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2 de mayo, Agresión

La última batalla de Odessa

Artículo Original: Artyom Buzila / Vzglyad

4 mayoHace ahora dos años [el 4 de mayo de 2014], me encontraba ante los muros del centro de detención del departamento de policía local y, junto a miles de ciudadanos de Odessa, gritamos el habitual: “ni olvido ni perdón”.

Allí estaban encerrados, por segundo día consecutivo, docenas (más adelante supimos que eran 67 personas) de supervivientes de la Casa de los Sindicatos. Aquellos que tuvieron la suerte de sobrevivir al catastrófico incendio y evitaron los golpes de los matones, se encontraban entre rejas acusados de lo ocurrido.

La tensión aumentó y finalmente se pasó de las palabras de los enfurecidos ciudadanos a los hechos.

Un año después, llegué a este mismo edificio esposado y bajo custodia. Y hoy, ya en libertad y con la oportunidad de expresar libremente mis opiniones, me gustaría hablar de esos hechos, de los que conocemos menos de lo que deberíamos.

En mi opinión, la primavera rusa, y todo lo ocurrido en Odessa, es algo muy personal. A mediados de febrero [de 2014], cuando llegué por primera vez a Kulikovo como periodista y analista político, me sorprendió el entusiasmo y la dedicación de la ciudadanía. Banderas rusas, un impulso común de patriotismo y rechazo al golpe de Maidan: no, esto no era el típico acto patrocinado ni orquestado. A ello le siguieron varios meses de continuas concentraciones y manifestaciones. Se esperaba algo grande: desde el no-reconocimiento del poder legislativo hasta el escenario de Crimea. Al final, lo que se produjo fue la tragedia del 2 de mayo.

Un año después, en parte también por mi postura sobre el 2 de mayo, fui encerrado en la cárcel acusado de separatismo. El destino ha hecho que quienes participaron en aquellos hechos se conviertan los mejores amigos de mi vida: con ellos he compartido la comida de la prisión, los últimos cigarrillos y los bancos fríos.

Lo ocurrido el 2 de mayo se puede considerar, sin duda alguna, como la fase final de la primavera rusa. El fenómeno que dio lugar a las protestas pacíficas de la población de habla rusa en el sudeste de Ucrania prácticamente desapareció con el incendio de la Casa de los Sindicatos de Odessa.

Es cierto que las protestas en Nikolaev, Zaporozhia y Járkov fueron reprimidas, pero ninguno de esos ejemplos son comparables al trágico final de la rebelión rusa en Odessa. Además, Odessa se diferenciaba de otras ciudades porque existía un movimiento organizado, líderes muy diversos y un verdadero impacto en los diputados de los consejos locales.

Ya había empezado la siguiente fase: Crimea había huido hacia las costas rusas para no volver, el conflicto de Donbass se había convertido en una guerra abierta y otras zonas de Novorrusia quedaron bajo control del régimen post-Maidan.

Muchos analistas políticos, expertos o activistas acusaron a Odessa de traicionar la primavera rusa. En su opinión, los ciudadanos de Odessa habían tenido miedo, no habían salido a defender su cuidad y la dejaron caer a merced de las bandas neo-Nazis y los matones del Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU). Varios cientos de partidarios anti-Maidan frente a miles de banderistas el 2 de mayo, lo que se presentó como un indicador de la verdadera orientación política de los residentes de Odessa.

No es el momento de insistir en el tema de la rápida “rendición” de Odessa: en realidad un plan preparado por el entonces presidente del Consejo de Defensa y Seguridad Nacional, Andriy Parubiy, para dispersar el campamento del campo de Kulikovo.

Tampoco es necesario enumerar los muchos y perjudiciales factores a los que se enfrentaron: el 1 de mayo o el partido de fútbol entre el Chernomorets [de Odessa] y el Metalist [de Járkov], que beneficiaron a los neo-Nazis. Defensores y detractores de la teoría de la “rendición” de Odessa ya han repetido suficientemente esos argumentos.

Hay algo que me sorprende más que eso: que en el contexto de la tragedia del 2 de mayo se haya olvidado el heroísmo de aquellos dos días. En aquel momento, el 4 de mayo, varios miles de ciudadanos de Odessa asaltaron la prisión de la ciudad y el departamento de policía.

Sin necesidad de ningún líder, sin armas, sin recursos, sin coordinación externa pero con el apoyo de la gente corriente, derribaron con sus propias manos las puertas del departamento de policía y consiguieron liberar a docenas de personas que pensaban como ellos. Fuera de los límites de Donbass, no existió nada igual en Ucrania, aunque decenas, o incluso cientos, de presos políticos estuvieran pudriéndose en las cárceles del sudeste.

Aquel día continuaban llegando a la ciudad grupos nacionalistas bien armados y organizados entre los que destacaba, por ejemplo, el futuro y odiado diputado y comandante del batallón punitivo Dnieper-1, “Sotnik” Parasyuk.

El Gobierno ya había mostrado abiertamente su postura, llamando héroes que defendían a Ucrania a quienes provocaron los disturbios y “provocadores rusos” a sus víctimas.

Pero nada de eso consiguió disuadir a la población. Después de media hora de lucha, Odessa se puso manos a la obra: en el edificio del ministerio del Interior se retiró la bandera ucraniana y la policía, en un gesto de solidaridad con los manifestantes, dejó caer sus cascos y escudos y abandonó el cordón policial, negándose a defender la prisión en la que se había encerrado a los ciudadanos de Odessa que habían sobrevivido en la Casa de los Sindicatos. Y sobre esa quemada Casa de los Sindicatos volvió a izarse la bandera tricolor rusa.

El coraje de esos ciudadanos había obligado a los altos mandos policiales a liberar a las 67 personas detenidas en los alrededores de la Casa de los Sindicatos el 2 de mayo. Los héroes fueron liberados y Odessa, aunque fuera por última vez, mostró su capacidad de lucha.

Por supuesto, el 4 de mayo no dio la vuelta a las cosas y anti-Maidan no recuperó el terreno perdido. El movimiento había sido derrotado.

Un servidor, por ejemplo, casi un año después de los hechos en cuestión, acabó en la cárcel falsamente acusado de separatismo. El centro de detención temporal, el mismo que con mis propios ojos vi cómo era asaltado, se convirtió en mi refugio durante los siete primeros días detenido, hasta que el tribunal me envió a prisión.

Sentados en bancos a la espera de saber cuál sería mi destino, pude hablar con los guardias a través de los barrotes y escuchar información exclusiva sobre aquel día. Mientras el 4 de mayo los detenidos golpeaban desde dentro las puertas de las celdas con bancos rotos, escuchaban que sus compañeros venían a liberarlos. El centro de detención temblaba con gritos de “uno para todos y todos para uno”. Seguramente por primera vez en toda su carrera, los guardias deseaban abrir rápidamente las celdas de los detenidos.

Por cierto, la actitud de los oficiales del centro de detención hacia los “separatistas” fue sorprendentemente positiva. Aparentemente, esos hechos influyeron posteriormente en la administración de dichas instituciones y la memoria de cómo esos “criminales” pudieron llegar desde fuera para liberar a los detenidos se ha quedado grabada en las mentes de los guardias.

“Algún día recordaremos que estuvimos aquí. Y lo haremos con orgullo”, le dije al sargento al mando.

Esta fue la última batalla de esa primavera en Odessa antes de que la ciudad se hundiera en esta penunbra que se ha llegado a comparar a los tiempos de la ocupación rumana. Las decenas de miles de ciudadanos que acudieron a las movilizaciones de la primavera rusa y que asaltaron el departamento de policía el 4 de mayo no han desaparecido. Simplemente dieron un paso atrás para esconderse en la sombra. ¿Por cuánto tiempo? Es difícil saberlo. Pero incluso la sombra más potente, antes o después, da paso a la luz.

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