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Armas, Donbass, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Rusia, Ucrania

Una batalla, diferentes intereses

Aunque con el frente aparentemente estático desde el pasado septiembre, cuando Ucrania consiguió irrumpir hasta Krasny Liman y desde ahí a la RPL, la región de Donetsk ha vivido en los meses de otoño y las semanas de invierno las batallas más duras de la línea de contacto. Alejado de los titulares y del discurso oficial, que prefiere resaltar la cercanía de Ucrania a Crimea o especular con la ofensiva de primavera hacia Melitopol con la que esperan derrotar a las fuerzas rusas, las batallas que se libran actualmente en el eje Artyomovsk-Soledar-Seversk y también en la ciudad de Marinka, en las afueras de Donetsk, no solo no han decaído sino que han aumentado.

Varias han sido las ocasiones en las que las autoridades rusas o republicanas han dado a entender que la victoria rusa se encontraba a la vuelta de la esquina en lugares tan importantes como Artyomovsk. En julio, cuando el avance ruso y republicano tras la toma de Popasnaya parecía no haberse agotado, las fuentes rusas hablaban del inicio de la batalla urbana. Las tropas de Wagner, se decía entonces, luchaban ya en la calle Patrice Lumumba. El asalto no prosperó y la batalla se encalló en una lucha de artillería que ha causado infinidad de bajas -una cifra desconocida, pero incluso las fuentes ucranianas admiten que han sido y continúan siendo muy elevadas- y la destrucción de la ciudad. Ya entonces, las imágenes mostraban que las Fuerzas Armadas de Ucrania habían hecho explotar los puentes dentro de la ciudad a la espera de un asalto masivo ruso que nunca se ha producido.

Meses después, los ligeros avances en las pequeñas localidades de los alrededores de Artyomovsk, que coincidieron con un mayor empuje en la zona de Ugledar, también en el frente de Donetsk, dieron lugar a una nueva especulación sobre la posibilidad de avances en esa zona central de la RPD donde las tropas rusas se habían estancado completamente. En aquel momento, Rusia, y especialmente Denis Pushilin, asediado ante la incapacidad de alejar de la capital de la región a las tropas ucranianas, que la bombardeaban a diario, se veían necesitadas de buenas noticias del frente. Aunque el empuje final comenzó en ese momento, poco a poco y a costa de bajas y de grandes recursos, las tropas rusas han conseguido acercarse tanto a Soledar como a Artyomovsk e iniciar lo que ahora sí parece un asalto final.

El martes por la noche, las imágenes de soldados de Wagner junto al dueño de la empresa, Evgeny Prigozhin, en una de las minas de sal de la ciudad confirmaban el fuerte avance. Antes de las imágenes subterráneas, se habían difundido ya vídeos de la lucha en la parte occidental de la ciudad. Ayer por la mañana, Prigozhin cantaba victoria alegando que su ejército -e insistía en que Wagner en solitario- había tomado el perímetro de la ciudad y que solo quedaban en la ciudad bolsas de tropas ucranianas que, según esta versión, tendrían difícil escapatoria. Fuentes rusas alegan que las tropas regulares completan el cerco en la zona sur, objetivo principal del avance, ya que se busca en realidad impedir el suministro de Artyomovsk, más poblada y más relevante. Aunque relevante al tratarse de un avance, la captura de Soledar, si es que el control ruso se consolida, no debe, por sí misma, considerarse una victoria. Tras seis meses de lucha y unas bajas que, por el tipo de lucha que se ha producido, tampoco pueden ser reducidas, incluso la eventual toma de Artyomovsk debe ponerse en perspectiva.

Frente a las noticias procedentes de fuentes rusas y a las alegaciones de Denis Pushilin, que calificó los recientes avances como un punto de inflexión en la lucha por la liberación de la RPD, la prensa occidental ha seguido, como era de esperar, el guion ucraniano con una mezcla de noticias que niegan las alegaciones rusas de avances y textos que restan importancia tanto a Soledar como a Artyomovsk. En ambos casos, parece evidente la contradicción con la publicación de varios testimonios en medios tan importantes como CNN de soldados que abiertamente mencionan elevadísimas bajas, llegada constante de nuevas unidades, imposibilidad de contar los muertos y heridos o incluso desinterés por conocer los nombres de guerra de los compañeros recién llegados. ¿Si las tropas rusas no logran avanzar, por qué es necesario enviar nuevas unidades a la zona? ¿Si Artyomovsk y Soledar no son más que pequeñas ciudades ya destruidas y sin valor táctico o estratégico alguno, por qué el empeño en mantenerlas incluso ahora que, ante una realidad evidente, Ucrania ha tenido que admitir que la situación es difícil?

Es ahí donde radica la diferencia en la importancia que Artyomovsk o Soledar para Kiev y para Moscú. Frente a objetivos abstractos y que Rusia no ha sabido jamás explicar, como la idea de la desnazificación, o poco realistas, como la desmilitarización de una Ucrania cada vez más militarizada, la idea de conseguir el control de las antiguas regiones de Donetsk y Lugansk se ha repetido de forma explícita. Superar la barrera que Ucrania había colocado y que ha mantenido durante seis meses en Artyomovsk-Soledar-Seversk es imprescindible para Rusia si sus autoridades mantienen el objetivo de recuperar el control de todo el territorio de la RPD, es decir, de toda la región de Donetsk. Después de dos derrotas consecutivas y más de seis meses de bloqueo completo en el frente que había declarado como prioritario, es evidente que Rusia precisa de una victoria sobre la que construir un discurso de intento de recuperar una iniciativa perdida hace meses.

Ucrania, que ha utilizado la batalla de Artyomovsk y Soledar como base de un discurso que ha presentado a sus tropas como imbatibles, ve esas ciudades de forma diferente. Escasamente interesada en las zonas industriales de Donbass, en gran parte ya destruidas y prácticamente despobladas, las imágenes de los propios periodistas ucranianos mostraban esta semana los reproches contra las tropas ucranianas de la escasa población que no ha abandonado Artyomovsk. Kiev ha utilizado esta batalla, en parte a costa de sus reservas, como muro de contención de cualquier avance ruso, pero también como argumento político. Una derrota ahora supondría afear la cuenta de resultados de las tropas ucranianas, principal argumento de Ucrania para exigir más armas a sus socios.

Desde el pasado septiembre, la idea de la imbatibilidad de las tropas ucranianas ha sustentado el relato ucraniano, que ha buscado y seguirá buscando armamento cada vez más pesado para “acortar la guerra”. “Rusia ya ha perdido”, han repetido sin cesar diferentes representantes ucranianos en estos meses. La única labor de Occidente es, en ese caso, entregar artillería de más largo alcance y tanques sobre los que marchar sobre Melitopol y liberar Crimea, una tarea sencilla únicamente en el en ocasiones fantasioso imaginario de Kiev. Una victoria ahora, por pírrica que pueda considerarse tras seis meses de lucha por dos ciudades que realmente no suponen una ventaja estratégica de enormes magnitudes, tampoco supone necesariamente que Rusia vaya a recuperar la iniciativa en el frente, pero sí rompe con una tendencia que acarrea consecuencias más allá del plano militar. El halo de imbatibilidad que Ucrania ha querido proyectar sobre sus tropas busca realmente desacreditar toda propuesta de negociación con Rusia que no implique su capitulación unilateral. Si una victoria completa es posible y puede producirse tan rápidamente como afirman Podolyak o Kuleba, ¿para qué una negociación?

La batalla por Artyomovsk y Soledar, cuyo final aún está por escribir, muestra la dificultad de esta guerra en la que se enfrentan dos ejércitos fuertemente armados y con capacidad de infligir grandes daños al bando contrario y también a la población civil y a las ciudades en las que se produce la lucha. La lentitud con la que, salvo las excepciones del avance inicial ruso y el blitzkrieg ucraniano en Járkov, recuerda también que la idea ucraniana de exigir armas pesadas para acortar la guerra no es más que el último argumento para continuar por la senda de la guerra hasta el final, cueste lo que cueste, siempre que no suponga llegar a una mesa de negociación que implique concesiones a Rusia o a la población de Donbass o Crimea.

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