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Periodista ruso: mis semanas en la República Popular de Donetsk

 “He decidido incumplir el acuerdo de confidencialidad…” 

Original: Znak.com

Traducción de Nahia Sanzo

RIA Novosti / Mikhail Resurrection

RIA Novosti / Mikhail Resurrection

Nicholas Mokrousov, residente en Kurgan y freelance de Znak.com ha pasado varias semanas en el sudeste de Ucrania, donde ha seguido la vida en la ciudad situada y ha trabajado la sede central de la República Popular de Donetsk (RPL), cerca de los líderes de la república separatista y de los miembros ordinarios de la milicia. Detenido acusado de espiar para el enemigo, milagrosamente sobrevivió al sótano del edificio de contrainteligencia de la RPD. Ahora, de vuelta a Rusia, Nicholas cuenta sus impresiones. En el reportaje se cambian ciertos nombres (Nicholas es también un pseudónimo) y se omiten ciertos detalles. Este no es un número de propaganda sino de la realidad de la guerra. Quién tiene razón en esta guerra y quién está equivocado sigue siendo un misterio. Y hay en ella lugar para la cobardía, el miedo y el dolo

Aclaración: debido a la actual guerra civil y al desfile de prisioneros de guerra en Donetsk (Nota: se refiere al desfile de prisioneros de guerra el 24 de agosto, día de la independencia de Ucrania. NS), he decidido romper el pacto de silencio que firmé en el sótano del edificio de contrainteligencia de la RPD el 23 de julio  y escribir lo que vi allí.


La salida

Me encontraba mirando desde lejos, de forma pasiva, cuando comenzó la crisis ucraniana, entre la corrección de Maidan y la incorrección de la intervención rusa en las asuntos de su país  vecino, su país hermano, con un mismo pueblo a uno y otro lado de la frontera. Por el capricho de la historia, esta nación ha quedado dividida, pero hasta hace poco tiempo, me había resistido a creer que ese monolito pudiera romperse y que nadie podría interferir en la elección que hicieran nuestros hermanos.

A finales de junio quise ir al sudeste de Ucrania, no porque me hubiera ganado la idea de Novorossiya, sino porque necesitaba escapar, a cualquier parte para aclarar mi mente. En seguida recordé una referencia de un miembro del partido Nacional-Bolchevique sobre la recogida de donaciones y asistencia humanitaria y el reclutamiento de voluntarios para enviar al sudeste. Contesté y enseguida recibí una respuesta afirmativa con una propuesta de viaje y números de teléfono de contacto.

Con esta información, tenía que llegar a la mayor brevedad a Rostov-on-Don y después llegar a la ciudad fronteriza de Shakhty  y llamar a un coordinador. Dije a mi familia que viajaba a Moscú, pero en realidad compré billetes para Rostov y un par de días después, ya estaba en Shakhty.

Con una llamada de teléfono encontré a quienes venían a recogerme. Ahí sentí el primer shock. Eran cuatro personas, de las que uno trata de evitar a toda costa cuando pasea por una ciudad al anochecer. Me llevaron donde un hombre llamado Maxim, Shukher (“alarma” en el lingo criminal), un nativo de Kramatorsk que había llegado a Rusia con su familia tras la retirada de Strelkov y que había empezado a ayudar a la milicia enviando grupos de voluntarios desde el otro lado de la frontera. Puede que de todo el grupo, fuera él el que me dio mejor impresión.

En cuanto hablamos con nuestro guía, quedó claro que por la falta de corredores seguros, no podríamos esperar la llegada de un coche en unos días. Teníamos que esperar en un piso franco, que servía de residencia para la compañía que me había recogido. A pesar de estar acostumbrado a una vida modesta, no soy capaz de encontrar las palabras para describir las condiciones de salubridad en las que nos encontramos. Había dos habitaciones en el cuarto piso de una residencia familiar en la calle Industrial, con moquetas llenas de mugre, cemento sucio en el baño y ratas por todas partes. Y la montaña de comida enlatada caducada que alguien había enviado generosamente como ayuda humanitaria a los voluntarios. Los últimos restos de una aventura romántica que quedaban en mi mente murieron allí. 

Pinocho

Pasé el resto de la tarde como espectador involuntario de canciones cosacas, brindis y todo tipo de blasfemias. Pero eso no fue lo peor. Un cosaco, soldado de los “100 lobos” que se hacía llamar Pinocho comenzó a contar historias de las competiciones de su unidad: cortar cabezas a prisioneros de guerra ucranianos. El ganador recibiría un BMW X6.  “Llevo dos semanas. He cortado una cabeza y la otra no pude porque estaba oscuro. Cuando cortas la cabeza de un ucro, primero implora a la madre Rusia y luego empieza a lloriquear. Y lo hace no en ucraniano sino en ruso. Todas las historias venían acompañadas de risas y coloridos detalles. Me enteré de que después de una derrota de una división ucraniana, los cosacos se llevaron las armas de todos  los muertos y “los escondieron en un mismo lugar”. “Cuando la cosa esté más calmada, venimos y sacamos algún dinero”, decía un cosaco.

flatDespués de esta y otras historias de estos voluntarios mi presencia allí se hizo imposible y después de algunas amenazas contra mí, preferí quedarme en Shukher, donde pasé el resto del tiempo en compañía de consultores políticos: gente de Eurasia que viajaba a Donetsk. No quería pelear, sino ayudar a uno de los políticos locales cuyo nombre se me ha pedido no mencionar.

Un autobús vino a recogernos después de un par de días. En realidad no eran más que coches que llevaban a voluntarios. Había que cruzar la frontera de Donetsk (la ciudad rusa de Donetsk). Un minibús tenía que venir a por nosotros a las diez de la mañana, una camioneta de modelo extranjero y con aire  acondicionado, que hacía viajes regulares entre el sudeste y Rusia. Quedamos cerca del apartamento, al que habían llegado ya nuevos voluntarios, un grupo de batalla cosaco de alguna parte de la región del Volga. Eran cinco, liderados por “Big Daddy”, un hombre imponente que venía con su hijo. Tenía un temperamento agradable: parecía buen padre, se preocupaba por sus soldados y pasaba el tiempo hablando de los niños de su ciudad con conocimiento de causa. Si no tenemos en cuenta a Pinocho y personajes de ese tipo, la inmensa mayoría de los voluntarios que viajan a Donbass no buscan ni beneficio ni una aventura. Casi todos los que conocí en Shakhty o camino de Donetsk, prácticamente sin excepción, daban una muy buena impresión y era evidente la sinceridad de su dedicación. Es significativo que los apartamentos temporales de Shakhty hayan acumulado una flota de vehículos de diferentes regiones. Estaban representadas las regiones de Kursk, Moscú, Rostov, por supuesto, e incluso había un jeep Nuevo de la Región 86 (Región Autónoma de Khanti-Mansiisk, en Rusia central). Todo este transporte se quedaba en el poche del hostal que al parecer había sido entregado por el dueño para las necesidades de los voluntarios.

La frontera

Nos cruzamos con algún autobús cargado de refugiados, la mitad de ellos en edad militar, en nuestro camino a la Donetsk rusa. Todos nos mantuvimos en silencio, salvo nuestro cacique, que de vez en cuando daba largos discursos contra esos hombres que no quieren proteger su tierra y “corren a Rusia débiles como las mujeres y tenemos que luchar por ellos nosotros en su lugar”. Además de los autobuses amarillos de civiles, pasó un convoy de camiones militares sin matrícula, diseñados para transportar blindados, ya vacíos, seguidos por un camión de combustible en la dirección opuesta. Había visto camiones similares yendo de Rostov hacia Schacht dos días antes. Pero en sus plataformas llevaban instalaciones de artillería “Carnation”, y dos de esos camiones estaban cubiertos de camuflaje, escondiendo rifles de gran calibre. En los dos casos los conductores iban vestidos de paisano y, al contrario que en la autopista de Rostov, no iban escoltados por una patrulla de policía militar con matrícula de Moscú. Volvimos a ver a la policía militar en el puesto de frontera “Norte”. Curiosamente, esa misma policía militar no paró  a ninguna de las furgonetas en las que viajaban hombres fuertemente armados que cruzaban desde el lado ucraniano. Me pregunté cuántas armas automáticas se mueven a través de la frontera hacia Rusia. ¿Cuántos Pinochos vuelven con el equipamiento para hacer algo de dinero? ¿En qué parte de Rusia se dispararán esas armas?

Cruzamos la frontera sin mayor dificultad, salvo que el conductor sugirió que quitásemos las tarjetas telefónicas rusas de nuestros móviles para que no fueran interceptados y llegar así de una pieza. Desde el primer puesto de control, ya nunca desapareció esa sensación diferente, la de la realidad militar. Lugansk daba una impresión especialmente fuerte. La imagen que vi allí es la misma que tiene un fan de cine de desastres o de temas post-apocalípticos. Es una ciudad grande, vacía, por el momento solo destrozada en los suburbios. En la media hora que transitamos por sus calles vimos, como máximo, una docena de coches que transitaban o aparcados, y una docena de peatones. En una ciudad de casi medio millón de habitantes. Estaba oscuro y después de pasar en un Ural con paneles blindados con una metralleta encima, llegamos a Makeevka, donde para nuestra sorpresa había toda una planta de hotel reservada para nosotros.

Al día siguiente alguien vino pronto por la mañana y compró a los cosacos delante mismo del comprador real, que había pagado el hotel de Makeevka. Las almas incansables de los cosacos eligieron otro jefe. Y nosotros, los cinco civiles restantes, escuchamos un largo monólogo del comandante abandonado sobre “hacer negocios al estilo ruso”

Donetsk

donetsk5Llegué a Donetsk por la tarde y, salvo por el vacío en las calles, nada hacía pensar que hubiera una zona de combate tan cerca. Los motivos decorativos heredados de la Eurocopa de 2012 no se han gastado aún. El primer día, tras pasar por puestos de control y zonas de batalla, me encontré en un hotel donde se reunía un club de debate. Rodeados de profesores, filósofos, economistas y estudiantes, casi perdí la sensación de que la guerra estaba a la vuelta de la esquina. Incluso antes de la reunión del club, conocí a un chico que pertenecía a la autoridad local. En realidad fue él quien me llevó a este evento. Recuerdo sus palabras sobre la naturaleza de esta Primavera Rusa: “En 1991 hubo una revolución de abogados y financieros, pero ahora estamos aquí nosotros: ¡una revolución de los historiadores! Todos los ideólogos de Novorossiya han estudiado Historia”.

Después de una breve conversación, Eugene, así se llamaba, me llevó a ver a Pavel Gubarev, que me dio una impresión ser simplemente un “hombre del pueblo”. Me estrechó la mano y preguntó de dónde era y cómo iba el viaje. Nada más allá de eso, Gubarev estaba demasiado metido en una conversación con un grupo de sus seguidores.

Al día siguiente empecé a trabajar en la sede de las autoridades políticas del ejército de la RPD, que ocupaba la oficina del “Sindicato de Industriales de Donbass”, más conocido como el “Palacio Taruta”. Taruta es el gobernador nombrado por Kiev justo antes de que Donetsk se declarara independiente de Ucrania. Ahí es también donde vivía. Trabajaba como corresponsal y en el departamento de investigación. Normalmente mi trabajo consistía en retocar comunicados de prensa o monitorizar la opinión pública.

Desde el punto de vista profesional, el trabajo era interesante, pero sentía que no era el trabajo para el que había venido. La sensación de guerra se había ido, en parte por las actividades de la RPD. Se habían celebrado incluso bailes, reuniones de residentes locales con la milicia, mítines, conciertos en los que actuaban grupos locales o discursos políticos de los representantes del Gobierno local, que entones vivía fuera de la ciudad. Este tipo de actividades tiene un efecto positivo sobre la población. Reduce la ansiedad e intensifica el sentimiento de victoria. Pero cada actividad veía como la audiencia decaía con respecto a la anterior.

La población

En términos generales, la población que votó a favor de la independencia está dividida en dos grandes grupos. La mayoría pensó que el voto por la independencia era un paso necesario, que sería inmediatamente seguido por el reconocimiento y el acceso a Rusia, tal y como había sucedido en Crimea. Esto explica, al menos en parte, el éxodo de población a la Federación Rusa en los inicios de la operación antiterrorista (ATO). Pero ni siquiera Rusia reconoce la independencia de las repúblicas.

El segundo grupo, la parte más intelectual de la población, apoyan la independencia de Novorossiya tanto de Ucrania como de Rusia. Exigen la nacionalización de las minas y de las empresas, que incluso en el territorio de la RPD, siguen trabajando para el oligarca Rinat Akhmetov. Este grupo tiene un mejor conocimiento de la idea de Novorossiya y puede que esa sea la razón de que muchos de ellos sigan en Donetsk.

A pesar de los desfiles victoriosos de la milicia, la población de la ciudad seguía marchándose, la mayor parte de ellos a Rusia o a Crimea. Aumentaba la ansiedad. Hablando con la gente a menudo escuchaba: “No va a pasar nada bueno. Los más privilegiados, directores y manager, se fueron hace un mes. Peces más pequeños huyeron hace dos semanas, ya no queda trabajo en la ciudad”.

discussHubo una reunión organizada por la “Iniciativa del pueblo de Donbass” en una de las salas del edificio de los sindicatos. Lo llamaron simplemente “Rally contra la RPD”. Nos enviaron allí junto con el departamento analítico. No hubo una audiencia especialmente significativa, incluso teniendo en cuenta la situación. Los organizadores, semi-clandestinamente, habían organizado la reunión con el vicealcalde de Donetsk, Constantine Savinov, y algunos representantes de la RPD, uno de los cuales era Pavel Gubarev. Hizo un discurso largo, se dirigió a la audiencia pidiendo, a todo el que tuviera alguna oportunidad, que abandonaran la ciudad lo antes posible y si no era posible, que se mantuvieran cerca del centro. La lucha está a punto de llegar a las afueras de la ciudad; la ciudad va a ser bombardeada pronto, explicó.

Sus declaraciones provocaron una  ola de ira en la audiencia. La gente empezó a hacer preguntas, a exigir el final de la violencia y a pedir que no se colocaran armas antiaéreas en los tejados de los edificios más altos par que los civiles no estuvieran en peligro. Gubarev alegó no saber nada de estos hechos, explicando que la violencia solo podía parar cuando al bando ucraniano le interesara hacerlo.

Después vino el turno del vicealcalde Savin, que describió los corredores humanitarios, pidió también a la población que saliera de la ciudad y propuso a la RPD un alto el fuego. Unos minutos después, Savinov, su asistente, y otras personas que hacían demasiadas preguntas, fueron detenidas por soldados de la RPD a la salida y fueron llevados a una dirección desconocida. A la milicia no le importó que periodistas y un representante de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU presenciaran esta detención. Otros residentes pidieron un contingente de cascos azules de la ONU en la zona de conflicto. Los organizadores lograron retirarse mientras que los asistentes exigían respuestas.

Cuando volvimos al cuartel general, había información de la llegada de una brigada mecanizada polaca al Puerto de Odessa y esa misma tarde el principal tema de conversación era el derribo del MH17. Sentí, seguramente de la forma más clara desde mi  llegada, la conciencia de  estar al borde del precipicio.

Los bombardeos

La ciudad fue bombardeada al día siguiente. El primer ataque de mortero cayó en la zona de la fábrica “Maquinaria de Precisión” y el área residencial junto a ella. La fábrica ya estaba abandonada en este momento. Una de las bombas cayó en una de las tiendas y se incendió, con el humo visible desde cualquier parte de Donetsk. Por suerte, en el área residencial, los únicos daños fueron unas vallas rotas, caídas en el tendido eléctrico y la explosión de una tubería de gas. Cuando llegó nuestra gente, encontramos pánico y confusión entre la población. Los residentes, que se habían quedado sin electricidad, salían a la calle a gritar contra la junta y Poroshenko. Empezaron a almacenar cosas. En la distancia se podían oír los salvos de artillería. No estaba claro a qué disparaba la artillería ucraniana, pero viendo el destrozo en las viviendas, estaba claro que la guerra había llegado a la ciudad y que la artillería ucraniana disparaba sin importarle si había objetivos militares o no. Después de todo ni en “Maquinaria de Precisión” ni en el barrio adyacente había objetivo militar alguno.

190574174Ese mismo día, después de haber destrozado un puesto de carretera, un grupo de dos tanques ucranianos y cuatro blindados entraron en la ciudad por la zona de la estación del tren. Tras una breve batalla, la columna se retiró por donde había venido. En la estación murieron cuatro milicianos y un civil. Más adelante me explicaron que el Ejército Ucraniano llevaba a cabo ese tipo de ataques para crear pánico entre la población y con ello limitar la lealtad de la población a la RPD. Era necesario crear una información positiva para contrarrestar esto, en particular escribir sobre las victorias, algo que me encargaron a mí y a un grupo de corresponsales. Me gustó la idea. Sin sospechar nada, fui al supervisor a preguntar dónde recoger la información y recibir informes. Su respuesta me sorprendió. El comisario me miró sorprendido y me explicó que ni yo ni el resto del grupo podía tener los datos sobre los resultados de las operaciones, así que tendría que escribir sobre las victorias sin nada de eso. En la misma línea, el jefe de uno de los departamentos anunció felizmente: “hoy hemos destruido una columna del enemigo, con 150 heridos. Adelante, dad la noticia. Pero no escribáis sobre los heridos, solo sobre la columna de blindados. Los ucranianos no lo negarán, pero dirán que no han tenido pérdidas”. Sin fuerzas para escribir eso, dimití del departamento de corresponsales y pasé al departamento de análisis, donde ya había ayudado antes.

Comparado con el primer día, lo que recibía del público era completamente diferente. Las conversaciones con la gente, incluso con los seguidores, se hacían cada vez menos optimistas. El suministro de medicinas se había interrumpido. La insulina, medicinas para el corazón, sedantes o calmantes habían desaparecido de las farmacias. Los farmacéuticos no podían esconder su ira con solo ver un uniforme de Novorossiya en algunas farmacias. Al preguntar por la disponibilidad de medicamentos, respondían: “pregunta tú mismo. No dejáis que los camiones entren a la ciudad, así que no sabemos qué decir a la gente”

Pese a los rumores de desabastecimiento, todo estaba bien entonces, salvo que los precios habían subido y algunas grandes cadenas de supermercados  habían cerrado. La gente empezó a susurrar “si no hubiera guerra, no necesitamos a la RPD”, “esto no es una guerra entre la RPD y Ucrania, es una guerra entre Rusia y Estados Unidos, nosotros tenemos la mala suerte de vivir aquí”, decían. “Nosotros, los pensionistas, cobramos 2000 hryvina y compartimos mil con los vecinos. La gente ha perdido el trabajo, las fábricas han cerrado y ahora los vecinos no tienen dinero. Poroshenko dejó de pagar a todos los que se quedaron, RPD tampoco paga nada. Somos gente mayor, ¿tenemos que morir de hambre?”, escuché.

Puede que el tema de conversación más común entre los residentes fueran los excesos cometidos por hombres con uniforme de la RPD, especialmente el hecho de que se expulsara a la gente de sus coches sin el más mínimo pretexto. Si se resistían a la expropiación “por el bien de la revolución”, eran detenidos. Todos los días crecía el descontento. Había problemas con los retrasos en los pagos o la ausencia de pagos de beneficios sociales o pensiones, el total de desprecio por la ley por parte de algunos representantes de la RPD o con la deficiencia de las leyes que pasaba el Gobierno de la República.

Cada vez más tiendas quedaban cerradas. Cada noche se oían explosiones cada vez más cerca de la ciudad y se empezaban a oír armas de gran calibre y Grads.

La detención

Toda la información que recibió y que pasaba a las autoridades, todas las preguntas que hacía en el cuartel general y las fotos que sacaba acabaron por ser mi perdición. La última semana de julio me sacaron del edificio escoltado por hombres armados y esposado, con unas esposas de plástico en los dedos, un sistema improvisado pero efectivo, y una bolsa, también improvisada con toallas y cinta americana, en la cabeza. Me detuvieron por propaganda contra la RPD y por espiar para el bando ucraniano. No puedo decir que me pegaran mucho ni nada por el estilo. Tan solo algunas amenazas de cortarme un dedo que ni siquiera me tomé en serio. Mi supervisor en análisis, Kishinev (nombre falso), ordenó que no me tocaran la cara ni los pies. “Aunque trabaje para el otro bando, podemos sacar algo por él”, dijo. En este punto lo peor fue darse cuenta de que la persona a la que de forma sincera trataba de ayudar pensaba que era un traidor… Esa reacción es comprensible en tiempos de guerra, pero aun así…

Ситуация в Донецке

SBU Ukraine1 building in Donetsk. Photography – RIA Novosti / Natalia SELIVERSTOVA

Me llevaron al edificio de los Servicios de Seguridad de Ucrania (SBU), que entonces estaba ocupado por la contrainteligencia militar de la RPD. Ya me había hecho a la idea de que no iba a salir de allí vivo. Para mi sorpresa, el interrogatorio no fue tan duro. Aunque se condujo en condiciones poco placenteras, esposado y con una bolsa en la cabeza, fue, en general, una conversación pacífica y de poco interés. Primero y sobre todo, revisaron mis notas con los resultados de lo que monitorizaba que escribía todas las noches. La primera pregunta fue por qué eran principalmente negativas. Lo expliqué todo. En los contenidos de mi tablet, rota para este punto, no encontraron nada comprometedor para la RPD o que pudiera ser estratégico para Ucrania, así que me quitaron la bolsa de la cabeza. Cuando vi la luz del día otra vez, pedí perdón por mi aspecto, lo que sacó una sonrisa al interrogador. Alabaron mi sentido del humor y enseguida reconocieron en mí “un verdadero ruso”. El hombre que me interrogaba, aunque se presentó, ha pedido que no aparezca su nombre. Digamos solo que había tenido relación directa con los Berkut ucranianos.

Me habló de muchas cosas de lo que había pasado detrás el escenario en los eventos de febrero. Cuando me di cuenta de dónde estaba, admití que personalmente había apoyado a Maidan. Para mi sorpresa, él admitió que muchos Berkut también estaban de acuerdo con lo que se oía en el escenario de Maidan. “Si hubiesen hablado con nosotros, los habríamos protegido nosotros mismos con nuestros escudos. Porque nosotros entendíamos mejor que ellos eso de lo que acusaban a Yanukovych”, dijo. “Pero eligieron no hablar con nosotros y en su lugar nos quemaron y nos dispararon. Y desde entonces no sentimos otra cosa que ira. Comimos la carne podrida que nos trajeron y esperamos órdenes. Pero Yanukovych (aquí usó un término más fuerte para el antiguo presidente de Ucrania) nunca dio la orden”.

“¿Qué te parece que Putin le haya dado asilo en Rusia?”, pregunté. “Mi opinión personal es que Yanuk tendría que ser juzgado por lo que hizo. Después de todo yo, como comandante, recibía 2500 hryvnia al mes. ¿Cuánto es eso en rublos? Vladimir Vladimirovich es un hombre inteligente.  Le apoyamos, pero en mi opinión, Yanukovich lo ha hecho mal…

Hablamos hasta el anochecer, cuando se volvió a presentar la cuestión de mi futuro inmediato. Como no se había encontrado indicio alguno de crímenes contra la RPD, decidieron soltarme. Firmé un acuerdo de confidencialidad dirigido a Igor Strelkov y esperé a la confirmación. Hubiese sido mejor que me soltaran antes. Sobre las nueve de la noche, trajeron a tres chicos al sótano. Oí que tenían 16 años. Iban todos de paisano, apaleados e intimidados. Les seguía un guardia que llevaba una bolsa de plástico amarilla con banderas del Pravyi Sector (Facción de extrema derecha a la que se acusa de crímenes de guerra) dentro.

-¿Qué es eso?, preguntó uno de los de contrainteligencia.

-Pravyi Sector, contestó el guardia enseñando un puñado de brazaletes.

-¿Pravyi Sector?

–Sí.

– Bueno, entonces tráeme a esa carne.

Se llevaron a los chicos arriba y después de cinco minutos, aunque nos separaban tres pisos, oí fuertes gritos que duraron una media hora.

-¿Qué pasa?, pregunté.

–Están hacienda trabajo dental, dijo el guardia. Les sacan los dientes, añadió en voz baja.

Me llevaron a otra habitación, donde se oían menos los gritos. No entiendo cómo ni por qué alguien vendría a territorio de la milicia con ese equipaje. No hay otra explicación que “en busca de una muerte lenta y dolorosa”. Pero esos chicos no tenían pinta de suicidas masoquistas. Cuando pararon los gritos, alguien vino por el pasillo y, por las conversaciones que pude oír, uno de los chicos que torturaban no cambiaba de historia y no admitía ser del Pravyi Sector. Después oí que arrastraban a alguien por el sótano y más patadas y gritos. El olor a excrementos no evitó las risas de quienes observaban desde el pasillo.

Pronto volvió el Capitán. Bajó al sótano y acabó la crisis. Vino a mí y dijo que era libre. Un miliciano que se presentó como Músico me acompañó a la puerta. Me estrechó la mano y se disculpó “si había algo mal”. No tenía ni miedo ni ira, pero yendo hacia la salida  mi mano agarró una cruz que me habían dado los días anteriores en una procesión religiosa. Y yo, que siempre había sido agnóstico, besé la cruz. No por mí, sino por los desgraciados que quedaban atrás.

La vuelta

No podía volver al cuartel general, así que surgió la duda de dónde quedarme. Caminé antes del toque de queda y vi que los edificios, aunque aparentemente vacíos, estaban llenos de hombres armados que seguramente no estarían contentos de ver a un hombre sin documentos de identificación. Además, recordé las palabras de los oficiales sobre lo poco que apreciaban los periodistas a la prensa y a sus representantes. Tampoco quería volver al sótano. Me podían acusar de espiar las posiciones y me podían enviar a la compañía de alcohólicos, drogadictos y otros detenidos en la ciudad para terapia ocupacional: cavar trincheras, etc. Lo pensé y decidí ir a la administración estatal. Ahí tuve suerte, porque aunque el edificio es restringido, después de lo que me había pasado el comandante de seguridad, Daddy (Sergey en el mundo civil) me dejó entrar. Pidió que reabrieran el comedor y me dieron bien de comer. Luego me enviaron al cuarto piso, donde una mujer encantadora, Petrovna, como Daddy, que merece una mención aparte. Eran maravillosos, honestos. Subiendo al cuarto piso, vi una oficina que parecía una habitación de hotel, con aire acondicionado, armarios, mejores camas hechas de mesas de oficina. Con tres comidas al día, era un lujo. Además tenía esa habitación para mí solo.

Fue una pena que fuera cada vez más peligroso quedarse allí. Aunque me había acostumbrado a vivir con los bombardeos, era incómodo pensar que pudieran estar observándome como si fuera un espía. Avivó la llama de mis sospechas un encuentro, al día siguiente, con el hombre que me había interrogado en el SBU. Nos saludamos, incluso charlamos, pero tuve la sensación de que venía a por mí.

El mismo día hablé con un hombre de Moscú con el que había viajado desde Shakhty y le conté lo que me había pasado. Su consejo fue conciso: sal de ahí lo antes posible. Teniendo acceso al Gobierno de la RPD, organizó una reunión con los oficiales más importantes, que inmediatamente me llevaron al departamento dedicado a la evacuación de refugiados. Me pusieron en la lista y marcaron mi nombre como prioritario. Pero entonces no existían los corredores humanitarios, ya que el Ejército Ucraniano había rodeado Donetsk. Las carreteras y los pueblos que hasta hacía no tanto llevaban a Makeevka estaban ahora en manos del ejército y había una fuerte batalla. No estaba nada claro cuánto iba a durar esta situación. Pero me dio la oportunidad de hablar con los soldados rasos, contacto que no se había dado hasta entonces.

La guerra civil

un-ukraine-refugees-humanitarian-siEn este punto ya tenía claro que lo que estaba ocurriendo en Ucrania hacía tiempo que había dejado de ser un choque geopolítico y era en realidad una guerra civil en todos los sentidos para ambos bandos en conflicto. La idea de la independencia, el deseo de crear una propia Novorossiya libre de Ucrania, o el deseo de unirse a la Federación Rusa, se había sustituido por el hambre de sangre y la necesidad de venganza. Miraba a los ojos a esta gente y me sentía incómodo con la escala de la tragedia que los propagandistas habían traído a esta tierra pacífica, a cada casa, a cada familia.

Ahí van unos cuentos ejemplo. Dmitry, miliciano: “soy de Mariupol. En mi familia éramos cuatro: mis padres mi hermano y yo. Cuando todo empezó enseguida apoyé a la RPD. Mi madre apoyaba a Rusia, pero mi padre y mi hermano no nos apoyaron. Mis padres discutían y mi hermano y yo dejamos de hablarnos. Cuando empezó la guerra me enrolé en la milicia, que estaba en Kramatorsk. Cuando los ucranianos empezaron a bombardear el pueblo, una bomba dio a nuestra casa. Mis padres murieron en el acto. Nunca perdonaré esto. Ahora soy el único que está vivo. Mi hermano vive, pero ya no es mi hermano. Me llamó al día siguiente y dijo que ya no me consideraba su hermano. Dijo que nuestros padres habían muerto por mi culpa. , que si no fuera por la RPD todo el mundo estaría vivo. Ahora estoy solo. Mi hermano fue voluntario al otro lado y ahora está en alguna parte luchando contra mí”.

Otro ejemplo: “Tengo un amigo con el que estudiaba, fuimos al ejército juntos. Servimos en la Brigada Aerotransportada. Esta Brigada lucha ahora contra nosotros. Cuando empezó todo, mi amigo fue voluntario al bando ucraniano. Pero seguimos siendo amigos, seguimos llamándonos. No dormía, se quedaba cerca de las tiendas de guardia para ver dónde y cuándo iban a atacarnos con Grads. Una vez  que lo oía, me llamaba y me decía qué área era. Me ha salvado la vida un par de veces. Nunca me perdonaré el no haber sido capaz de convencerle para que se rindiera cuando su brigada quedó rodeada. Él estaría vivo ahora. Escaparon del sitio, pero una semana después, cuando ya nos retirábamos de Kramatorsk estaba en un puesto de control y recibió un impacto directo desde un tanque”.

Sergei, llamado Baikal: “Estuve dos veces sitiado, la segunda vez cerca de Kramatorsk. Éramos cuatro, dos de ellos habían muerto y el tercero lo hizo delante de mis ojos. Estuve en shock después de la explosión. De alguna manera conseguí llegar al pueblo, estaba tomado por los ucros, donde la pena por ayudar a los separatistas era un batallón de fusilamiento. Aun así, una familia me acogió. Estuve descansando con ellos diez días. No solo me escondieron sino que llamaron a mi hermana, que es de Nikolaev, para que vinera a buscarme. Todo el pueblo estaba delatándose entre sí, todo el mundo tenía miedo, pero a mí me salvaron”.

Oí muchas cosas, como la sensacional historia del uso del fósforo, que me contó un voluntario cuyo nombre, por desgracia, no puedo recordar. El uso de fósforo no es propaganda rusa, pero no es exactamente como lo cuenta la televisión rusa. “Sí, usaron fósforo blanco”, me dijo, “pero no quedaban civiles. La artillería ya había destrozado todo el pueblo, porque teníamos puestos de control allí. Fue como el matadero: niños, mujeres, ancianos, muchos de los nuestros… Quemaron todas las casas, solo quedaron los sótanos. Cavamos túneles entre ellos y esperamos. Cuando los ucros entraron, los quemamos a todos, toda una formación. La misma historia con la segunda tanda. Ni la artillería ni los morteros funcionaron con nosotros. Los ucros decidieron solucionar el problema con el fósforo. Pero ya no había civiles con vida allí…”

De las conversaciones con los milicianos me enteré de otros detalles que parecen ser inherentes a cualquier conflicto. Me contaron cómo envían armas desde Rusia: “los comandantes ganan dinero mientras estemos luchando aquí. Llega aquí un camión lleno de hierro, lo que la milicia necesita, desde la frontera. El comandante y sus amigos cogen una o dos cajas. Meten el resto en un autobús y de vuelta a vosotros. Los chicos tienen unos Kalashnikovs tan viejos que hasta da miedo dispararlos, SKSs atascados y como máximo y par de rondas. Si no fuera por los robos, hace tiempo que estaríamos en Kiev”.

Les conté cómo habían traído al sótano del SBU a los chicos del Pravyi Sector y cómo los interrogaron. “Que tú hayas salido de ahí quiere decir que tu madre rezó por ti”, dijo uno de ellos. “Y no es sorprendente que llevaran insignias. Puede que fuera una trampa. Algunas veces los salvan de ahí. Pero otras…” Un poco más tarde, otro miliciano le dijo al comandante que hay una recompensa por detener a un miembro del Pravyi Sector. Hay veces que se trae a individuos con pertenencias sospechosas, lo que no es muy raro. Y bajo tortura, cualquiera admite cualquier cosa.

De vuelta a casa

Sonó el teléfono el 26 de julio. La voz que me hablaba dijo que se había abierto el corredor y que, si estaba listo para partir, fuera al McDonald’s en la zona del mercado. Fui allí, donde había más de un centenar de refugiados, en su mayor parte mujeres y niños y familiares de los milicianos. Al contrario de lo que he dicho sobre la llegada a Donetsk, no había hombres. Puede que fuera porque el comandante en jefe había dado orden de no dejar salir a los hombres en edad militar. Había algunos milicianos. A juzgar por la escayola, uno de ellos estaba herido. Los otros tres hombres resultaron ser ciudadanos rusos. Cuatro minibuses llegaron media hora después. Salí en uno de ellos junto a los cosacos de Shukher.

PPC Izvarino . Photo: RIA Novosti / Alexander Geifman

PPC Izvarino . Photo: RIA Novosti / Alexander Geifman

Con todo el equipaje empaquetado, incluyendo sillas de ruedas y demás, y acompañados por tres coches de la milicia, salimos hacia la frontera. Conocí a unos chicos de la milicia en la primera parada. Decidimos seguir juntos y hablamos de mi estancia en el sudeste. Uno de ellos, Ivan, preguntó cómo llegué a Donetsk. Se sorprendió cuando oyó el nombre de Shukher.

-¿Shukher? ¡Es un traidor!

-Venga ya. Es la única persona normal que conocí en Shakhty. Acomodaba, daba de comer y entregaba. ¿Qué tienes contra él?

-Trabajaba para los dos bandos. Tuviste suerte. Traicionó a la milicia: de cada dos grupos que pasaban normal, entregaba a uno a los ucros. Pero ya no está. Para esas cosas está el pelotón de fusilamiento. Sabía lo que estaba haciendo y a lo que se exponía…” Probablemente nunca sepa si esa historia es verdad o no. Un avión de combate interrumpió nuestra conversación. Alguien dijo que era un Su-25. Nos dijeron que nos alejáramos de los minibuses. La aeronave se dirigió hacia Lugansk, donde se oyeron dos explosiones en la distancia momentos después. Volvimos a oír el ruido de los motores y luego volvió a desaparecer.

Volvimos a subir al autobús camino del puesto fronterizo de Izvarino.  Se veían las marcas de los tanques en dirección opuesta a lo largo de todo el camino. Llegamos a la frontera, que había sido tomada a los ucranianos hacía una semana. Había signos de una batalla reciente. Lo primero que llamó mi atención fue que había una gran bandera de la Unión Soviética que la milicia había izado en lugar de la ucraniana. Era, en mi opinión, totalmente inapropiado que estuviera ahí, junto a las banderas de la República Popular de Donetsk y la República Popular de Lugansk y la de Novorossiya. Aunque significara las esperanzas o aspiraciones del pueblo, la bandera no tenía nada que ver con el territorio que abandonaba. Y aun comprendiendo la fragilidad de encontrar la bandera en un lugar así, sentí un tremendo sentimiento de haber pérdida de un lugar que una vez estuvo unido, un gran país en el que nadie dividía al pueblo entre ucros, colorados, moscovitas o nuevos rusos. Recordé unas líneas de Anastasia Dmitruk: “nunca seremos hermanos”. Porque nunca habrá fraternidad donde los hermanos han derramado sangre.

Comentarios

3 comentarios en “Periodista ruso: mis semanas en la República Popular de Donetsk

  1. Avatar de JUAN GOMEZ

    un escrito al estilo viejo de Reader’s Digest, de propaganda antisovietica.. tiene la misma linea… me ha recordado mi niñez, cada mes leia al menos un «articulo» que exponia lo malvado de los sovieticos… pero por qué le ha dado espacio aquí a este escrito sin sentido??????

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    Publicado por JUAN GOMEZ | 01/09/2014, 19:38
    • Avatar de lualopezpe

      El cubre un aspecto del problema—al que aún no se le presta demasiada atención. Hubiera sido preferible que el periodista escribiera un poco más sobres los crímenes cometidos por los Ucranianos en Donbass para balancear su narrativa. Esas cosas de las que el habla es mejor sacarlas a la luz y abrir el debate. La des-humanización de la guerra es una catástrofe aun peor que la misma.

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      Publicado por lualopezpe | 02/09/2014, 13:00

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