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Alto el fuego, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Minsk, Sanidad, Ucrania, Zelensky

Paz o pestilencia

Artículo Original: Andrey Manchuk

Hasta ahora, la pandemia de coronavirus ha costado cuatro vidas en Ucrania, pero ha provocado inmediatamente una crisis sin precedentes que gradualmente se hace con el país. La cuarentena completa, la introducción del estado de alarma y el cierre del transporte público ha paralizado las vidas de millones de personas, ha detenido la producción y ha puesto al borde de la ruina a las pequeñas y medianas empresas. Sea cual sea el resultado final de la historia del coronavirus, sus consecuencias ya han alcanzado dimensiones históricas, al menos en sus aspectos socioeconómicos.

La sociedad está en estado de shock. La mayor parte de la ciudadanía ucraniana no sabe si mañana tendrá los medios básicos necesarios para vivir: trabajo, salario, vivienda, alimentos y medicinas. La grivna está cayendo mientras que los precios en los supermercados y mercados suben progresivamente. Y la población no puede dejar su pueblo o zona para comprar productos más baratos, ganar unas grivnas o recoger productos agrícolas de familiares. Es decir, se ven privados de la movilidad social básica que, en otros tiempos difíciles, les ayudó a aguantar.

Todo ello ocurre entre ataques de pánico y psicosis social. Esta histeria colectiva no solo agrava el miedo a lo desconocido y a la enfermedad, sino también la crónica desconfianza en el Gobierno. Hay razones para ello: las autoridades del Estado ucraniano han demostrado en esta situación una incompetencia de gestión que roza la parodia. No adoptaron a tiempo las medidas sanitarias y de control epidemiológico más básico y permitieron que saliera al extranjero casi media tonelada de mascarillas, con lo que se han enriquecido fabulosamente los especuladores de alto nivel. Al contrario, las autoridades tienden a decisiones apresuradas y arbitrarias, siempre con la opción de limitar al máximo los derechos y libertades de los ciudadanos.

En estos momentos, ya es evidente que, en caso de crisis, el plan siempre es controlarla de forma autoritaria, con ayuda de la Guardia Nacional, la policía, el ejército y los grupos de ultraderecha, a uno de los cuales se ha encargado supervisar el régimen de emergencia en la capital. Esto hace mejorar seriamente el estatus político de las “manos duras” como el ministro del Interior Arsen Avakov, con influencia en las estructuras oficiales y en los batallones “voluntarios”. Pero incluso esa fuerza podría caer bajo el hipotético colapso de las estructuras del Estado y el caos social. El país es un castillo cerrado que se está convirtiendo en una olla a presión con el fuego lento de la crisis. Ya no se puede salir del país en busca de una vida mejor y los trabajadores que lo hicieron hoy vuelven a casa.

Pero no se trata solo de las fronteras cerradas o, peor aún, de la barrera de Schengen, que ha vuelto a erigirse y ya no está abierta a los extraños y forasteros que buscan una vida mejor. La población de Ucrania se ha interesado más por la forma en que sus hipócritas amigos de los países desarrollados se han centrado en sus problemas y han dejado a Kiev que se busque la vida por su cuenta. E incluso dejan de mostrar solidaridad unos con otros y roban las mascarillas que se habían enviado desde China para Italia.

En estas circunstancias, es evidente que Ucrania simplemente no puede permitirse continuar la guerra, que la está destruyendo sin la necesidad de la amenaza del coronavirus. Por supuesto, ese desastre no ha sido para todos. El conflicto en Donbass es de gran importancia para la clase política: viven de la guerra todo tipo de personajes desde blogueros del odio hasta los oligarcas más ricos, que se han enriquecido con las tramas de “Rotterdam”. La guerra de trincheras en el este, que ha entrado ya en su séptimo año, sigue sirviendo como razón de ser para el Gobierno formado tras la victoria de Euromaidan. No solo da de comer al actual régimen, sino que las élites han perfeccionado las cuarenta sombras del gris, negro y del sangriento negocio de la guerra y se lucran a costa de la miseria de la población y la degradación de la economía. La guerra les da más poder, legitima su control sobre el Estado en guerra y crecientemente empobrecido. Al fin y al cabo, todos los problemas se achacan a la falsa idea de agresión. Y las fuerzas de la oposición capaces de crear efectivas protestas sociales fueron apartadas bajo la tapadera de acusarles de ser la mítica “quinta columna” del enemigo.

Todo recurso financiero y organizativo para la guerra debería utilizarse en la lucha de emergencia contra la versión moderna de las plagas. El conflicto ha provocado una crisis que desde hace muchos años debilita el sistema inmunitario de la sociedad: se ha convertido en un organismo crónicamente enfermo infectado del virus de la pobreza, el crimen, la violencia y la corrupción. Y que no es capaz de dar una respuesta adecuada a los serios retos a los que se enfrenta el país.

La guerra siempre ha sido también un factor importante en el desarrollo de enfermedades que se extienden rápidamente por el inestable ambiente de la frontera. Así lo ilustra el ejemplo de “ATO”, donde se ha observado un aumento del número de casos de tuberculosos, VIH y diferentes tipos de hepatitis. “Es un problema porque está claro que algunos soldados tiran la casa por la ventana: hay alcohol, sexo sin protección y la industria del sexo en esa zona está en alza. Hay prostitutas entre la población local y, en realidad, hay una guerra biológica, porque hay presencia de VIH, hepatitis y los soldados practican sexo sin protección. Por desgracia, también se da el fenómeno del turismo sexual. En la zona ATO se utiliza a las mujeres para que «sirvan a los patriotas»”, afirmó en una entrevista el coronel Vladimir Stebliuk, jefe adjunto de trabajo clínico de la Academia Médica Militar.

“La guerra en Donbass y la concentración de decenas de miles de personas en el frente es una fuente potencial de expansión de la epidemia. Pese a los optimistas informes del Ministerio de Defensa, sobre el terreno o en los barracones no se puede hablar de cuarentena. El reclutamiento de primavera se ha cancelado. Así que la necesidad de establecer una tregua sostenible se convierte en una cuestión de vida o muerte para miles de soldados en Donbass y millones de residentes de Donbass. La guerra y la pestilencia siempre van de la mano en las páginas de la historia universal y los ejércitos siempre han sido portadores de las infecciones. No es casualidad que esos dos fenómenos, junto al hambre y la muerte, sean calificados como los cuatro jinetes del apocalipsis”, recuerda el historiador de Kiev Yury Latish.

Es verdad, la historia enseña que la guerra y las epidemias son hermanas que se unen en la destrucción de la humanidad. Este terrible tándem se ha representado muchas veces. Solo hace falta recordar la plaga que se extendió por Eurasia junto a las tropas de los ejércitos de Mongolia, primero por China, donde murió el 90% de la población de la provincia de Henan, y después por Europa, que perdió, a causa de la pandemia, alrededor de la mitad de su población. El italiano Gabrielle de Mussi nos dejó una descripción del sitio de Feodosia [Crimea], entonces la colonia genovesa de Cafa, asediada por la Horda de Oro. El ejército de Mongolia era portador de la peste, que rápidamente se extendió a los defensores de la ciudad y pronto la plaga se extendió a los barcos que navegaban de Crimea a Italia, lo que derivó el peor desastre de la historia europea hasta el momento.

Otro desastre se produjo durante la Primera Guerra Mundial, con una gran cantidad de víctimas que no lo fueron por las balas sino por la epidemia que se produjo entre las pobres condiciones sanitarias y la masificación. Las personas morían de tifus, fiebres tifoideas, tuberculosis y cólera. Pero lo más terrible fue la famosa “gripe española”, que se originó en el campamento militar estadounidense de Fort Riley. La gripe llegó a Europa con los reclutas estadounidenses y mató a muchos soldados en las trincheras de todos los países en conflicto, que no habían sido informados de la pandemia a causa de la censura militar. Así que la mortal gripe adoptó el nombre de la neutral España, el primer lugar en el que el Gobierno habló públicamente de ello.

Es una lección perfectamente conocida por todo el mundo. Y no es sorprendente que la nueva pandemia haya reforzado el sentimiento antimilitarista en el contexto de la bancarrota moral de los más grandes y mejores ejércitos de Europa y Estados Unidos, que han mostrado su completo fracaso en la lucha contra el coronavirus.

“En toda la OTAN y ejércitos occidentales, que entrenan constantemente, hablan de superhospitales con exorbitantes presupuestos. ¿Dónde están ahora? En varios países europeos, la capacidad de la sanidad ya se ha visto superada. Los médicos hablan de que usan tácticas de guerra. ¿Por qué en Italia vemos médicos de Cuba y China y no de los miembros de la OTAN y misiones humanitarias? La alianza militar internacional, con su presupuesto de 2.500 millones de dólares solo es capaz de matar a distancia con drones. La función del ejército se limita a las guerras imperialistas y los ejércitos más potentes del mundo son incapaces de realizar misiones humanitarias. El aislamiento es una buena oportunidad para pensar en el mundo en general”, escribió el bloguero ucraniano residente en Hamburgo Ilya Derevyanko.

La crisis aumenta las protestas contra las guerras sin sentido y los monstruosos gastos militares en el contexto de recortes en educación, sanidad y prestaciones sociales. Los dramáticos acontecimientos en Europa han puesto de manifiesto esta contradicción. Y es lógico que el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, haya exigido inmediatamente que se detenga la guerra en todos los puntos del planeta, ya que es una condición necesaria para la lucha contra la pandemia. “Hago una llamada a un alto el fuego global en todas partes. Es hora de poner al conflicto armado en aislamiento y centrarnos en la verdadera lucha de nuestro tiempo. A las partes beligerantes les digo: cesen las hostilidades. Dejen de lado la desconfianza y la animosidad. Silencien las armas; detengan la artillería; pongan fin a los ataques aéreos”, afirmó la noche del 23 de marzo. Y es evidente que estas palabras están dirigidas también a las autoridades de Kiev.

¿Cuál será la respuesta a este llamamiento? En Bankova no entienden que Ucrania se enfrenta a la crisis más seria de su historia moderna. Acabar la guerra según unos términos mutuamente aceptables a partir de lo indicado por los acuerdos de Minsk es, en estas circunstancias, una prueba básica para probar que se es digno de estar en el poder. Zelensky no tiene recursos suficientes para luchar contra la epidemia y el Estado no puede permitirse continuar el conflicto, que tiene ocupados a médicos y hospitales. Esta situación en el país presenta la gran oportunidad de detener finalmente la guerra ignorando la histeria del partido de la guerra.

Paz o pestilencia. Esa es la opción que se presenta ahora mismo en Ucrania.

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