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Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Rusia, Ucrania

Una terrible fatiga

Artículo Original: Yulia Andrienko / Komsomolskaya Pravda

La mañana fue estupenda: recibí una llamada de una amiga de Avdeevka. “¡Te lo puedes imaginar, vi una tarta en la tienda ayer! ¡Enorme! Me quedé ahí mirando y admirándola, sin poder apartarme. Volví a casa, enchufé el hornillo en el garaje y pensé que cocinaría ahí, porque no se puede cocinar gran cosa en la calle. Tengo comida, no te preocupes”, me dijo alegremente refiriéndose a reservas de comida enlatada y cereales.

La escuché mientras pensaba que no hay reservas de comida que te salven del frío ni las bombas. Pero la situación de mi amiga no tiene solución: tiene una madre encamada. Hace tiempo que no hay cajeros en la ciudad, ni tampoco salarios para los exempleados de la fábrica. La planta de coque de Avdeevka lleva en modo de mantenimiento desde marzo. No hay un solo servicio que funcione en la ciudad, ni siquiera las ambulancias del Ministerio de Situaciones de Emergencia. Así que mi amiga y su madre enferma pasarán el invierno en una ciudad sin calefacción, agua, electricidad. Me da miedo pensarlo.

No hago la pregunta “¿Por qué no te marchas?”. En mi lista personal de preguntas que causan ira, esa está en primer lugar. Son las siguientes:

  1. ¿Por qué no os marcháis de aquí?
  2. Apenas había bombardeos antes de febrero, ¿por qué teníais que empezar?
  3. ¿No sabes que Rusia solo os quiere como tapón?
  4. Tú eres periodista, dime, ¿cuándo terminará la guerra?
  5. ¿Hay cafeterías en guerra? Como variante de esta pregunta: ¿celebráis los cumpleaños, os casáis, tenéis hijos, os hacéis manicuras?
  6. ¿Merece la pena Avdeevka?
  7. ¿Por qué no habéis derrocado al nazismo en 30 años de Ucrania?
  8. ¿No tienes miedo de ir a las zonas del frente?
  9. ¿Por qué debería mi hijo ir a defender Donbass si vivimos en Rusia?

No sé por qué, pero incluso en el Donetsk en guerra, donde hace tiempo que los grifos se han secado de agua, los escaparates de las tiendas están cubiertos de madera y la vida pasa al sonido de la artillería, por algún motivo, me siento feliz. Pero es una felicidad en silencio. Junto a mí hay personas cuyas vidas han sido destruidas por la guerra y aun así no se quejan. Es increíble, no se escuchan quejas ni reproches en los pueblos destruidos junto al aeropuerto de Donetsk. Nadie ha hecho temblar el aire con la retórica queja “¡hasta cuándo!” desde hace mucho tiempo.

“Aquí todos nos ayudamos unos a otros a sobrevivir. Desde febrero no ha habido agua en absoluto. Solo llegan mensajes de texto al móvil diciendo que hoy habrá agua según un horario, pero del grifo solo sale aire, la presión del agua no llega hasta aquí. Nos ayudan los vecinos que tienen pozos”, me contó un residente de Oktyabrsky en la cola para conseguir agua del camión.

“El otro día, estaba cuidando a las cabras y, de repente, hubo una explosión. La cabra había pisado una mina. Resultó herida en una pata, se cortó la otra, como un cuchillo, y se abrió el pecho. Yo estaba a la misma altura, resulta que la cabra me salvó la vida”, explicó Nikolái Vasilevich secándose las lágrimas.

Me sorprendió ver a un chico joven con unas berenjenas en la mano en la cola. La gente joven se está convirtiendo en una rareza en Donetsk, algunos han sido reclutados y otros se han marchado.

“Gracias por traer agua. Ahora me la llevo, dejaré las berenjenas en casa e iré a la escuela para dejar los contenedores de agua. Así también tendrán agua allí”, dijo Makar Ponomarenko. El chico estudia economía internacional (me pregunto qué significará eso en unos años, cuando obtenga el diploma) y los fines de semana ayuda en una iglesia. Es de familia numerosa y tiene un hermano mayor discapacitado en silla de ruedas. Así que Makar es la principal fuente de agua. No tiene tiempo para murmullar, quejarse o discutir sobre política.

También en el Centro de Rehabilitación del distrito Petrovsky de Donetsk, al que llegué junto al cantautor local Vladimir Skobtsov, son reticentes a hablar de política. Skobtsov inmediatamente aceptó mi propuesta de hablar con los heridos. El centro está situado en las afueras de Donetsk. Allí hay un fuerte aroma a bosque, setas, naturaleza húmeda y algunos pájaros cantan inmediatamente antes de los golpes de artillería, tal alto que hay que taparse los oídos.

“¿Es siempre así aquí?”, pregunté a los chicos que fumaban tranquilamente en el porche.

“Sí, todavía está tranquilo, no prestan atención aquí, solo es sonido de fondo”, rieron.

Jóvenes sin brazos, sin piernas, en silla de ruedas. Encuentro cada vez más en Donetsk y me doy cuenta de que Donbass será un lugar de personas mutiladas durante muchos años.

“No solo reciben tratamiento aquí nuestros heridos, hay alrededor de un centenar de prisioneros ucranianos en un piso separado”, explicó el jefe de neurocirugía, Gennady Serbin. “Les tratamos, les curamos, les damos de comer. ¿Crees que tienen remordimientos? En absoluto. Recuerdo a uno de Azov, que necesitaba una operación, le anestesiamos, nos miró y dijo: “¡Cómo os odio!”. ¿Recuerdas el poema “Me curó un médico de Donetsk”? En la vida real, todo es diferente. No tienen gratitud ni se arrepienten de lo que han hecho”.

Por la noche, se hablará de los ataques con misiles en Ucrania. ¿Saben cuál es la diferencia entre la población de Donetsk y la de Ucrania? No hay alegría en mi corazón al escuchar los ataques de misiles contra Kiev, Lviv, Rovno, Járkov. No existe el júbilo y euforia de quienes histéricamente se hacen selfis delante de un sello que conmemora el incendio del puente de Crimea o escriben comentarios a las noticias sobre las muertes de residentes de Donetsk y hacen chistes sobre explosiones de aparatos de aire acondicionado.

Todavía no saben cómo es una persona cuya cabeza ha explotado en fragmentos, como si fuera plastilina y su cuerpo, como un muñeco de papel con el que juegan los niños, puede romperse fácilmente en dos por un proyectil de artillería. No han visto teléfonos en bolsos llenos de sangre y restos de ropa de los que no se pueden sacar los restos de sangre y pelo, no han volado contra la pared de una casa por la onda expansiva ni han perdido a sus seres queridos, con los que tomaron café el día anterior y juraron cenar juntos el día que llegara el otoño. Así que yo no tengo ese júbilo. Tengo la certeza de que es inevitable una hora de la verdad y un castigo. Y una terrible fatiga.

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