Artículo original de Maria Dubovikova en Al Arabiya News
Traducción de Nahia Sanzo
El presidente ucraniano Petro Poroshenko pronunció la semana pasada un discurso ante una sesión conjunta del Congreso de los Estados Unidos. Vienen a la mente términos como militarista, polémico, agresivo u otros similares para definir su discurso. Asombra también que con tal retórica, Poroshenko pretenda obtener de Rusia indulgencias económicas y una reducción de precios. El tono elegido era previsible: necesitaba persuadir al establishment político estadounidense de que debían proveer a Kiev con apoyo tangible y asistencia militar, a poder ser letal. “Las mantas y las gafas de visión nocturna son importantes, pero no se puede ganar una guerra con mantas” parece ser la frase más repetida de su discurso.
¿Qué es Ucrania ahora? En mi opinión, es un estado pobre, en guerra, devastado, sometido por un golpe de Estado, en el que el Gobierno central no controla una parte importante del territorio. Parecen la definición perfecta de un estado fallido.
Con su discurso, Poroshenko demostró una brillante capacidad de jugar con los hechos, para confundir con ellos y para llevar la historia a su terreno. Es importante centrarse en algunas de sus declaraciones.
Poroshenko insistió en cómo el pueblo de Ucrania se había levantado contra el corrupto régimen de Yanukovy durante los sangrientos acontecimientos de Maidan, olvidando o deliberadamente omitiendo, el hecho de que él mismo fue una vez parte de ese régimen. También olvidó mencionar que fue parte del régimen de Yushchenko, recordado como relativamente corrupto según los índices de percepción de Transparency International.
¿Corrupción sin fin?
Parece que Ucrania ha reemplazado un régimen corrupto liderado por un oligarca por otro. Tal y como yo lo veo, el nuevo régimen es prácticamente lo mismo, aunque más criminal, nacionalista y menos profesional. Esto es evidente una vez que se analizan los resultados de su trabajo o las declaraciones de las figuras políticas ucranianas.
Poroshenko especula sobre la voluntad rusa de proteger a la población de etnia o habla rusa, alegando que su objetivo real no es más que avivar las llamas de la guerra. Citando el ejemplo de la guerra ruso-geogiana de 2008, Poroshenko recordó que hay población de habla rusa en Georgia, Kazajistán, los estados Bálticos, Polonia, Rumanía o Bulgaria. Y una vez más, manipuló los hechos. Rusia explica su intervención en Osetia del Sur para acabar con el pérfido ataque de las fuerzas georgianas sobre la población. Rusia no se anexionó el territorio de las repúblicas (Nota: Abjasia y Osetia del Sur, independientes de facto de Georgia desde los años 90. NS) y rechazó su petición de unirse a Rusia. Porosenko utilizó también la paranoia y odio de los estados Bálticos hacia Rusia. En realidad, en todos estos años, Rusia solo ha tratado de solucionar el problema de esos antiguos ciudadanos rusos que se mantuvieron en las repúblicas tras la disolución de la Unión Soviética. Muchos de ellos tienen un estatus de no-ciudadanos, carecen de derechos civiles básicos y buscan la manera de regresar a Rusia. Es cierto que algunos políticos rusos, con sus declaraciones fuera de lugar o mensajes en las redes sociales, tienen parte de culpa en la percepción de que Rusia va a intervenir y actuar de forma impredecible allí donde hay ciudadanos rusos o de habla rusa. Pero esto no se corresponde con la realidad ni con una aproximación política al problema.
Poroshenko habló de su país y de su pueblo haciendo referencia a su larga historia, si bien la historia de Ucrania comienza con la desintegración de la Unión Soviética. Y Crimea fue entregada, como un regalo, a la República Socialista de Ucrania en 1954. Khruschev no podría haber imaginado en aquel momento que el país quedaría reducido a pedazos. La decisión fue criticada en su momento y la pérdida de Crimea fue dolorosa para Rusia en los 90. No se puede decir que añada credibilidad a la vuelta de Crimea a Rusia, pero lo hace comprensible.
A pesar de la dramática situación del país, el presidente ucraniano declara a Ucrania un estado democrático y habla de la democracia poniendo a su país al mismo nivel que la Unión Europea, diciendo que “las democracias deben apoyarse entre ellas”. Insiste en que “no hay que construir una democracia en Ucrania. Ya existe. ¡Solo hay que defenderla!”
Así que en palabras de Poroshenko, la operación militar en las regiones del sureste, que ha causado varios miles de bajas entre la población civil y aún más desplazados (el número de desplazados internos ha llegado a 260.000, mientras que 814.000 han buscado refugio en Rusia) es perfectamente democrática.
Minar la democracia
Ese tipo de declaraciones mina el concepto de democracia. Poroshenko habló de la gloriosa lucha por la libertad e insistió en la agresión rusa como si las fuerzas de Kiev estuvieran luchando directamente contra el ejército ruso. Trató de convencer a la audiencia de que fue Rusia la que intervino. Dibujó a Rusia como el origen de todos los males del mundo moderno y exigió más sanciones. Fue el discurso que los americanos, el establishment político de Estados Unidos y la OTAN, querían oír.
Habló de los cien divinos y de los soldados que han perdido la vida luchando entre separatistas y el agresor. La población civil también muere a causa de las acciones del ejército ucraniano en Donetsk en Lugansk, no lo hacen solo separatistas y rebeldes. Pero parece ser que Poroshenko no encontró apropiado conmemorar sus muertes en este discurso mientras que sí resaltaba el sacrificio de sus héroes en una historia de la que solo cuenta una parte.
Fue un discurso duro, nacionalista y militarista. Poroshenko trató de impresionar con una ola de retórica anti-rusa que domina hoy en día los círculos políticos europeos y norteamericanos. Pero pese a las esperanzas de Poroshenko, Ucrania no recibirá ayuda letal de Estados Unidos y Obama ha rechazado también la posibilidad de otorgar a Ucrania el estatus de aliado especial, aunque sí entregará un paquete de 53 millones de dólares de asistencia militar y uno más en garantías financieras.
Estados Unidos parece comprender las posibilidades y las consecuencias de una posible escalada de tensiones con Rusia. La ayuda militar letal forzaría a Rusia a tomar pasos de impredecibles consecuencias. Las espadas están en alto, pero el riesgo es más alto aún. Teniendo en cuenta los numerosos problemas como la expansicón de ISIS, Estados Unidos está interesado en buscar relajar las tensiones con Rusia, al menos de momento. Estados Unidos y la OTAN no van a permitir a Ucrania y a los estados Bálticos llevar a la comunidad internacional al borde de la guerra. El endurecimiento de la retórica se reflejará el despliegue de fuerzas militares más cerca de la frontera rusa. Pero parece que se tratará más de gestos con un impacto limitado y unas intenciones dirigidas principalmente a la contención.
Estados Unidos hará eco a Kiev, que verá crecer su ego con cálidas ovaciones y palabras de apoyo, pero los líderes ucranianos estarán cada vez más lejos de comprender que Ucrania no es ni un aliado ni un socio de Estados Unidos, sino tan solo un instrumento en un arduo juego geopolítico.

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