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Alto el fuego, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Minsk, Rusia, Ucrania

A la espera

Artículo Original: Dmitry Steshin / Komsomolskaya Pravda

El ancho de la RPD es tan limitado que la región de Rostov se puede considerar una línea del frente. Me estaba tomando un café en una gasolinera en algún lugar cerca de Dyachkino. Tenía el cappuccino casi en la boca cuando un Su-30 cayó de las nubles sobre mi cabeza, realizó una maniobra y volvió a desaparecer en las nubles. Son las “señales de inteligencia” de una guerra que viene. No pasa un solo día sin algún video de otro tren que transporta blindados de alguna parte a alguna otra que nadie conoce. Pero, en realidad, las tierras de frontera están tranquilas. He ido muchas veces a Donetsk y nunca me he encontrado con una columna de armamento en un radio de cien kilómetros de la frontera, ni sucios de la batalla, ni recién salidos del taller. Pero hoy ni siquiera me he encontrado con nadie. ¿Qué pasa?

Ambas repúblicas están en cuarentena. Cuatro personas han sido rechazadas en el tiempo que he estado ahí. Para viajar al territorio de la RPD/RPL es preciso, como mínimo, un papel firmado por el Ministerio de Sanidad de la Federación Rusa. O tener familiares en Donetsk y Lugansk.

No hay ninguna estampida de la RPD. En la frontera persiste el tráfico habitual. A mi lado en la cola en el puesto de control hay un bien cuidado viejo Lanos lleno de paquetes, mochilas y bolsas. Pero ni una sola maleta grande, esta gente claramente no ha viajado nunca. El buen oficial de aduanas lo pasa todo por los rayos X. Me ofrezco a ayudar y dicen “si no, estaremos aquí hasta que anochezca”. Charlo con el conductor:

“¿Es de Crimea, tiene el código 82?”

Mi acompañante ríe.

“También es el de la región de Kursk. Nos marchamos en 2014, en el verano, las batallas estaban muy cerca de nuestra casa. Nos marchamos todos a Kursk: mis padres y mis hijos. Compramos una casa. Los hijos son adultos, están estudiando y mis padres están por su cuenta, siguen siendo personas fuertes, y tenemos una huerta grande en Jartsisk. Mi padre la plantó después de la guerra. La huerta nos da cerezas, melocotones y manzanas para todo el año”.

“¿No tiene miedo de volver?”

“No tengo miedo. No va a ser peor que en el 14. Porque nada puede ser peor que eso”.

Nos despedimos, sigo hacia Donetsk para intentar llegar antes del toque de queda. Las carreteras están oscuras, no hay luces. Todas las tiendas al lado de la carretera están cerradas, así que me paro en el hipermercado que antes de la guerra pertenecía a una gran cadena comercial. Recuerdo cómo en 2015, en el mismo lugar, había estado buscando tomates por todo Donetsk y llegué a la sección de frutas y verduras. Unos buenos tomates que no parecen de plástico costaban 195 rublos. En general, se podía encontrar todo lo que el corazón deseara. Un pasillo de veinte metros con productos lácteos locales. Una igualmente impresionante sección de embutidos. Donbass no se muere de hambre.

La transformación del discurso

Me he dado cuenta de que, a nivel interno, el discurso de Donetsk ha cambiado. Desde 2015, cualquier conversación que tenía con amigos de Donetsk y Lugansk se convertía en una sesión de psicoterapia. Yo tenía bata blanca y pacientemente explicaba: “Nadie os va a abandonar, no tiene ningún sentido hacerlo después de toda esta ayuda, la zona rublo es algo que puede con todo”, etc.

Cada año que pasaba, las sesiones de psicoterapia se hacían más cortas y la esperanza oculta salía por sí misma: “¿Por qué está tardando tanto, por qué Rusia va tan despacio?”. La cuestión de los pasaportes rusos supuso una especie de revolución mental. Y la adopción de la “doctrina rusa” en Donbass finalmente ha consolidado en la conciencia colectiva la idea de que no hay vuelta a Ucrania. En un día ya he escuchado de personas de Donetsk varias versiones de: “¿Acceder a Rusia según las fronteras de la RPD/RPL? No está bien, tiene que ser con las fronteras de las regiones. Nos han separado, ahí, al otro lado del frente están nuestros familiares, nuestras fábricas”. La revolución de la conciencia ya se ha producido. Es un sueño hecho realidad, si creemos un viejo brindis minero. Y hay una guerra entre los sueños y la realidad. A la población de Donbass le gusta jactarse de su capacidad de hacer la guerra.

A veces en forma de “hemos visto la guerra en un ataúd. La hemos tenido siete años”. La última escalada en los frentes militar y político no ha pasado sin dejar rastro. Ha habido rumores de listas de evacuación de familiares de oficiales y una preparación real de sótanos y refugios. Se ha chequeado la defensa civil, las sirenas han sonado por todo Donetsk, lo que no ayuda a la calma de la población. Un viejo amigo de Donetsk me explicó durante media hora “qué hacer cuando empieza”. Dibujé los diagramas con el dedo en una superficie mojada de un café. En este estudio de la guerra que viene, le nombré Manstein. No se ofendió, no prestó atención, siguió explicándome qué puentes harán explotar los grupos de sabotaje ucranianos, desde qué zona del río Kalmius hay que huir en la hora H y dónde puede ayudarme a esconder mi coche “si pasa algo”.

Voy andando al campeonato de judo de la RPD. Me habían advertido de antemano: todo está bloqueado, es mejor ir andando. La ciudad decae, se desintegra. Los polvorientos escaparates de las tiendas aún hacen daño a la vista, hay tanto polvo que es imposible no notarlo. Es imposible creer que todo vaya a volver a la normalidad. Los dueños de los pretenciosos negocios en Kiev, Moscú o Europa no van a volver. Donetsk está perdiendo su nivel. Mi ojo de Moscú constantemente capta detalles de dilapidación y decadencia imposibles en la capital rusa. Incluso en el centro, hay fachadas valladas junto a la acera, con carteles de advertencia para que nadie resulte herido por piezas de la arquitectura que podrían caer.

Miro por la ventana de un gimnasio y los chicos y chicas entrenan en un tatami. Miro, pero hay algo que no entiendo, algo hace daño a la vista. A mi lado, una representante del gobierno me saluda con el codo. “Tatami azul y amarillo, ¿lo ve? En mi cabeza sé que no significa nada, que es algo del pasado, pero lo veo y me da vuelta el estómago”.

El viceprimer ministro de la República, Vladimir Antonov, por el contrario, está perfectamente tranquilo. “¿Integración? Tenemos 50.000 estudiantes en la RPD y los diplomas que reciben hace tiempo que se imprimen en Moscú. Este año, 600 graduados harán el examen unificado estatal junto a otros niños de Rusia. Ya hemos distribuido el material necesario para hacerlo. ¿Las elecciones legislativas de la Federación Rusa en Donbass? La decisión es política: que haya o no mesas electorales aquí para los ciudadanos rusos. Si no funciona, tenemos personas políticamente activas que irán a votar a Rostov si hace falta.

Pregunto por la guerra, por supuesto. El viceprimer ministro sabe lo que es la guerra, luchó en Chechenia.

“¿Por qué piensan todos que una ofensiva del Ejército Ucraniano sería una gran sorpresa para nosotros? Llevamos siete años preparándonos para una posible ofensiva. Que no duden que tenemos un plan para cada escenario. También tenemos sorpresas”.

Después de la competición, me acercan a un interesante objeto artístico que ha aparecido recientemente en Donetsk: un enorme robot en forma de transformer que anda como un humano. Lo han hecho en su tiempo libre los trabajadores de un taller de reparación de coches. El robot más grande, que tiene una bandera de la RPD y la de la Federación Rusa, pesa cuatro toneladas y mide trece metros. En la conciencia colectiva de Donetsk, estos robots son una especie de defensores de Donbass, una proyección de las expectativas y aspiraciones. Dicen que, si pasa algo, los gigantes de acero saldrán de los grises bosques en los que vive el ejército escondido de Donbass y volverán hasta acabar con los banderistas en sus bunkers de las colinas de los Cárpatos.

Borscht amargo

Salgo a cenar con una amiga de Donetsk, diputada, jefa médica del trabajo operativo del Centro de Medicina de Desastres de Donetsk. Conocí a Anna Lavrinenko hace un par de años, en el frente, en una de las posiciones que fue atacada hace unas semanas por la artillería ucraniana. En Navidad, Anna estuvo conmigo en Moscú, ahora es su turno de recibir al periodista de la capital. El borscht es extraño para los del norte: tiene alubias y champiñones en caldo de cerdo. Pero en Ucrania esta es la receta considerada canónica. Anna procede de la dinastía de los doctores Skvortsov de Donbass. Dice con orgullo: “Tengo 600 años de experiencia de trabajo”. Vemos el archivo familiar. El fundador de la dinastía procedía de la provincia de Nizhny Novgorod. El certificado de la Universidad Imperial de Moscú confirma que trabajó en los hospitales del zemstvo: Kozelsk, Veseyegonsk y finalmente, en 1905, Lugansk. “Mi bisabuelo fue el primero en operar para reconstruir el esófago; mi abuelo, Konsntantin Skvortsov, utilizó laparoscopia para extraer piedras en la vejiga. Iban a ellos personas de todo el país. También después del colapso de la Unión Soviética”.

Anna me muestra una fotografía grupal de la dinastía médica y habla con tristeza, sin dar nombres: “De izquierda a derecha, se marchó en el 2014 a Kiev, todo se derrumbó. Para mi abuelo fue un gran golpe. Murió el pasado otoño, pero en aquel momento se quedó en Donetsk. En el verano de 2014, cuando había mareas de heridos, los salvamos utilizando el libro de los años treinta “Experiencia quirúrgica de operaciones de combate”. Anna saca el libro y me lo muestra.

Pero me sigue surgiendo la pregunta: ¿Cómo pudo pasar esto? Una familia, un Donbass y, de repente, una brecha. ¿Por qué? ¿Cómo?

“No lo sé. Mi abuelo operaba a cualquiera. En agosto, nos trajeron a un oficial del Ejército Ucraniano herido en la pelvis y el abdomen. Mi abuelo lo atendió, lo curó. Y entonces tuvimos una iniciativa de paz: devolvimos a los prisioneros y a los heridos. Y la madre y hermana de este oficial vinieron a por él. Desde el principio, exigieron que se les hablara en la lengua soberana. Y al marchar, la hermana literalmente dijo que volvería a vengar lo que le habéis hecho”.

¿Volver?

“¿Has oído hablar de las mujeres de los grupos de sabotaje en Gorlovka, donde atacaron a nuestros soldados? La hermana estuvo allí. ¿Por qué? ¿De dónde viene todo este odio? ¿No es excesivo, algo tan extendido en el tiempo?

No quiero responder. Busco una explicación y no la hay. Puede que logremos respuestas después de la guerra. Si es que hay una guerra.

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