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Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, Mariupol, Rusia, Ucrania

Sufrimiento que une a las personas

Artículo Original: Yulia Andrienko / Komsomolskaya Pravda

Cada vez que salgo de casa en Donetsk, aunque sea solo para ir a por pan, dejo a mi gato tres raciones de comida y grandes cantidades de agua. Nunca se sabe si vas a volver y el animal no debe sufrir por ello. Los bombardeos de Donetsk no se detienen y cada vez golpean un lugar distinto, algunos que ni siquiera fueron atacados en 2014. Cada día, tres o cuatro civiles se convierten en víctimas de Ucrania. Como en una fantasía en la que el monstruo exige al pueblo una nueva víctima cada día. Mariupol, Berdiansk, Jerson o Melitopol ya están intentando construir una nueva vida, pero mi ciudad es un chivo expiatorio para el que la guerra se ha convertido en ocho años de rueda que ahora tiene forma de infinito.

Al salir a por pan, nos despedimos de nuestras familias. Todos los vecinos han intercambiado los números de teléfono de sus familiares cercanos. Nunca se sabe qué puede pasar. Ahora, los vecinos se preocupan si mis luces no se encienden en demasiado tiempo. Las personas han empezado a comunicarse como lo hacían en 2014. No es mala idea llamar a los amigos a la una de la madrugada, o incluso a las cuatro, al leer que la zona en la que viven se ha visto cubierta de artillería. En Donetsk, las noticias no paran: un depósito de combustible arde allí, Ucrania ataca un barrio residencial aquí, una fábrica ha sufrido un impacto en otra parte. Todos se compadecen por los demás. Sorprendentemente, el sufrimiento une a las personas mucho más que la alegría.

Una vez, iba a una entrevista y de camino fui al mercado a por café. Detrás de mí note que una chica de unos 18 años aceleraba para acercarse a mí. “¿Puedo ir contigo? Por favor. Tengo mucho miedo”. Por supuesto, caminemos juntas. En ese momento, un coche cercano pisa un bache y hace un ruido. La chica reacciona aterrorizada. Entiendo que no es simple miedo, es terror. Incluso su voz tiembla. Al fin y al cabo, no es más que una niña.

“Tengo que ir, ¿sabes? Por el diploma. No se puede hacer a distancia. Estudio en la Academia de Gestión. Hace poco, mi amiga ha estado en un bombardeo terrible. Antes no tenía tanto miedo, pero ahora casi no puedo salir de casa”, dice.

“Te entiendo, realmente te entiendo. Pero todo va a salir bien, no tengas miedo”. Intento distraerla con conversación ligera, aunque solo sea para llenar el vacío y hacerle olvidar el miedo. Pero hay otro ruido a lo lejos y esta vez no es un coche. “No tengas miedo, son los nuestros”, digo con voz de confianza a mi nueva amiga aunque realmente no estoy segura de ello.

“Cuanto salgo, me pongo la mejor ropa y me aseguro de que los calcetines no tengan agujeros. Nunca se sabe qué te va a pasar y no quiero pasar vergüenza”, sonríe sonrojándose.

“Claro, todos lo hacen. Pero asegúrate de leer las recomendaciones de auxilio”, le digo. “O escríbelas y llévalas contigo, así sabrás qué hacer y no te tropezarás. Ya verás. Léelo siempre y no te pasará nada”. De repente, me abraza. Está a punto de llorar. No sé qué más puede haber que sea capaz de causar tal exceso de emociones en nosotros. Ni cuánto valen los diplomas.

En uno de los viajes a Mariupol, junto al padre Teofan pude visitar el antiguo edificio del SBU. En 2015, fue prisionero allí. Ucrania le acusaba de terrorismo y traición a la patria. Fue torturado con ahogamiento. Entre otras cosas, le pusieron un pañuelo en la cara y le tiraron agua por encima imitando una ejecución. Entonces hubo un intercambio de prisioneros y el religioso fue rescatado.

Estamos en las ruinas del edificio. Ya no está el tejado y falta el cuarto piso. Los pisos se han colapsado. El viento sopla a través de las ventanas, golpeando las puertas que aún quedan e incluso ha caído la valla de este antaño formidable edificio. El generoso sol del sur nos calienta desde arriba. Esto es probablemente como se mostraría un final feliz en una película. Estoy de acuerdo con mi compañero en que no se debe construir nada en este lugar. Ha habido demasiado dolor y sufrimiento aquí, es mejor dejar la plaza en memoria a las víctimas de Ucrania.

Armados con linternas, bajamos las escaleras al sótano, donde se guardaban las pruebas. Entre toda la basura encontramos chapas del batallón Vostok, cintas de san Jorge, símbolos cosacos y octavillas sobre el referéndum de 2014. Testigos mudos de lo que han dejado atrás. Todo esto es para los museos de Donetsk o San Petersburgo.

Me sorprende una de las cosas que encontramos. Son octavillas que llaman a acabar la guerra en Donbass. La fecha es el 17 de febrero de 2018. La idea de que “No hay alternativa a Minsk”, las treguas sin fin -tregua escolar, tregua de Pascua, tregua de la cosecha, tregua navideña- se sustituían unas a otras y solo diferían en el nombre. Con impunidad, los asesinatos de residentes de Donetsk ya se habían convertido en la norma, en algo familiar para todo el mundo, que simplemente estaba cansado de Donbass. Cosas que pasan.

Y, de repente, alguien en el Mariupol controlado por Ucrania llama a una manifestación que exija parar la guerra. Centenares de octavillas están tiradas por las estanterías de este polvoriento suelo del maldito edificio del SBU. Hubo personas que sufrieron torturas, otras murieron, otras simplemente quedaron rotas. También por octavillas como estas. Esto significa que las acusaciones de los expertos de sofá de que nuestros compatriotas no se resistieron al régimen eran injustas. Habrá quien diga que, en una ciudad de medio millón, esto no es significativo. Pero en cualquier sociedad hay siempre muchos más ciudadanos sin iniciativa que con ella.

Teofan me muestra la sala de tortura en la que los agentes simulaban ejecuciones. Le llaman la “Galería de los disparos”. Al pasar estuve a punto de caer al tropezarme en el suelo lleno de cartuchos.

“Sentaban al prisionero en un banco. Yo estaba tumbado ahí. Una vez estaba sentado y disparaban a mi alrededor para obligarme a firmar una confesión”, cuenta Teofan.

En una esquina, encontramos el busto medio roto de Félix Dzerzhinsky que una vez estuviera colocado en el patio del SBU, desde los tiempos soviéticos hasta la descomunización. Félix parece triste y su nariz, mejillas y orejas están desconchadas por las balas.

“Al principio hizo de blanco para los agentes del SBU. Pero rápidamente se dieron cuenta de que el efecto rebote es peligroso, así que empezaron a usar prisioneros para simular ejecuciones”, cuenta Teofan.

En las escuelas de Mariupol instruían a los futuros nacionalistas. Pero ahora las cintas de San Jorge se utilizan entre los residentes de los territorios liberados. Se llevan sin más, sin coacción. En la localidad de Volonterovka, al norte de Mariupol, donde llevo ayuda humanitaria, me llaman la atención dos gemelos: Damirel y Leminar Mamatov. Ambos llevan cintas de San Jorge. “Las daban en Mariupol el Día del a Victoria y hoy mi hermano y yo hemos recibido el diploma de noveno curso. Un diploma que ya es de la RPD. Nos hemos graduado con honores”, cuenta uno de los gemelos. Se me hace difícil imaginar cómo se puede estudiar para sacar matrícula de honor cuando aquí ha habido guerra desde febrero y ahora todo está destruido, incluida la escuela, no hay luz, agua ni transporte.

“Estoy en primero, pero casi no fui al colegio. Primero el coronavirus, luego las vacaciones y al final, la guerra. Realmente todavía no sé leer bien”, dice Anechka, un ángel rubio que me enseña dónde estaba el gimnasio y dónde estaba el comedor.

Desde los primeros días, las tropas ucranianas hicieron del colegio de Volonterovka su cuartel general, lo que presagiaba un triste destino. No puede ser reconstruido. Aun así, en una de las viejas clases, encuentro un juego de niños sobre UPA, un manual para los jóvenes nacionalistas ucranianos, medallas de cartón de patriotas ucranianos, aparentemente para los ganadores del juego. Ha quedado claro que Ucrania no perdió el tiempo.

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