Hace apenas tres días, cuando el mundo pasaba de temer un ataque nuclear a respirar ante la noticia de la tregua en la guerra de Estados Unidos contra Irán, cuyas negociaciones deben comenzar hoy en Islamabad, el portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov, celebraba la tregua y deseaba que también la guerra en Europa siguiera ese camino de la diplomacia. Confiada en que el tiempo corre a su favor pese a las recientes proclamas triunfalistas de Ucrania y sus lobistas, que insisten, generalmente sin la más mínima evidencia, que el signo de la guerra ha cambiado, Rusia mantiene la calma, su discurso pausado alejado del estilo exaltado de personas como el expresidente Medvedev y persiste en sus condiciones para obtener la paz. Aunque el objetivo ruso en esta guerra siempre estuvo vinculado a la seguridad y conseguir la ratificación de la neutralidad de Ucrania era el elemento central de la oferta rusa de 2022 en Estambul, el fracaso del plan A, el ataque relámpago para sitiar Kiev y obligar a Zelensky a firmar lo que Rusia esperaba de él, y del B, la negociación de Turquía, obligó a Rusia a recomponerse militar y políticamente. Bajo la retórica de que cada oferta iba a ser menos generosa, Moscú ha utilizado los avances territoriales como castigo a Kiev por lo que percibe como una intransigencia negociadora que está costando a Ucrania la prolongación de la guerra, pérdida de población -tanto por las bajas en el frente y la retaguardia como en forma de emigración- y de territorio. Ucrania, que en 2022 apostó por seguir luchando para lograr negociar en posición de fuerza de la mano de sus aliados, insiste también en mantener sus posturas negociadoras.
El resultado es más de un año de conversaciones, un proceso diplomático liderado por Estados Unidos, concretamente por un Steve Witkoff que no se capaz de recordar los nombres de los territorios por los que negocia y que gestiona la cuestión ucraniana en paralelo a Gaza e Irán y escasos avances. Esta semana, las partes han realizado una nueva entrega de cuerpos de soldados caídos en el frente y recuperados por el oponente. Como en ocasiones anteriores, Rusia ha entregado mil cuerpos a Ucrania por los 41 que ha recibido de Kiev. Hasta ahora, el argumento de los expertos occidentales para mantener que ese desequilibrio era fruto de que Rusia avanzaba y, por lo tanto, podía recuperar los cuerpos de sus soldados muertos. Más allá de que esa justificación contradijera otro de los lugares comunes del discurso de Zelensky, que afirma que Rusia abandona los cuerpos de sus soldados caídos, nadie se molesta ahora en explicar cómo es posible que, si Ucrania avanza con la facilidad y rapidez con la que alegan los propagandistas, las cifras sigan siendo similares. La coherencia no es una característica de la narrativa de guerra.
Con las miradas puestas en Pakistán y con dos semanas de plazo para negociar la paz en Oriente Medio, es improbable que Steve Witkoff tenga prisa por reanudar las negociaciones, aunque los contactos no han desaparecido. Esta semana, Kiril Dmitriev, el enviado ruso favorito del trumpismo, capaz de rivalizar con Mark Rutte en adulación a Donald Trump, ha visitado nuevamente Estados Unidos para unas reuniones de las que no ha trascendido ningún detalle. Centrado en la cuestión económica, es improbable que Dmitriev haya negociado ningún aspecto político o la eterna búsqueda de un alto el fuego, una exigencia europea e inicialmente estadounidense, que a estas alturas ya solo mantiene Ucrania, que utiliza la cuestión para convencer a Trump de la ausencia de voluntad rusa a negociar. Sin comunicación previa con Ucrania, Vladimir Putin ha anunciado esta semana una tregua de menos de dos días para la celebración de la Pascua ortodoxa, iniciativa que Zelensky ha aceptado, aunque siempre insistiendo en que, en realidad, no fue idea del presidente ruso, sino suya. En cualquier caso, Dmitry Peskov ha insistido en que no hay posibilidad de prórroga, ratificación de que Moscú no quiere iniciar un ciclo de treguas incumplidas que nunca dan lugar a una negociación política real, como ya ocurriera durante los siete años de Minsk que Ucrania parece querer recuperar.
Así lo constata la aparente hoja de ruta planteada por Volodymyr Zelensky en su aparición en el episodio más reciente del podcast británico The rest is politics, presentado por dos expolíticos del centro-derecha y el centro-izquierda del establishment. “Les dije a nuestros socios estadounidenses que podrían entender si Putin quiere la paz encontrando respuestas a las siguientes cuestiones: Primero, intenten organizar una reunión a nivel de líderes para discutir territorios. Putin se ha negado”, comenzó el presidente ucraniano, describiendo el equivalente actual a una cumbre de jefes de Estado de lo que en su momento fue el Formato Normandía. En esas reuniones, puramente políticas, Zelensky -y antes Poroshenko- contaba con el apoyo incondicional de Francia y Alemania, que protegían a Ucrania de concesiones que Kiev consideraba intolerables. Entre ellas estaba, por ejemplo, el cumplimiento de los acuerdos de Minsk. Como ahora, también entonces el objetivo era mostrar a sus aliados que la intransigencia a la hora de avanzar hacia la paz era rusa. En paralelo, Zelensky comunicaba a sus aliados que los acuerdos eran inviables, dejando claro que Kiev no tenía intención de implementar el documento que había firmado y que públicamente utilizaba para achacar incumplimientos rusos y exigir concesiones al Kremlin. La guerra ha cambiado, las prácticas no lo han hecho tanto. Como entonces, una serie de reuniones entre presidentes no pueden resolver por la vía rápida un conflicto de doce años con componentes sociales, políticos, económicos, geopolíticos y militares. Como Trump en Irán, negociación en la que ya ha modificado los términos antes de su comienzo -de los 10 puntos propuestos por Irán a los 15 estadounidenses como marco de negociación-, Zelensky aspira a negociar en posición de la fuerza que le dan sus aliados e imponer sus términos.
Es más, Zelensky ha vuelto a recuperar el discurso de la OTAN, una línea roja marcada, no solo por Moscú, sino en el último año también por Washington. “Cuando Ucrania acordó renunciar a las armas nucleares, el precio que el otro lado tenía que pagar debía ser justo. Creo que la membresía en la OTAN era lo mínimo que los líderes de Ucrania debían obtener a cambio de las armas nucleares. ¿Qué obtuvimos? Nada. No fue un juego justo, y un gran error”, alegó en la entrevista, demostrando que Ucrania aspira a no conformarse únicamente con la misión militar de sus aliados europeos que Macron y Starmer llevan meses prometiendo y que depende de la buena voluntad de Estados Unidos. El comentario de Zelensky llega en una semana en la que la Casa Blanca ha criticado nuevamente a la alianza, ha planteado la posibilidad de retirar tropas de sus bases en Europa y ha dejado la puerta abierta a abandonar una alianza que afirma falsamente -Estados Unidos necesita esas instalaciones militares para sus guerras en Oriente Medio- que no le aporta nada. La crisis interna no es motivo para renunciar a la adhesión, sino un argumento para justificar la presencia de Ucrania alegando una fortaleza y capacidad de controlar los mares exagerada hasta lo increíble.
La segunda propuesta de Zelensky en su entrevista también remite a los años del pasado. “Si no quiere continuar la agresión después de un alto el fuego, propongan desplegar soldados estadounidenses y europeos a lo largo de la línea de contacto. La respuesta de Putin fue: «No, ningún soldado extranjero de ningún tipo». ¿Por qué? Esto solo puede significar que quiere avanzar”, afirmó el presidente ucraniano recuperando la idea de una fuerza armada de separación o una misión internacional de paz que se remonta a 2014 y que ha reaparecido periódicamente. El objetivo siempre ha sido el mismo: consolidar el territorio y lograr integración en Occidente a base de presencia militar de países de la OTAN en el territorio. Sutilmente, con sus palabras, Zelensky trata de modificar la misión de Starmer y Macron, que solo incluiría soldados europeos, en busca de presencia militar directa y permanente de Estados Unidos en Ucrania. Teniendo en cuenta que Donald Trump ha dejado claro que no habrá botas estadounidenses sobre el terreno en Ucrania, que restan dos años del mandato de la actual Casa Blanca, tiempo que coincide con el tiempo que la UE estima que permitiría a Ucrania seguir luchando el préstamo de 90.000 millones de euros que puede desbloquearse próximamente si Viktor Orbán pierde las elecciones húngaras el domingo, puede que la intención de Zelensky sea seguir luchando hasta que una administración Demócrata vuelva a la normalidad de apoyar la guerra contra Rusia hasta el último ucraniano.
Mientras tanto, el tercer punto es insistir en no ceder tampoco en la cuestión territorial. “Donbass es un lugar estratégico en Ucrania. Una vez que tenga nuestras ciudades industriales y fortificaciones en la región, solo quedan campos abiertos y carreteras directas hacia nuestras capitales regionales. Lo que quiero decir es que entendemos por qué quiere Donbass”, alegó Zelensky insistiendo en que Rusia aspira a conquistar toda Ucrania y olvidando tanto el trato que Kiev ha dado a la región -a la que ha condenado a la desindustrialización y al insulto permanente al no adherirse al ideal cultural y social de la Ucrania occidental, antirrusa y proeuropea- ni que una parte de la población miró a Rusia en busca de alianzas políticas, económicas e incluso militares. Y para negar que la pérdida de Donbass es posible, el presidente ucraniano ha afirmado esta semana que “Rusia pretende capturar Druzhovka, Konstantinovka y Pokrovsk”, esta última una ciudad que lleva cinco meses en manos rusas. Exagerar la mala situación de Rusia y mejorar artificialmente la de Ucrania es un artificio con el que, para su desilusión, Zelensky sigue sin convencer a quien mueve los hilos y marca los términos de la negociación, Estados Unidos. “Lo que les diría tanto a rusos como a ucranianos es que estamos hablando de regatear por unos pocos kilómetros cuadrados de territorio. ¿Vale la pena perder cientos de miles de jóvenes rusos y ucranianos adicionales por eso?”, ha comentado esta semana JD Vance, cuya presencia este fin de semana en Islamabad muestra que aspira a tener más presencia en las cuestiones de política exterior a partir de este momento, una noticia poco esperanzadora para Zelensky, que se enfrentó a él en el Despacho Oval hace poco más de un año.
Los cuatros años de guerra han dado la razón parcialmente tanto a Rusia como a Ucrania, motivo por el cual no va a terminar con la victoria de uno de los bandos y la imposición de los términos del vencedor. Ucrania no puede aspirar a recuperar su integridad territorial ni las fronteras anteriores al 24 de febrero, algo que Rusia posiblemente hubiera aceptado a cambio de la neutralidad. Rusia, por su parte, ha apostado por castigar a Ucrania en términos territoriales ante la constatación de que la integración de Ucrania como proxy occidental hace prácticamente imposible lograr un acuerdo que no incluya una misión militar europea sobre el terreno. Las líneas rojas de los oponentes siguen cruzándose y todo se juega en la dialéctica territorio-seguridad. Moscú solo va a dejar de exigir más territorio en Donbass a cambio de menos OTAN en Ucrania, mientras que Kiev solo podría renunciar a territorio a cambio de la integración de iure en la OTAN y con militarización incluida de su territorio. Ninguna de esas opciones es viable en las condiciones actuales.
Treguas como la que comienza hoy y termina mañana son solo una anécdota en un conflicto político en el que la resolución va mucho más allá de lo militar y cuyo final no se atisba a corto o medio plazo.
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