“Creo que tenemos una oportunidad. Mis pensamientos sobre el próximo año… dependen de estos meses, de si podemos poner fin a la guerra antes del otoño. Antes de las elecciones, unas elecciones importantes e influyentes en Estados Unidos. Si vamos a conseguir la paz, ahora es cuando tenemos una oportunidad”, ha afirmado Zelensky en una de las muchas entrevistas concedidas esta semana a medios estadounidenses. Esta semana, tanto la prensa favorable a Trump, que ansía el gran éxito que conceda a su presidente el deseado Nobel de la Paz, como la que le achaca haber prometido conseguir la paz inmediatamente, ha concedido a Ucrania la atención que su presidente exige. Aunque lejos de la línea del frente y ya sin enviar asistencia militar o económica, Estados Unidos sigue siendo el aliado más importante para Kiev, ya que dependen de Washington, no solo el suministro del material militar más pesado –como los sistemas de defensa aérea-, sino las garantías de seguridad.
“Putin solo entiende de poder, solo de presión. Por eso eligió un tono cortés con los estadounidenses. Están jugando con el presidente de Estados Unidos”, ha afirmado el presidente ucraniano con unas palabras que describen a la perfección también la postura de Ucrania, dispuesta a compaginar el aparente optimismo de Zelensky sobre la posibilidad de conseguir la paz y la insistencia de Budanov en que no es momento de hablar de elecciones, primer paso que los aliados norteamericanos van a exigir con la firma de cualquier acuerdo. En cualquier caso, la mención de Zelensky a las elecciones de medio mandado en Estados Unidos, que se celebran en noviembre, es una forma de ganar tiempo y de retrasar en cinco meses la exigencia de la Casa Blanca, que busca, como declaró el propio presidente ucraniano, un desenlace antes de junio.
Desde Estados Unidos, la postura se mantiene también en un tenso equilibrio entre resaltar su importante papel como mediador, algo en lo que ha insistido esta semana Steve Witkoff, que sigue reuniéndose separadamente con Rusia y Ucrania y prepara el próximo encuentro trilateral, y mostrar hartazgo por la postura de los contendientes. Y aunque Washington no ha “abandonado a Ucrania”, como afirma el establishment Demócrata, la frustración de la Casa Blanca, o al menos de su líder, se dirige fundamentalmente contra Kiev. Esa reacción es comprensible, ya que es con Kiev con quien ha negociado hasta ahora Estados Unidos, al menos en lo que respecta a las cuestiones clave. Washington no ha tratado con la delegación rusa las cuestiones de seguridad, que supondrán un problema en el momento en el que se presente a alguien que no sea Kiril Dmitriev unos hechos consumados que impliquen lo que el Ministerio de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa ha calificado repetidamente de presencia de la OTAN en Ucrania camuflada en sus banderas nacionales.
Hasta ahora, Rusia, cuya negociación era la segunda parte de un proceso en el que Estados Unidos necesitaba lograr primero un acuerdo con Kiev, ha podido mantenerse a la espera sin comprometerse en exceso y logrando mantener una buena imagen ante Trump optando por un perfil bajo que contrasta con la constante presencia mediática de Zelensky. Aunque Donald Trump ha demostrado valorar la constancia en sus aliados, e incluso en sus enemigos, la excesiva insistencia del presidente ucraniano en obtener más dinero, más armas, más munición y más concesiones políticas es una apuesta permanente que, en ocasiones, lleva a imágenes como la de hace un año en el Despacho Oval.
El paso del tiempo y el rechazo absoluto de Zelensky a modificar el fondo de su discurso implican un creciente riesgo de hartazgo de Estados Unidos, que sigue teniendo dificultades para entender el significado de esta guerra, sus motivos, sus implicaciones y, por lo tanto, formas de resolverla. Según Marco Rubio, Trump “simplemente no puede comprender cómo dos países inmersos en una guerra tan cruel, horrible y sangrienta no pueden llegar a un acuerdo sobre cómo ponerle fin. Quiere que termine y ha hecho mucho por ello. Ha invertido mucho capital político en esto”. Estados Unidos no puede comprender que ambos países son conscientes de los recursos empleados, las bajas sufridas y las pérdidas incurridas, una guerra cuya intensidad y extensión era prácticamente imposible de imaginar hace unos días. Kiev y Moscú comprenden también que disponen aún de los recursos necesarios para continuar luchando, no ya en busca de una victoria, pero sí de una posición de fuerza en la que imponer al menos una parte de sus condiciones.
En el caso ruso, el Kremlin, como le recordó hace unas semanas Donald Tusk, es consciente de que la OTAN fue creada contra “la Unión Soviética, es decir, contra Moscú”, por lo que aceptar la presencia de países de la Alianza en su frontera provoca exigencias maximalistas –como que esa frontera sea, por lo menos, de iure y no de facto– que chocan con la línea roja de Ucrania.
Confiada en poder mantener la buena voluntad de Donald Trump y aferrándose a que Estados Unidos entienda de la misma forma que Ucrania los términos de esas garantías de seguridad que la Casa Blanca se niega a firmar antes de que Kiev llegue a un acuerdo político con Rusia, Ucrania se aferra a la situación de bloqueo en el frente para mantener sus exigencias territoriales. La prensa occidental suele presentar como maximalistas las demandas rusas de obtener todo Donbass, región por la que Moscú afirma abiertamente sus intenciones de seguir luchando en caso de ausencia de acuerdo. Ucrania, por su parte, exige un alto el fuego sobre la base de la línea actual del frente, que quedaría como una frontera de facto con un matiz importante, que sería temporal.
“Los territorios son la cuestión principal. Todo lo demás es secundario. Estoy seguro de que el pueblo ucraniano rechazará cualquier plan relacionado con nuestra tierra. Todos los territorios ocupados seguirán ocupados temporalmente y, con el tiempo, serán inevitablemente liberados”, ha afirmado estos días Kirilo Budanov, que con sus palabras deja claro que la estrategia de Ucrania es lograr el final de la guerra, es decir, que Rusia acepte la presencia militar occidental en la OTAN, que Kiev no renuncie a la Alianza ni la Alianza a Ucrania, pagar reparaciones de guerra a cambio de un incierto camino hacia el levantamiento de sanciones mientras promete continuar el conflicto por otros medios para lograr el objetivo que no ha conseguido en 12 años por la vía militar, recuperar sus fronteras de 1991.
El jefe de la Oficina del Presidente es uno de los miembros del sector favorable a una resolución diplomática a la guerra. Ese calificativo esconde la intención que Ucrania muestra con este tipo de declaraciones, que ponen de manifiesto una postura que evoca lo ocurrido hace una década. Minsk, completamente ignorado por quienes limitan su análisis a los aspectos más superficiales del conflicto, no es un precedente importante solo para Rusia, sino que lo es también para Petro Poroshenko, el presidente que lo negoció y aceptó sabiendo que no iba a implementarlo y que ahora lo propone como ejemplo a seguir. “Minsk me dio cinco años para ayudar a construir el Estado, la Iglesia y el ejército ucranianos”, afirmó el expresidente de Ucrania en una entrevista concedida a Politico. “Poroshenko, el llamado «rey del chocolate» de Ucrania, se guía por su experiencia con los acuerdos de Minsk de 2014 y 2015. Diseñados para congelar el conflicto sobre el Donbás y firmados por los líderes de Ucrania, Rusia, Francia, Alemania y los separatistas ucranianos, ninguno de los dos acuerdos se cumplió”, añade el medio para reescribir completamente un acuerdo que no pretendía congelar el frente, sino crear las condiciones y plantear los pasos con los que Donbass volvería íntegramente bajo control ucraniano con unas garantías políticas que Kiev nunca tuvo intención de cumplir. Ignorar ejemplos como este hace que analistas, expertos y clases políticas no comprendan –o no quieran comprender- las reticencias rusas a un compromiso que es consciente de que sería reescrito nada más firmarse.
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