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Batallón Azov, Donbass, DPR, Extrema Derecha, Fascismo, Ucrania

La larga memoria de Azov

No podemos limitarnos a conocer en el piso de arriba la verdad y la bondad mientras en el sótano están arrancando la piel a otros seres humanos”.

Según Olena Semenyaka, una de las principales referencias ideológicas del nacionalismo ucraniano, esta cita de Ernst Jünger resulta apropiada para todos aquellos que no están dispuestos a apretar las filas en favor de Ucrania, o que aún dudan sobre cómo posicionarse ante la guerra en ese país. Así, en un post publicado el 25 de diciembre, sostiene que esta frase “es probablemente la mejor respuesta a todos aquellos que «piensan geopolíticamente» tanto en la izquierda como en la derecha, a todos los «antiguerra» y «anti-OTAN», a todos los que «comprenden a Putin», etc.”.

La propagandista de Azov reconoce que puede parecer algo extraño escuchar en ella esta argumentación. No en vano se trata de una defensora a ultranza de una orientación geopolítica concreta, Intermarium, formulada para impulsar una completa reforma del orden político europeo desde la perspectiva del nacionalismo dominante en la Europa del Este. En este sentido, y en palabras de la propia Semenyaka, Intermarium se presenta como “una alianza geopolítica de naciones de Europa central y oriental entendida como punta de lanza de la reforma de la UE, un previsto centro de gravedad político en la renovada unidad paneuropea -el de la posguerra Ucrania-Rusia (que no tiene parangón en la UE desde el Brexit)- y una plataforma para la reinvención de Occidente (a través del patriotismo ucraniano que revive los ideales clásicos de la antigüedad) y la solidaridad euroatlántica (que se ha hecho especialmente pronunciada en los Estados Unidos después del discurso de Zelensky en el Congreso)”.

Con estas afirmaciones, Semenyaka profundiza en su revisionismo post-tercerista para acoplar su propuesta de reinvención de Occidente con la solidaridad euroatlántica y los intereses estadounidenses. También reconvertida ahora a una posición de respeto por el liderazgo de Zelensky, la líder del Corpus Nacional ucraniano, brazo político del movimiento Azov, parece renunciar a la superación de los viejos bloques geopolíticos y a la dialéctica ni-ni propia de la Tercera Vía para resituarse con fuerza ante los hechos impuestos sobre el terreno.

Si no puedes acabar con alguno de los bloques, o ya no quieres, acomoda la posición, pensará sin duda, apenas como mera concesión en el proceso de ajuste de las políticas concretas en la dirección adecuada. Porque aunque no se sea aún consciente de ello en Occidente, en “el despliegue de los desarrollos históricos”, puede afirmarse que la geoestrategia esbozada por Semenyaka y por sus colegas de Intermarium, “hoy sin exageración se convierte en la corriente principal” de la política occidental. Lo que nunca habría sido posible “sin que hubiera un ímpetu espiritual detrás”, ese impulso nacionalista ucraniano que ha permitido superar por completo toda idea de «revolución de color», en sentido clásico, por mucho que “el deseo de liberarse “de los ridículos restos soviéticos” en la dirección hacia Occidente resulte “más que comprensible”, según Semenyaka.

El paso cualitativo de las revoluciones de colores de carácter local a la fase avanzada de confrontación civilizatoria que representa la actual guerra ucraniano-rusa sirve para justificar en parte la contradicción post-tercerista de Semenyaka, pero sobre todo para explicar el sentido real del actual combate de Azov y de Ucrania: “No vale la pena morir en nombre ni en aras de ninguno de los polos geopolíticos existentes y sus diferencias de matiz”. “Por lo que estamos luchando”, dice la ideóloga ucraniana, “es por la sustancia misma de la libertad y la dignidad humana, algo que es la base misma de una comunidad, una nación, un estado y solo después todo lo demás”.

De esta forma, la comunidad, la nación y el estado se sitúan de nuevo por encima de todo, encarnando la forma de realización suprema de la libertad y la dignidad humana. Frente a unos enemigos que, casualmente, están llamados a ser históricamente siempre los mismos; puede que los vea en cierta manera como subhumanos -Nietzsche es uno de sus referentes-, aunque Semenyaka no insista constantemente en ese argumento. Pero sin la deshumanización del enemigo, sin la consideración tan habitual entre los suyos (los vata, los moskalis, los orcos, etc., términos que, en los últimos casi nueve años se han aplicado, no solo a Rusia y a su población, sino también a la de Donbass), sin el supremacismo civilizatorio implícito, ¿qué sentido tendría introducir la frase de Ernst Jünger? Todo su discurso resultaría simplemente incoherente. ¿O es que acaso no podría haberlo dedicado, con mucha mayor razón, a los niños y niñas de las ciudades bombardeadas desde 2014 por las tropas del Estado de Ucrania? Una infancia del Donbass que el entonces presidente de Ucrania, Petro Poroshenko, situaba ya en 2014 en un universo distinto al de la infancia ucraniana: “Nuestros hijos irán a guarderías y escuelas, los suyos estarán sentados en sótanos”, decía en un discurso en el que sentenciaba “porque no saben hacer nada”.

El pescado se pudre desde la cabeza, afirma Olena Semenyaka, antes de introducirse en uno de sus temas favoritos desde febrero de 2022: el ajuste de cuentas. Según afirma, la caída será dura para los pusilánimes: “si ves el mundo desde los «pisos superiores» de la geopolítica, o de cualquier otra abstracción, si no ves las verdades claras del sufrimiento humano y el genocidio de los civiles ucranianos por parte de los rusos, y crees que no todo es tan blanco y negro en cuanto a causas y efectos, recuerda que la caída desde estas alturas será igual de dolorosa”.

De Azov a Falange, referentes internacionales del movimiento de la extrema derecha.

Una advertencia que, por supuesto, no apunta a la izquierda oficial europea comprometida con Ucrania, ni a aquella que, desde la distancia o la indiferencia, se limita a lo sumo a mirar hacia otro lado y callar. Pero tampoco se dirige realmente a los grupos que advierten del peligro que llega del centro y del este de Europa, tan similar al vivido en los años 30 y 40 del pasado siglo en el continente. Semenyaka sabe que estos grupos son pequeños y fáciles de perseguir. Por ello, creyéndose su grupo y su país ya dueños del mundo, en otros posts del mes de diciembre afirma sin rubor que, con independencia de que apoyen «la agenda prorrusa» o no, “aquellos dispuestos a asociar a Azov con ideologías totalitarias y subculturas estúpidas, se arrepentirán”.

A quien directamente impulse “en cualquier sentido” una perspectiva prorrusa en Occidente, la líder del Corpus Nacional simplemente señala que “lo lamentará severamente en el futuro. Aquellos que ya han hecho daño, tienen la oportunidad de mejorar [se supone que su suerte], monitoreamos sus mensajes diariamente. Y segura de la victoria, concluye: “Ustedes saben muy bien que determinaremos el curso de la historia mundial y de la memoria histórica mundial en las décadas por venir. Y tenemos una larga memoria”.

En realidad, la diatriba del 25 de diciembre la dirige Semenyaka a los neutrales, sobre todo a los que se encuentran más cerca de su espacio político: «Los lugares más calientes del Infierno están reservados para aquellos que, en un período de crisis moral, mantienen su neutralidad«, recuerda antes de aconsejar a los que, en el espacio político-moral de la extrema derecha aún dudan: “Asegúrense de que no se trata de vuestra «tercera vía geopolítica«.

En el espectro antifascista no hay motivo alguno para no tomarse en serio la amenaza que extienden a todos los vientos personajes como Olena Semenyaka. En la medida de sus posibilidades, y mientras su memoria no se agote en el tiempo, el propósito de revancha del ultranacionalismo ucraniano se extenderá en las áreas bajo su control o influencia. No en vano, desde 2014, las diferentes partes del movimiento Azov encuentran en ese propósito el fundamento para todo nuevo impulso a su acción bélica en el Donbass y en Ucrania.

Por mucho que el verdadero origen del conflicto, presente con fuerza ya en 2014 y regado con sangre desde entonces, tenga un origen bien diferente: la disposición a resolver las contradicciones políticas a través de la aniquilación política del adversario y de la guerra.

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