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Los límites de la propaganda

Ayer, martes, medios estadounidenses como The Washington Post se hacían eco del despido del periodista James LaPorta, miembro del equipo que habitualmente informaba sobre la seguridad nacional y cuestiones militares. LaPorta fue el periodista que aportó la información que erróneamente afirmaba, citando a un oficial de alto rango estadounidense, que un misil ruso había impactado en la localidad polaca de Przewodów y que costó la vida a dos civiles inocentes. El Post describe una situación confusa a la hora de verificar la información, con todo tipo de acusaciones sobre quién incumplió, si es que alguien lo hizo, la cadena de verificación de la información. Al final, LaPorta ha servido como chivo expiatorio de una situación que se produce a menudo en esta guerra: la prensa ha publicado a lo largo de los más de ocho meses desde el comienzo de la intervención rusa todo tipo de informaciones no verificadas e interesadas que ha presentado como hechos.

La naturaleza del conflicto, una guerra de artillería con dos ejércitos fuertemente armados y con gran capacidad de destrucción, ha supuesto desde febrero una escasez de periodistas capaces de informar de forma regular desde la línea del frente. Al contrario que en las últimas guerras de Estados Unidos, que siempre se ha enfrentado a países, ejércitos o grupos sobre los que contaba con una inmensa superioridad en contextos en los que tenía garantizado el control de los cielos, esta guerra enfrenta a dos de los ejércitos más fuertes de Europa en una guerra en la que escasean los periodistas empotrados, habituales en otras guerras más cómodas.

Con el inicio de la intervención militar rusa, que no de la guerra, que se inició en Ucrania hace ocho años con el ataque de Ucrania contra Donbass, Ucrania limitó la información que la prensa nacional podía publicar -por ejemplo, vídeos de las consecuencias de los bombardeos, motivo real por el que Yuri Tkachev fue detenido en Odessa, aunque la norma aún no había sido aprobada- y esperó que también la prensa internacional se guiara por las directivas marcadas por la Oficina del Presidente. Kiev valoró correctamente la realidad y supo que la prensa internacional en bloque iba a ceñirse al discurso oficial. Así se observó en los primeros meses, por ejemplo, con la información relativa a las bajas de las Fuerzas Armadas de Ucrania.

En las primeras semanas, cuando fue preciso mantener ocultas esas bajas, la prensa nacional e internacional, no solo evitó mostrar cadáveres de soldados ucranianos, sino que ni siquiera planteó al Gobierno ucraniano la incómoda pregunta de cuáles eran sus bajas reales. Se había instalado ya la idea de que toda información procedente de Moscú era una simple alegación, que por otra parte la prensa no se molestaba en verificar o desmentir, mientras que toda información procedente de Kiev podía ser publicada como hecho sin necesidad de un proceso de verificación. Semanas más tarde, cuando fue necesario explotar el elevado número de bajas para lograr un mayor suministro de armas para las Fuerzas Armadas de Ucrania, la prensa occidental cambió rápidamente de discurso sin necesidad de justificar por qué durante semanas había evitado realizar el trabajo periodístico de tratar de plasmar la realidad que debería esperarse de todo periodista sobre el terreno.

En estos meses, la prensa se ha basado en dos fuentes principales para dar una imagen general de la guerra: las declaraciones y comunicados de las autoridades políticas y militares ucranianas y la información de la inteligencia de los países occidentales. Ninguna de esas fuentes debería ser entendida como no interesada y, por lo tanto, sujeta a la necesidad de contraste y verificación, por cualquier periodista de mínima seriedad. Tampoco puede ser considerada una fuente imparcial la información publicada por think-tanks vinculados a intereses occidentales, cuyas fuentes son también de inteligencia, fundamentalmente británica, como puede observarse en el caso del Institute for the Study of War.

A estas fuentes hay que sumar las salidas organizadas por las autoridades de Kiev, que no han dudado en retirar las credenciales a medios como CNN por la infracción de informar desde Jersón antes de que lo permitiera la gira de prensa oficial. Todo ello sin olvidar que desde el inicio de esta guerra, todo reportero ruso, también los que durante ocho años han informado desde las trincheras y que han informado de las retiradas rusas, han de ser considerados propagandistas.

Desde el 24 de febrero, la prensa occidental en bloque ha dado por ciertas todo tipo de informaciones procedentes de Kiev, mientras que generalmente ha recogido las respuestas de Moscú como alegaciones. De esta forma, durante meses se ha publicado como hecho que Rusia bombardea la central nuclear de Zaporozhie, única central nuclear bajo control ruso, donde los bombardeos ucranianos están consiguiendo su objetivo: hacer la situación insostenible. El objetivo de Kiev está claro: lograr que Rusia entregue el control de la central, ya sea a sus autoridades o a un organismo internacional para lograr así mantener el suministro eléctrico.

La pérdida de población y la paralización de la industria, con la caída de consumo que suponen, había restado importancia al suministro de la central situada en Energodar a la hora de cubrir las necesidades energéticas del país. Ese excedente de producción iba a ser exportado a los países de la Unión Europea, algo inviable actualmente a causa de la grave crisis energética que han causado los ataques de misiles rusos. Con el suministro de Energodar nuevamente clave para Ucrania, los bombardeos se han reanudado.

Como hace unos meses, cuando se produjo el anterior momento de peligro para la central nuclear, la prensa continúa dando por hecho que es Rusia quien ataca la planta bajo su control. En ocasiones, medios como The New York Times utilizan engañosas construcciones para dar a entender que es Moscú quien se encuentra detrás de los bombardeos sin necesidad de hacerlo explícito. “Mientras Rusia ataca las infraestructuras energéticas de Ucrania, el jefe de la organización de Naciones Unidas que monitoriza la energía nuclear ha insistido en la necesidad de proteger la planta de Zaporozhie ocupada por Rusia, la más grande de Europa, para impedir un desastre nuclear”, escribía The New York Times esta semana vinculando los ataques rusos con el peligro de un desastre nuclear. Ningún argumento ruso ha logrado, por el momento, que los principales medios occidentales expliquen la situación o vayan más allá del no tan neutral “las partes se acusan mutuamente”.

Ucrania ha visto en estos meses cómo la prensa publicaba también sus acusaciones contra las tropas rusas, en ocasiones tan alocadas que llegaron a costar el puesto a la anterior defensora del pueblo, cesada por el Parlamento de Ucrania por lo inverosímil y exagerado de las acusaciones. Sin embargo, la prensa ha dado credibilidad a acusaciones incluso más alocadas y copiadas de guerras anteriores. Aunque la propia autora del informe admitió a los actores rusos Vovan y Lexus en uno de sus habituales engaños que no había pruebas materiales, incluso Naciones Unidas ha llegado a acusar a Rusia de utilizar Viagra como herramienta para una política consciente y sostenida de violaciones masivas. La acusación es la misma que la que Occidente utilizara en Libia. Ya entonces era falsa.

Sin embargo, Ucrania ha comprobado en los últimos días cuál es el límite. El incidente de Polonia ha supuesto para Kiev una dosis de realidad: aunque Ucrania ha repetido la acusación contra Rusia, sus socios no han dudado en desmentir las acusaciones y han utilizado la prensa para filtrar su malestar por la tozuda insistencia de sus socios ucranianos en busca de involucrar militarmente a la OTAN en la guerra. Algo similar ha sucedido para la prensa. En ambos casos, toda acusación contra Rusia es creíble y puede publicarse citando fuentes anónimas del Pentágono o de la inteligencia estadounidense, pero las normas cambian cuando se trata de alegaciones que se producen fuera de las líneas marcadas por las fronteras ucranianas de 1991. En ese caso, vuelven a ser necesarios tanto la prudencia como los estándares periodísticos. Tanto Ucrania como la prensa pueden acusar a Rusia de bombardear una central en la que es Kiev quien juega con fuego ante la posibilidad de un accidente nuclear. Sin embargo, tiene consecuencias utilizar esa misma lógica en casos que pudieran involucrar directamente a la OTAN.

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