Absolutamente ignorada durante los prácticamente ocho años transcurridos entre el inicio de las protestas contra el cambio de Gobierno en Kiev en febrero de 2014 y la invasión rusa de febrero de 2022, la población de Crimea y Donbass ha vuelto en los últimos meses a ser utilizada como argumento para justificar la maximalista postura ucraniana. Eso sí, al igual que a lo largo de los últimos años, apelar a la identidad de esa población no responde a buscar una reconciliación ni a garantizar el respeto a sus derechos, sino a la voluntad ucraniana de imponer su ley, su cultura y, sobre todo, su voluntad por encima de todo, especialmente por encima de esa población cuya deslealtad no está dispuesta a perdonar.
El tiempo, la actuación legislativa y las intenciones de Ucrania han dado la razón a quienes comenzaron a manifestarse en ciertas zonas de habla rusa del país, especialmente en Crimea, alegando la amenaza que suponía el nuevo Gobierno, que pretendía imponer una agenda nacionalista y eliminar, por ejemplo, la lengua rusa del espacio público. Analizando los hechos desde el presente y viendo una línea directa entre la actuación del Kremlin en Crimea en marzo de 2014 y la intervención militar de febrero de 2022, la narrativa proucraniana justifica ahora la censura, autocensura y el evidente intento de eliminar la lengua y cultura rusa de Ucrania como una reacción a la agresión externa. Esta cómoda aunque mentirosa postura oculta que los pasos hacia la imposición del discurso nacionalista y la eliminación de toda una cultura asociada al pasado común con Rusia y la Unión Soviética comenzaron al día siguiente de la consumación del golpe de estado en Kiev y que no se han detenido en ningún momento entre 2014 y 2022. La población de Crimea y el sureste de Ucrania salió a las calles, no manipulada por la propaganda del Kremlin como se argumentó entonces y sigue aceptándose hoy, sino respondiendo al primer intento legislativo de la Rada de eliminar la cooficialidad de la lengua rusa en las regiones rusoparlantes.
La fuerza de la protesta social, que se tradujo en la protesta de miles de personas en las calles de las grandes ciudades del sureste portando banderas rusas -salvo excepciones, con un objetivo más cultural que político, no había aún, ni siquiera en Donbass, una reivindicación general clara de voluntad de adhesión a Rusia-, y la amenaza explícita de Vladimir Putin de defender a la población rusa forzaron a Oleksiy Turchinov, presidente en funciones, a vetar el proyecto. La propuesta de ley, entonces defendida ya por el establishment político, era una antigua exigencia de la ultraderecha nacionalista del oeste de Ucrania, fundamentalmente de Svoboda, que había hecho de ese discurso su razón de ser. El partido, que había proporcionado el músculo y las fuerzas de choque que hicieron posible el triunfo de Maidan, llegó incluso a formar parte del primer Gobierno de Yatseniuk. Svoboda, hasta antes de la revolución de la dignidad considerado ultrancionalista y heredero ideológico de grupos que colaboraron con la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial, fue eliminado del Gobierno en su primera reconfiguración. Sin embargo, para entonces, el resto de partidos había asumido ya los principales puntos de su argumentario: la beligerancia hacia la población rusófona del sudeste, la estrategia de confrontación con Rusia, la reescritura de la historia para demonizar el pasado soviético y la imposición de los preceptos nacionalistas antes vinculados únicamente a una minoría fundamentalmente en el oeste del país como proyecto nacional.
Ucrania jamás cesó en su empeño de dar pasos legislativos para corregir el camino recorrido desde la independencia y, a medida que la masa social que pudiera haber ejercido de oposición perdió a los partidos que representaban esas tendencias y se desmovilizó ante la marea nacionalista que supuso el inicio de la guerra en Donbass, la labor comenzó a resultar más sencilla. En estos años, Ucrania no solo ha aprobado progresivamente propuestas de ley que buscan la eliminación progresiva de la lengua rusa -vehicular en gran parte del país, lengua materna de la mayoría en el sudeste y prácticamente única de la población en Crimea- en la educación, sino que avanzó hacia su eliminación completa del espacio público. Impensable hace tan solo nueve años, lo hizo antes de que las tropas rusas cruzaran la frontera de Ucrania. Demonizados tras años de campañas políticas y mediáticas en su contra todos los partidos no nacionalistas y completamente desmovilizada la sociedad, no había ya capacidad de oposición a una actuación a la que en los primeros momentos se había resistido incluso parte del establishment social y cultural.
“Si la gente del sureste y Crimea quiere hablar ruso, déjenles. Déjenles en paz”, afirmaba mirando directamente a cámara en un plató de uno de los principales canales de televisión ucranianos un joven pero ya conocido actor llamado Volodymyr Zelensky. Durante la campaña electoral contra un oponente, Petro Poroshenko, que había hecho de “Fe, Ejército, Lengua ucraniana” su lema, el candidato Zelensky prometió corregir los excesos nacionalistas de su antecesor específicamente en el aspecto lingüístico. El presidente Zelensky, sin embargo, no solo no derogó, como había dado a entender, la ley sobre el uso de la lengua de tiempos de Poroshenko, sino que profundizó en ella.
Si la guerra en Donbass, que se presentaba ya como una guerra contra Moscú, facilitó notablemente los excesos nacionalistas que en tiempos de Yuschenko habían resultado imposibles, la guerra con Rusia ha eliminado toda oposición y ha dado legitimidad y justificación internacional a todo tipo de actuaciones, desde la eliminación de la lengua rusa a la prohibición de literatura y productos culturales rusos o la destrucción de miles de libros y su eliminación de las bibliotecas. Y si la falsa noticia de la destrucción de libros ucranianos en Lugansk causó acusaciones de “genocidio cultural” entre la comunidad de expertos occidentales, las imágenes de la destrucción de miles de libros de la etapa soviética en Kiev no han supuesto para Ucrania crítica alguna. Es más, después de nueve años de tratar de eliminar el uso de la lengua de una parte importante del país y de demonizar, prohibir o borrar el bagaje cultural, artístico y social de toda una época, Ucrania y sus aliados denuncian ahora que Rusia pretende borrar la cultura ucraniana.
La actual postura rusa hacia Ucrania ha de ser vista desde un punto de vista crítico, pero siempre en el contexto de la situación actual, en la que Kiev acusa a su oponente, que no está en condiciones de eliminar la cultura ucraniana, de hacer lo que lleva años haciendo desde el poder y la impunidad que le ha dado el apoyo internacional de haber consolidado la idea de lucha contra Moscú. En los primeros meses de la invasión rusa, Oleksiy Danilov, presidente del Consejo de Seguridad Nacional y Defensa de Ucrania, una de las instituciones clave del país, afirmó que era necesario eliminar la lengua rusa del país. Sus palabras no eran más que la representación verbal de los pasos legislativos que Ucrania ha dado progresivamente en los últimos nueve años y siempre sin tener en cuenta la opinión de la población, especialmente aquella de los territorios que desea reconquistar.
En los últimos meses, Mijailo Podolyak, uno de los asesores clave de la Oficina del Presidente, Gobierno de facto de Ucrania, insistía en la necesidad de prohibir los medios de comunicación y productos culturales rusos en la península de Crimea una vez sea liberada. Esta semana, Danilov profundizaba en su discurso atacando a “quienes se creen que tienen derecho a hablar ruso no solo en internet o en la televisión, sino en la política y en Ucrania”. Danilov, que el viernes insistió también en que la puerta de una posible negociación con Rusia está cerrada -al fin y al cabo, Zelensky prohibió por decreto negociar con Vladimir Putin-, afirmó también que “todos los bastardos prorrusos, que en 30 años han violado y traicionado al país, han sido y serán arrancados de raíz y expulsados de todas partes como basura tóxica de Moscú”. La guerra ha dado la posibilidad de verbalizar públicamente aquello que hasta hace unos años se mantenía latente. Y la arrogancia que da la impunidad con la que Ucrania actúa en estos momentos en la política nacional e internacional permite recuperar el discurso de las primeras horas del régimen de Maidan. En aquel momento, se achacó a la propaganda del Kremlin el temor de una parte de la población a la agenda nacionalista del nuevo Gobierno. Ahora, no solo es propaganda rusa que la Ucrania post-Maidan pretende imponer el discurso nacionalista como nacional, sino incluso la propia existencia de la población de habla rusa en el país. Este mes, el Centro para Contrarrestar la Desinformación, que se encuentra bajo la tutela del Consejo de Seguridad Nacional y Defensa de Ucrania, publicó un vídeo con el objetivo de trasladar el mensaje de que la población de habla rusa en Ucrania no existe. Todo es narrativa rusa, así que puede utilizarse la idea de la “unidad del pueblo ucraniano” como argumento para justificar la apuesta de guerra hasta el final. No hace falta explicar por qué se incluye ahí a toda esa parte de la población que de forma explícita ha rechazado seguir siendo parte del pueblo ucraniano tal y como la Ucrania post-Maidan ha concebido el término.
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