“Solo quiero saber qué pasa en la reunión”, afirmó en una entrevista concedida a Fox News Donald Trump, que añadió que “están en proceso de prepararla y vamos a ver qué pasa”. El presidente de Estados Unidos se refería a la cuestión más analizada esta semana, el posible encuentro entre Vladimir Putin y Volodymyr Zelensky que, de celebrarse, sería la segunda ocasión en la que los dos dirigentes se vieran las caras, solo después de la cumbre del Formato Normandía de diciembre de 2019. En aquel momento, la rueda de prensa conjunta de los cuatro participantes, Macron, Merkel, Putin y Zelensky, ratificó lo mismo que el comunicado final, el compromiso con los acuerdos de Minsk como única salida posible a la guerra de Donbass. Como Ucrania admitió públicamente después de la invasión rusa de 2022, cuando el incumplimiento de los acuerdos de Minsk ya no importaba, en privado, Volodymyr Zelensky notificó a sus aliados occidentales que los acuerdos eran inviables, una forma sutil de notificar que Kiev no tenía intención de implementarlos.
Ahora que los medios y analistas occidentales vuelven a insistir en el argumento de que Rusia incumple los acuerdos y su palabra no es de fiar, algo que repetían también cuando Ucrania violaba flagrantemente los únicos acuerdos de paz que se han firmado en este conflicto, el recuerdo de Minsk es uno de los factores por los que Moscú insiste en retrasar la reunión con Zelensky hasta que se haya producido un trabajo previo que haga productiva la reunión. Pese a las palabras de Donald Trump dando por hecho que el encuentro se producirá pronto y sus esperanzas de que se lograrán avances, los dos países llevan varios días mostrando sus reticencias. A las palabras del martes de Sergey Lavrov refutando la idea de que Rusia hubiera aceptado ya una reunión con Zelensky y precisando que el compromiso es solo aumentar el perfil de la delegación negociadora hay que añadir las de Zelensky. “Primero las garantías de seguridad, después la cumbre con Putin, dice Zelensky”, titulaba ayer France 24. Pese a exigir a Rusia que acepte incondicionalmente reunirse con su presidente, Ucrania se reserva el derecho a poner sus condiciones. “Queremos tener una idea de la arquitectura de las garantías de seguridad en un plazo de siete a diez días”, afirmó el exigente presidente.
El comentario de Zelensky remite al otoño de 2024, cuando Kiev se creía fuerte tras la incursión en Kursk, el frente continuaba estático y se preparaban los últimos meses de la administración Biden a punto de obtener permiso para utilizar armas de largo alcance en territorio ruso. En aquel momento, Volodymyr Zelensky presentó su “Plan de Victoria”, una lista de exigencias a sus aliados para que Ucrania pudiera conseguir lo que había especificado en la “Fórmula de Paz” que había presentado, solo ante aliados y excluyendo explícitamente a Rusia, en la cumbre de paz organizada por Andriy Ermak en Suiza. La suma de esos dos documentos -una lista de objetivos imposibles y exigencias de capitulación completa a Rusia que no se correspondían con el equilibrio de fuerzas del frente y una serie de demandas a sus aliados para conseguir esa deseada victoria- indicaba la estrategia de negociación de Kiev. Cuando ya era evidente que Donald Trump era el principal candidato para convertirse en presidente y que, de llegar al poder lo haría con una táctica muy diferente con respecto a Ucrania, Zelensky optó por anticiparse y presentar un discurso cuya narrativa estaba centrada en la paz, conseguida, eso sí, a base de la fuerza. En esa estrategia, la única negociación en la que Bankova estaba interesada era en aquella en la que dialogaría con sus aliados para conocer qué haría cada uno en defensa de Ucrania (y en ataque a Rusia), algo que vuelve a repetirse ahora. “Tenemos que saber qué estará dispuesto a hacer cada país en cada momento específico”, sentenció ayer Volodymyr Zelensky en su cruzada por lograr unas garantías de seguridad que impliquen el compromiso de sus aliados a enviar tropas a Ucrania en caso de otro ataque ruso. “El artículo V de la OTAN no es suficiente”, declaró en una entrevista concedida a La Reppublica el asesor de la Oficina del Presidente Andriy Ermak. El principal objetivo de Ucrania no es preparar una agenda de temas que tratar con Vladimir Putin como exige la Federación Rusa, sino garantizar que Kiev llegue a ese encuentro habiendo negociado previamente una estructura de seguridad que posiblemente hará inviable un acuerdo con Rusia.
En las últimas horas, Sergey Lavrov ha insistido en las exigencias rusas, muy similares a las que Moscú y Kiev negociaban en el verano de 2022 lejos de los focos y cuando el preacuerdo de Estambul de abril parecía un recuerdo lejano. Ayer, el ministro de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa volvió a insistir en las reclamaciones rusas, también en sintonía con lo propuesto entonces, cuando Moscú también exigía todo Donbass, pero añadiendo la realidad del frente actual. Rusia ya no está dispuesta a abandonar los territorios de Zaporozhie y Jersón bajo su control como sí proponía entonces. El aumento de las exigencias territoriales es una forma de castigo a Ucrania por haber optado por continuar la guerra en lugar de aceptar el acuerdo y pretende actuar también a modo de advertencia, subrayando que las condiciones serán más duras a medida que pase el tiempo.
Además de las reclamaciones territoriales -posibles solo en caso de que Donald Trump imponga su voluntad de paz por territorios con unas garantías de seguridad que impliquen tropas de los países de la OTAN sobre el terreno y en grandes números, único escenario en el que Kiev podría plantearse esa pérdida de territorios-, Rusia sigue exigiendo lo mismo que hace tres años: derechos para la población de habla, cultura o culto religioso ruso y unas garantías de seguridad a Ucrania en la que sea tenida en cuenta. Remarcando la continuidad de sus exigencias, Sergey Lavrov mencionó específicamente que la propuesta rusa se basa en los postulados presentados en 2022, no por Moscú, sino por Kiev, términos a los que, optando por la guerra como única vía de resolución posible, Ucrania finalmente renunció.
“La Alta Representante de la UE, Kaja Kallas, declaró que la UE desconfiaría de los acuerdos alcanzados con Rusia. Por lo tanto, pretende seguir apoyando a las fuerzas armadas ucranianas y promoviendo nuevas sanciones contra Rusia, independientemente de los acuerdos que se alcancen, ya que no creen en ellos”, insistió también Sergey Lavrov, dando a entender que los países europeos optan por la continuación de su estrategia tal y como se ha planteado hasta ahora. A la voluntad de continuar armando a Ucrania y sancionando a Rusia hay que añadir la aparente voluntad de los países occidentales de ofrecer a Kiev las garantías de seguridad que solo Moscú le proponía en 2022. Ese aspecto es el único en el que Zelensky puede alegar que negocia ahora con más fuerza que entonces, aunque será necesario leer la letra pequeña para analizar el tipo de garantías que los países occidentales, poco deseosos de arriesgarse a un enfrentamiento directo con Rusia, pretenden ofrecer.
“Ucrania propuso —y nuestra delegación estuvo de acuerdo— diseñar garantías de seguridad con todos los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU: Rusia, China, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y otros como Alemania y Turquía”, recordó ayer Lavrov. Sin embargo, las exigencias de Kiev han aumentado con respecto a hace tres años y ya no solo se rechaza la participación de Rusia -que se entiende como una forma de Moscú de reservarse el derecho de veto a la defensa de Ucrania por parte de otros países-, sino también de otros Estados como China. Si hace solo unos meses Zelensky aspiraba aún a atraer a Beijing a la postura ucraniana, ahora que se ha convertido en oponente designado de Donald Trump, Ucrania rechaza cualquier participación de China en las garantías de seguridad del futuro. Solo los países de la OTAN parecen aceptables, algo que, evidentemente, va a dificultar aún más la posibilidad de un acuerdo con Rusia.
La desconfianza mutua entre Rusia y los países europeos occidentales no deja de ascender y está siendo explotada al máximo en este momento en el que las partes tratan de mostrar su fortaleza ante unas posibles negociaciones bilaterales en las que todas quieren conseguir lo máximo y ceder lo mínimo. En el caso de los países europeos, la postura se resume en la actitud de Macron, que calificó a Rusia de “ogro a las puertas” y que se mostró pesimista. “Cuando veo la situación y los hechos, no veo al presidente Putin con muchas ganas de hacer la paz ahora”, declaró a Meet the Press en su reciente visita a Washington. Sin embargo, la necesidad de ver cerca la paz, prerrequisito para mantener la buena relación con Donald Trump, obliga a no cerrar la puerta a nada. “El optimismo de vuestro presidente es algo que hay que tomarse en serio. Así que si considera que puede conseguir un trato, esa es una gran noticia y tenemos que hacer lo que podamos para tener un gran trato”, añadió. Como colíder de la iniciativa francobritánica de la Coalición de Voluntarios, una propuesta de enviar a Ucrania tropas de la OTAN camuflada en sus banderas nacionales, el presidente francés continúa realizando propuestas que es perfectamente consciente de que Rusia no puede aceptar.
La sonrisa con la que se refieren siempre a la guerra, así como las sombrías caras del lunes en la Casa Blanca al escuchar las propuestas de Trump para buscar una negociación directa entre Rusia y Ucrania sin pasar por la exigencia continental de alto el fuego previo delatan a los y las representantes de los países europeos y sus instituciones comunitarias. La Unión Europea, que se resistió a incluir en su narrativa las referencias a la paz que Kiev ya había comenzado a utilizar para no alienar a Donald Trump, no ha dejado de proponer ideas inviables con las que garantizar el mantenimiento del statu quo. Incluso el ultimátum de dos días para que Rusia aceptara el alto el fuego que le exigían puede considerarse un farol con el que tratar de culpar a Rusia de la ausencia de avances hacia la paz y conseguir así que Estados Unidos aplicara contra Rusia la parte coercitiva de su estrategia de incentivos y amenazas. La táctica es ahora tan clara que incluso un medio como Politico, proucraniano y proeuropeo, recoge esta semana que “Europa cree que las conversaciones de paz de Trump fracasarán. Aun así, las quiere, para poner en evidencia a Putin. El plan es seguirle el juego a Trump en sus esfuerzos por la paz hasta que se dé cuenta de que Putin no tiene intención de poner fin a la guerra”. En esta partida que se prolonga desde hace más de una década, la jugada de los países europeos y su proxy ucraniano siempre ha estado clara: dilatar y obstaculizar cualquier intento de lograr una resolución final y vinculante en favor de una táctica de rechazar sus compromisos y exigir concesiones al enemigo, siempre con la intención de hacer ver que es el oponente quien impide la paz.
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