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Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, Mariupol, Rusia, Ucrania

Una fortaleza que antes o después tenía que caer

Artículo Original: Yulia Andrienko / Komsomolskaya Pravda

“Voy al sur mañana”, explico a mi familia y al editor. Suena normal, como si fuera a ir a un resort. Sin embargo, quiere decir que, junto a los voluntarios, llevaremos ayuda humanitaria a las personas de Mariupol que han conseguido salir de ese infierno.

La localidad de Vinogradnoe, un suburbio de Mariupol, se extiende a lo largo de la costa, como otros muchos pueblos del mar de Azov. Pasamos por los bloques de cemento, esos en los que alguien ya ha corregido la inscripción “Gloria a Ucrania” del azul y amarillo a “Ajmat Sila” [de las fuerzas chechenas, que participan en la operación y están teniendo una gran repercusión mediática, aunque no son ellos los que encabezan el asalto-Ed]. En cuanto la RPD logró abrir un corredor humanitario desde Mariupol, ríos de refugiados han inundado este lugar. Antes había un par de miles de residentes y ahora más de diez mil pasan por aquí cada día.

Lo primero que nos sorprende en cuanto llegamos a Bezimennoe es la infinita cola de coches. Empecé a grabar un vídeo, pero mi brazo se cansó y la fila aún no había acabado. Con las lunas rotas, llenos hasta arriba, en ocasiones con la leyenda “Niños” y ondeando trapos blancos. Todos esperan en la fila para ser registrados, filtrados y después pasar a un campamento de refugiados o seguir adelante hasta donde sus familiares los acojan.

La fila a pie es aún más impresionante. Son personas que no tienen un coche y que han abandonado la ciudad por su cuenta. Personas agotadas, llenas de polvo y con niños o animales están en la cola. Alguien se viene abajo y se tumba ahí mismo, en el polvo de la cuneta. Hay montañas de basura a su alrededor.

“Mi marido está herido, ¿alguien puede ayudarle? Tiene una herida en la pierna y en el estómago. Está amarillento y no hay medicinas aquí”, nos dice una mujer que nos agarra la mano desesperada al identificarnos como caras nuevas que han llegado de la civilización. Prometemos llevar al hombre al hospital.

La segunda sorpresa es que hay voluntarios del ejército, rescatistas y psicólogos vistiendo idénticos chalecos y con distintivos en el pecho. En mi primer viaje, no había nada de eso salvo los militares del puesto de control y los refugiados. Esta vez, ya se ha desplegado una cocina de campaña en la que se alimenta a la población con estofado, té y galletas. Hay algunas señales de “Punto de evacuación” o “Registro de refugiados”. Incluso se puede ver a Cruz Roja.

Sin embargo, pese a todo, existe la sensación de que la República se está ahogando en refugiados. Su número aumenta cada día, todos necesitan atención médica, apoyo nutricional y un merecido descanso, pero en lugar de eso están esperando de pie incluso por la noche.

“Hemos salido del infierno gracias a los soldados de la PRD, nos ayudaron a salir. Antes de eso, los nazis lo impedían y disparaban a los civiles que intentaban salir de los sótanos”, esto es lo que todos en esta cola me cuentan. ¿Creerá el mundo estos testimonios o cerrará los ojos, como ha hecho con los ocho años destrucción de la República Popular de Donetsk?

Durante un mes, esta gente ha estado en sótanos, saliendo a por comida y agua y sus ojos están rojos y su piel negra. Escuchando los terribles testimonios, me doy cuenta de que han tenido suerte. En primer lugar, las tiendas estaban llenas y seguían teniendo comida. Había mucho que saquear. Pero no era saqueo, era la necesidad de supervivencia, porque no se llevaban aparatos tecnológicos o cosas de lujo sino leche y comida en lata. En segundo lugar, tenían nieve. “La recogíamos y llenábamos la bañera. Ha sido nuestra salvación. Al fin y al cabo, no hay agua en ninguna parte. Salí a por agua para mi familia, mi mujer y mi hijo de dos años y medio estaban esperando. Hacíamos cola y hubo un bombardeo. Perdí tres dedos y alrededor de veinte personas cayeron a mi lado”, cuenta Anton.

No hay comunicaciones y todos buscan a sus familiares con notas. Pero lo peor es que, en este caos, las personas se pierden. Anton también ha perdido a su familia. “Sacaron a las mujeres y los niños y los hombres iban andando. Ahora no sé dónde buscarles y no tengo a nadie a quién preguntar”, admite el hombre mientras se cuida las heridas de la mano.

La falta de comunicación es aún peor que la falta de comida. Cerca del centro de evacuación, en un panel, la gente ha tenido la idea de buscar a sus familiares dejándoles mensajes en papel. Es imposible leerlos sin llorar. “La familia Pavlov busca a sus padres”, “Niños, os esperaré en la dacha”, “Mamá y papá, nos marchamos de Mariupol, buscadnos en Kumov”. ¿Leerán estas líneas las personas a las que iban dirigidas?

Observo a un hombre sentado con una carretilla. En ella hay una pila de mantas bajo las que yace una mujer pálida con los ojos cerrados. Así es como este marido ha sacado a su esposa, enferma de cáncer, de Mariupol. Aquí, los sanitarios ponen a la mujer una inyección de calmantes y llaman a un coche que la lleve al hospital.

Ya de vuelta en Donetsk, me entero gracias a mis compatriotas que se dice que los refugiados de Mariupol que están siendo alojados en colegios de Donetsk se dedican a gritar “Gloria a Ucrania” a los residentes. Pero allí, entre quienes han salido del infierno no he conocido a nadie así. Si echan pestes de alguien, es solo de las autoridades de Mariupol, que desde los primeros días les dejó abandonados a su suerte, y de los nazis ucranianos, que han convertido la ciudad en una fortaleza que antes o después tenía que caer.

Mijaíl Sergeyevich Ilich, jefe de personal de la República Popular de Donetsk, nos reciba en el liberado Vinogradnoe. Se ríe diciendo que su nombre es otra cosa: Ilich acabó con el imperio zarista y Mijaíl Sergeyevich, con la Unión Soviética. Pero nuestro Ilich no acaba con nada. Al contrario, está al mando de todo: de dar de comer, agua, calefacción y también de los médicos, sobre los que le interrogamos con especial pasión.

Nos acercamos a él e inmediatamente detecta a un chico con un enorme moratón en el ojo. “¿De dónde viene eso? ¿Fue un proyectil? ¿Qué ha pasado? Vamos, hablemos”. Y no son solo palabras, entre los miles de refugiados puede haber nacionalistas ucranianos usando ropas de civil y documentos ajenos. Hay muchas historias sobre esto también.

“¿Cómo te voy a dejar ir allí? Es el distrito Azovstal, si eso significa algo para ti. Disparan por la calle. Aunque nuestra bandera esté ahí, eso no quiere decir que sea seguro”, convence Ilich a la voluntaria animalista Evgenia Mijailova, que ha llegado de Donetsk con toda una lista de direcciones en las que hay animales atrapados. Eso también existe. Pero es más común que residentes de Mariupol saquen a sus mascotas de entre los bombardeos. Incluso llevan pájaros y hámsteres enjaulados. No piensan qué harán con ellos en el campamento de refugiados, lo importante es salir.

Entre las personas que salen de Mariupol, me llama la atención una mujer en bata que se acaricia la barriga. Estará embarazada de, al menos, siete meses. “¿Puede que necesites ayuda? ¿Necesitas un lugar donde sentarte?”, le pregunto. “No pasa nada, gracias. No estoy embarazada, tengo un gato aquí”, contesta. “Teníamos cuatro gatos en nuestra casa, los hemos sacado a todos. Toda mi familia está embarazada. Nos calentamos mutuamente. Es todo lo que nos queda. No hay dónde volver”.

Algunos están de acuerdo con Evgenia y le dan sus animales para que los cuide, se intercambian el contacto y prometen recogerlos en cuanto encuentren un lugar donde vivir. Una señora mayor se acerca con un pitbull. La he visto antes en la cocina de campaña. “Chicas, tomad a Ira, es muy obediente. Ya no tenemos casa y no nos van a dejar llevarla con nosotros al campamento de refugiados”.

La perra entiende lo que pasa y grita. Volvemos a Donetsk con varios transportines de gatos, un viejo cocker tuerto, una caja de extrañas cacatúas chillando y la pobre Ira babeando. Su mundo, ese en el que tenía una anciana y amable dueña, ha desaparecido. A partir de ahora, lo que viene es desconocido.

Nos marchamos al caer el sol, con el mar haciendo bonitos juegos de luces en la ventana. La primavera por fin ha florecido y, como ocurre en Donbass, tras la nieve reina abruptamente el verano. Detrás quedan ríos de personas condenadas, el polvo negro de los incendios, que cubre todo en la zona, y Mariupol, a la que los nazis han convertido en una segunda Gernika.

Comentarios

Un comentario en “Una fortaleza que antes o después tenía que caer

  1. Reblogueó esto en PédePera.

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    Publicado por osmargp | 31/03/2022, 18:23

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