“Por mucho que se alargue la primavera, nada es eterno. Y esto también pasará”, escribía en mayo de 2021 esperando tiempos mejores y dispuesto a utilizar sus aptitudes como abogado para conseguirlo, Andriy Portnov, que había regresado a Ucrania coincidiendo con el final de la era Poroshenko tras cinco años de exilio. En aquel artículo, Portnov se centraba en la situación de la independencia judicial en el país y, especialmente, en los juegos de Zelensky y su entorno en la lucha por el control del Tribunal Constitucional, que implicaba la posibilidad de imponer decisiones políticas al margen de la opinión de los jueces, es decir, de la legalidad.
“Desde hace meses, el presidente de Ucrania determina los castigos por decreto y sin juicio, aprobándolos por medio de un Consejo de Defensa y Seguridad Nacional creado con su propia gente. Sin procedimiento debido, sin análisis de pruebas, sin derecho a defenderse y sin presunción de inocencia. Para arrebatar estas decisiones del control judicial, el presidente ha paralizado el trabajo del Tribunal Constitucional y ha aumentado la presión sobre los tribunales de justicia ordinaria, ha introducido una ley para eliminar la Corte de Distrito Administrativo de Kiev, lo que demuestra que su voluntad de tomar decisiones ilegales no tiene límite, y en el sistema judicial, ha aumentado también la presión sobre el Tribunal Supremo.
De esta forma, en unos pocos meses, se ha formado en el país una judicatura vertical paralela: un sistema que supera e ignora al poder judicial, que se ha asignado poderes judiciales, que concentra las funciones judiciales en las manos de los oficiales de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado que pertenecen al Consejo de Defensa y Seguridad Nacional de Ucrania, directamente subordinados al sistema de castigos del presidente del país, y han creado unos códigos especiales y extraordinarios que no se preocupan por el procedimiento ni la arbitrariedad judicial”, escribía con unos comentarios que recuerdan que las tendencias autoritarias y el intento de concentrar el poder en pocas manos de Volodymyr Zelensky preceden a la invasión rusa de febrero de 2022.
Andriy Portnov es el “hombre tiroteado cerca de un colegio de Pozuelo” que El Mundo anunciaba ayer que había muerto o “el «infame» asesor prorruso de Yanukovich sancionado por Estados Unidos” al que se refería El Español. El País, que recuerda que Portnov fue incluido en la Lista Magnitsky, olvida que también lo fue en la web Myrotvorets que costó la vida al periodista Oles Buzina. En un extenso artículo, el medio español escribe que “el proyecto UkraineWorld de Internews Ucrania descubrió en 2022 que Portnov intentó desacreditar la Revolución de la Dignidad ―las protestas europeístas y nacionalistas que se desencadenaron a raíz de la decisión de Yanukovich de suspender el acuerdo de asociación con la Unión Europea y de fortalecer lazos con Rusia― y las reformas proeuropeas en el país con bots de Internet”. En otras palabras, además de defender el resultado de Maidan, que tras once años de consecuencias de aquel cambio de régimen parece cada vez más cuestionable, El País adjudica al asesinado delitos de opinión y un irrisorio cargo de propaganda. Pero la guinda del pastel es el comentario con el que continúa el texto, firmado por cuatro periodistas que no han temido dar credibilidad a que “estos periodistas ucranios consultados por El País especulan con la autoría del crimen y no descartan que hayan sido agentes rusos en una especie de operación de bandera falsa: se mata a un enemigo acérrimo de Ucrania para hacer creer que fueron los ucranianos”.
La guerra se presta a las venganzas políticas, a ajustes de cuentas entre clanes, al uso de la fuerza mucho más allá del frente, a demonizar a la víctima y a la insultante teoría de la conspiración que aparece nada más se produce un crimen demasiado incómodo como para plantearse quién tendría interés en acabar con determinada persona. En 2024, nadie en el prensa europea dudó en ningún momento de la culpabilidad de los servicios secretos rusos en el asesinato de un piloto de helicópteros que había desertado del ejército ruso al ucraniano y que Kiev no pudo, no supo o no quiso proteger en España. La situación es diferente ahora, con una ejecución de tipo mafioso, con hombres armados esperando a su víctima a las puertas de un colegio en una zona muy vigilada de un barrio de clase alta de una localidad madrileña, y un objetivo de perfil muy elevado, por lo que la teoría de la bandera falsa en un caso que no va a conllevar especial seguimiento, es todo lo que necesita Ucrania para desviar la atención.
La prensa resaltaba ayer las acusaciones de corrupción que habían cargado contra Portnov, olvidando siempre que fue absuelto de ellas. No había tampoco mención a las causas por difamación que ganó a medios ucranianos ni a las amenazas que había sufrido en el pasado. Por supuesto, tampoco se recordaba que no se trata del primer opositor ucraniano que sufre un atentado en España. Lamentando la muerte de un amigo, el bloguero ucraniano Anatoly Sharii, refugiado en la Unión Europea desde antes de Maidan, recordaba que ha sufrido dos intentos de asesinato en España, el último de ellos hace un año, “curiosamente también volvíamos de la escuela”, que no han sido investigados. Quizá las fuentes de El País vean también en ellos la mano negra del Kremlin. Sharii denunció a lo largo del día los comentarios recibidos en las redes sociales, en las que blogueros ucranianos le advertían de que será el siguiente.
Además de acusaciones de corrupción por causas en las que nunca fue condenado, los medios destacaban ayer también la habitual “alta traición” que suele cargarse a aquellas figuras incómodas que las autoridades del país quieren demonizar al máximo para impedir que puedan regresar con aspiraciones políticas. En su retorno en 2019, Portnov dejó atrás su pasado como diputado por el Partido de las Regiones o como jefe adjunto de la Oficina del Presidente en tiempos de Yanukovich, cuando la institución no comportaba la cota de poder que ostenta a día de hoy Andriy Ermak. Durante los tres años transcurridos entre su retorno a su marcha tras la invasión rusa de 2022, según Sternenko con ayuda de Oleh Tatarov, segundo de Ermak en la Oficina del Presidente, Portnov dedicó sus esfuerzos a la lucha legal, la defensa de causas de derechos humanos y también a una fuerte crítica contra Zelensky y su predecesor. Poroshenko fue uno de los objetivos de las causas legales de Andriy Portnov, mientras que el Gobierno vigente lo fue de la crítica política. “Para acabar de una vez por todas con la disputa sobre la asistencia internacional y los servicios del FMI, sugiero que las autoridades directamente se dirijan a la embajada de Estados Unidos con una solicitud de nombrar a un ministro de Economía, Finanzas y otros tantos para el Gobierno. Deberían nombrarlos en lugar de dirigir el país escondiéndose detrás de agentes y oficiales subordinados de la embajada, como el director de la Agencia Nacional Anticorrupción o el exministro y Fiscal General, y hacerlo con recomendaciones por escrito directamente de la embajada”, escribió en 2020 criticando la deriva de pérdida de soberanía que ya era evidente en Ucrania. Pese a que ayer se destacaba de él su enfrentamiento con el sector Demócrata de la política estadounidense, esa crítica se planteaba en la fase final del primer mandato de Donald Trump.
Uno de los focos de interés de Portnov en sus tres años en Ucrania fue Odessa. “El odiado Parubiy se ha mostrado indignado en Facebook porque se han iniciado procedimientos criminales contra él por el asesinato masivo que se produjo en Odessa el 2 de mayo de 2014. Yo tengo un contraenfado. Realicé esa petición a las autoridades hace un mes. Si tardamos tanto en hacer las cosas, puede que siempre esté libre. Es necesario que sea detenido e ingrese en prisión para que comience así la investigación. Como debería haber sido hace cinco años”, afirmó el famoso abogado Andriy Portnov” pocos meses después de su retorno al país, cuando consiguió que Andriy Parubiy, en 2014 presidente de facto del Consejo de Defensa y Seguridad Nacional, fuera encausado por su actuación en los días antes de la masacre de la Casa de los Sindicatos. En ese intento de que los tribunales ucranianos hicieran su trabajo en un caso tan importante como el del 2 de mayo, algo que finalmente no consiguió, se unían dos aspectos importantes, ya que Parubiy había sido uno de los pilares del partido de Petro Poroshenko, con el que Portnov mantuvo un enfrentamiento constante. Durante años, los casos de corrupción fueron la principal causa del abogado. Sus acusaciones contra la 95ª Brigada, liderada por Mijailo Zabrodsky, candidato a diputado por el partido de Poroshenko y posteriormente una de las principales figuras ucranianas en la dirección de la guerra proxy contra Rusia causaron una agresiva reacción del partido Solidaridad Europea, que vio en ellas un ataque contra la fuerza política.
Otro de los casos importantes de Andriy Portnov esos años también se produjo en Odessa y es la muestra de su lucha contra la extrema derecha nacionalista. Ayer, junto a una imagen del cadáver ensangrentado de Portnov, en el suelo frente a su coche en el que los sicarios le dispararon en la cabeza y en el torso, “¿estás descansando ahí?”, se preguntaba Serhiy Sternenko, quien en 2018 apuñaló mortalmente a un hombre, cuya agonía retransmitió en directo en las redes sociales. Sternenko, el líder del Praviy Sektor en Odessa y hoy un activista militar respetable y con buenos contactos, se declaró víctima pese a que las únicas huellas en el arma del crimen resultaron ser las suyas. Portnov representó a la viuda del hombre asesinado en plena calle. Sternenko fue condenado en febrero de 2020 por un caso de un secuestro cometido en 2014. Sus conexiones y apoyos, así como la nula independencia judicial de Ucrania, se pusieron de manifiesto apenas tres meses después, cuando el tribunal de apelación retiró la condena de un plumazo. «No hemos sido nosotros», se mofaba ayer, «lo habríamos hecho con drones».
Su participación en la causa por asesinato premeditado contra Sternenko valió a Andriy Portnov la enemistad de otra figura relevante de la escena de la extrema derecha ucraniana: Serhii Filimonov. Inicialmente líder de Azov en Kiev, Filimonov vivió un enfrentamiento con el líder del movimiento, Andriy Biletsky, en parte por su postura sobre la figura de Sternenko. Cercano a Valeriy Zaluzhny, Filimonov, uno de los fundadores de Honor, se hizo cargo de los Lobos de da Vinci tras la muerte del héroe de Ucrania Dmitro Kotsiubailo, en cuyo funeral se arrodilló en forma de homenaje la plana del establishment político y militar de Ucrania. En 2019, apenas unos meses antes del retorno de Portnov a Ucrania, Filimonov y su grupo acudieron a Viena específicamente en busca de Andriy Portnov.
En su blog Events in Ukraine, Peter Korotaev definía hace unos meses a Portnov como el último interlocutor posible con Moscú en caso de que en algún momento se buscara una resolución política al conflicto entre los dos países. En la misma línea, el periodista opositor ruso Leonid Ragozin lamentaba la desaparición de una figura que podría haber recuperado relevancia en una Ucrania del futuro. “Posiblemente fuera el intelectual más brillante del sector anti-Maidán del espectro político ucraniano y la fuente de varias filtraciones auténticas que sugerían estrechos contactos con los servicios de seguridad ucranianos. Más recientemente, ganó una gran cantidad de demandas contra medios de comunicación ucranianos que lo acusaron de traición y de trabajar para Rusia”.
Entre quienes se han alegrado públicamente del asesinato de Portnov están Serhiy Sternenko o Maksym Zhoryn de la Tercera Brigada de Asalto, como también el medio vinculado al Ministerio de Defensa DeepState, que lo calificaba de “perro prorruso”, o representantes del establishment liberal tecnócrata proeuropeo como Serhiy Leschenko. La etiqueta de prorruso que ayer adjudicaban los medios a Andriy Portnov ha justificado su demonización, el desinterés por quién podría estar detrás de su muerte y las muestras de alegría por el asesinato de una persona a plena luz del día.

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