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Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Ucrania

El sonido del silencio

Artículo Original: Denis Grigoriuk

Cada uno de mis pasos hacía eco en las paredes de la casa. Las carreteras estaban vacías, no había nadie en la parada del autobús y las tiendas estaban cerradas. El minibús al que esperaba no venía. Eso me dio tiempo a mirar a mi alrededor y recordar un fragmento de mi vida. A veces pasa algo que hace reflotar un recuerdo y las imágenes que tienes delante hacen sacar de lo más oscuro del subconsciente aquello que aparentemente ya estaba olvidado. Algo que se había ido para siempre vuelve de repente. Recuerdo la primera vez que vi Donetsk paralizado. Es un flashback causado por el silencio del centro de la ciudad en un momento en que la gente prefiere quedarse en casa siguiendo las recomendaciones de las autoridades, que intentan prevenir la expansión del coronavirus.

Hace seis años, caminaba junto al edificio en el que se encuentra el centro comercial Nikolsky. Se encuentra en la calle Cheliuskintsy, en el corazón de Donetsk. Habitualmente está abarrotado, ya que la parada del tranvía se encuentra en el cruce con la avenida Gurov, donde es normal el sonido de las bocinas de los coches y las carreras de los peatones. Sin embargo, de repente, estaba completamente vacío. Había tal silencio que los pasos hacían eco. Allí estaba el único servicio técnico capaz de reparar la tablet que había comprado dos meses antes. La tienda en la que la había comprado había decidido cerrar por seguridad. La compañía había decidido cesar sus operaciones en los territorios no controlados por Kiev, con lo que ya no había posibilidad de exigir que fuera reparada por estar en garantía. Los chicos del distrito Budenovsky ya se habían resignado al fracaso al no tener las piezas necesarias para la reparación y pedirlas era imposible, ya que habían comenzado las batallas de la guerra. En el centro de Donetsk estaban los únicos expertos capaces de reparar la tablet con piezas que aún tenían por ahí.

Hacía mucho calor cuando salí del servicio técnico con una tablet que volvía a funcionar. En el mismo edificio había una barbería en la que trabajaba una compañera de clase. Me cortaba el pelo hasta que se marchó a Járkov antes de la guerra y entonces el establecimiento cerró. A unos metros estaba el café-cómic completamente vacío. El curioso establecimiento no encontró visitantes y pronto cerró también. Aunque lo habían construido con amor. Sus dueños eran lo que se podría definir como geeks que habían invertido toda su fuerza para hacer un café parecido a los de las películas estadounidenses. Había libros de novelas gráficas, consolas para jugar a videojuegos, grafitis de superhéroes en las paredes y en el bar se podía pedir la comida e intentar derrotar a tus amigos en un juego de ordenador mientras esperabas el pedido.

Donetsk estaba vacío: se había convertido en un lugar silencioso y desierto. En aquel momento, al pensar en las ciudades en paz, parecía como estar espiando la vida normal sin poder tocarla. Solo se podía mirar a través del ojo de la cerradura del sótano en el que te protegías apelotonado con el resto de los vecinos. Solo se podía tener envidia de aquellos que tenían mejor suerte. En ese momento, la vida se esfumaba de nuestra ciudad y era como ver morir lentamente ante tus ojos a alguien querido al que no puedes ayudar de ninguna manera.

Ahora ocurre lo contrario. En la televisión se pueden ver imágenes de ciudades vacías que normalmente están llenas de vida. Pero ahora allí no hay nadie. Se esconden de una infección invisible. En Donetsk también se esconden de los problemas visibles de las tropas ucranianas, que continúan disparando al azar contra zonas civiles de la ciudad.

Los seres humanos actualmente esperan a que pase el peligro en sus casas, lugares en los que es seguro esconderse. Yo regresé a mi apartamento en 2014 tras haberme dado cuenta de que mi castillo no sería capaz de protegerme. Se podría convertir en una tumba de piedra para toda la familia si los soldados ucranianos la utilizaban como blanco. En la situación actual, una habitación en una jruschovka es suficiente para protegerse del enemigo invisible. Donbass no tuvo ese privilegio.

En comparación con las desiertas ciudades europeas y rusas, en 2020 Donetsk es una ciudad vibrante en la que siguen funcionando los restaurantes y centros comerciales, circula sin restricciones el trasporte público y la población puede pasear por los parques y jardines pese a que las autoridades les han pedido que limiten su presencia en la calle. Todo ha cambiado otra vez, se ha dado la vuelta. Ahora el resto del mundo lucha por la vida y Donetsk solo está parcialmente afectado por este ataque.

Entonces recordé aquella noche del verano de 2014, pero ahora, en la radio del taxi sonaban las noticias de Moscú, en las que se anunciaba que el ayuntamiento había decretado la necesidad de permisos para moverse por la capital. Comparando con las restricciones de gran parte de la Unión Europea, Ucrania y Rusia, el toque de queda con el que llevamos viviendo seis años no parece una restricción grave.

Sigue siendo una vida increíble. En el verano de 2014, ni en las fantasías más inverosímiles podríamos haber imaginado que Donetsk se encontraría en un mundo rodeado de tropas del Ejército Ucraniano, aislada del mundo por fronteras y puestos de control pero aun así más segura que las ciudades en paz en las que nunca ha habido batalla.

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