Kiev celebró ayer, a iniciativa del líder de la diplomacia de la Unión Europea, Josep Borrell, una cumbre que los medios calificaron de histórica y sin precedentes. Todos los ministros de Asuntos Exteriores de la Unión Europea se reunieron en la capital ucraniana, no para tratar temas que requirieran de una cumbre cara a cara, sino para escenificar el completo e incondicional apoyo que Ucrania dispone desde el 24 de febrero de 2022, pero que había comenzado ya en 2014. La cumbre, más mediática que política, se produce en un momento en el que los aliados de Ucrania han querido mostrar no solo unidad, sino compromiso a largo plazo para compensar las crecientes dudas tanto militares como políticas. Volodymyr Zelensky parecía esperar lograr con su presencia en el Congreso de Estados Unidos la aprobación Republicana al aumento del presupuesto disponible para Ucrania, otros 24.000 millones de dólares añadidos a las cuantías ya comprometidas, que había exigido Joe Biden. Sin embargo, el acuerdo para evitar el cierre del Gobierno -un pacto temporal de tan solo 45 días, tiempo en el que habrá de negociarse una solución más definitiva- no incluye financiación para Kiev, lo que ha causado una preocupación profundamente exagerada, pero que ha dado pie a la UE a saltar a la palestra para presentarse como la principal valedora del país.
La presencia de los ministros de Asuntos Exteriores y las palabras de Josep Borrell, que en una conversación con El País afirmó que “la Unión Europea, todos nosotros, estamos haciendo frente a una amenaza existencial” son exactamente lo que Kiev precisaba política y mediáticamente en este momento. Pese a las reticencias de una parte del partido Republicano, la cuestión ucraniana se ha sobredimensionado de tal manera en los medios de comunicación que la idea de que Kiev lucha por nuestros valores, por nuestra libertad o por el mundo libre se ha generalizado tanto como para garantizar la financiación a largo plazo. Así lo ha entendido incluso Rusia, que no se ha aferrado a su tendencia optimista y ha comprendido que solo se trata de un inciso. “Seguirán apoyando. No debemos pensar que algo está a punto de cambiar”, ha declarado a TASS Sergey Ryabkov, viceministro de la Federación Rusa. En cualquier caso, el líder de la diplomacia de la Unión Europea ya afirmó ayer que la asistencia económica de la UE continuará y aumentará al margen de lo que ocurra en Estados Unidos.
La preocupación de Kiev por mantener no solo el apoyo sino el suministro en los niveles actuales -absolutamente insostenibles, por ejemplo, para los países que ayer se reunieron en Kiev- se une a las crecientes dudas sobre la actuación de las tropas ucranianas en el frente. Pese a los intentos de sobredimensionar sus éxitos, la simple observación de los mapas indica que Ucrania no está cerca de cumplir los objetivos de su contraofensiva. Solo quienes desde la propaganda más burda buscan seguir manteniendo el discurso de victoria segura disienten actualmente de la visión de que las tropas ucranianas se han encontrado con enormes dificultades que -inexplicablemente- no esperaban y no están siendo capaces de superarlas como sus proveedores habían planeado. Uno de ellos es Ben Wallace, que en un artículo publicado esta semana en The Telegraph afirma que “Ucrania está ganando. Ahora vamos a terminar la tarea”. Pero incluso en artículos tan exageradamente optimistas trasciende la realidad. El exministro de Defensa del Reino Unido admite, posiblemente sin ser consciente de las implicaciones de sus palabras, que la media de edad de los soldados ucranianos en el frente supera los 40 años. Ese dato solo puede indicar unas enormes bajas entre los reclutas, una prueba más del coste que está suponiendo para Ucrania el avance de una docena de kilómetros en las partes en las que ha podido llegar a la línea de defensa rusa.
En el encuentro, la amplia representación del establishment político de la UE escuchó exactamente lo que quería oír. La victoria depende “directamente de nuestra cooperación”, afirmó Volodymyr Zelensky, la persona que más claramente ha definido el significado de esa palabra. Como el presidente ucraniano no se cansa de repetir, la victoria -o la paz, ya que trabaja duramente para equiparar victoria ucraniana y paz- se dará cuando Ucrania recupere la integridad territorial según las fronteras internacionalmente reconocidas. Es decir, Kiev está dispuesta a luchar por los territorios de Zaporozhie y Jersón capturados por Rusia en el último año y medio, esos que la Federación Rusa estuvo dispuesta a devolver en marzo de 2022 a cambio de que Ucrania aceptara la marcha de Donbass y Crimea y la neutralidad, pero también por lo perdido desde 2014. La intención de luchar por Crimea, Donetsk y Lugansk implica una guerra total, ya que Rusia no puede permitirse entregar esos territorios si no es militarmente derrotada, y abiertamente contra los deseos de la población, que durante casi una década ha mostrado su rechazo y resistencia a Ucrania.
La opinión de esa población, varios millones de personas que han sufrido las consecuencias de su decisión política en forma de castigo colectivo por parte de Ucrania, nunca ha sido un factor relevante ni para Kiev ni para sus socios. Así lo demostraron con su actitud durante los años del proceso de Minsk, cuando no se dio ningún paso para animar a Ucrania a cumplir el acuerdo de paz que había firmado y que ahora admite nunca tuvo intención de cumplir. Kiev, al igual que sus socios, nunca consideró la posibilidad de garantizar a Donbass los mínimos derechos políticos que el acuerdo negociado por Angela Merkel, François Hollande, Petro Poroshenko y Vladimir Putin preveía. Evidentemente, los derechos de esa población siguen sin ser un factor a tener en cuenta a día de hoy, como no lo es tampoco su voluntad. Ayer, en la visita a Kiev, lo puso de manifiesto nuevamente Annalena Baerbock, ministra de Asuntos Exteriores de Alemania, que abogó por una Unión Europea “desde Lisboa hasta Lugansk”. La UE, que ha condenado todas y cada una de las iniciativas en las que se ha dado voz a la población, como el referéndum del 11 de mayo de 2014 en el que, cuando menos, debió ver las muestras de rechazo al cambio de Gobierno que había apoyado activamente en Kiev, no tiene intención de preguntar a la población su opinión sobre la adhesión a la Unión Europea. La idea de unidad del pueblo de Ucrania, una de las bases de la simplificación occidental del significado de la guerra, es suficiente para asumir que el apoyo al camino euroatlántico de la población es total y se extiende por todo el territorio. Desde Kiev, por supuesto, han reaccionado con entusiasmo a las palabras de Baerbock. Mijailo Podolyak, que aprovechó el post para exigir a Alemania misiles Taurus, escribía ayer que “el proceso histórico es objetivo. Los días de dominio ruso en Europa se han acabado. Así que la Unión Europea se extenderá desde Lisboa hasta Lugansk (según las fronteras de 1991 de Ucrania)”.
Lugansk, concretamente Stanitsa Luganskaya, fue también el último lugar de Donbass que Josep Borrell visitó antes del reconocimiento ruso de la independencia de la RPL y la entrada de las tropas rusas. Vestido de verde militar, su discurso fue tan beligerante como lo es ahora. Pocos días después, cuando las tropas de la RPL avanzaron sobre Stanitsa Luganskaya sin que prácticamente mediara batalla, su discurso mostró estar fuera de la realidad. Sin embargo, la guerra no solo no le ha restado importancia sino que se la ha dado a personas como Josep Borrell, que aprovechan el trampolín que sigue suponiendo Kiev para adquirir presencia mediática internacional. A ello se debe la cumbre de ayer, en la que el objetivo era únicamente mostrar que, al igual que Estados Unidos y el Reino Unido, la Unión Europea también está dispuesta a seguir financiando a Kiev hasta la victoria final contra Rusia, que sería, sobre todo, contra la parte de la población que rechazó el cambio de gobierno de 2014 y a la que Ucrania lleva nueve años intentando castigar. Con el beneplácito y el apoyo de la Unión Europea, Estados Unidos y el Reino Unido.
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