dejar de vagar por ahí como refugiados, como extraños en su propia tierra, y volver a vivir al pueblo. Pese a todo.

En un principio, la vida fue extremadamente dura, con bombardeos constantes a los que la familia ha tenido que acostumbrarse. ¿Pero cómo puede alguien acostumbrarse a los constantes sonidos de bombas y a saber que cada momento puede ser el último? Quien diga que es posible acostumbrarse a los bombardeos probablemente nunca haya vivido bajo las bombas o solo las ha escuchado en la distancia. El suministro de luz y agua quedaba regularmente interrumpido por los ucranianos. Irina asegura que era intencionado. En cuanto los equipos de reparación terminaban el trabajo de reparación de las líneas eléctricas, los ucranianos comenzaban a disparar de nuevo. En ocasiones los electricistas ni siquiera pudieron llegar a reparar el tendido a causa del fuego de los francotiradores. En febrero de 2016, la luz  prácticamente desapareció. No tenía sentido reparar algo que iba a volver a destruirse en un par de horas. Así que el generador que hoy lleva Andrey es una salvación para la familia, ahora siempre tendrán electricidad.

Tuvieron que pasar hambre. Las tiendas en la zona roja estaban cerradas, igual que los mercados. Llegar a la ciudad era imposible por los ataques. Les salvaron las conservas que guardaron para el invierno. Con ello Irina dio de comer a su familia y a los milicianos. Después, cuando se gestionó el suministro de alimentos, la milicia comenzó a dar de comer a la familia. Las tiendas aún no han reabierto. Solo hay una pequeña tienda de pan. Pero para conseguir algo hay que llegar pronto, al mediodía ya no queda nada. A menudo, Irina hace su propio pan. El principal suministro de alimentos viene del jardín. Como antes, la tierra da buenos productos si se trabaja. Y se trabaja bajo las bombas.

Irina cuenta que en verano salió a recoger pepinos. Un francotirador que se encontraba a solo doscientos metros comenzó a disparar. Irina pudo verle e hizo señales de que tan solo recogería los pepinos y se marcharía. No hizo caso. Fue necesario abandonar la casa para evitar la ira del asesino.

La tierra da de comer a las gallinas, que ponen huevos, y a las cabras, que dan leche. Y hay agua en el pozo. Una vez al mes llega ayuda humanitaria de la Cruz Roja Internacional. Y de Andrey. La familia no recibe ninguna otra ayuda.

Irina resultó herida en dos ocasiones, en ambos casos en la cabeza. Eso le obligó a recibir largo tratamiento en el hospital, aunque no se pudo retirar todos los fragmentos de metralla de su cabeza: algunos de ellos son demasiado pequeños y demasiado profundos. Así que vive con fragmentos de metralla en la cabeza. Afirma que en ocasiones siente como si tuviera insectos zumbando dentro de la cabeza. Viktor resultó herido en el brazo. Su nieta mayor fue herida en el pecho. Dios perdonó al resto de la familia, que no ha sufrido daños. Irina tiene una relación especial con dios. En una esquina de la casa cuelga un gran icono de la virgen. Irina asegura que le protege y protege al resto de la familia. Una familia que vive en el frente.

Tras escuchar la historia de las heridas, la conversación sigue con la hija Tanya, que habla de Viktoria y sus compañeros de clase. La milicia tuvo que sacarlos del colegio, que se encontraba bajo el fuego ucraniano. Los sacaron de allí en el sentido literal del término: rompieron una ventana por la parte que se encontraba más segura y sacaron a los niños mientras el Ejército Ucraniano disparaba con mortero.

Los peores ataques ocurrieron en 2015. Cada día había heridos y viviendas destrozadas. Una noche se quemaron siete viviendas en su misma calle. Esas viviendas solo tienen la opción de no quemarse si sus dueños tienen tiempo de huir y de apagar el fuego. Si los dueños no están, la vivienda tiene todas las garantías de arder hasta sus cenizas.

En este horrible año, Irina ha visto proyectiles de mortero, “grads”, “uragan”, bombas incendiarias y otros muchos proyectiles. Dice que encienden el cielo como los fuegos artificiales en la televisión. Pero da miedo ver que no está lejos.

Ahora la situación es más tranquila en comparación con el año pasado, aunque hay disparos a diario. Los “grad” ya no vuelan, pero se ha intensificado la presencia de francotiradores ucranianos. Irina muestra la ventana de su habitación, con un disparo y otro en la puerta del baño.

Parece que Irina está dispuesta a contar sus experiencias y estoy dispuesta a escucharlas, pero Tanya y Evgeny han puesto la mesa y nos llaman.

En la mesa son una gran familia. Sobre la mesa hay sopa de carne (no creí que pudiera estar tan buena), salchichas, pepinillos, tomates frescos, salsa agria casera, leche, compota, té, café y vino casero. Como siempre, la conversación gira alrededor de la política y la guerra. Mientras comemos, los niños juegan en el suelo y ocasionalmente se acercan por la mesa a comer algo.

La imagen es casi idílica si no fuera por un “pero”: a doscientos metros de la casa hay una posición del Ejército Ucraniano, desde donde en cualquier momento puede volar un proyectil mortal…

…Nos marchamos por la tarde. La familia al completo se despide de nosotros. No me abandona el extraño sentimiento de que, pese a que nos encontramos en el frente, en el frente de la muerte, donde las bombas explotan a diario, parece que hemos estado de vacaciones con esta familia tan amable

PD. Al día siguiente, Zaitsevo volvió a aparecer en los partes de guerra. Por la noche, el pueblo se vio atacado por el fuego de mortero del Ejército Ucraniano.

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