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Crimea, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Rusia, Ucrania

Independencia, líneas rojas y represalias

Como hace un año, el Gobierno ucraniano escenificó ayer el apoyo de sus socios internacionales a su integridad territorial en lo que Kiev llamó el año pasado “Plataforma Crimea”, un foro cuyo único resultado fue, en 2021, anunciar que Ucrania no solo no ha renunciado a la península, sino que se considera legitimada para recuperar el territorio del modo que considere oportuno. Entendiendo que esa afirmación dejaba abierta la posibilidad de usar la fuerza para recuperar el territorio perdido, Rusia entendió esa idea como algo cercano a una declaración de guerra. Un año después, aunque por videoconferencia, la reunión contó con invitados de perfil más alto que en su primera edición y en ella Zelensky pudo escuchar en boca de sus dos principales aliados europeos, Francia y Alemania, que la Unión Europea seguirá apoyando la integridad territorial de Ucrania y no aceptará anexión rusa alguna.

Sin embargo, al contrario que hace un año, no se trata únicamente de palabras vacías de líderes mundiales conscientes de que Kiev no tiene la capacidad política ni militar de recuperar Crimea, cuya población decidió hace ocho años abandonar Ucrania y nunca ha mostrado intención de regresar. En esta ocasión, Ucrania cuenta con armamento pesado entregado por sus socios estadounidenses con el que podría, potencialmente, alcanzar Crimea. La semana pasada, Político, un medio con buenas conexiones en el partido Demócrata y en la administración Biden, publicaba que esa artillería y munición de largo alcance que Estados Unidos ha entregado o prevé entregar a Ucrania no debe ser utilizada para atacar territorio ruso, entendido, eso sí, según las fronteras reconocidas internacionalmente. No hay prohibición estadounidense a un posible uso de misiles estadounidenses contra objetivos rusos en la península, donde se encuentran algunos que, como el puente de Kerch, se han convertido en uno de los más deseados.

Prácticamente desde la llegada de los primeros sistemas HIMARS a Ucrania, el puente de Kerch ha sido uno de los objetivos más repetidos. El general Marchenko o el provocador Oleskiy Arestovich lo hicieron abiertamente y el ministro Reznikov y el asesor de la Oficina del Presidente Mijailo Podoliak de forma más ambigua. Esta misma semana, las cuentas oficiales de la Defensa de Ucrania publicaban un vídeo del puente que une Crimea con la Rusia continental con el comentario “Puente de Kerch….te estamos observando”, una nueva provocación que fue breve y erróneamente difundida también con la cuenta de Twitter de la ya extinta Misión de Observación de la OSCE en Ucrania.

Pese a los deseos de llevar el conflicto militar hasta Crimea, donde la guerra hasta ahora había sido solo económica -Ucrania cortó el paso del canal del norte de Crimea para impedir el suministro, lo que ha arruinado la agricultura de la región- e informativa, Ucrania solo ha logrado éxitos parciales. El ataque a la base militar de Saki fue un primer y duro impacto, aunque los daños materiales no fueron excesivos y no hubo daños personales irreversibles. Desde entonces, Ucrania ha tratado de abrumar a las defensas antiaéreas de la península con el uso de drones, una táctica sin gran éxito y que posiblemente no tuviera mayor objetivo que buscar una victoria mediática y minar la confianza de la población de Crimea en su seguridad.

A lo largo de estos meses de guerra entre Rusia y Ucrania, la mención de Crimea ha causado inmediatas reacciones desde Rusia. En una salida de tono que no difiere en exceso de la retórica de personajes como Oleksiy Arestovich, el expresidente ruso Dmitry Medvedev advertía a Ucrania de un “juicio final” en caso de atacar la península, territorio ruso desde 2014. Desde entonces, Kiev ha incluido a la región en su lista de objetivos, sin que, por el momento, se haya producido una escalada por parte de Rusia. Pese a la irracionalidad que muchos analistas occidentales adjudican al Kremlin en general y a Vladimir Putin en particular, el mando ruso parece haber comprendido los riesgos de una guerra fuera de control y ha optado por una estrategia más pausada y más conservadora en la que solo un ataque que verdaderamente pusiera en peligro la integridad territorial rusa o la seguridad de la población en el sentido amplio implicarán ese “juicio final”. Por su importancia como infraestructura y el valor simbólico que supondría, un ataque al puente de Kerch -aunque en estos momentos no fuera a dejar aislada a la península, hasta la que Rusia dispone de un corredor terrestre desde la RPD- sí supondría una respuesta inmediata, aunque no el uso de drones para realizar ataques menores. Así ocurrió la semana pasada y así volvió a ocurrir ayer.

Por el momento, incluso aunque el uso de drones ucranianos responda a un reconocimiento de combate para acciones posteriores, el peligro real para la población no está en Sebastopol, Kerch o Evpatoria, sino en lugares como Donetsk, que ayer volvió a ser bombardeada a plena luz del día. Tanto las autoridades rusas como las de la RPD informaron de un bombardeo, en el que acusan a Ucrania de utilizar armas estadounidenses, contra la oficina de Denis Pushilin. Sin embargo, el bombardeo no solo afectó a los pisos superiores de dicho edificio, situado en pleno centro de la capital de la RPD, perdida para Ucrania en 2014, sino que volvió a causar víctimas entre la población civil. Una docena de personas resultaron heridas y cuatro murieron a causa de un ataque sin más objetivo militar que recordar a la población que Ucrania dispone de armamento con el que seguir atacando pese a que el frente se aleja poco a poco de Donetsk. Perdida Peski, Ucrania puede perder ahora el fortín de Marinka, donde las tropas rusas y republicanas han centrado sus ataques de artillería en los últimos días.

Pese a las amenazas de atacar centros de toma de decisiones en caso de ataques contra territorio ruso que las autoridades de Moscú manifestaron meses atrás, esos ataques no se han producido por el momento. Moscú no ha atacado más centros de toma de decisiones que la Casa de Oficiales de Vinnitsa, donde murieron varios militares de alto rango de la aviación ucraniana. No ha habido ataque alguno contra el Gobierno ni contra infraestructuras civiles clave. Al contrario que el otra vez dañado puente Antonovsky de Jerson, los puentes sobre el Dniéper siguen en pie en las zonas controladas por Ucrania.

Rusia ha aceptado la realidad de una guerra a largo plazo y en la que las pérdidas y las bajas son algo garantizado. Aun así, sin bombardeos masivos contra, por ejemplo, Nikopol, como respuesta a los bombardeos contra Energodar y la central nuclear de Zaporozhie, lo simbólico del aniversario del Día de la Independencia de Ucrania ha hecho a Zelensky y sus socios alertar sobre posibles y “crueles” actos rusos. Ucrania, que ha incrementado en los últimos días acciones que, pese a no tener gran éxito militar, pueden ser consideradas líneas rojas -Crimea, la central nuclear de Energodar, localidades de Belgorod o la oficina de Pushilin en Donetsk- parece estar esperando una respuesta rusa para volver a alegar que el objetivo de Moscú es destruir Ucrania. En esa línea, a la espera de que la concentración de fuerzas en Bielorrusia sea el preludio de un gran ataque aéreo, Ucrania ha cancelado eventos masivos para celebrar el 24 de agosto, se ha impuesto un toque de queda para estos días en Járkov y Estados Unidos ha pedido a sus ciudadanos que abandonen inmediatamente el país. Más dependiente que nunca de la financiación y flujo de armamento de sus socios extranjeros, Ucrania celebrará su Día de la Independencia a la espera de una nueva escalada militar y del anuncio de sus patrones de Washington de un nuevo envío de armas. Según pudo saberse ayer, Estados Unidos planea enviar un nuevo paquete de armas a Ucrania, 3.000 millones más que supondrán el envío más importante desde el inicio de la intervención rusa.

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