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Rusia, Ucrania

La batalla culinaria

Artículo Original: Andrey Manchuk

El Estado ucraniano está hundiéndose en una crisis sistémica: la economía está cayendo, la incidencia del coronavirus crece y el Gobierno ha dejado que la situación empeore, dando la puntilla a los pequeños negocios con la cuarentena de fin de semana. En este contexto, las autoridades tienen una necesidad urgente de una pequeña asistencia patriótica que presentar a los desesperados conciudadanos. El éxito no ha tardado en llegar. Los empleados de la embajada de Ucrania en Turquía han editado un artículo sobre el borscht publicado en la versión turca de la Wikipedia en el que han escrito que el plato es una herencia integral de Ucrania que no debe compartirse con los países vecinos del este.

“Hemos organizado una clase maestra de cocina de borscht en inglés y también hemos hecho una presentación en turco. He decidido corregir la escritura de la palabra borscht en diferentes lenguas: inglés, francés, alemán y, por supuesto, turco. Entonces es cuando descubrí que la Wikipedia turca decía que era parte de la cocina rusa. Nosotros, los ucranianos, podemos influir en tal injusticia y propaganda deliberadamente dirigida contra nosotros”, escribió orgullosa Tatiana Sibiga, la esposa del embajador de Ucrania en Turquía para expresar su determinación a resistir la ofensiva culinaria del mundo ruso.

Este éxito fue inmediatamente comunicado por todos los principales canales de televisión de Ucrania. Porque las noticas de “nuestro borscht” suenan mucho mejor que las historias sobre los hospitales saturados en los que los enfermos de coronavirus se encuentran en pasillos sin calefacción. En este contexto, los patriotas prefieren hablar del delicioso y sano borscht, olvidando el hecho de que el precio de las verduras necesarias ha hecho que se convierta en el más caro comparado con el resto del este de Europa. Y que la carne que tradicionalmente se utiliza para cocinarlo se importa directamente del “país agresor”.

La batalla por el borscht comenzó ya en octubre, cuando Ucrania exigió a la UNESCO que incluyera la receta como patrimonio cultura de la humanidad. Esta iniciativa fue presentada por el cocinero Evheny Klopotenko, presentador de Masterchef, que decidió hacerse un nombre a base de autobombo patriótico. “No solo declaramos que el borscht es ucraniano. Nos resistimos a la propaganda rusa y el mundo nos ha apoyado”, afirmó pomposamente el Ostap Bender de la cocina, que definió el borscht como “un potente fenómeno cultural” porque su avispada nariz olfateó el dulce aroma del dinero fácil.

El cálculo resultó ser correcto: la iniciativa del patriótico chef fue apoyada al más alto nivel. El Consejo de Ministros inmediatamente anunció que la receta del borscht será incluida en la lista nacional de patrimonio cultural de Ucrania. “Las tradiciones, manifestaciones vivas de la cultura intangible, son un componente importante en el diálogo intercultural de las futuras generaciones. Juegan un papel importante en la formación de la visión nacional del mundo. En el contexto de la creciente globalización, esta es una de las condiciones para preservar la cultura para las generaciones futuras. Me alegro de que el auténtico proceso de preparación del borscht se vaya a convertir oficialmente en un herencia cultural reconocida del patrimonio ucraniano”, afirmó el ministro de Cultura Alexander Tkachenko. Y un grupo de ciudadanos patrióticos se han unido a lo largo de todo el país junto a una gran cazuela para contar a los ucranianos el sagrado significado de la receta.

Poco después se produjo la competición para llevar el primer lugar en el que se inventó el borscht a nivel internacional. The New York Times publicó un artículo titulado “Un nuevo frente en el conflicto ruso-ucraniano: el borscht”, en el que describía la lucha contra Rusia para reivindicar la hegemonía. “Los ucranianos están perplejos por el hecho de que esta sopa se considere rusa, el plato nacional de su enemigo jurado. Los ucranianos ven que Moscú, además de la intervención militar, intenta apropiarse de toda la herencia cultural del mundo eslavo en temas como el liderazgo de la iglesia ortodoxa y la reivindicación histórica sobre Crimea”, escribió el medio estadounidense, que comparaba esta historia por la lucha por el hummus que hace tiempo divide a israelíes y palestinos.

Sin embargo, el bando ruso no ha reclamado la soberanía única del borscht. “Para ser sinceros, el borscht es un plato nacional eslavo: es ruso y ucraniano. La raíces son las mismas, pero ha intervenido la política”, afirmó Anton Aleshin, chef de la Escuela Culinaria de Moscú al periodista estadounidense. “El borscht es un plato nacional de muchos países, entre ellos Rusia, Bielorrusia, Ucrania, Polonia, Rumanía, Moldavia y Lituana”, escribió en Twitter la embajada rusa en Estados Unidos, mostrando claramente que no busca entrar en el duelo que los guerreros de salón ucranianos en forma de yihad culinaria contra Moscú.

El borscht pertenece al periodo más arcaico de la formación de las culturas eslavas orientales y puede que se remonte a los tiempos de las comunidades indoeuropeas. Los pueblos eslavos, como los bálticos que interactuaban con ellos y la población romanizada de Dacia tradicionalmente consumían una sopa con hojas de borscht a la que con el tiempo se empezó a echar también buriak y tofu. El borscht clásico moderno, con patatas y remolacha cortada, no apareció en Europa hasta el siglo XVI, después del descubrimiento de América, cuando llegaron a Europa las patatas y la remolacha.

Hace tiempo que el borscht es el plato tradicional de la cocina ucraniana, como testifican Gogol o Shevchenko, fascinados ambos por la sopa de remolacha. Sin embargo, el intento ucraniano de monopolizarlo a base de llevar la política a la cocina es francamente ridículo, especialmente teniendo en cuenta que esas guerras solo llevan a pilas de platos rotos. Así lo confirma la guerra ideológica por el lavash que durante tanto tiempo libraron los políticos de Armenia y Azerbaiyán, que han preferido ignorar que este tipo de pan plano era conocido por todos los pueblos ancestrales del Cáucaso y Mesopotamia.

Curiosamente, la receta ucraniana del borscht se extendió en tiempos soviéticos, cuando fue incluida en el menú internacional de cocina de Mikoyan, lo que hizo que este plato típico un una enorme zona: desde Asia Central hasta Kamchatka o Chukotka. Sin embargo, eso no impidió la declaración de guerra contra las marcas de cocina soviética: el chamán Sovetskoe, las salchichas Moscú o el pan Stajanov, solemnemente descomunizados en Ucrania después de Euromaidan. Por no mencionar los constantes ataques contra las ideológicamente inaceptables ensaladas Olivier, que se permiten los patrióticos líderes de opinión antes de Año Nuevo.

¿Es de extrañar que los esfuerzos del frente del borscht no hayan supuesto grandes dividendos para Ucrania? Al contrario, esta locura patriótica ha sido sometida al troleo de los periodistas bielorrusos, que han sugerido que la localidad de la región de Odessa de Borscht debería ser la capital de Ucrania. Todos comprenden que la “protección del patrimonio cultural ucraniano” no es más que autobombo sin sentido en el contexto de una catastrófica pandemia en la que el Estado se ha retirado del intento de solucionar los problemas serios y ha demostrado su incapacidad de proteger la salud y las vidas de sus ciudadanos. Esta historia no huele bien. Y no se trata de la sopa.

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