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En el frente de Staromijailovka

Artículo Original: Lisa Reznikova / Antifashist

staroEl pueblo de Staromijailovka se encuentra al este de la ciudad de Donetsk. Igual que la cercana Trudovsky, no suele aparecer en los informes militares oficiales. Staromijailovka está situado en la frontera con las ocupadas Krasnogorovka, Marinka y Pesky, donde cada día caen proyectiles y minas.

Hoy me acerco para comprobar los esfuerzos del Ejército Ucraniano por destrozar esta localidad que una vez tuvo tanta vida. El viaje desde el centro de Donetsk lleva mucho tiempo. Hay que pasar Lidievka, Biryuzov, Abakumov, etc. En cada lugar hay, de una u otra forma, restos de la guerra, pero hay que decir que no hay nada parecido a las escenas apocalípticas como la de la entrada a Spartak.

Me están esperando en Staromijailovka. En una espaciosa y agradable casa –en la cocina, al calor de una estufa–, me esperan adultos y niños para compartir su dolor, sus esperanzas e incluso sus pequeñas alegrías. La vida en el pueblo se divide entre el antes y el después. Pero no es antes y después de la guerra, como podría parecer, sino antes y después de la luz.

Durante casi once meses, Staromijailovka vivió sin electricidad. El 2 de agosto de 2014, a media tarde, la luz desapareció. Un proyectil dañó la subestación eléctrica que suministraba la ciudad. Entonces parecía que no tardaría mucho en volver la luz. Pero eso solo pasa en la RPD. En Ucrania, que hasta la primavera de 2015 controlaba el pueblo, no se ocuparon. Había combates y los electricistas ucranianos no tuvieron ninguna prisa en arreglar la subestación. Las autoridades ucranianas no reaccionaron ante los problemas de Staromijailovka. El pueblo no tiene gas, así que la población se vio obligada a cocinar a fuego. En verano y a principios de otoño era algo soportable, pero en invierno se hizo insoportable. La población tuvo que adquirir generadores –por sus propios medios, por supuesto-, pero no todos pudieron permitírselo. La comida se guardaba en los sótanos y quienes no los tenían compraban lo mínimo necesario que podrían comer sin darle tiempo a pudrirse.

Fue especialmente terrible durante los ataques nocturnos: estaba completamente oscuro tanto en las casas como en la calle y las bombas explotaban junto a las ventanas. Se vivía a la luz de las velas. Para intentar no deprimirse leían, hablaban entre ellos, jugaban a juegos de mesa como el ajedrez o las damas. A mediados de la primavera de 2015, el pueblo pasó a estar bajo control de la República Popular de Donetsk. Donetsk construyó nuevas líneas de energía, gracias a las cuales, el 24 de junio a las cinco de la tarde volvió a haber luz en Staromijailovka. Fue tan importante para la población que recuerdan exactamente el día y la hora del final del “apagón” de Staromijailovka.

Me llama la atención una mujer modesta, sentada junto a la puerta, que apenas participa en la conversación. Me acerco a conocerla.

En el verano de 2014, Inna perdió su casa. Un proyectil de artillería la destrozó. La explosión rompió los cristales y puertas y ventanas quedaron destruidas. La casa en la que había pasado sus mejores años con su marido y sus hijos era inhabitable. La familia se mudó al pueblo. Pero allí tampoco había tranquilidad, las bombas se escuchaban constantemente y en las calles volaban las balas de los francotiradores. La familia vivía prácticamente en el sótano de la casa. En varias ocasiones, las bombas explotaron a su alrededor. En una de ellas estuvo a punto de quedarse viuda: un Grad destrozó el tejado de la casa de al lado y la metralla cayó a pocos centímetros de su marido. Pero aún tenían una casa. Una noche, un proyectil ucraniano impactó contra la casa de la suegra de Inna. Se quedaron literalmente en la calle. Su hija mayor, estudiante, encontró trabajo en un hotel. Inna y su familia alquilaron un piso de una habitación en la localidad de Sajta Abakumov.

Inna y Katya

Inna y Katya

Antes de la guerra, la mujer trabajaba en el hospital psiquiátrico. Con el inicio de las hostilidades, el hospital quedó ubicado en la línea del frente, cerrado y los pacientes evacuados a otras instituciones de Donetsk. Durante mucho tiempo no pudo encontrar otro trabajo. Ahora ha tenido la suerte de encontrar uno en el colegio. Los bajos salarios hacen que Inna tenga que buscar otra vía de ingresos: hace masajes en su casa. El marido de Inna sirvió en la milicia, pero por motivos de salud regresó a casa. Ahora hace trabajos esporádicos.

Durante mucho tiempo, Inna recibió ayuda humanitaria rusa para la reconstrucción. Pero después cambiaron las normas: para recibir la ayuda humanitaria necesaria para reconstruir la casa es necesario que el grado de destrucción sea de 52-55%. La casa de Inna “solo” cuenta con un 50%. Por el dos por ciento se le ha denegado la ayuda.

Durante la conversación entra en la habitación Katya, la hija de diez años de Innna. Katya está en cuarto curso en la escuela local, le gusta bailar y dibuja muy bien. Pinta un caballo y sale corriendo.

La niña tiene mucho miedo a los bombardeos: le entra el pánico y llega a perder el conocimiento. Por eso Inna intenta estar siempre con su hija, ya que los bombardeos pueden comenzar en cualquier momento. De hecho, quiso trabajar en el colegio por esa razón: para estar cerca de Katya. Hay bombardeos prácticamente a diario. El colegio no es una excepción. Recientemente, el Ejército Ucraniano ha abierto fuego contra él. Los niños se escondieron de la metralla bajo sus pupitres.

Pregunto a Inna si, después de todo lo que ha pasado en los dos últimos años, podría vivir en como parte de Ucrania. Inna responde con un categórico “no”. Y añade que lo siente por la población que vive cerca de Krasnogorovka. Allí sigue teniendo muchos amigos, que son buenas personas y que están sufriendo por estar bajo control de las autoridades ucranianas. Inna no les desea nada malo a los ucranianos comunes y culpa a los poderes de Maidan de lo ocurrido en Donbass. El gran deseo de Inna es la paz. El de Katyusha es el mismo, además de divertirse con su ruidoso oso de peluche.

Mijail Mijailovich

Mijail Mijailovich

Mijail Mijailovich –o Mijailich, como lo llaman aquí– sonríe y bromea constantemente. Pero no es porque esté contento. Hace dos años, la vida de Mijailovich sufrió una gran tragedia: un proyectil ucraniano mató a su yerno.

Mijailich nunca olvidará la terrible noche del 7 de diciembre de 2014, cuando un impacto directo de un tanque ucraniano destruyó la casa donde su yerno vivía con su madre. La mujer dormía en la habitación entre las ruinas de la casa y recibió numerosas heridas de metralla, pero logró sobrevivir. Pero el chico murió en el acto. Cuando la madre salió del hospital, Mijailich la acogió. Ahora viven como una familia.

Mijailich nació y creció en Rusia, en Siberia occidental. Llegó a Donetsk en 1985, cuando los mineros de Kuzbass fueron invitados para trabajar en la construcción de las minas de Donbass. Se casó en 1986, cuando se instaló en el pueblo. Allí vivió prósperamente, feliz. Jamás podría haberse imaginado una guerra, ya que nunca había habido ninguna razón para ello. En la mina nunca se quedó bajo los escombros, pero muchas veces ayudó a sacar a camaradas heridos. Nunca se miraba quién se encontraba ante ellos: rusos, ucranianos, tártaros o georgianos. Todas las naciones convivían juntas y en paz en Donbass.

Mijailovich ha dejado muchos amigos en las cercanas localidades mineas de Krasnogorovka y Ugledar. Dice que son reticentes a hablar sobre cómo viven bajo la ocupación. Temen los barridos del Ejército Ucraniano.

Igual que Inna, Mijailich no tiene nada en contra de los ucranianos comunes, aunque comprende que después de todo lo que ha pasado, nada volverá a ser igual. No habrá una Ucrania unida. Mijailich, que enterró a su yerno, no podrá llamar a Petro Poroshenko, que dio la orden de matar civiles en Donbass, su presidente.

Mijailich sueña con una Novorrusia que represente lo que representaba Donbass. “Todas las provocaciones vienen de quienes llegan de Ucrania occidental”, afirma. “Estados Unidos y Europa les utilizan para enfrentarnos entre nosotros mismos y con Rusia. Al fin y al cabo, somos exactamente iguales que en Zaporozhia, Járkov, Odessa, Dnipropetrovsk. Somos un mismo pueblo. Y queremos vivir en Novorrusia”.

Mijailich muestra su ira al acusar a los “idiotas de Maidan”, como llama al Gobierno ucraniano, de destruir la industria ucraniana.

staromikhailovka-04Los niños juegan en la alfombra del salón mientras charlo con los residentes de Staromijailovka.

Los niños hablan alto, ríen, juegan. El nieto de Mijailovich cuenta una graciosa historia sobre unas niñas que intentaron hacer el pino con la cabeza. Aparentan ser niños sin preocupaciones pero todo cambia cuando se habla con ellos. Estos niños pasan cada día con miedo, en cautiverio: los bombardeos pueden comenzar en cualquier momento, en cualquier día pueden morir o resultar heridos. La diversión y los juegos son solo un intento de distraerse de ese miedo, de aparcarlo y olvidarlo al menos por un momento. Todos han sufrido psicológicamente. Todos tienen mirada de adulto.

Durante los bombardeos, Sonia gritaba y lloraba escondida debajo de la cama. Ahora que vuelve a haber luz en el pueblo, su madre sube al máximo el volumen de la televisión durante los bombardeos o se pone altavoces con música. La madre de Sonia recuerda con horror lo que le ocurría a su hija en los tiempos que no había luz.

Angelina tiene siete años. Estudia segundo curso. En el colegio se ha visto bajo el fuego de las bombas y los francotiradores. Por la noche, intenta dormirse lo antes posible para no escuchar las explosiones. En cada una de sus ventanas hay un icono. La familia confía en dios y también lo hace la niña.

Lo único que la pequeña Karina ha conocido en la vida es la guerra. Nació justo antes de que empezara. Su infancia ha transcurrido entre los sonidos de las explosiones, las bombas y las balas de francotiradores sobrevolando, el fuego de artillería y los disparos. Karina no habla. A todas mis preguntas se limita a asentir o negar con la cabeza.

Los adultos cuentan que muchos de los niños de Staromijailovka han contraído enfermedades que son más comunes en adultos, incluso en personas de avanzada edad, que en niños. Lo atribuyen al estrés y al miedo constante.

Intento animar a los niños, decirles que la guerra acabará pronto. Me miran con sus ojos de niños y parece que no me creen. Porque sus padres ya se lo han dicho muchas veces, se lo han prometido, y la guerra no acaba.

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