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La «paz justa» de un presidente de guerra

Con su breve visita a Washington Volodymyr Zelensky ha conseguido mostrar el cambio que se ha producido en los últimos meses. Si su anterior visita había sido decepcionante y no había logrado de Joe Biden el apoyo esperado, en esta ocasión, el presidente ucraniano ha conseguido exactamente lo que buscaba: mostrar el apoyo incondicional de sus socios, que este año ya han comprometido para Ucrania una asistencia que supera al presupuesto militar ruso, y realizar un acto de promoción personal como líder absoluto de un país que se ha convertido principal eje de la política internacional actualmente. Frente al líder que no recibió la atención del recién electo Joe Biden, Zelensky ha recibido ahora la ovación del Congreso, cuya presidencia ondeó una bandera ucrania y celebró la visita en las redes sociales con el grito de OUN.

El intento de resaltar la figura de Zelensky y hacer de él un líder único puede comprobarse en la escenificación de toda la visita. Pese a tratarse de un escaparate incomparable, Volodymyr Zelensky no estuvo acompañado de la primera dama Olena Zelenska, que habría restado protagonismo al jefe de Estado, que se presentó en Washington con la indumentaria de héroe de guerra en lugar de la del presidente de paz que recibió el respaldo electoral del país en 2019 a base de promesas de compromiso para lograr la paz en Donbass. En este año, Zelensky no solo ha logrado situar a Ucrania como prioridad en las relaciones internacionales, sino que ha instalado en la conciencia colectiva que la guerra que libra en nombre de Occidente enfrenta a democracia frente a autoritarismo, libertad contra opresión, buenos contra malos o, como ni siquiera intentan ocultar algunos representantes ucranianos, una potencia europea contra una asiática, entendido el término de la misma forma que se usara varios siglos atrás.

En las horas anteriores a la llegada de Zelensky a Washington, la prensa estadounidense daba por hecho que el presidente ucraniano aprovecharía su discurso de alto perfil en el Congreso para anunciar su tan esperado plan de paz. Desde hace varias semanas, el presidente ucraniano se ha referido repetidamente a la idea del final de la guerra y la preparación de esa paz. Hace ya varios meses, Zelensky introdujo una hoja de ruta de diez puntos según la cual el presidente ucraniano trató de presentarse como interesado en la paz mientras política y militarmente continuaba con el camino marcado desde su llegada al poder: el rechazo a cualquier compromiso. Para ello, Volodymyr Zelensky no dudó en calificar cualquier casto militar estadounidense en Ucrania como inversión. Nadie esconde ya que Ucrania se ha presentado voluntaria para actuar como ejército proxy de la Estados Unidos en la guerra común contra Rusia.

Finalmente, en su discurso, Zelensky no anunció plan de paz alguno, aunque sí se refirió a la existencia de una propuesta que había discutido con Joe Biden. En los últimos días, el presidente ucraniano se ha referido a la idea de una “paz justa” al mismo tiempo que sus asesores y el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Ucrania repetían nuevamente las exigencias de más armamento pesado con el que llevar la guerra a todo el territorio del país según sus fronteras de 1991, es decir, a Crimea, territorio que Kiev aspira a conquistar para imponer esa paz nacida de su victoria. En los muchos artículos dedicados a la visita de Zelensky a Washington, se ha destacado una declaración del presidente ucraniano en la que se refería a esa “paz justa” de la que tendría que convencer a quienes han perdido a familiares en la guerra. Después de meses de bombardeos contra la población civil de Donbass, la ruptura unilateral de las negociaciones de paz de marzo y la prohibición de negociar con Vladimir Putin, Volodymyr Zelensky intenta presentarse ahora como la voz de la moderación, una imagen que, como hasta ahora, no se corresponde con la realidad.

Desde las dos grandes victorias ucranianas de esta reciente fase de la guerra, la ruptura de Járkov y el logro que supuso obligar a Rusia a renunciar a Jersón, que se suman al éxito ucraniano en la defensa de Kiev, el frente ha sufrido escasos cambios. Rusia ha reforzado sus posiciones, ha aumentado su agrupación en la zona de combate y construido fortificaciones defensivas a lo largo de la larga línea de separación. Pese a lo que podría haberse esperado, especialmente teniendo en cuenta el triunfalismo ucraniano, en los últimos dos meses, Ucrania no ha logrado romper el frente en ninguna zona, tampoco en Lugansk, posiblemente la zona más vulnerable tras el colapso ruso en Járkov. Por lo tanto, la retórica de victoria que Ucrania ha instalado en la conciencia colectiva ignora las realidades sobre el terreno y busca presentar su victoria como única vía para la paz. En realidad, no se trata más que de la repetición de la misma táctica utilizada por Ucrania durante el largo e infructuoso proceso de Minsk, en el que la “paz justa” pasaba por afirmar falsamente haber cumplido con sus compromisos y exigir a Rusia la rendición y entrega de las Repúblicas Populares.

Con su intervención militar, Rusia dio por concluido el capítulo de Minsk, con lo que liberó a Ucrania de concesiones que jamás iba a cumplir. En caso de lograr reconquistar Donbass, nadie esperaría ya concesiones culturales o lingüísticas a la población de Donbass, esa misma a la que mucho antes de la llegada de las tropas rusas, Zelensky animaba a mudarse a Rusia en caso de no sentirse ucraniana. Pero con su intervención, Ucrania ha sabido también volver a poner sobre la mesa la cuestión de Crimea, que no formaba parte de los acuerdos de Minsk. Aparentemente cerrada la cuestión de su estatus como parte de Rusia hace casi nueve años, Kiev utiliza ahora la amenaza sobre el acercamiento de la guerra a la península como herramienta de presión contra Rusia y busca armas occidentales de largo alcance para poder mostrar en Sebastopol el respeto a la población que Ucrania muestra en Donetsk.

Con la guerra, Ucrania ha logrado en estos años imponer una versión única del sentir ucraniano y ha institucionalizado unas formas hasta hace unos años asociadas únicamente a una parte del país. La intervención rusa ha permitido institucionalizar la idea de la unidad de Ucrania e imponerla, no solo a nivel nacional sino internacional. Tras la visita de Zelensky, la prensa occidental en bloque ha publicado artículos en los que ha resaltado que “los ucranianos califican de éxito” el viaje del presidente a Estados Unidos. Mientras tanto, ciudadanos ucranianos al otro lado del frente continúan soportando los bombardeos de las Fuerzas Armadas de Ucrania, que causan muerte y destrucción diaria en ciudades como Donetsk sin que su opinión sea tenida en cuenta siquiera para reconocer que no existe un único punto de vista en el país.

En ese contexto, las palabras del presidente ucraniano sobre su visión de la “paz justa” describen simplemente la victoria ucraniana tras la cual se instalaría en esos territorios, que Zelensky espera que incluyan Donbass y Crimea, esa visión de Ucrania que se ha impuesto a lo largo de los últimos ocho años. Una visión en la que toda desviación no nacionalista es entendida como traición y en la que debe rechazarse todo pasado político o cultural con Rusia y especialmente todo lo relativo al pasado soviético. Ucrania no ha dejado duda alguna de que esa es la imagen que espera de su ciudadanía.

“Para mí, como presidente, la paz justa implica que no haya compromisos en cuanto a la soberanía, libertad e integridad territorial de mi país y el pago por todos los daños infligidos por la agresión rusa”, afirmó Zelensky, que confunde victoria impuesta con paz justa, libertad con capacidad para prohibir medios o partidos incómodos e integridad territorial con captura de territorios en los que el rechazo a Ucrania es similar al rechazo de Kiev a su población.

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