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El lobo Volker

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Volker, junto a la embajadora de Estados Unidos en Ucrania Marie Yovanovitch y el secretario de Estado Rex Tillerson, en su primera visita a Kiev como enviado de la administración Trump.

En 2003, Kurt Volker, por entonces en el Consejo de Seguridad Nacional estadounidense, consideraba que Europa ya no constituía un problema de seguridad para Estados Unidos. En agosto de 2008, sin embargo, ya como embajador de Estados Unidos ante la OTAN, Volker se preguntaba si la OTAN debía mantener la cooperación con Rusia. Por medio quedaba la intervención de Rusia en el conflicto entre Georgia y Osetia del Sur.

Tal y como recogía en un artículo de la época el medio serbio B92, en la práctica la propuesta de Volker suponía condicionar el mantenimiento de la cooperación entre Occidente y Rusia a la retirada de Georgia, y al respeto de la integridad territorial y soberanía de ese país, además de actuar conforme “a las reglas del siglo XXI”. Volker señalaba, además, que la extensión de misiles en el este no se dirigía contra Rusia, por lo que criticaba las advertencias que en aquel momento Rusia hacía a Polonia respecto a esta cuestión.

En el mencionado artículo, el embajador ruso ante la OTAN, Dmitry Rogozin, vinculaba el problema georgiano a los sucesos de Kosovo y afirmaba que “el respeto de la integridad territorial de Georgia no será posible sin el igual respeto de la integridad territorial de Serbia”. “Uno no puede al mismo tiempo reconocer la independencia de Kosovo respecto a Serbia y reiterar que la integridad territorial de Georgia debe ser respetada en lo relativo a Osetia del Sur y Abjasia”, comentaba igualmente Rogozin a la prensa. Rogozin también mencionaba el bombardeo de población civil, las masacres de minorías y el asesinato de fuerzas de paz de Rusia por parte de las autoridades de Georgia para justificar la intervención rusa. Al mismo tiempo, afirmaba que la intervención de la OTAN en Yugoslavia, incluyendo la muerte de civiles, o la destrucción de puentes y estaciones de televisión, negaba a Occidente el derecho a criticar a Rusia por sus acciones actuales o futuras.

El nuevo representante especial de Donald Trump en Ucrania difícilmente podría no haberse sentido directamente aludido por las palabras de Rogozin. Las hemerotecas recuerdan que Kurt Volker fue uno de los principales estrategas del proyecto de desintegración de Yugoslavia y de la negación asociada de los derechos nacionales de la población serbia en Kosovo y Bosnia.

Como subsecretario de Estado para Asuntos Europeos y Euroasiáticos, Volker fue uno de los primeros miembros de la Administración estadounidense en posicionarse a favor de la declaración de independencia unilateral de Kosovo. En medio de las negociaciones sobre este territorio serbio, Volker declaraba a AFP que, en ausencia de acuerdo, Kosovo parecía determinado a declarar la independencia y que, teniendo en cuenta “la responsabilidad de mantener la paz y la estabilidad en los Balcanes”, “[R]econoceríamos la independencia de Kosovo puesto que, presumimos, varios otros [estados] lo harían así como porque ésta es la única salida adelante viable en los Balcanes”.

Todavía en su posición dentro del Departamento de Estado en Europa, y tras la declaración de independencia, Volker se manifestaba en marzo de 2008 en contra de la posible “partición” de la antigua provincia serbia y reivindicaba, tras el reconocimiento de la independencia de ese territorio por la mayor parte de los estados occidentales, el funcionamiento íntegro “del conjunto de Kosovo”. El funcionario estadounidense reivindicaba en cambio un plan de apoyo a la independencia para el que resultaba imprescindible la KFOR, “una operación de la OTAN”, en los propios términos utilizados por Volker.

Esta posición recogía las líneas básicas del Plan Ahtisaari, un plan que negaba tanto el derecho de los serbios de Kosovo a decidir sobre la pertenencia a Serbia en los territorios de presencia mayoritaria como su autonomía política territorial. El Plan Ahtisaari sacralizaba, en cambio, el derecho a la integridad territorial de un Kosovo que se había independizado de Serbia de forma unilateral y al margen de las resoluciones de Naciones Unidas.

Por supuesto, posiciones como las defendidas por Volker tratan de justificarse en términos de construcción de la democracia, defensa de los derechos humanos y reacción frente a la limpieza étnica. Pero estas posiciones deben valorarse con cierto escepticismo. Un ejemplo de ello es su posición ante las denuncias de Dick Marty sobre los crímenes cometidos contras las minorías no albanesas en Kosovo. Además de relativizar la validez del informe Marty, la principal preocupación de Volker se centraba en traspasar la iniciativa de las investigaciones del Consejo de Europa a la propia Unión Europea. El resultado ha sido, en la práctica, el olvido de las denuncias contra Thaçi y otros miembros de la UCK/KLA.

Con todo, el fracaso de Kosovo en integrarse en la ONU revela los límites del Plan Ahtisaari, uno de los pocos ejemplos de fracaso, parcial pero fracaso al fin y al cabo, en la moderna estrategia estadounidense de reconfiguración del mapa de Europa. Un fracaso que también se vislumbra en la ampliación del margen de autonomía serbia en Kosovo, con el derecho de municipios de mayoría serbia a un marco político de actividad compartida, más allá de la limitada autonomía municipal que planteaba Marti Ahtisaari en su propuesta.

Parte del fracaso tiene que ver , en palabras del propio Volker, con la negativa de algunos estados de la UE, entre ellos España, a “reconocer a un Kosovo independiente”. De ahí su propuesta de “presionar a favor del reconocimiento por todos los estados de la UE”. En abril de 2010 ante el Subcomité de Asuntos Europeos del Comité para Asuntos Exteriores del Senado estadounidense, Volker profundizaba en esta cuestión y afirmaba lo siguiente:

Francamente, el hecho de que un puñado de Estados miembros de la UE no reconozcan la independencia de Kosovo ha sido extremadamente perjudicial para la capacidad de Kosovo de avanzar y, por lo tanto, para un progreso más amplio en la región. Ha complicado el desarrollo económico, ha inhibido ciertos tipos de compromiso de la UE, ha señalado a Serbia que todavía puede haber una posibilidad de revertir la independencia, ha mantenido vivo el extremadamente peligroso debate respecto a una eventual partición. Las razones para no reconocer a Kosovo responden claramente a ciertos intereses nacionales o de vecindad – pero el resultado neto es una muy superior disminución de seguridad, estabilidad y desarrollo político y económico a largo plazo que afecta a toda Europa.

Pero Volker no sólo se opone, en Kosovo, a la autonomía política de la población serbia. Como corresponde a cualquier miembro políticamente correcto de la élite neoconservadora, también reniega de la partición interna que supusieron los acuerdos de Dayton. Vinculado a la cuestión bosnia desde 1992, Volker ya colaboró como asistente del primer enviado especial de la Administración Clinton para resolver el conflicto bosnio, Reginald Bartholomew. Desde Hungría, un país en el que forjó vías de acercamiento a las redes sociales de Viktor Orban, colaboró más tarde en el establecimiento de las primeras bases de la OTAN en el territorio del antiguo Pacto de Varsovia. Resultaron, por supuesto, decisivas en la intervención occidental contra Yugoslavia.

Hay para pensar que el equipo que conformaban Volker y Bartholomew contribuyó, con su defensa de la estrategia Lift and Strike (apoyo al rearme bosnio-musulmán y defensa de ataques selectivos contra las posiciones serbias), al fracaso del Plan Owen-Vance que, a través de la cantonalización, pretendía resolver el conflicto bosnio. En un artículo de 17 de abril de 1993 en El País, Hermann Tertsch reivindicaba ese papel en el fracaso del plan: “La Administración norteamericana hizo bien en no otorgar su apoyo incondicional al plan de Owen y Vance”. Un plan que, sin embargo, se ajustaba más a los intereses defendidos por Volker que el que acabaría, tras los acuerdos de Dayton, con la guerra.

En comparación con el nuevo enviado estadounidense en Ucrania, Holbrooke podría parecer hoy un moderado realista. Para Volker, en cambio, Dayton no tenía otro sentido que terminar con el conflicto, un mero paso inicial necesario para avanzar hacia un arreglo de otro tipo, el que hoy pretende imponer esa élite intervencionista. Así lo explicaba en una declaración de 2010 ante el Senado estadounidense:

…el logro de Dayton fue congelar el conflicto en curso, dando tiempo y espacio para negociaciones políticas que, en lugar de la violencia, dieran forma a un acuerdo a largo plazo. Aunque hicimos bien en los primeros años, en los últimos años, los esfuerzos para fortalecer las instituciones, reformar la constitución, mejorar la gobernanza y reconciliar las estructuras [étnicas] competitivas no han ido a ninguna parte. Una vez que la OTAN entregó la responsabilidad de seguridad a la UE, la UE redujo rápidamente la presencia de seguridad. Y al asumir la Oficina del Alto Representante, la UE ha sido demasiado vacilante en el ejercicio de los poderes de la oficina para impulsar los cambios necesarios. Ahora … las fuerzas del separatismo son más fuertes que en muchos momentos del pasado.

Tras la crisis georgiana, la preocupación principal de Kurt Volker ha pasado a ser el debilitamiento de la posición de Rusia, para lo que la ampliación y despliegue de la OTAN por el conjunto de Europa se ha perfilado como un elemento fundamental. Este objetivo orientó la actividad de Volker como embajador de EE. UU. ante esa organización en el periodo 2008-2009. Al definir las prioridades de su mandato en abril de 2008, señalaba a “Afganistán, Kosovo, la expansión OTAN hacia Croacia, Albania y Macedonia, la cuestión de Georgia y Ucrania, los sistemas defensivos de misiles”. Recordando el mensaje lanzado en la cumbre de Bucarest de ese mismo mes, según Volker, el destino de Ucrania y Georgia era “convertirse en miembros de la OTAN”.

Al principio de la crisis ucraniana, Volker daba algunos pasos más en su propuesta política de acoso a Rusia. Además de mantenerse decididamente al lado de quienes aspiraban a poner las bases de la integración atlantista de Georgia y Ucrania, en un artículo de agosto de 2014 en el Washington Post, defendía que la OTAN debía dejar de centrarse en exclusiva en tareas defensivas para actuar “en gestión de crisis y proyección de poder más allá del territorio OTAN”. Una forma de recomendar la apuesta por la extensión del modelo yugoslavo, de Bosnia a Kosovo, al escenario de la actual Federación Rusa. Volker sin duda asume la visión de su anterior jefe en asuntos europeos y euroasiáticos, Daniel Fried, que en su discurso de jubilación advertía a primeros de este año que Rusia ponía en riesgo lo que representó la liberación del este europeo “del dominio soviético”. Según él, “[E]ste gran logro está ahora bajo asalto por Rusia” y corresponde “a la generación actual defender y, cuando llegue el momento de nuevo, extender la libertad en Europa“.

No deja de sorprender que personajes como Volker, con el pasado de destrucción de países soberanos que les caracteriza, se atrevan a demonizar a Rusia por aceptar el deseo dominante de la población de Crimea de reincorporarse a su país. Sin embargo, en unas declaraciones ante la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE), pocos días después de los eventos de Crimea de 2014, en el que pedía la rápida entrada en la OTAN de Montenegro y de Macedonia, señalaba sin el más mínimo pudor lo siguiente:

la entrada de fuerzas rusas en Ucrania la semana pasada para tomar Crimea y desafiar a las autoridades en Kiev debe ser una llamada de atención para todos nosotros. El orden posterior a la guerra fría, de personas que tienen el derecho de elegir democráticamente su propio gobierno y orientación política, la inviolabilidad de las fronteras, y el rechazo de la idea de que la fuerza militar puede ser usada para dominar a los vecinos, [estas ideas] están todas ellas amenazadas.

Ni más menos, como si Kosovo y la ruptura de la Serbia democrática, entonces dominada por las fuerzas que se habían opuesto a Milosevic, nunca hubiesen existido.

Ante la CSCE, Kurt Volker mostraba mucho más claramente su oposición al modelo de autonomía nacional serbia en Bosnia al señalar la necesidad de un Dayton 2 que sería preciso impulsar desde una acción conjunta de Estados Unidos y la Unión Europea (un proyecto que hizo suyo Hillary Clinton durante su paso por el Departamento de Estado):

Los acontecimientos en Bosnia continúan estancados por los disfuncionales arreglos de gobierno establecidos por los Acuerdos de Dayton. Esenciales para poner fin a una guerra hace casi dos décadas, esos arreglos ahora están impidiendo que Bosnia avance. Refuerzan las divisiones étnicas, en lugar de superarlas. Establecen estructuras políticas que promueven el estancamiento. Y recompensan a políticos con estrechas agendas étnicas, en lugar de objetivos de desarrollo inclusivos, nacionales. Hace ya mucho tiempo que es necesario abrir una negociación “Dayton 2” para nuevos arreglos gubernamentales. Estos acuerdos sólo pueden ser acordados por los propios bosnios, pero sólo pueden hacerlo en el contexto de un marco más amplio, transatlántico, dirigido por los Estados Unidos y la Unión Europea.

Para Volker, hasta el concepto de “comunidad internacional”, necesariamente inclusivo de países como Rusia o China, parece haber pasado a la historia en este nuevo proyecto de ordenación del mundo desde Occidente.

Tanto Daniel Fried como Kurt Volker representan un modelo de alto funcionario estadounidense que, más allá de los cambios de administración, defienden el mismo proyecto de hegemonía atlantista en el mundo. En una carta abierta al Presidente Obama, algunos de ellos, como Volker, ya pedían en marzo de 2014, que Estados Unidos asegurara la soberanía y “transición democrática” de Ucrania, aislara e impusiera costes a Rusia (entre ellos a través de una limitación de la entrada de gas ruso en Europa), y reforzara la posición defensiva de la OTAN mediante el despliegue en el territorio de los antiguos miembros del Pacto de Varsovia. En esa línea de endurecimiento, muchos de ellos firmaban en 2015 una petición al Congreso para aumentar el gasto militar. Pero lo más llamativo de Kurt Volker es su presencia entre los firmantes del manifiesto de oposición a la propuesta de resolución del conflicto que puso las bases para el primer acuerdo de Minsk, elaborada por el llamado Grupo de Boistö.

En 2008, en medio del conflicto georgiano, Dmitry Rogozin pensaba sin duda en ese tipo de “oficiales” estadounidenses cuando señalaba que los críticos con Rusia actuaban como lobos que se querían comer a un cordero. Pero, con una seguridad en la que no todos creerían hoy, sostenía a continuación que “Rusia no es un cordero, Rusia es un oso”.

Nada resume mejor el escenario que se abre con la nominación de Volker que esas palabras de Rogozin. La cuestión apenas consiste en saber si la estrategia del lobo será la de atacar en una confrontación directa o, como es más previsible, acosar y aislar al oso hasta que no le quede más remedio que rendirse ante el avance de los nuevos lobos de la estepa.

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