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El eslabón más débil

Después de meses de silencio en los que las filtraciones se limitaban a confirmar el tabú que suponía la cuestión en la diplomacia de los países de la OTAN, comienzan a aparecer con cada vez más asiduidad informaciones sobre la principal hipótesis que se maneja a día de hoy para explicar qué ocurrió el 26 de septiembre de 2022 en las profundidades del mar Báltico. El sabotaje de tres de las cuatro tuberías del Nord Stream 1 y 2 inhabilitaron las infraestructuras y rompieron, quizá incluso de forma definitiva, la conexión directa entre Rusia y Alemania, un paso más en una ruptura política, económica y social entre dos de los grandes ejes del continente. Y aunque el sentido común siempre dictó que Moscú y Berlín eran las partes más perjudicadas, no hicieron falta más que unas pocas horas para que el establishment político y mediático continental dejara claro que no había ninguna duda. Las potencias europeas occidentales acusaban directamente a Moscú de haber saboteado unas infraestructuras por las que había peleado durante años y de las que era copropietaria.

En aquel momento, destacaron, por desmarcarse del discurso oficial de ira contra Rusia, dos posturas. Por una parte, rápidamente llamó la atención la que abiertamente celebraba la desaparición, al menos temporal, del gasoducto, lo que daba mayor importancia a otras vías de tránsito de gas como el gasoducto entre Noruega y Polonia o el sistema de tránsito a través de Ucrania. Aunque el volumen de bombeo de gas ruso a través de los gasoductos se ha reducido notablemente, a día de hoy, el tránsito se produce únicamente a través del sistema ucraniano. En aquel momento, como era de esperar, Ucrania apuntó, como es la norma en cada ocasión, a la culpabilidad de Rusia. “La fuga de gas del NS-1 no es más que un ataque terrorista planeado por Rusia y un acto de agresión hacia la UE”, escribió Mijailo Podolyak antes incluso de que se conocieran todas las explosiones. Y como también es habitual, Ucrania trató de lograr sacar rédito a lo ocurrido. “Rusia quiere desestabilizar la situación económica en Europa y causar el pánico antes del invierno. La mejor respuesta es invertir en seguridad: tanques para Ucrania. Especialmente alemanes”, sentenció entonces el asesor de la Oficina del Presidente. En aquel momento, los tanques Leopard que ahora Rusia trata de destruir o capturar en el frente eran la wunderwaffe del momento, el arma que iba a cambiarlo todo.

La reacción ucraniana fue la esperada y, sin reivindicar de ninguna manera lo que realmente era un acto de terrorismo internacional contra toda una serie de países europeos, uno de ellos tan importante como Alemania, se alegraba de que Rusia perdiera una importante fuente de ingresos. Con la desaparición del Nord Stream, la importancia del anticuado sistema de tránsito ucraniano podría lograr una segunda vida que garantizara lo que Kiev buscó durante años: que Moscú dependiera de Ucrania para transitar su gas natural a la UE. Con el tiempo, esa postura se ha moderado y Ucrania comienza a amenazar ahora con negarse a renovar el contrato de tránsito con Gazprom, lo que dejaría a Rusia sin más opción que el gas natural licuado, cuya venta a los países europeos se ha duplicado en este año de sanciones y sabotaje. Con otras fuentes de financiación -fundamentalmente los créditos, subvenciones y donaciones a cambio de actuar como ejército proxy en una guerra común contra Rusia-, Kiev parece haber decidido que resulta más rentable actuar como barrera que como puente.

La segunda postura que llamó la atención en las primeras horas después del sabotaje del Nord Stream fue la de Estados Unidos, mucho más moderado que los exaltados políticos europeos, que parecieron no necesitar siquiera una mínima investigación para conocer al culpable de los hechos. Esa aparente moderación inicial y la negativa a culpar directamente a Moscú, puede que por el conocimiento de lo ocurrido realmente, se tradujo después en el júbilo de diplomáticos como Antony Blinken o Victoria Nuland, que vieron la “gran oportunidad” que suponía para Estados Unidos y sus aliados expulsar del lucrativo mercado energético europeo a su gran rival.

En el tiempo transcurrido desde entonces, los países europeos y, sobre todo, su aparato mediático, ha buscado sin éxito la forma de probar que el enemigo al que se referían en septiembre Úrsula von der Leyen o Josep Borrell se encontraba en el Kremlin. El paso del tiempo sin ninguna prueba para acusar de forma mínimamente razonable a Rusia de haber destruido una herramienta de presión que podría haber utilizado políticamente siempre fue evidencia de que había que buscar a ese enemigo en otros lugares. Recientemente, algunos medios se han referido a la presencia de buques rusos en días previos a los hechos y en las inmediaciones de los lugares en los que se produjeron las explosiones, elemento al que quienes desesperadamente siguen buscando culpar a Rusia se aferraron con rapidez. Para su decepción, los países que investigan lo ocurrido descartaron que esa presencia estuviera relacionada con el sabotaje del Nord Stream.

Son demasiadas las informaciones que se han publicado en medios europeos y estadounidenses para no aceptar que la principal, posiblemente única, hipótesis que se maneja actualmente no apunta al Kremlin sino a un aliado de quienes rápidamente cargaron contra Moscú. Más creíble o no que la hipótesis de Seymour Hersh, que alegó que fue Estados Unidos quien, aprovechándose de unas maniobras de la OTAN, colocó los explosivos, la línea de investigación actual se centra en la trama del Andrómeda, un yate alquilado a una empresa polaca y con la que un pequeño equipo habría colocado los explosivos.

Conocida desde hace varios meses, esta hipótesis ha sufrido una importante transformación. Es representativo que los datos fundamentales para que actualmente se mire a Bankova y no al Kremlin se hayan publicado en medios estadounidenses. Inicialmente, esta teoría buscó abiertamente exculpar a Volodymyr Zelensky y su Gobierno y se hizo cargar con la culpa a un grupo proucraniano formado por ciudadanos de Ucrania y/o Rusia financiados por una persona ajena al Gobierno, que según esta teoría no habría participado. En plena fase de preparación de la contraofensiva ucraniana actual, los países de la OTAN en bloque buscaron dejar claro que no recaía sobre sus aliados de Kiev la sombra de la duda. Mantener la certeza de la inocencia del aliado al que se enviaban enormes cantidades de armamento cada vez más pesado y que entonces buscaba la entrega de tanques de uno de los países más perjudicados por los hechos era demasiado importante.

Con Ucrania completamente armada y sin posibilidad de que ninguno de los países implicados pueda ya dar marcha atrás en la dinámica de guerra, la prensa estadounidense continúa dando cada vez más detalles que apuntan inequívocamente al Gobierno de Ucrania, puede que con razón o puede que con la intención de que no sembrar dudas sobre la actuación de Estados Unidos. Las últimas filtraciones afirman que un país europeo, Países Bajos, conoció el pasado junio un plan del Gobierno ucraniano para hacer explotar el Nord Stream utilizando un pequeño grupo de buzos que accederían al lugar en un yate alquilado, es decir, exactamente de la forma que las autoridades europeas especulan con que ocurrió. Para evitar implicar a Zelensky, habría sido Zaluzhny, el ahora mismo sospechosamente desaparecido héroe de guerra, quien habría tomado el mando. Y según The Wall Street Journal, la CIA, informada por los servicios secretos neerlandeses, habrían advertido a Kiev contra el atentado. Para ese momento, Ucrania habría descartado ya la posibilidad de cometer el acto. Evidentemente, el atentado se produjo y se cometió, según las últimas informaciones, exactamente de la forma en que los servicios secretos neerlandeses advirtieron que iba a producirse. Y aun así, conocedoras de los planes, las élites políticas europeas y norteamericanas quisieron culpar desde el primer momento a uno de los principales perjudicados y durante meses han mantenido ocultos los detalles más incómodos para todos los países implicados en el esfuerzo bélico ucraniano.

Especialmente representativo ha sido el silencio de Berlín, que incluso cuando quedó claro que la principal línea de investigación apuntaba a sus aliados, se aferró ingenua o mentirosamente a la posibilidad de una bandera falsa del Kremlin. Ante todo, la historia del sabotaje e investigación de lo ocurrido en el Nord Stream es la certificación de la debilidad de Alemania, antaño motor de Europa y centro del poder continental. Alemania cedió rápidamente a la presión de sus aliados y ni siquiera se planteó la puesta en marcha del Nord Stream-2 y, poco a poco, el canciller Scholz ha cedido en cada una de las exigencias que llegaban de Ucrania o sus aliados. Todo ello entre el silencio de su Gobierno ante la creciente evidencia de que el gasoducto del que es copropietaria había sido destruido, entre otros motivos, para perjudicarle.

Políticamente, Scholz ha cerrado filas con la OTAN y se ha resignado a utilizar la misma retórica que sus aliados occidentales y sus socios de Gobierno, desde 2014 uno de los partidos más radicales contra Rusia, abandonando todo intento de mantener la comunicación en busca de reanudar una relación comercial y económica que ha sido una de las bases de la prosperidad de la industria alemana en el último medio siglo. En silencio, Alemania se ha mostrado aparentemente dispuesta a dejar pasar el tiempo sin resolver el caso. Y al contrario que Estados Unidos, que desde la publicación de la acusación de Seymour Hersh ha querido buscar la forma de exculparse, aunque haya sido a costa de su proxy ucraniano, que difícilmente podría haber actuado sin algún tipo de connivencia de sus patrones, Alemania se ha mantenido en silencio.

Ayer, Berlín presentaba su nueva estrategia de seguridad nacional, en la que señala a Rusia como “la mayor amenaza para la paz y la seguridad en el espacio euroatlántico”. Sin embargo, todo apunta a que no fue Moscú quien cometió un acto de terrorismo internacional contra Berlín, que en algún momento habrá de mirar a los ojos a sus socios y pedir explicaciones por los hechos. Pero, por el momento, quien hace no tanto marcara el ritmo de la política europea está siendo tratando ahora mismo como el eslabón más débil, incapaz de defender sus intereses y sin más opción que resignarse a seguir la línea general marcada al otro lado del Atlántico y que con ímpetu siguen aquellos países que más se alegraron de la desaparición del Nord Stream.

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