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Donbass, Donetsk, DPR, LPR, Rusia, Ucrania

Una inmensa sala de espera

Artículo Original: Yulia Andrienko / Komsomolskaya Pravda

Cuando vives en estado de guerra, en ocasiones es útil verte a través de los ojos de otras personas. Especialmente si esas personas proceden de Rusia. “¡Ya sois Rusia! ¿Comprendes? La lengua rusa está en todas partes, la moneda principal es el rublo, hay estándares rusos en la educación y la gestión, se ha empezado a tocar el sistema judicial. Sé de lo que estoy hablando. Sí, también tenéis pasaportes rusos y Putin incluso ha cancelado el pago por ellos. Si se pudiera conseguir que todos tuvierais la nacionalidad rusa más rápido…”, dice una amiga abogada de San Petersburgo con palabras que son música para mis oídos. Asiento con la cabeza de forma obediente. De verdad somos Rusia. Siempre lo hemos sido. Pero hemos tenido que derramar sangre para probarlo.

A menudo tenemos que lidiar con la idealización del pueblo de Donetsk por parte de quienes no han estado en Donbass o ven nuestra guerra desde la barrera. Para ellos somos héroes que no se han marchado de su patria y que cultivan rosas que crecen de los restos de los proyectiles. Solo que olvidan que el 70% de Donbass está ahora bajo control ucraniano y que el 30% restante que ha quedado en la RPD apenas tiene unos restos de su industria.

“Los métodos habituales del comercio de productos no se pueden aplicar aquí a causa del estatus de República no reconocida. A menudo las empresas tienen que buscar otras formas a través de mediadores. No se invierte en la modernización y nadie sabe qué pasará mañana”, explica un exempleado del Ministerio de Industria y Comercio. “Dos plantas de coque aún queman carbón, Stirol de Gorlovka aún tiene valor y la planta metalúrgica de Yuzovka enciende los hornos para las cámaras de televisión. La situación es mejor en la industria alimenticia y ligera, pero eso no soluciona los problemas de desarrollo. En todas las repúblicas no reconocidas se mantiene la agricultura, pero es difícil mantener la industria. Aquí se pueden desarrollar la industria química y la metalurgia de primer ciclo de producción: producción de hierro, ácido sulfúrico, etc. Es la parte más sucia del proceso de producción de materias primas”.

Recientemente he podido visitar la estación de Yasinovataya, que llegó a ser uno de los principales nudos de comunicación con trenes de pasajeros y de carga que iban a todos los rincones del país. Ahora, la estación Krasavets está completamente vacía. No vi a una sola persona durante la hora que paseé por allí como si estuviera en un museo.

“Ahora somos una estación de callejón sin salida. La destrucción de Donbass es un crimen”, dice Ludmila, trabajadora de la estación. “De los tres depósitos que quedan, quieren hacer dos. Mi salario, con 18 años de experiencia, apenas llegará a los 6.000 rublos y los precios de las tiendas son rusos. La gente se ha ido con toda su familia y de la grandeza del pasado no queda nada”.

Una vez al mes, en la vacía entrada de la estación se celebra un concierto de la Filarmónica de Donetsk. La acústica aquí es impresionante. El programa se llama “sala de espera” y se me ocurre que ahora mismo todo Donbass se ha convertido en una inmensa sala de espera.

Pero lo peor de todo ocurre en los territorios perdidos, tan cerca de Donetsk, los niños de quienes fueron a votar por la independencia de la RPD en el referéndum del 11 de mayo son educados en las mejores tradiciones rusófobas. Por ejemplo, en Slavyansk y Krasny Liman, donde la participación superó el 90% en un momento en el que ya había empezado la batalla, ya no hay colegios en ruso y Bandera y Shujievich son héroes nacionales.

A veces acompaño a voluntarios a las zonas del frente. Desde las afueras de Donetsk se puede ver Avdeevka, la ciudad donde nací. Las chimeneas con humo de la planta de coque mantienen la ciudad a flote. Ahí está mi casa abandonada, que parece estar a un palmo, pero que, como Marte, es inalcanzable. Eso es Ucrania. Ahí soy el enemigo.

Puede que la mayor tragedia que no se puede aceptar es ver Donbass roto por la mitad, con personas que tienen familia a ambos lados del frente.

“No he estado en casa de mis padres en seis años, no puedo ir allí. Hablamos por Skype”, dice mi amigo Dmitry, que es funcionario. “Antes podían venir a verme, aunque tuvieran que pasar por los puestos de control. Pero ahora las fronteras de la RPD con Ucrania están cerradas. Solo se puede venir a las Repúblicas Populares con un permiso especial de la RPD y hay que pasar dos semanas en cuarentena. Si sales desde la RPD hay que firmar un consentimiento para no volver a la República hasta nueva orden. Lo utilizan personas que son más receptivas. La gente sigue pasando por diferentes motivos: padres mayores que están enfermos, un funeral o algo así. Pero lo hacen a través de Rusia y se gastan mucho dinero. Por ejemplo, se puede ir a Mariupol por Belgorod. Cuesta 7000 grivnas (16.000 rublos). ¿Pero qué vamos a decir de Ucrania si no se han abierto ni las fronteras de la RPD con la RPL?”

Los pensionistas de la República, que han tenido que buscarse la vida para conseguir sus pensiones todos estos años, superando los obstáculos del registro, identificación y dificultades en el viaje y el cruce de puestos de control, ahora se han quedado sin esa ayuda. La República, eso sí, paga las pensiones, aunque la cantidad apenas supera los 5000 rublos. Recibir las pensiones ucranianas que legítimamente se han ganado supondría además debilitar la economía de Ucrania y este dinero sería útil en la República. Sin embargo, las decenas de miles de denuncias de los pensionistas de Donetsk en los tribunales ucranianos han caído en saco roto.

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